Mostrando entradas con la etiqueta Fotopol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fotopol. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de octubre de 2020

Destierro

Las margas azules, la tercera parte de “Los cabezos amarillos”, representan la vuelta a “lo real”, al hoy de la voz que escribe, el mundo que vivo, todo aquello que no tiene que ver con el hecho de “la playa”, que no es un pasado en sí, ni un ayer, ni un futuro, aunque sí otro tiempo al inmanente en la escritura poética. Las margas azules son un tipo de roca sedimentaria, normalmente provenientes del mesozoico, que se forman o se depositan en entornos fluviales o marinos. Se me figura el tramo físico visto en un mapa desde la ciudad de Sevilla hasta “la playa” como el lugar de las mismas. En el poemario acogen todo aquello tomado de la evocación del lugar y el tiempo (los cabezos amarillos) para traerlo a la actualidad y a la realidad de la voz poética. Jugué con la imagen ecoica de su nombre (marga/amarga) y el visual del color, azul (que también recuerdan el del cielo y el del mar), como complemento cromático del amarillo de los cabezos.

Estuve documentándome, lo que una puede no siendo experta en la materia, aunque sí muy amante de la geología. La escritura de un poemario también implica una investigación científica, es decir, racional, ajena a la poética. Una especie de autodestierro del locus amoenus. Siempre la practico. No solo porque naturalmente me apasione, investigar, sino también porque la escritura poética así me lo requiere. 



El alma desterrada

 

El corazón no duele,

pero a cambio

el cuerpo desaparece.

 

La sangre me hierve

y cuando llega a su natural

condensación por el frío

que me rodea, me chorrean

las lágrimas, agua y sales

como la urea que  al matojo  reverdece,

el poso es tierra donde

el cañaveral germina y crece,

mas estoy

a revienta calderas

y el barco de vapor

busca el otro motor

de aceite y gas

que me suprima

de esta artificial suerte

de esperar sobre margas azules

cuando los amarillos

me destilaron

los siete colores del arco iris,

me explosione y, convertida

en masa humeante y celeste

intangible,

vuele por los aires

hasta mi padre marítimo

una vez

él también se condense

en olas de salinas

y reales y blancas

tempestades, no importa

si pequeñas o grandes.

 

Todo ha ido aumentando

como la marea sube

y  los girasoles

que me alimentaban justo

cuando te oí, crecieron.

Ahora su amarillo

ya tiñe el lugar del encuentro,

del que nunca he salido.

Nuestra es la bandera del exilio

interno y la verde playa

amplia y sola.

 

Salir de donde no estoy

para llegar a donde mismo

soy, que no soy más

que tú o yo

o el mundo que odio,

pero del que formo parte.

 

Ni siquiera la tormenta, con su gran poderío,

puede decir a las nubes: ¡no soy vuestra!

 

No mates los días que te quedan por vivir.

(De "Los cabezos amarillos". Ediciones en Huida, 2019)





domingo, 11 de octubre de 2020

Dos esperadas

 


La Espera-da

 

Se emborrachan las ubres

Ebrias de contenido vital

Y de calamitoso estrépito

Que los otros pechos proclaman:

Manan leche jerigonza.

 

Metralla cubierta

De sierpe sabia,

La culebra honda,

La de la cabeza grande

Anida bajo los romeros en flor,

Entre las piedras y el polvo,

Pero su piel no cambia,

Su líquido curvilíneo advierte:

Si me pisas, me defiendo

Como el sol que se oculta

Con las manos, su resplandor

Llagará mis palmas

Abiertas

A La Esperada.

 

Mientras, he construido

Pozos artesianos.



martes, 6 de octubre de 2020

Propiedad pública

 


Lo propio 

No me concibo como buena versificadora, o, por lo menos tal como se puede entender el concepto según la tradición poética. Rompo los versos por necesidad de expresión donde lo visual juega un papel determinante en la transmisión del concepto. No me gustan demasiado las perífrasis para la poesía (y el español es muy abundante en ellas), demasiado prosaicas, aunque a veces resulta congruente su uso. Soy más componedora de poemas (unos mejores, otros menos vistosos, nunca malos, unos más crípticos, otros muy “relatores”, se podría decir que épicos en el sentido de que relatan una épica personal) y, sobre todo, poemarios, que son los cuerpos publicables en libros. De esa última labor proviene mi necesidad de “corregir”. Aunque mis poemarios se abren y cierran y hasta titulan por sí mismos y entre ellos estructuran y enmarcan los ciclos poéticos que se han desarrollado, yo necesito “verlo”. Como mi escritura es un “continuum”, necesito posteriormente entender racionalmente por qué he cerrado un poemario y abierto otro. Ahí es donde entra en juego la revisión/corrección. Al hacerlo, me salta su sentido exactamente de la misma forma que cuando leo un poema que parecía no tenerlo  el día anterior cuando lo escribí. Entonces, a veces, suelo estructurar en partes, aunque pienso en ocasiones que esas disposiciones están de más y solo lo hago por hacer más comprensible su lectura, sobre todo para el editor. Por que, o para que, el lector, también el posterior, encuentre el camino más cuadriculado, más acomodado a esta superestructura que es la costra dura de la nomenclatura. Casi todos mis poemarios anuncian el siguiente, hasta en título (palabra) completo y en todos se van repitiendo términos que una y otra vez vuelven a aparecer. Mi obra poética es como una obra de esas hechas con alfileres clavados sobre los que se enganchan y lían hilos, o cuerdas o semejantes, y se entrelazan hasta conformar un dibujo o imagen “reconocible” figurativamente. Un hilo continuo girando sobre vástagos (que son los conceptos y las palabras y los temas) trabándose consigo mismo. Muy poéticamente entendido podría nombrarse como palimpsesto. Ese “dibujo final” aún no puedo verlo, aunque presupongo que será una especie de fotografía de mi alma. No dispongo más que de esa propiedad, así que es lo único que puedo ofrecer al mundo. Y eso es lo que hago al escribir: dar.

jueves, 1 de octubre de 2020

Un rey fantasma

 


Rey negado

 

Aún no llueve, como las ausencias

de un sin vivir extra-fuero. Encorvan

las esquinas de la cerca los troncos jaspeados

de tercos gritos que rezuman bilis secas,

el polvorín mojado del otoño

reclama el lugar donde poder anidar,

gobernar con su don

de cosa pública fiable.

Mas la langosta de tierra

continúa haciendo su agosto

entre las hojas de los rosales.

Mientras más cuidado dispongo

sobre ellos, más alimento

la voracidad del devorador del verde.

Ensancha su vicio creando el vacío,

gobierna a golpe de sable

desencantando mi torpe querencia

por hacer visible el todo vivible,

perturba el espacio como un fantasma

donde un otoño húmedo y blando

necesita morarse.

Cuando lo encuentro, lentamente

intento engañarlo: la sombra

ante sus ojos con una de mis manos,

se retrae tras el tallo esbelto de la rosa

sin percibir a mi otra con sus fauces

abiertas prestas dispuestas

a cerrarse sobre su volátil cuerpo.

Y desde ahí, al suelo

solo un segundo de tiempo

se sucede. Bajo la suela de mi bota

le pido perdón sin que él pueda oírme.

Me pregunto qué dueño dirime

entre el nacimiento del verde

y la muerte del amarillo

salvo un rey aplastado

sobre la piedra rosa de la fuente.

Y me digo, a rey depuesto,

rosal repuesto.

 

Rey desnudo

 

Podando madreselvas de madura vida,

hallé el vestido del rey negado.

Acaso desnudo se pasea

saltando volando

de rama en rama reverdecida por mis riegos

llorando clamando

por su transparente camisa

tan delicada como cruenta su ambición

animal de asolar lugar

para un tiempo de bruces, un otoño

necesario para esta costra ya ajada,

una liviandad para el peso muerto

de cada estrella visible, caen

tantas caen sobre mi despertar

al límpido cielo de la noche.

Y al frío sin cubierta de edredón de nubes.

El suelo sin manta que lo abrigue,

él sin seda que lo cubra,

desnudeces de sombras

a mis ojos saltan y sin remedio

conviven bajo los fantasmas astrales,

mas con tan distintas moradas

tremendas diferencias me aturden.

Él sobresale volando, mi tierra,

de aposento me sirve,

y yo solo deseo agua que la lave

y tierna la conduzca a las raíces

de las encinas. A su vuelo le deseo

cielo completo que urja y repare

tan extraños fueros: frío que duerma

a sus huesos y así al suelo

caiga su hambre de verde

horadando el vacío voraz

del azul perenne. Y el otoño se haga,

y el campo reviva entibiado

por la humedad del mar, hoy tan lejos

como cerca el monarca escondido

tras las hojas de los rosales:

vergüenza siente desnudo

de segundas pieles y de tiempo

de vida que le quede.

martes, 22 de septiembre de 2020

Dos alquerías

 



A mi pueblo, a mi desconcierto

 

En este muerto contenido

al que abrazas y consuelas

por deseo de su propia muerte,

en este bello ejemplar de ciervo

ligero y pesado de tantas muelas

y dientes rumiantes,

de tan onerosas alforjas

que no tienen fondo,

que huecas deslizan

el aire que por la boca

les entra y por el culo les sale,

en este muerto y denso

aire de oftalmologías

imposibles pues ni ojos

ni pestañas siquiera te caben

en ese rostro pernero,

en ese rostro carnero,

en ese rostro pétreo

de meseta inasumible,

centinela vestido de colores brillantes,

en esta muerte tuya,

yo te abandono:

Eres un pueblo muerto

sin fantasmas,

un pueblo herido

de su misma muerte,

un cuerpo inerte

exhalando un aroma vivo

de fragancias que nunca

se hunden y siempre preguntas,

siempre preguntas

el porqué y el desconsuelo

de este olor a rosas que entierras

mano sobre mano bajo

tu zócalo de piedra

tumban

 

la luna, el sol, la paz

de algún refresco asociado

al martilleante fuego arenoso

concupiscente o semioculto

bajo las flores de lavanda

visitadas por la mariposa

de la col, blanca como las paredes

de mi alquería… Ah, qué solaz

que no perdí, soldadito boliviano,

por mucho que dispararas

a sienes, por mucho

que trucaras valles y cordilleras

en busca del corazón palpitante

de la luna grande cuando

se asoma por los andes

de mis luces. Soldado enorme

corazón y las venerables

soledades, los cierzos

en pleno mes de julio y el viento

de suroeste aterrizando

sus mejillas de océano

sobre el páramo agreste

y mesetario:

 

el desconcierto, la lección

de amor dada, la grata

complacencia de una voz lejana,

las orillas y los pasos serenos

sobre la arena, el agua del mar

dentro de mi frente,

y un “no sé” hasta que la salud

tenga nombre de nuevo

y pierda la enfermedad

el suyo de muerte,

o España.


(Sofía Serra)

jueves, 17 de septiembre de 2020

Del amor y otras impotencias

 


Nuevo hombre en la cruz

 

Verte en verde puro quisiera

ausente de tus férreas estampidas,

lenta en un segundo presiento

tiempo al sol de ese tulipán equivalente

que me llama, me pregunta, me requiere:

¿Por qué?, ¿por qué no bebes?

Y tus manos amasando

espinas. Como ya no se te

clavan…

 

Al verde quiero sostenerte:

Flamearás sucediendo en el vacío

hasta que el celo mudo de tu viento,

si es que mientes,

se haga hueco en la cruz de tu pecho.

Y entonces se abrirá el cuero

herrumbroso. Y el manantial borboteará

de las cuatro paredes de tus brazos.

Y el sol del aullido iluminará

las doradas clavijas como si

fueran brotes verdes: verte

como si no te hubieras

zanjado. El campo de cuerdas

de hierro tronará en rasgueo

salvaje

de tu boca que reirá llagando

el aire que hoy permanece

ileso… Como muro, como vano

a la muerte en la que tañes

preso de esa cruz en la que te clavas,

que ya no sé,

yo no sé, no sé

con qué manos

apuntalas esos clavos a

tus palmas.

 

Hombre de cuatro brazos,

mutante de esta tierra

morada por la espada de tu arado

que me llama, me demanda, me pregunta

de qué te sirve ya ese par de alas.


(Sofía Serra, 2010)

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Love me tender (Ámame tiernamente)

 


Sin huesos

 

He estado cerca del mar tan lejano,

tan mío me parece como los pasos que la ola

ha avanzado para lamer mi cuerpo tan pequeño,

tan inabarcable por sus brazos líquido elemento

con caída de sí y de mí tan mío

como su cercanía y su enormidad

la he abrazado en mi cuerpo

porque tan sólo, tan solo y en su soledad,

me ha avenido dándome la bienvenida

en su sólido seno sin límites ni nombres.

El mar me ha modulado

moldeándose a mi sino

de mujer que lo abraza aunque no lo abarque,

ni mis heridas se han curado

ni su aislamiento de ser de nadie remite

pero ambos fundidos

hemos hablado de amor,

de yeguas, de aire, de mareas

con intemporales tiempos

como sus piedras tiernas

como mi carne tierna y él, tierno,

ha abierto mi cuerpo a su tiempo

sin tiempo, a su sino tan solo

de mar entregado a mis brazos

ya sin orillas que lo marquen

yo sin llagas que haya de sanarme,

él y yo ya transparentes

pero uno siendo

la piel de ambos

como dos mundos entregados

el uno al otro en encuentro perpetuo

a su ritmo y a mi canto.


(Sofía Serra, 2020)


jueves, 3 de septiembre de 2020

Dos terremotos

Fue la primera palabra de la que tengo conciencia que aprendí: terremoto. Estaba la niña imagino que a medio dormir en la habitación de sus padres, cuando algo la sobresaltó y espabiló (mala cosa). Oyó a los mayores hablando en la estancia contigua, distinguió una palabra extraña y entonces se le visualizó un cielo teñido de colores naranjas y rojos recortado por la silueta de una motocicleta rodando por el perfil de una montaña, negras ambas, como en perfecto contraluz. Parece que ya entonces era amiga de la etimología sui-generis, y hasta de la fotografía. Terre-moto. El ruido de esos vehículos lo asemejó a lo que fuera que la despertó. Así quedó grabada en la pueril mente de mis dos años. Ahora sé que fue un 15 de marzo de 1964, la fecha en que se produjo un terremoto en Sevilla. Aún no había nacido mi segunda hermana y yo ya sabía leer. El misterio lo resolví cuando ya de adolescente conocí la existencia de la Venus de Willendorf. Solo una maga podía haberme favorecido esa resolución tan racional e imaginativa a la vez. Siempre relaciono la palabra terremoto con el fuego, y el fuego, con la magia y los temblores, de ánimo y de tierra, ¿o no son lo mismo? Y el temblor que una palabra nueva provoca en las neuronas, y su fuego, su chispa divina. El soplo.



El Temblor II (poema a mi primer recuerdo verbal)
(A la Venus de Willendorf)

con qué mando vino
y a qué fango llega
la venia bajo la que te labraron.
Si conocemos el momento,
¿te imaginas un desierto sin hombres
poblado sólo de árboles?
…Y entonces llegaron
sus pechos manando leche,
y en su barriga
crece la nueva vida
y se haga fuerte 
y coma con sus dientes
y hasta ojeras tiznará
al enfrentarse a la pendiente 
cuando el jefe de herida muere
por el colmillo del mamut,
o tal vez por la venenosa
espina de la acacia
que por entonces verdeaba
las arenas del Sáhara.

Ni qué decir tiene ya
su vulva fue el origen
del mundo para ellos,
pobres hombres blandos 
y sedientos de rascacielos
que los elevaran del frío
del suelo de la cueva.
Pero he aquí que llegó
su bonhomía temprana,
y la mujer chamana
se talló en caliza
hasta dar lugar,
o luz,
al misterio:

y si a esta piedra
y la clavo y casco 
lasca a lasca,
ya llegarás,
cuando se me abra
la rosa dura.

Pensó la mujer naranja
con el contraluz
de un cuerpo y durmió
con un cuerpo,
soñó, despertó 
y se levantó del tálamo
de piel de alce
con un cuerpo
girado hacia el oriente 
del horizonte naranja y negro
y rojo temblor: 
terre-moto
sopla con sus piedras,
te nombra meciendo
sus altas tundras,
te labra moviendo
tus pequeñas sábanas,
te engolfa en las voces de afuera
cuando mis muslos
aún no habían engordado
con la teta, en la cuna
y desde su tierra 
te cinceló la talla
de ésta no sé ya 
si habla o antigua.

(Sofía Serra, 2012)

domingo, 30 de agosto de 2020

Cambios termales



El deshielo

Si de vez en cuando
mi boca en tu oído se enreda,
alerta a los nervios opacos,
esos que no excluyen a la materia,
con permiso o sin él afianzaré
mis ijares sobre el suelo.
Mi voz: mi yunta y mis alas abiertas.
Si de ellas espanto a estas llagas
que como manos de ida sostienen a la memoria
tras el aullido del agorero salvaje,
tú no te asustes, ama de mis venas.
Sólo las montañas y los árboles permanecen
anclados a la tierra oscura,
y ya en el deshielo
comienzan aturdidas esas tuyas
a licuarse: ríos de mares nonatos,
verbos contenidos en los glaciares
bajo la presión de los heleros
deshilando el cambio termal, el soplo oxigenado
sobre esos ya jadeantes pulmones.

Del deshielo a la muerte anuda
el paso del natural suceso
como aquella que nos dio lugar,
madre, no congeles tu aliento
que lo quiero para rebelarme,
me conquisto y luego contigo
me iré ya vieja ya sin espada.
Vejez como humana querencia,
vejez como flor espigada, no contrahecha.
Vejez resistencia, que yo contigo me quedo
junto al río cada vez más ancho,
más pausado, más fértil,
más desprendido de su cauce,
planicie moldeada por los amables ecos
de los gritos proferidos por el Hombre…
:Mar.

Como tú, madre, como tú.

(Sofía Serra,  Septiembre/2009)

sábado, 15 de agosto de 2020

Tres pasos para montar la resistencia



Surrender

La única revolución pendiente
es la del individuo sobre sí.
Y la única con final feliz
para el mundo.

Me comuniqué y atravesé
las medias noches del olvido de sí
o bien de mí permaneciendo
derrengada junto a las sobras del mundo.
Me recorrí aventando los solares
que quedaron quietos
como atemperadas sombras
solazando las desiertos.
Yo me participé y transgredí
la filamentosa náusea adherida
a las entretejidas togas de la memoria.

Mas eres tú y son mis ojos
y yo te diré y será
lo que tú digas.

ESO y un no siendo
fue ser poeta.
ESTO es ser
revolucionario.

(De "La dosis y la desmedida")

dicta-dura nuestra boca blanda

los hombres tienen sed
y no doy abasto (el río)

Los todos mordemos
con firmes dentaduras:
                                        aprehender
duras aguas al beber el llanto
de todo cristal gozoso
verde o negro
estallado por el viento inasible
de la iniquidad, la vesania
y la hambrienta injusticia.
Sus cristales se nos clavan
en la lengua antes de            pronunciar
una reseca ignorancia más.

Aprendemos a masticar
con las llagas,
nadie nos emboca bajo
el puente de la libertad:
Sed de maestros, sed
de vosotros mismos.
                                        Perteneceos.

(De "Suroeste")

Manifiesto

la torre se enfunda
con placas de grafito
o de pizarra.
Los caballos de la marisma
tronan en la espesura del bosque
de eucaliptos.
Entre tú y yo triangulamos
la distancia de las estrellas
aunque el Rin haga cabriolas
de este a oeste.
¿Quiénes somos sobre este paisaje
tan verde? El peso de la historia
nos aplasta. Tu vida es la mía,
tú, de dios, mi dios, tú.
de nosotros, él.

sólo posees un manifiesto:
tú mismo. Defiéndelo.

(De "Los cabezos amarillos")





jueves, 21 de mayo de 2020

Desbroces



El ocaso de los dioses

Separado en semántica sección
de tu abrupto y cavernícola segmento,
huyes de las palabras
de tu misma osamenta,
y así, cuando desbrozas, queda
al desnudo tu abuso sobre escleróticas
sanciones, los argumentos solapados
con grapas de cobre, tu venérea boca
no articula el son con lo que te corroe,
te desarma.
Pobre hombre muerto de sí.

El mundo se deshace y tú das
oídos a la música.
Se te han adherido a la piel todas
las mieles posibles a ellas
las moscas y las pupilas azules
te señalan con bajeza de contrabajo
desafinado por el tiempo que hacía
que tus dedos no acariciaban
los tendones del hueco,
la caja de resonancia sirvió de nido
a los ratones y ahora las pavesas
de las bolsas de plástico
se esparcen cayendo
de tu estómago
a tus manos,
a tus manos que miran
a tus manos que te hunden.
Y nieva tras tu ventana en pleno mayo.

Qué pena de música fatua.
Nunca sabrá que ya no concluye
ni el día atardece
la caída de tus párpados,
tanto echármela a la espalda
está arrasando con la belleza
de las puestas de sol,
allí, a media tarde,
cuando la montaña las impedía,
donde yo era infeliz
como tú, pobre hombre muerto
de hambre de gloria de amor
que no te devuelven.

( De "La dosis y la desmedida")

martes, 12 de mayo de 2020

Sanitaria




La enfermera

Antes

Qué hacer ante todo y ante
algo que huye a estampida
de cada verso o poema que crea
el mundo con las manos
ignorantes de la muerte.
Soñar y transcurrir
levemente obscenos
algunos parajes.
No hay luces.
La ciudad permanece dormida
en mi estómago.
Yo velo tú
casi mueres.

Tras

Detrás de todo signo se esconden
las apariencias, en simulacro se suceden
a una junta de dos dedos,
un restaño,
una calle desperezándose
y yo durmiendo ante las ubres.
Los fiscales de la memoria
trabajan incansables mientras
a golpes de mazo
los jueces destinan
uno a uno condena,
no se sabe
si a luces de dios o a dos velas
del tiempo que perdieron.
Ellos.
Ellos y el
mientras tú
no respiras.

Siempre

Vivir comporta el riesgo
más seguro.

martes, 21 de abril de 2020

De hortalezas y fortalezas





Ager (A un huerto en el campo)


De un huerto flanqueado por encinas
en tierra de arcilla y piedras
adviene la salud amistosa
de los frutos de la madre. Tierra
con contenido laborado
en dobladas falanges de matas
de tomates y pimientos,
calabazas, berenjenas,
pequeñas y grandes yerbas
sabrosas de sudor y enjambres
de duermevelas mientras
el calor las abrace tiernamente
como el saludo de bienvenida
a su pecho, a su piel erizada
de terruños aterciopelados
tras la carda por tus manos.
Abastecer sin prisa ni pausa
cada raíz que se teje
por los bajíos del cielo,
más allá, mucho más allá
del aire y sus ubres acuosas,
lentamente sugerirles el bien
del esfuerzo, no la costumbre
de darlo todo por maduro
ni regalado, que sepan buscar
su alimento y en su pesquisa
se fortalezcan sanas y firmes,
que de ellas depende el crecimiento
y el porte de este sotobosque humano,
la sombra de su verde y el color
de sus frutos: vivas plantas
os quiero, amas vuestras,
dueñas de vuestra vida,
señoras de nuestro futuro
verano, aprended a cultivaros
sin más ruido que el de vuestras raíces
horadando el tierno lecho
ya mullido y en silencio
que yo misma aúllo
intentando ahuyentar tanto estruendo
que menoscaba la música
del aire necesitado. Disponed
de la mudez saludable
del sonido del agua lejana
que a vuestros pies se sucede
y correteadla, tras ella
ávido crecerá el tejido raigal
que os mantendrá enhiestas
y fuertes, listas para florecer
y alimentar a insectos primero,
a humanos después de todo
que al fin y al cabo procuraron
vuestro hogar de estío sin segundas
residencias ni consiguientes
abandonos. Morad vuestro sitio
libres de hipotecas como plantas,
seres conscientes de que sin tierra
ni nacéis ni crecéis. ¡Ah, humildes
seres reflexivos del lugar
por el que lucháis con las armas
más tiernas y ocultas!,
qué sabiduría os reclama
que escribáis sobre vuestra vida
que consigue lecciones de moral
para aquéllos que desde arriba
os culturan…

Y qué difícil vivir
siendo humano
viendo humano
no saber plantarse
ni florecer ni fructificar,
viendo humano con raíces
de aire polucionando
el silencio sabio
de vuestro porte crecido
en vuestra casa sin puertas
ni cajones cerrados, lleno
de vosotras vuestro lecho
de noches y días, tumulto
de consciencia plena
aun sin sesera que os bendiga,
dicen.

miércoles, 8 de abril de 2020

Sobre reconstrucciones



Reconstrucción

Avanza la nube plena de agua
desmembrando el contenido
del rizoma seco que ya abandono.
Duerme plácido el campo
despertando a los caracoles
antes enquistados bajo la piedra
o sobre la reja de la ventana.
Caminan sedentes como naves
sin agua, porque agua liberan
para su nauta agreste y terrena.
Camino despacio sorteando
crujientes pompas jaspeadas
que no saben de mis pasos.
Evitar mi peso sobre la tierra,
saltar de brizna en brizna
como la mosca que apenas
vive aún. La responsabilidad
de mantener el equilibrio
entre mi cuerpo y sus mínimas
casas y la giganta que me permite
dormir sobre su piel de tierra
rosa y verde. Ahora que los amarillos
asoman como vertientes vivas
de perfume destilado sin almizcle
que lo conserve, suelto la mirada
blanca, me balanceo abrupta
sobre las piedras que la lluvia
barniza confundiendo las sendas
de agua de pequeños trotamundos
ávidos de hambre verde. La pizarra
de la noche dibuja la escena
de mi pueril culpa: cuando piso
un caracol, destruyo hogar y ser
habitante de un pequeño mundo.
El mío, tan gigante como yo
para el rizo de cal viviente
que bajo mis pasos cruje
ya muerto, aplastado y deshecho
por la ceguera de mis pies
recién levantados. Con la luz
de la mañana, seré forense
de mi propio escenario del crimen.
Cómo vivir en paz consciente
de mi torpeza y mis ciegos pasos,
cómo ser capaz de mantener
el equilibrio entre mi tamaño,
mi sed de lluvia y mis deseos
cumplidos por el cielo,
cómo triunfar permaneciendo
libre de culpa si de cuerpo
vivo y camino,
cómo ser como todos ellos
inconsciente y sin miedo
a gigantes ciegos, destilar agua
de mis pasos secos y enternecer
mi peso, aligerarme como la brisa
que la lluvia trae ablandando
el aire huraño, minimizarme,
desleírme sin desaparecer
de este mundo nuestro y suyo,
por no truncar sus vidas,
por tornarme agua senda
que a las yerbas que los alimenta
alimente. Cómo ser ser vivo
de mi especie sin maltratar
el paraíso reconstruido.

sábado, 4 de abril de 2020

Suroestando




Qué sino Abril

qué paz se venga sino
la de soldados muertos,
qué derrota navega
bajo mis sienes delante
de tu ancestral boca
de tiempo ingenuo, qué
soledad magnífica revienta
en tu sueño de solsticio sino
la primavera.

Lo vamos a dejar,
tú, estómago, y yo.
cualquier palabra
es cadaverina de su silencio
por muy vacía que vuele
su sin palabra cualquiera
es más poesía.

sabes cuándo no necesito creer,
¿verdad?,
cuando me hace oportunidad
me sobra cualquier
libro cualquier poema
cualquiera lectura me embarga
el arreglo del nido me aligera
costumbres me calientan
el sueño resulta
tan reconfortante
fregar un suelo aquí
no hay género sino
de novela, poesía, teatro
sino puro
número de candilejas
en las encinas. Sus flores
vertebraré hasta que pueda.
Me parece
tan-razonable,
tan-verdadero,
tan-profun-damente
serio como la máxima
y refleja actividad humana
de respirar.

hoy no soy poeta yo
gracias a la Poesía.

Ediciones en Huida. Sevilla, 2015

martes, 31 de marzo de 2020

Alentar



El aliento

Pienso que no hay otro mundo allí arriba
Más lejano que aquel que contemplan estos ojos,
Donde la Sabiduría nunca se burló del Amor,
Donde la Virtud nunca se sometió a la Infamia.
(Emily Brontë)

El mundo que creamos
ajeno a la naturaleza
nos derrota cada día.
Solo ella nos contempla
como madre imparcial
atenta y justa. Si dolientes,
su indulgencia nos endulzará
el amargor de la mentira.
Si dichosos, bendice
cada nube gris con sus lágrimas,
la tierra se torna tierna,
la luz palidece levando
las anclas del velo
que nos oculta lo verdadero.

—¿Cuándo dejaremos de actuar
como dioses? Seamos
sacerdotes de la humildad,
nuestro natural límite—.

Cuando los hombres construyen
tercos los habitáculos siniestros
de la infamia y la injusticia,
cuando avarientos se desdicen
hasta de la bendición
de haber nacido y reniegan
del dolor de su madre
cuando los trajo al mundo,
entonces la tez cetrina
cubre con su manto de cenizas
la belleza del paisaje luminoso,
nuestros ojos cesan,
nuestras manos se desmenuzan,
nuestras bocas se quedan
mudas del espanto,
gobierna el mundo un imperio
de desdicha. Solo queda el amarillo
pálido de los corazones secos
tan pequeños y arrugados
como aceitunas inmaduras
que ni los pájaros picotean
y caen sobre el desquiciante suelo.

Pero hasta en la infinita tristeza
del paisaje desolado, la esperanza luce:
Los olivos de la paz
no han hecho más que comenzar
otra posibilidad de existencia:
La ceniza torna el suelo
más ligero y fecundo.

No desesperes, amado mío,
los dos hemos visto rebrotar
el verde en los terrenos
arrasados por el fuego.

La noche en llamas se sucede,
invariable el hueco azul
apasionado de la mañana
abre su boca desperezando
el aliento.

martes, 24 de marzo de 2020

Otra pandemia




Pandemia (de todos)

Aun sin casi cuerpo revives
todos los años, majestuosas
extensiones de un síndrome
tan natural como cualquier virus
que contagia, que hunde en la tierra
sus lentísimos brazos de onagra
habitante de este mundo
tan pleno como hueco
tu tronco y tu ronco estallido
en zarcillos de flores y hojas verdes
que revientan el cielo
con tu pausada descarga
de polen y polvo viejo
del frío invierno antaño
salud de tu casa, tu fuste
tan cueva, tu carne recia
tan pasto de gusanos
que socavan tus paredes
trepanando tu leño
tan inhumano que no sucumbe
sino que se levanta agradecido
al revivir ya oreado
por los mismos orificios
que te casi mataron.
He aquí el misterio, el misterio,
lo ignoto, lo no revelado,
como el hueco que me fallece
al preguntarme por culpa
si no te abandono y si te olvido
el mensaje me tumba a tus pies
entonando esta melopea
de cántaro de barro llena
de contenido pero hueca
de vacío pues el tiempo
llegará como yo llegaré
a mí misma y a mi edad
de canto prolongado
tan sin apenas cuerpo
pero con flores y gusanos
de vida que embutirán
toda la tierra y las luces
en mis ramas ya verdeadas
del plácido estío y la geoda
sin nubes de distancia
entre el azufre de la tierra
y el azafrán del otoño del día,
tu futuro jaspeado de dudas
como las que me devoran o adornan
festoneando mi fuste
de líquenes secos mas vivos
de materia muerta que renace
como tú o como yo
que ya no sé si soy encina
o piedra o tierra o lluvia,
de hoja en hoja me persigo
tramitando cada paso
que escalo sobre tu corona
de frágiles brozas y tupidas flores
de cuento chino y sus verdades
de no ser más que tu espejo
de luces verdes donde griseas
tu tronco atravesándome
cada meninge hasta que exclama
la tierra taladrándome me abre
en brazos de sueño esplendente
originando el campo
de incertidumbre irradiada
por la luz y el calor
de todos los seres que rehaces
con el soplo de tu reviviscente
pandemia, o primavera.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Lírico paisaje



Paisaje con lirio

Este privilegio que arropo
en mi regazo, ni canta por sí mismo
ni me llega regalado, este privilegio
nació fruto de mi albedrío
y el del suelo que me premió
con carencias la osadía
de hacer mía la voluntad
del hierro y de las piedras
como las que sorteo
al florecer en estos parajes
solitarios de un hogar construido
con alas de mundo interno
y voces de terrenas melodías.
Ahora que me libro,
cierro las jaulas de los vientos:
poder aislarme de ellos
cuando quiero,
suprimir el encierro que la dura
y seca costra a otras flores impone,
caminar con mis hijos poblando
casi medio mundo sin atisbar
ser humano ni ser por ninguno percibido,
abrirme por la tarde pues lirio soy,
lirio longevo en suelo inerte
al que quiebro y revivo
floreciéndome, como lirio extraigo
de mi áspero y gris regazo el color
de los bienes y el aroma de las paces,
como lirio contraigo mis pétalos
cuando el sol me sobreexpone
y a su luz caída yo me levanto,
y multiplico mi especie en estos tiempos
de yermos pasajes, de extrañas veces
para los extraños -siempre esos extraños
ante mi delicada rutina-
que pisan suelos condenados
a no florecer nunca.

Y sin culpa continúo sosteniendo
y arropando con mis moradas
sedas este privilegio de ser
entre tanto páramo incendiario
la única flor que no atiende
a bonanzas o males temporales:
incólume lirio bajo la encina
que sueña su paso lento
sobre el rosa suelo de la edad
y la voluntad nombrada
entre cardos y piedras elegida
ser flor de muchos días.

viernes, 13 de marzo de 2020

Vírico paisaje



El paisaje

Yo no soy paisaje digno de reflejar
en fotografías o grandes lienzos,
en documentales feroces
que la comparativa provoca,
ni siquiera en las evanescentes
pantallas por donde se asoman
al resto del mundo y sus aconteceres.
Apenas árboles,
a duras penas multitud de piedras,
una tierra dura coronada de yerba
rala producto de las bocas rumiantes
y los extremos de temperatura,
algún arroyuelo de invierno,
cardos grises y verdes,
caminos polvorientos o embarrados
sin grandes sombras que los alivien,
soy un paisaje no de cuento,
un paisaje mínimo de esplendor
natural o humano, una especie
de tierra de nadie sin casi nadie
que me lleve a los altares
de la admiración. Recuerdo
a los bajíos del alma
terca e inmune a pasiones
o ventisqueros de halagos,
tan mudo que nadie me oye
salvo alguna oveja y sienes
tan tercas como yo. Soy paisaje
decrépito de umbrías y ternura,
de hojas caídas y cascadas frescas
y hasta de hombres. Sin embargo,
no duermo ni descanso, ventrílocuo,
pongo voz a los cierzos, los levantes
los solanos y los ponientes,
a los vientos rijo como una rosa
nacida en la obstinación
de los mapas, planos de puro inermes,
como una rosa de los vientos
a la que los vientos no tumban.
De tan viejo, mis huesos frágiles,
en polvo y tierra se funden.
De tan firme, mis pies columbran
la salud de las bacterias
que favorecen mi engorde:
nitritos y nitratos me rejuvenecen
como si amo del espectáculo fuera
y hasta tierno y aireado me vuelven
las cuchilladas profundas de los hombres
y sus manos. Soy plegado y raso,
anciano y joven, domesticado
y salvaje como el ser humano
que de mí vivía y ahora, otros,
para mí viven. Conservo mis años,
mis siglos, en cada nuevo brote
del lirio que amanece morado
sobre mi suelo rosa y terso
de tantas pisadas de animales.
Mas me dibujan caminantes
sin pasos pero con huellas
solo visibles cuando caen.
Yo no soy paisaje digno de cine,
pero mitigo la airada mirada
de quien me vislumbre
respirando mis aires libres
de virus coronados por la falaz
pandemia de tanto ser
habituado a la pequeñez
que no encuentra, no halla,
no atina a contemplarse
más allá de sí mismo.
Devuelvo como espejo
todas las estrategias que asolanan
las arrugas profundas y recias
de tanta hambre de mentira:
soy verdad como la poética
de las cosas, soy justicia firme
en mi dureza que a todos
devuelve la mirada
y hace felices a quienes ante mí
se derrotan de sí.
 
Creative Commons License
El cuarto claro by Sofía Serra Giráldez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.