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lunes, 11 de enero de 2021

Púrpura nevada, o nieve roja

 



Practico la hablación

(ante la visión de una imagen de televisión 
en la que aparecía una niña abierta de piernas 
siendo sometida a la ablación.)



y vuestras mudas y nudas voces arrancadas
de vuestras bocas, vuestro esófago,
vuestra tripa, mis ovarios,
vuestras roncas
y granadas
rosas
rojas
lágrimas en el pétalo siguiente,
el conspicuo
y detenido, ablatado altar de dioses,
y tu tierna guerra y tus galgas piernas
y tus manos leves blancas
ya
para nada.
para blande espada, que suturen,
que revienten sus oculares
sobre sima, sobre duda,
con mi finta, con mi sesgo,
con tu grito,
con mis manos
mataré al hijo insano
que te abla, que te blinda
a ti de ti,
a nosotras
que te hablamos,
que te hablo por mi boca,
que los ablo por sus cuellos:
Sangre para la tierra que en ella es fértil.
Sus cerebros,
para los perros.

(De "El muriente".)

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El sol, la luna y las estrellas (Feliz Año 2021)




El amo de casa

El esfuerzo con que la luz
se hace todos los días,
maldito sea el Génesis
y todos sus estudiosos,
ninguno contempló ni relató
cómo el sol levanta
el manto negro, la mortaja
sobre la tierra bajo la tumba
resucitándose a sí mismo,
como si la empresa dependiera
de unos brazos aún más extensos
que el Universo.
Calculamos a nuestra medida,
contamos las estrellas con las puntas
de nuestros dedos, el milagro
nos ilumina todas las mañanas
revelándonos el poderío
de tanto astro esforzado
en su tarea cotidiana:
Recoger la noche,
barrer las estrellas,
abrir las flores,
secar la yerba,
calentar los techos de los hombres
y cocinar el humus
que germinará desde semillas.
Pobre amo de casa el sol,
nadie contempla la fosa abisal
que atravesó
para revivirse cada día
en nuestra mirada tan parca,
tan parcos somos, nos
y nuestros lamentos de lagartijas
con lágrimas de cocodrilos
y voluntades de renacuajos.

Oh, Luna

Y tú, Luna, la usurpadora.
De su luz te alimentas y así cebas
el sueño blanco de los licántropos,
de algunos poetas, de los vampiros
pájaros pobres ratones con alas
como tú, pobre astro sin brillo propio
¡pero que a la noche iluminas!
Barres el día, acunas el sol,
decoras el opaco negro que nos hunde
con brillos de fantasía.
Y así, te llaman dama de noche,
como diva, como estrella
de la película noctámbula.
Los búhos te ululan, los zorros
te ladran dulcemente,
alguna vez te retraté entre las hojas
de las encinas. Blanca, blanca eres
como la nube blanca del día.
Qué es propio tuyo sino
tu mismo espejo donde te miras
todas las noches. La madrastra
blanca como la nieve
que todos amamos, menos las ratas,
que se esconden de tu luz de ganga
ante los gatos y sus razzias de juguete.
Sol dado eres rodando mañana
sobre el tapete del seguro azar
sin más valor que el calor
del amo llovido sobre la tierra
en un tiempo que no te pertenece.
El pasado y el futuro te construyen,
¿para cuándo tu presente?

Lunero

Donde la luz terrena se abre
a sí misma
encuentro tu tiempo blando,
tu tiempo instante de permanencia
absoluta más allá del después y el antes,
donde nombras y vives el momento
siendo árbol almizclero.
De perfume primaveral
lozanas el invierno que se fija
y el otoño ya volando,
del frío numen de tu asiento
llueven las palabras que me nacen
como flores glaciales del lunero:
un poco fuera de tiempo,
un mucho lejos de las necesidades,
con miedo a la intemperie del silencio
que la helada canta tañendo con muerte
tantos posibles frutos
como bienes amanecen
en cada poema que no escribo.
De la flor fuera de sitio, fuera de todo,
renace tu tiempo de presente
tan alejado de tu remoto lecho,
tan cerca de la tierra desmemoriada
de día, tal como me olvidan
las palabras que sí escribo,
enterradas, aun vivas.
Poeta, ¡oh, Luna!, poeta eres de todo
instante, poeta sin pasado ni futuro,
poeta con el tiempo congelado
en la flor-la flor, poeta de hoy tan sola
sin mañana de sol ni ayer de astro,
presente vives estrellada en el cielo
del árbol oferente de frutos como soles,
limones mes a mes durante todo tiempo.

o0o







viernes, 11 de diciembre de 2020

Islantes





La isla mínima

La poesía manifiesta la corazón.

Las dos palmeras sembradas y creciendo.
El camino mayal que me señala la luna.
La tierra recién arada tal como
el nuevo lirio predica en azul.
Pronto llegará la primavera,
la siembra de los alcauciles
para el futuro invierno,
verdes rosas tras los rojos
tomates con sus hojas verdes.

Proclamo mi falta
de corazón y de razón.
Soy poeta, mi órgano
es la co-razón.

(De "Solenostemon".)




martes, 1 de diciembre de 2020

Entre la multitud

 




Ars vivendi

Escribir es matar el tiempo. 

En este canto obstetra
donde germina el hambre,
o el ansia de corduras y de semillas,
y la senectud de tantos paraísos
como nombres evoca la lentitud
del tiempo acompañando al verano
que bajo su mismo sofoco sucumbe
como el suelo brillante de tanto atusarlo
con nuestros pasos y los pasos
de los animales, las bestias consagradas
en el ara del hogar silvestre
junto a la mendicidad de una hormiga,
a la voracidad del saltamontes,
a la sed del conejo bebiendo plantas,
o al coricanto de los perros
enjaezando el aria del gallo,
en este parto a la multitud
donde ni un alma acude
a solazarse:
porque sobre yerbas secas,
yerbas duras, yerbas hirientes
como cercas de espinas,
quién va a tumbarse a descansar
sino yo que encuentro
en las heridas de mi piel
el alivio para mi alma cerrada a cal
y a canto de mí misma.

La escritura, de cualquier forma y luz,
para los inmortales y su hambre 
de muerte para sobrevivir.
Yo vivo viviendo sin matar
cada mi tiempo, que es compañía
de este hambre o arte de vida.

(Sofía Serra, 2020)

domingo, 25 de octubre de 2020

Exilios


Las chumberas (En tierra extraña. Tango)

 

Celeste destino de siemprevivas

adolescentes el que se abate

sobre las pencas del escudo arbolado.

Antaño abogué por su poda,

por su infrecuente fertilidad

de almanaque sin veces

ni días en rojo de festivo descanso,

luz de sus espinas vejaba la tersa placidez

sobre sus pieles nacaradas como el sol de agosto,

la luminiscente aura vestida como fruto almado

de semillas vivificantes como dulzores de senectud

como las abuelas del campo,

de tanto vivir repelían los ojos avizores

de tanto extraño viento

de levante, levantaban sus lábaros

de acolchadas flores sobre el pétreo horizonte

de vencidos cercados,

casi juncias ágiles y legiones leves ellas

acariciaban la dorada niebla de polvo

de un otoño perseguido, necesitado.

Hoy adelgazan sus gibas

como muchachas extraviadas

en el bosque húmedo de la vida

sin patria, ácratas ancladas

a la residencia en tierra

mis muchachas con tapados de armiño

tiritan sonrientes, mayores

logran sobrevivir

sin que nadie las corteje

a pesar del cálido suelo

adonde las exiliaron,

mas ya viejas aman más por más

enclaustradas entre cuidados

ajenos de insectos granjeros

que acicalan sus arrugadas ubres

de madres creadoras:

Son tiernas criaturas

que ya parieron gozosa progenie,

que ya se seca.

Tanto amor repartido

y nada de vuelta exigen

salvo la atención de mis ojos

y mi canto sobre su resistencia

ante tanta alimaña de sangre.

Las avaras púas atesoran

los dedos de tantas manos

amables que erraron su juicio

de confinada suerte, la de envejecer

siendo dúctiles y lentas

como la anciana que camina

apoyada en el andador

columna de todas las ausencias.

Y un pasillo abren mis chumberas

ante la presencia de tanto esfuerzo

asolante, solas construyen

el gélido arco triunfal del laurel

sobre el desamor, el ostracismo

vestido de fiesta para el baile

de la devastación necesaria,

la de la injusticia.

Marchamo benéfico de mis chumberas

que gozan los churumbeles del cielo,

son estos ancianos valientes

niños recién nacidos

al regazo de otra vida sin muerte

ni abandono de tierra extraña

ni de hijos.

(Sofía Serra. Octubre, 2020)

lunes, 19 de octubre de 2020

Destierro

Las margas azules, la tercera parte de “Los cabezos amarillos”, representan la vuelta a “lo real”, al hoy de la voz que escribe, el mundo que vivo, todo aquello que no tiene que ver con el hecho de “la playa”, que no es un pasado en sí, ni un ayer, ni un futuro, aunque sí otro tiempo al inmanente en la escritura poética. Las margas azules son un tipo de roca sedimentaria, normalmente provenientes del mesozoico, que se forman o se depositan en entornos fluviales o marinos. Se me figura el tramo físico visto en un mapa desde la ciudad de Sevilla hasta “la playa” como el lugar de las mismas. En el poemario acogen todo aquello tomado de la evocación del lugar y el tiempo (los cabezos amarillos) para traerlo a la actualidad y a la realidad de la voz poética. Jugué con la imagen ecoica de su nombre (marga/amarga) y el visual del color, azul (que también recuerdan el del cielo y el del mar), como complemento cromático del amarillo de los cabezos.

Estuve documentándome, lo que una puede no siendo experta en la materia, aunque sí muy amante de la geología. La escritura de un poemario también implica una investigación científica, es decir, racional, ajena a la poética. Una especie de autodestierro del locus amoenus. Siempre la practico. No solo porque naturalmente me apasione, investigar, sino también porque la escritura poética así me lo requiere. 



El alma desterrada

 

El corazón no duele,

pero a cambio

el cuerpo desaparece.

 

La sangre me hierve

y cuando llega a su natural

condensación por el frío

que me rodea, me chorrean

las lágrimas, agua y sales

como la urea que  al matojo  reverdece,

el poso es tierra donde

el cañaveral germina y crece,

mas estoy

a revienta calderas

y el barco de vapor

busca el otro motor

de aceite y gas

que me suprima

de esta artificial suerte

de esperar sobre margas azules

cuando los amarillos

me destilaron

los siete colores del arco iris,

me explosione y, convertida

en masa humeante y celeste

intangible,

vuele por los aires

hasta mi padre marítimo

una vez

él también se condense

en olas de salinas

y reales y blancas

tempestades, no importa

si pequeñas o grandes.

 

Todo ha ido aumentando

como la marea sube

y  los girasoles

que me alimentaban justo

cuando te oí, crecieron.

Ahora su amarillo

ya tiñe el lugar del encuentro,

del que nunca he salido.

Nuestra es la bandera del exilio

interno y la verde playa

amplia y sola.

 

Salir de donde no estoy

para llegar a donde mismo

soy, que no soy más

que tú o yo

o el mundo que odio,

pero del que formo parte.

 

Ni siquiera la tormenta, con su gran poderío,

puede decir a las nubes: ¡no soy vuestra!

 

No mates los días que te quedan por vivir.

(De "Los cabezos amarillos". Ediciones en Huida, 2019)





domingo, 11 de octubre de 2020

Dos esperadas

 


La Espera-da

 

Se emborrachan las ubres

Ebrias de contenido vital

Y de calamitoso estrépito

Que los otros pechos proclaman:

Manan leche jerigonza.

 

Metralla cubierta

De sierpe sabia,

La culebra honda,

La de la cabeza grande

Anida bajo los romeros en flor,

Entre las piedras y el polvo,

Pero su piel no cambia,

Su líquido curvilíneo advierte:

Si me pisas, me defiendo

Como el sol que se oculta

Con las manos, su resplandor

Llagará mis palmas

Abiertas

A La Esperada.

 

Mientras, he construido

Pozos artesianos.



martes, 6 de octubre de 2020

Propiedad pública

 


Lo propio 

No me concibo como buena versificadora, o, por lo menos tal como se puede entender el concepto según la tradición poética. Rompo los versos por necesidad de expresión donde lo visual juega un papel determinante en la transmisión del concepto. No me gustan demasiado las perífrasis para la poesía (y el español es muy abundante en ellas), demasiado prosaicas, aunque a veces resulta congruente su uso. Soy más componedora de poemas (unos mejores, otros menos vistosos, nunca malos, unos más crípticos, otros muy “relatores”, se podría decir que épicos en el sentido de que relatan una épica personal) y, sobre todo, poemarios, que son los cuerpos publicables en libros. De esa última labor proviene mi necesidad de “corregir”. Aunque mis poemarios se abren y cierran y hasta titulan por sí mismos y entre ellos estructuran y enmarcan los ciclos poéticos que se han desarrollado, yo necesito “verlo”. Como mi escritura es un “continuum”, necesito posteriormente entender racionalmente por qué he cerrado un poemario y abierto otro. Ahí es donde entra en juego la revisión/corrección. Al hacerlo, me salta su sentido exactamente de la misma forma que cuando leo un poema que parecía no tenerlo  el día anterior cuando lo escribí. Entonces, a veces, suelo estructurar en partes, aunque pienso en ocasiones que esas disposiciones están de más y solo lo hago por hacer más comprensible su lectura, sobre todo para el editor. Por que, o para que, el lector, también el posterior, encuentre el camino más cuadriculado, más acomodado a esta superestructura que es la costra dura de la nomenclatura. Casi todos mis poemarios anuncian el siguiente, hasta en título (palabra) completo y en todos se van repitiendo términos que una y otra vez vuelven a aparecer. Mi obra poética es como una obra de esas hechas con alfileres clavados sobre los que se enganchan y lían hilos, o cuerdas o semejantes, y se entrelazan hasta conformar un dibujo o imagen “reconocible” figurativamente. Un hilo continuo girando sobre vástagos (que son los conceptos y las palabras y los temas) trabándose consigo mismo. Muy poéticamente entendido podría nombrarse como palimpsesto. Ese “dibujo final” aún no puedo verlo, aunque presupongo que será una especie de fotografía de mi alma. No dispongo más que de esa propiedad, así que es lo único que puedo ofrecer al mundo. Y eso es lo que hago al escribir: dar.

jueves, 1 de octubre de 2020

Un rey fantasma

 


Rey negado

 

Aún no llueve, como las ausencias

de un sin vivir extra-fuero. Encorvan

las esquinas de la cerca los troncos jaspeados

de tercos gritos que rezuman bilis secas,

el polvorín mojado del otoño

reclama el lugar donde poder anidar,

gobernar con su don

de cosa pública fiable.

Mas la langosta de tierra

continúa haciendo su agosto

entre las hojas de los rosales.

Mientras más cuidado dispongo

sobre ellos, más alimento

la voracidad del devorador del verde.

Ensancha su vicio creando el vacío,

gobierna a golpe de sable

desencantando mi torpe querencia

por hacer visible el todo vivible,

perturba el espacio como un fantasma

donde un otoño húmedo y blando

necesita morarse.

Cuando lo encuentro, lentamente

intento engañarlo: la sombra

ante sus ojos con una de mis manos,

se retrae tras el tallo esbelto de la rosa

sin percibir a mi otra con sus fauces

abiertas prestas dispuestas

a cerrarse sobre su volátil cuerpo.

Y desde ahí, al suelo

solo un segundo de tiempo

se sucede. Bajo la suela de mi bota

le pido perdón sin que él pueda oírme.

Me pregunto qué dueño dirime

entre el nacimiento del verde

y la muerte del amarillo

salvo un rey aplastado

sobre la piedra rosa de la fuente.

Y me digo, a rey depuesto,

rosal repuesto.

 

Rey desnudo

 

Podando madreselvas de madura vida,

hallé el vestido del rey negado.

Acaso desnudo se pasea

saltando volando

de rama en rama reverdecida por mis riegos

llorando clamando

por su transparente camisa

tan delicada como cruenta su ambición

animal de asolar lugar

para un tiempo de bruces, un otoño

necesario para esta costra ya ajada,

una liviandad para el peso muerto

de cada estrella visible, caen

tantas caen sobre mi despertar

al límpido cielo de la noche.

Y al frío sin cubierta de edredón de nubes.

El suelo sin manta que lo abrigue,

él sin seda que lo cubra,

desnudeces de sombras

a mis ojos saltan y sin remedio

conviven bajo los fantasmas astrales,

mas con tan distintas moradas

tremendas diferencias me aturden.

Él sobresale volando, mi tierra,

de aposento me sirve,

y yo solo deseo agua que la lave

y tierna la conduzca a las raíces

de las encinas. A su vuelo le deseo

cielo completo que urja y repare

tan extraños fueros: frío que duerma

a sus huesos y así al suelo

caiga su hambre de verde

horadando el vacío voraz

del azul perenne. Y el otoño se haga,

y el campo reviva entibiado

por la humedad del mar, hoy tan lejos

como cerca el monarca escondido

tras las hojas de los rosales:

vergüenza siente desnudo

de segundas pieles y de tiempo

de vida que le quede.

martes, 22 de septiembre de 2020

Dos alquerías

 



A mi pueblo, a mi desconcierto

 

En este muerto contenido

al que abrazas y consuelas

por deseo de su propia muerte,

en este bello ejemplar de ciervo

ligero y pesado de tantas muelas

y dientes rumiantes,

de tan onerosas alforjas

que no tienen fondo,

que huecas deslizan

el aire que por la boca

les entra y por el culo les sale,

en este muerto y denso

aire de oftalmologías

imposibles pues ni ojos

ni pestañas siquiera te caben

en ese rostro pernero,

en ese rostro carnero,

en ese rostro pétreo

de meseta inasumible,

centinela vestido de colores brillantes,

en esta muerte tuya,

yo te abandono:

Eres un pueblo muerto

sin fantasmas,

un pueblo herido

de su misma muerte,

un cuerpo inerte

exhalando un aroma vivo

de fragancias que nunca

se hunden y siempre preguntas,

siempre preguntas

el porqué y el desconsuelo

de este olor a rosas que entierras

mano sobre mano bajo

tu zócalo de piedra

tumban

 

la luna, el sol, la paz

de algún refresco asociado

al martilleante fuego arenoso

concupiscente o semioculto

bajo las flores de lavanda

visitadas por la mariposa

de la col, blanca como las paredes

de mi alquería… Ah, qué solaz

que no perdí, soldadito boliviano,

por mucho que dispararas

a sienes, por mucho

que trucaras valles y cordilleras

en busca del corazón palpitante

de la luna grande cuando

se asoma por los andes

de mis luces. Soldado enorme

corazón y las venerables

soledades, los cierzos

en pleno mes de julio y el viento

de suroeste aterrizando

sus mejillas de océano

sobre el páramo agreste

y mesetario:

 

el desconcierto, la lección

de amor dada, la grata

complacencia de una voz lejana,

las orillas y los pasos serenos

sobre la arena, el agua del mar

dentro de mi frente,

y un “no sé” hasta que la salud

tenga nombre de nuevo

y pierda la enfermedad

el suyo de muerte,

o España.


(Sofía Serra)

jueves, 17 de septiembre de 2020

Del amor y otras impotencias

 


Nuevo hombre en la cruz

 

Verte en verde puro quisiera

ausente de tus férreas estampidas,

lenta en un segundo presiento

tiempo al sol de ese tulipán equivalente

que me llama, me pregunta, me requiere:

¿Por qué?, ¿por qué no bebes?

Y tus manos amasando

espinas. Como ya no se te

clavan…

 

Al verde quiero sostenerte:

Flamearás sucediendo en el vacío

hasta que el celo mudo de tu viento,

si es que mientes,

se haga hueco en la cruz de tu pecho.

Y entonces se abrirá el cuero

herrumbroso. Y el manantial borboteará

de las cuatro paredes de tus brazos.

Y el sol del aullido iluminará

las doradas clavijas como si

fueran brotes verdes: verte

como si no te hubieras

zanjado. El campo de cuerdas

de hierro tronará en rasgueo

salvaje

de tu boca que reirá llagando

el aire que hoy permanece

ileso… Como muro, como vano

a la muerte en la que tañes

preso de esa cruz en la que te clavas,

que ya no sé,

yo no sé, no sé

con qué manos

apuntalas esos clavos a

tus palmas.

 

Hombre de cuatro brazos,

mutante de esta tierra

morada por la espada de tu arado

que me llama, me demanda, me pregunta

de qué te sirve ya ese par de alas.


(Sofía Serra, 2010)

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Love me tender (Ámame tiernamente)

 


Sin huesos

 

He estado cerca del mar tan lejano,

tan mío me parece como los pasos que la ola

ha avanzado para lamer mi cuerpo tan pequeño,

tan inabarcable por sus brazos líquido elemento

con caída de sí y de mí tan mío

como su cercanía y su enormidad

la he abrazado en mi cuerpo

porque tan sólo, tan solo y en su soledad,

me ha avenido dándome la bienvenida

en su sólido seno sin límites ni nombres.

El mar me ha modulado

moldeándose a mi sino

de mujer que lo abraza aunque no lo abarque,

ni mis heridas se han curado

ni su aislamiento de ser de nadie remite

pero ambos fundidos

hemos hablado de amor,

de yeguas, de aire, de mareas

con intemporales tiempos

como sus piedras tiernas

como mi carne tierna y él, tierno,

ha abierto mi cuerpo a su tiempo

sin tiempo, a su sino tan solo

de mar entregado a mis brazos

ya sin orillas que lo marquen

yo sin llagas que haya de sanarme,

él y yo ya transparentes

pero uno siendo

la piel de ambos

como dos mundos entregados

el uno al otro en encuentro perpetuo

a su ritmo y a mi canto.


(Sofía Serra, 2020)


jueves, 3 de septiembre de 2020

Dos terremotos

Fue la primera palabra de la que tengo conciencia que aprendí: terremoto. Estaba la niña imagino que a medio dormir en la habitación de sus padres, cuando algo la sobresaltó y espabiló (mala cosa). Oyó a los mayores hablando en la estancia contigua, distinguió una palabra extraña y entonces se le visualizó un cielo teñido de colores naranjas y rojos recortado por la silueta de una motocicleta rodando por el perfil de una montaña, negras ambas, como en perfecto contraluz. Parece que ya entonces era amiga de la etimología sui-generis, y hasta de la fotografía. Terre-moto. El ruido de esos vehículos lo asemejó a lo que fuera que la despertó. Así quedó grabada en la pueril mente de mis dos años. Ahora sé que fue un 15 de marzo de 1964, la fecha en que se produjo un terremoto en Sevilla. Aún no había nacido mi segunda hermana y yo ya sabía leer. El misterio lo resolví cuando ya de adolescente conocí la existencia de la Venus de Willendorf. Solo una maga podía haberme favorecido esa resolución tan racional e imaginativa a la vez. Siempre relaciono la palabra terremoto con el fuego, y el fuego, con la magia y los temblores, de ánimo y de tierra, ¿o no son lo mismo? Y el temblor que una palabra nueva provoca en las neuronas, y su fuego, su chispa divina. El soplo.



El Temblor II (poema a mi primer recuerdo verbal)
(A la Venus de Willendorf)

con qué mando vino
y a qué fango llega
la venia bajo la que te labraron.
Si conocemos el momento,
¿te imaginas un desierto sin hombres
poblado sólo de árboles?
…Y entonces llegaron
sus pechos manando leche,
y en su barriga
crece la nueva vida
y se haga fuerte 
y coma con sus dientes
y hasta ojeras tiznará
al enfrentarse a la pendiente 
cuando el jefe de herida muere
por el colmillo del mamut,
o tal vez por la venenosa
espina de la acacia
que por entonces verdeaba
las arenas del Sáhara.

Ni qué decir tiene ya
su vulva fue el origen
del mundo para ellos,
pobres hombres blandos 
y sedientos de rascacielos
que los elevaran del frío
del suelo de la cueva.
Pero he aquí que llegó
su bonhomía temprana,
y la mujer chamana
se talló en caliza
hasta dar lugar,
o luz,
al misterio:

y si a esta piedra
y la clavo y casco 
lasca a lasca,
ya llegarás,
cuando se me abra
la rosa dura.

Pensó la mujer naranja
con el contraluz
de un cuerpo y durmió
con un cuerpo,
soñó, despertó 
y se levantó del tálamo
de piel de alce
con un cuerpo
girado hacia el oriente 
del horizonte naranja y negro
y rojo temblor: 
terre-moto
sopla con sus piedras,
te nombra meciendo
sus altas tundras,
te labra moviendo
tus pequeñas sábanas,
te engolfa en las voces de afuera
cuando mis muslos
aún no habían engordado
con la teta, en la cuna
y desde su tierra 
te cinceló la talla
de ésta no sé ya 
si habla o antigua.

(Sofía Serra, 2012)

domingo, 30 de agosto de 2020

Cambios termales



El deshielo

Si de vez en cuando
mi boca en tu oído se enreda,
alerta a los nervios opacos,
esos que no excluyen a la materia,
con permiso o sin él afianzaré
mis ijares sobre el suelo.
Mi voz: mi yunta y mis alas abiertas.
Si de ellas espanto a estas llagas
que como manos de ida sostienen a la memoria
tras el aullido del agorero salvaje,
tú no te asustes, ama de mis venas.
Sólo las montañas y los árboles permanecen
anclados a la tierra oscura,
y ya en el deshielo
comienzan aturdidas esas tuyas
a licuarse: ríos de mares nonatos,
verbos contenidos en los glaciares
bajo la presión de los heleros
deshilando el cambio termal, el soplo oxigenado
sobre esos ya jadeantes pulmones.

Del deshielo a la muerte anuda
el paso del natural suceso
como aquella que nos dio lugar,
madre, no congeles tu aliento
que lo quiero para rebelarme,
me conquisto y luego contigo
me iré ya vieja ya sin espada.
Vejez como humana querencia,
vejez como flor espigada, no contrahecha.
Vejez resistencia, que yo contigo me quedo
junto al río cada vez más ancho,
más pausado, más fértil,
más desprendido de su cauce,
planicie moldeada por los amables ecos
de los gritos proferidos por el Hombre…
:Mar.

Como tú, madre, como tú.

(Sofía Serra,  Septiembre/2009)

sábado, 15 de agosto de 2020

Tres pasos para montar la resistencia



Surrender

La única revolución pendiente
es la del individuo sobre sí.
Y la única con final feliz
para el mundo.

Me comuniqué y atravesé
las medias noches del olvido de sí
o bien de mí permaneciendo
derrengada junto a las sobras del mundo.
Me recorrí aventando los solares
que quedaron quietos
como atemperadas sombras
solazando las desiertos.
Yo me participé y transgredí
la filamentosa náusea adherida
a las entretejidas togas de la memoria.

Mas eres tú y son mis ojos
y yo te diré y será
lo que tú digas.

ESO y un no siendo
fue ser poeta.
ESTO es ser
revolucionario.

(De "La dosis y la desmedida")

dicta-dura nuestra boca blanda

los hombres tienen sed
y no doy abasto (el río)

Los todos mordemos
con firmes dentaduras:
                                        aprehender
duras aguas al beber el llanto
de todo cristal gozoso
verde o negro
estallado por el viento inasible
de la iniquidad, la vesania
y la hambrienta injusticia.
Sus cristales se nos clavan
en la lengua antes de            pronunciar
una reseca ignorancia más.

Aprendemos a masticar
con las llagas,
nadie nos emboca bajo
el puente de la libertad:
Sed de maestros, sed
de vosotros mismos.
                                        Perteneceos.

(De "Suroeste")

Manifiesto

la torre se enfunda
con placas de grafito
o de pizarra.
Los caballos de la marisma
tronan en la espesura del bosque
de eucaliptos.
Entre tú y yo triangulamos
la distancia de las estrellas
aunque el Rin haga cabriolas
de este a oeste.
¿Quiénes somos sobre este paisaje
tan verde? El peso de la historia
nos aplasta. Tu vida es la mía,
tú, de dios, mi dios, tú.
de nosotros, él.

sólo posees un manifiesto:
tú mismo. Defiéndelo.

(De "Los cabezos amarillos")





 
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