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martes, 21 de abril de 2020

De hortalezas y fortalezas





Ager (A un huerto en el campo)


De un huerto flanqueado por encinas
en tierra de arcilla y piedras
adviene la salud amistosa
de los frutos de la madre. Tierra
con contenido laborado
en dobladas falanges de matas
de tomates y pimientos,
calabazas, berenjenas,
pequeñas y grandes yerbas
sabrosas de sudor y enjambres
de duermevelas mientras
el calor las abrace tiernamente
como el saludo de bienvenida
a su pecho, a su piel erizada
de terruños aterciopelados
tras la carda por tus manos.
Abastecer sin prisa ni pausa
cada raíz que se teje
por los bajíos del cielo,
más allá, mucho más allá
del aire y sus ubres acuosas,
lentamente sugerirles el bien
del esfuerzo, no la costumbre
de darlo todo por maduro
ni regalado, que sepan buscar
su alimento y en su pesquisa
se fortalezcan sanas y firmes,
que de ellas depende el crecimiento
y el porte de este sotobosque humano,
la sombra de su verde y el color
de sus frutos: vivas plantas
os quiero, amas vuestras,
dueñas de vuestra vida,
señoras de nuestro futuro
verano, aprended a cultivaros
sin más ruido que el de vuestras raíces
horadando el tierno lecho
ya mullido y en silencio
que yo misma aúllo
intentando ahuyentar tanto estruendo
que menoscaba la música
del aire necesitado. Disponed
de la mudez saludable
del sonido del agua lejana
que a vuestros pies se sucede
y correteadla, tras ella
ávido crecerá el tejido raigal
que os mantendrá enhiestas
y fuertes, listas para florecer
y alimentar a insectos primero,
a humanos después de todo
que al fin y al cabo procuraron
vuestro hogar de estío sin segundas
residencias ni consiguientes
abandonos. Morad vuestro sitio
libres de hipotecas como plantas,
seres conscientes de que sin tierra
ni nacéis ni crecéis. ¡Ah, humildes
seres reflexivos del lugar
por el que lucháis con las armas
más tiernas y ocultas!,
qué sabiduría os reclama
que escribáis sobre vuestra vida
que consigue lecciones de moral
para aquéllos que desde arriba
os culturan…

Y qué difícil vivir
siendo humano
viendo humano
no saber plantarse
ni florecer ni fructificar,
viendo humano con raíces
de aire polucionando
el silencio sabio
de vuestro porte crecido
en vuestra casa sin puertas
ni cajones cerrados, lleno
de vosotras vuestro lecho
de noches y días, tumulto
de consciencia plena
aun sin sesera que os bendiga,
dicen.

martes, 24 de marzo de 2020

Otra pandemia




Pandemia (de todos)

Aun sin casi cuerpo revives
todos los años, majestuosas
extensiones de un síndrome
tan natural como cualquier virus
que contagia, que hunde en la tierra
sus lentísimos brazos de onagra
habitante de este mundo
tan pleno como hueco
tu tronco y tu ronco estallido
en zarcillos de flores y hojas verdes
que revientan el cielo
con tu pausada descarga
de polen y polvo viejo
del frío invierno antaño
salud de tu casa, tu fuste
tan cueva, tu carne recia
tan pasto de gusanos
que socavan tus paredes
trepanando tu leño
tan inhumano que no sucumbe
sino que se levanta agradecido
al revivir ya oreado
por los mismos orificios
que te casi mataron.
He aquí el misterio, el misterio,
lo ignoto, lo no revelado,
como el hueco que me fallece
al preguntarme por culpa
si no te abandono y si te olvido
el mensaje me tumba a tus pies
entonando esta melopea
de cántaro de barro llena
de contenido pero hueca
de vacío pues el tiempo
llegará como yo llegaré
a mí misma y a mi edad
de canto prolongado
tan sin apenas cuerpo
pero con flores y gusanos
de vida que embutirán
toda la tierra y las luces
en mis ramas ya verdeadas
del plácido estío y la geoda
sin nubes de distancia
entre el azufre de la tierra
y el azafrán del otoño del día,
tu futuro jaspeado de dudas
como las que me devoran o adornan
festoneando mi fuste
de líquenes secos mas vivos
de materia muerta que renace
como tú o como yo
que ya no sé si soy encina
o piedra o tierra o lluvia,
de hoja en hoja me persigo
tramitando cada paso
que escalo sobre tu corona
de frágiles brozas y tupidas flores
de cuento chino y sus verdades
de no ser más que tu espejo
de luces verdes donde griseas
tu tronco atravesándome
cada meninge hasta que exclama
la tierra taladrándome me abre
en brazos de sueño esplendente
originando el campo
de incertidumbre irradiada
por la luz y el calor
de todos los seres que rehaces
con el soplo de tu reviviscente
pandemia, o primavera.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Lírico paisaje



Paisaje con lirio

Este privilegio que arropo
en mi regazo, ni canta por sí mismo
ni me llega regalado, este privilegio
nació fruto de mi albedrío
y el del suelo que me premió
con carencias la osadía
de hacer mía la voluntad
del hierro y de las piedras
como las que sorteo
al florecer en estos parajes
solitarios de un hogar construido
con alas de mundo interno
y voces de terrenas melodías.
Ahora que me libro,
cierro las jaulas de los vientos:
poder aislarme de ellos
cuando quiero,
suprimir el encierro que la dura
y seca costra a otras flores impone,
caminar con mis hijos poblando
casi medio mundo sin atisbar
ser humano ni ser por ninguno percibido,
abrirme por la tarde pues lirio soy,
lirio longevo en suelo inerte
al que quiebro y revivo
floreciéndome, como lirio extraigo
de mi áspero y gris regazo el color
de los bienes y el aroma de las paces,
como lirio contraigo mis pétalos
cuando el sol me sobreexpone
y a su luz caída yo me levanto,
y multiplico mi especie en estos tiempos
de yermos pasajes, de extrañas veces
para los extraños -siempre esos extraños
ante mi delicada rutina-
que pisan suelos condenados
a no florecer nunca.

Y sin culpa continúo sosteniendo
y arropando con mis moradas
sedas este privilegio de ser
entre tanto páramo incendiario
la única flor que no atiende
a bonanzas o males temporales:
incólume lirio bajo la encina
que sueña su paso lento
sobre el rosa suelo de la edad
y la voluntad nombrada
entre cardos y piedras elegida
ser flor de muchos días.

viernes, 13 de marzo de 2020

Vírico paisaje



El paisaje

Yo no soy paisaje digno de reflejar
en fotografías o grandes lienzos,
en documentales feroces
que la comparativa provoca,
ni siquiera en las evanescentes
pantallas por donde se asoman
al resto del mundo y sus aconteceres.
Apenas árboles,
a duras penas multitud de piedras,
una tierra dura coronada de yerba
rala producto de las bocas rumiantes
y los extremos de temperatura,
algún arroyuelo de invierno,
cardos grises y verdes,
caminos polvorientos o embarrados
sin grandes sombras que los alivien,
soy un paisaje no de cuento,
un paisaje mínimo de esplendor
natural o humano, una especie
de tierra de nadie sin casi nadie
que me lleve a los altares
de la admiración. Recuerdo
a los bajíos del alma
terca e inmune a pasiones
o ventisqueros de halagos,
tan mudo que nadie me oye
salvo alguna oveja y sienes
tan tercas como yo. Soy paisaje
decrépito de umbrías y ternura,
de hojas caídas y cascadas frescas
y hasta de hombres. Sin embargo,
no duermo ni descanso, ventrílocuo,
pongo voz a los cierzos, los levantes
los solanos y los ponientes,
a los vientos rijo como una rosa
nacida en la obstinación
de los mapas, planos de puro inermes,
como una rosa de los vientos
a la que los vientos no tumban.
De tan viejo, mis huesos frágiles,
en polvo y tierra se funden.
De tan firme, mis pies columbran
la salud de las bacterias
que favorecen mi engorde:
nitritos y nitratos me rejuvenecen
como si amo del espectáculo fuera
y hasta tierno y aireado me vuelven
las cuchilladas profundas de los hombres
y sus manos. Soy plegado y raso,
anciano y joven, domesticado
y salvaje como el ser humano
que de mí vivía y ahora, otros,
para mí viven. Conservo mis años,
mis siglos, en cada nuevo brote
del lirio que amanece morado
sobre mi suelo rosa y terso
de tantas pisadas de animales.
Mas me dibujan caminantes
sin pasos pero con huellas
solo visibles cuando caen.
Yo no soy paisaje digno de cine,
pero mitigo la airada mirada
de quien me vislumbre
respirando mis aires libres
de virus coronados por la falaz
pandemia de tanto ser
habituado a la pequeñez
que no encuentra, no halla,
no atina a contemplarse
más allá de sí mismo.
Devuelvo como espejo
todas las estrategias que asolanan
las arrugas profundas y recias
de tanta hambre de mentira:
soy verdad como la poética
de las cosas, soy justicia firme
en mi dureza que a todos
devuelve la mirada
y hace felices a quienes ante mí
se derrotan de sí.

domingo, 8 de marzo de 2020

No somos iguales



La giganta

Hasta los jaramagos perfuman
la suerte de mis pasos sin pisadas
erguidas bajo el sol y sobre la tierra.
Culmina el puente de luz
la avenida que esconde
el ramo de troncos centenarios
tranquilamente dormidos
de pie, como la perra vieja
y sus canas hocicantes de hembra
parida de bruces bajo su caseta.
Huele el campo a campo vivo,
huele el aire a sal marina muerta
izada al cielo como Layla.
Nubes tan potentes como el imán del planeta
que a todos nos sujeta a su superficie,
¿tendrá conciencia, la Tierra, de sí misma
y los aromas que me embriagan?
¿Suspendería su deriva con rumbo
si el conocimiento obtuviera?
Yo me detengo conocedora
de mi fortuna dorada, absorbo
a través de mis sentidos la belleza
que me plasma sobre el suelo,
libertad tan rica de señuelos
que me pierden fundida
sobre la naciente pradera como vello
urticario de una gigante tranquila,
dormitando bajo el sol y las nubes,
expeliendo humores de agraces
mieles libadas por las abejas.
Posadas sobre los jaramagos,
habitúan mis pasos al mullido jergón
donde reposan a la espera silente
de la lluvia sus vastas ubres
de dulce e ignorante matrona.
De su poderío hablan por ella
las colinas, las sierras, los barrancos,
los bosques, las tercas estepas,
las piedras sus huesos trabados
en polvo rosa de cimientos
para esta catedral en el vientre
de la geoda. Mas ella ajena
dormita y de sus sueños
yo velo por su inocente reposo
bañándome en su ronquido
de madera, yerba, tierra y viento
contenido entre loma y loma
levanto su aliento de mujer
fecunda y recia descansando
de tanto esfuerzo callado.
De dónde llegan las encinas y los pinos,
de dónde las piedras salvajes
como tortugas marinas durmientes
excavan su nido asomando solo
sus crestas grises y azules,
de dónde la tierra dura culmina
su labor de ternura acunando
tanta semilla de flor nueva
que se abre al cielo y a mis pasos
sin huellas, sin pisadas
que las aplaste: vuelo como la abeja
liba de color en color bajo el manto
de la luminosa claridad,
del aura magna de esta giganta
que durmiendo trabaja y se afana
para que yo sueñe, piense o goce,
para que yo desdiga cada luciente
empresa que no se oculta,
para que niegue mi forma y mi nombre
entre tanto contenido de verdad,
de plenitud completa de ser
viviente habitado y gigante, de ser
mínimo como los pétalos
de los jaramagos, de ser
minúsculo como yo.

Y como tú.

jueves, 5 de marzo de 2020

De refugios

Fotografía original del periódico "El País"


El otro mundo

Tantos mundos, y no son de ninguno.
Como bultos caminantes, como sombras
que hablan con murmullos de agua
bajo el cielo y su espacio sin límites,
a la luz de la blanca bandera,
sobre el suelo firme donde
árboles y yerba crecen sin desvío,
sin conocimiento de que son
árboles y yerba como los de este mundo,
sin sospecha de diferencia
se dejan pisar como las que yo
piso enterrando cada semilla,
cada piedra en el légamo
de todos los ríos, que malogramos
como fronteras aspadas,
como conciertos de herida y sangre,
así perturbamos, así confundimos,
así erizamos la piel de este planeta
tan virgen, tan inocente en sí mismo.
Árboles de alambre nos opriman
creciendo junto a nuestras piernas
que ya no existen salvo en nuestra espina,
bífida se someta a la coyuntura
de dividirse y lograr hacer puente
entre las dos orillas, la tuya y la mía,
caminantes sin rumbo, siniestra
tentativa de mundo explorado,
de mundo construido a golpe
de hierro y frío que se funden
en el lienzo. De la afilada ferralla
a la tierna carne de seres
tan débiles, tan vulnerables
erigiendo el inhóspito paisaje
sin señas de vida o piedras,
sin animales dudosos de sed
o hambre abatimos los perfiles
licuados del aire eliminando
matices, favoreciendo iguales
que no nos despierten,
que nos acunen dormidos
para soñar mientras la vida dure
que todos los mismos morimos.
Mas unos lo hacen sin suelo
donde caer bien muertos
y otros enterrados en vida
dentro de la costra que los tortura.
Ninguno el mismo, todos semejantes,
todos difusos a ojos de nuestro mundo.
Así miramos, así nos contemplamos
los unos a los otros desde la orilla
que no traspasamos,
aun a nuestros pies y siendo de río
tan calmo, tan vadeante, y de nadie.

lunes, 2 de marzo de 2020

Sembrar alcornoques



Jaulas de alumbre

Son prometidas del aire
estas jaulas que jalonan
el circo abierto de la cerca de piedra
y sus odaliscas como hincos
que la abrazan como abrazo
estas perlas sin espinas
que abotono creando
transparencias. Abluso tus símiles
para desabrochar los botones
que te nacen al compás
de la espiga y la brisa amarilla
o azul de levante o de poniente
sorteando piedras, clavando estacas
en el corazón de la tierra fría

aún. La necesidad de tus hoyuelos
comunicando el hambre de luz
de tu savia ya latiendo en tu columna
de tierno palo sin corteza aún

que la salve de las acometidas
de los conejos o de la tanza
alimaña de mi ceguera.
Sembrar, trasplantar, esperar
que soportes el desquiciado
calor del estío,
verte crecer camino del cielo
sin abandonar tu madre,
sin olvido de tu germen,
y no verte ahondar tus otras ramas
rompiendo las testarudas piedras
que construyen el andamiaje
de tu estirpe.
Naces, te elevas, te hundes
a salvo de fieras y gigantes
que un día se tornarán
minúscula compañía de tu vera
y tu corcho, tus hojas y tus ramas
cayendo como un sauce,
aunque yo no te vea
o tu sombra no me cobije.
Cuidarte desde pequeño,
protegerte,
alimentarte,
gozar de tus crecidas,
amar al compañero que me abraza
y fortaleza te confiere: jaulas
de blando alambre para el alumbre
de tus días de luz crecientes
para que alivies el mundo
que ahora piso,
que después hoyaré
y del que formaré parte
ya libre yo de mundanas jaulas,
más o menos como hoy.

martes, 25 de febrero de 2020

Seres celestiales




De milagros

Del mistérico pozo nace el lirio
plegado sobre el milagro
de volver a erigirse todos los febreros.
Como un aldabonazo de luz
culmina el pasado entretejido
entre la sequía estival y la lluvia
calma que suele rondar
por estas avenidas de tierra y yerba.
De prodigios exubera mi lugar,
como la sombra del agua
o la luz de la piedra, la sentina
de la geoda o la dormición de Layla:
tan inerme de memoria se iba
rodando círculos tan nimbada
que solo unos ángeles se atrevieron
a izarla, desapareciendo, sin rastro
ni ristra de huesos o de lana.
Suceso tan inexplicable
que solo compite con la abducción
extraterrestre, aquí, tan terreno
este lugar y tan terriza ella,
la recuerda el lirio mirando al cielo,
abriéndose colmando su hambre
de azul desde el suelo verde
para morar en el zaguán
de la primavera y llamar a su puerta.
Una aldaba tan tierna para tal momento
estelar del año, un sonoro desvío
de color para tan muda empresa,
una flor tan pequeña como Lirio
para nombrar tan grandes ausencias
como la ausencia memorial de Layla
de su tumba ausente y su asunción
al celeste mundo.

lunes, 17 de febrero de 2020

Siete (ocho) de-lirios



En un lugar del mundo
(De-lirio)

I
Este es mi trabajo en un lugar
en el mundo:
oír cantar a los mirlos
tal como oigo la poesía
leer el croar de las ranas
tal como percibo la poesía
acariciar piedras con mis manos,
ellas más tiernas que mis callos,
degustar los colores de la yerba
según sequía o lluvia,
separar los dientes
de ajo,
machacar las meninges
de los arbustos,
caminar con los hincos clavados
en la tierra respirar
el cielo sin mirar
las nubes crecidas en las ramas
subir el agua al suelo
dormir bajo la nana
de las semillas de adelfas
escuchar la palabra
que solo pronuncia la perra muda
de interés por las carnes tiernas.
Ella prefiere comer piedras
que desentierra, poesía
e inteligencia se dan la mano en su hocico:
olfatea, mastica y tritura los huesos
de la tierra.
En este lugar del mundo
el mirlo continúa cantando
como un soldado que silba
y se desprende de su uniforme
y corre tras la mariposa
del cielo multicolor recién nacido
tras el parto de la noche
y su algarabía de luces.
En este lugar del mundo
crujen las ramas leñas
tarareando la marcha nupcial
del sí vivir en rima
con el cielo y la tierra
carnal y sus huesos
y el delirio de la perra Lirio
y mis afanes en el mundo delirante
y su lugar en mí.

II
El alba aún dormida del lirio
conmina en el circo del valle
a pleamar los nulos silencios
del mundo y sus huestes floridas.
Trituro piedras con mis dientes
de ajo como las fachadas
de los troncos dibujan el callejero
de los insectos y sus afanes.
Los rascacielos de los cipreses
acogen oficinas y oficios
de jilgueros y nubes,
las naves voladoras más raudas
nunca vistas aterrizan sobre la espuma
de las bacterias deslizando
sus pies como esquíes sobre el lago,
las estelas las extiende el canto estrenado
del mirlo anunciando la avenida
de la primavera y sus arcos triunfales
de ramas pobladas de verde,
hábiles en contenido abundante
de latidos musicales al ritmo
y al son del delirio oscilante
de las estaciones del año.

III
Ya poblado el árbol de verde
me incita a conciliar mis pasos
sobre la tierra que se calienta,
aun corta la yerba,
aún contenidos los lirios
asoman, ahora sí, los vástagos
de las jaras, como lúmenes
de antiguas flores esparcidas
sobre el terso dominio de la luz
sobre el suelo. Y todos mis sentidos
reverberan en sintonía salvaje
con el sonido de la paz brotando
entre las antiguas y grises briznas
de trabajo de las cosechas.
Caminante de dos atajos
entre el arroyo y la loma
y el campo doméstico y el silvestre
se me extiende el sí vivir
como un dolmen de alimentos almarios.
Quién vive tan extraviada del sol y las nubes,
quién se esconde de la senectud de los troncos,
quién de la mirada perdida de las piedras
huye como el conejo de la perrilla
que solo ladra para ahuyentar
al peligro que ni ve ni existe,
pero despeja su senda de carreras
de su propio miedo alertando
de su frágil modo de fiera
a todo ser desatendido de sus fauces.
Para vivir enterrada, encelada,
soleada, nublada, llovida,
renacida como las flores
que ya llaman a las puertas
de mis pasos sobre las raíces.
Quién osa levantar la roca
de la vida sin temores
para descubrir las grietas del hormiguero
y las escolopendras panza arriba.
Cántaros de luz llueven
sobre este paisaje vivaz y dueño
de mi alma y mis sentidos,
me visten de un manto de Dios
permanecido sobre las hojas
aún viejas de las encinas.
Y el árbol poblado ya de verde
me libera el estuario del invierno:
Sus flores pintan sus ramas
confundiendo. Divertida artista
la naturaleza me avisa
enraizando su renacer,
preñando el cielo y mis ojos
de flores verdes, nuncias
de las futuras hojas nuevas.

IV
La pregunta sin respuesta señalada
culmina en el afán de los troncos
por romper la línea curva de la colina
y su densa marea de yerbas
que alman mis sentidos.
Navegar sobre los brotes tiernos
de antiguas semillas enjauladas
en cáscaras de quebradiza
subsistencia. Tan sabias,
se resguardaron de la sequía
y las heladas para el logro
de poblar después y ahora,
juntas, la vitualla del porvenir
y su mágico misterio de alba
siempre naciente, siempre joven
el alba de las ilusiones frescas
como fresco el campo de la mañana
y su velo de agua etéreo.

V
De aire se empapan mis sentidos
frutos de la carne y de mis huesos,
de la química de los abalorios
cervicales se sostiene el cuello
erguido de la cola del mirlo.
Silabea el ave trinando parajes
de cantos verdes y sutiles,
granados ríos de turgentes aguas,
palpables reflejos de modelado
barro tan sedoso como sedas
sus plumas de linaje y cieno.
Se enredan los colores
de su melodía tal como se funden
él y ella en su música
naranja y negra, tal como confundimos
el miedo con la apatía, la falta
de luz para distinguir el cromatismo
de los desvelos. Quién inocente
se culpa y precave las lindes,
quién acusando obtiene el rédito
del equilibrio sino el inocente
canto del mirlo y su persona
de sonido centelleante,
la magistral frontera líquida
entre el día y la noche
y las noches y los días del devenir
poblado de verdes labores
sobre la luminosa transparencia
de la verdad y sus afanes.

VI
Sobre la mentira de las cañas
aletean los jilgueros prendidos
de dulce aroma de estiércol.
Lucen ávidos de deseo,
sedientos de pereza infantil, pródigos
y laborantes suspenden las ramas
de la encina anciana vistiéndola
de temblores vibrantes de vida.
Canta la encina dueña de su savia
trinando el susurro con su voz
de vieja alegre. Levanta
al cielo sus brazos rizados
de leñosa artrosis sin quejarse.
No la lastiman las heridas
sangrantes que como sarpullidos
brotan sobre su corteza recia
y dura. Los jilgueros culminan
su trabajo de siervos cantores
picoteando las llagas de futuras
venidas de nuevas ramas y hojas
verde ceniza, se renueva
el cabello la agonizante encina
triunfando como el hada
de la sierpe y su camisa ya perdida
sobre las antiguas yerbas rubias.

VII
Anochece la noche ya dormida
de luna y generosos aromas
de sueño y descanso,
bajo el edredón de las horas
duermen plácidos el viento
y las estrellas del nuevo día,
invisibles pernoctan su guardia
soñando labores de guardas
del bosque de los cantos.
Los hombres terminan su duelo.
Los hombres encienden la mañana,
los hombres amanecen renovando
la salud del celaje y su claridad
meridiana en este lugar del mundo.

oOo

miércoles, 12 de febrero de 2020

Raíces y razones




Cambiar la tierra

Me canso al final del día
como si hubiera estado picando
piedras como el gallo o las gallinas.
Pero solo he estado cambiando la tierra.
¿Solo?, ¿te parece poco? Siéntate
y goza de tu hazaña. El planeta
pesa tanto como los olvidos antiguos,
recuerda tu espalda el suelo
ovillado en la carretilla de mano
y tus manos combatiendo
con las raíces de espanto, tercas
como terco el ser humano
que cambia la Tierra olvidando
su recuerdo de animal pensante
y pensado para cuidarlo todo.
Si por dios o por natura no importa
preguntas, pero exporta cansancio
de pensares negando la evidencia
del crimen cometido contra sí
y contra el orbe, la locura que nos arrebata
la conciencia de ser humano
bueno. Malo el principio
de nuestra soledad en este universo
tan viejo, la respuesta a todos los males
que nos asolan y asola este astro
sin luz propia pero con una chispa
prendiendo nuestras neuronas.
Si supiéramos, ay si supiéramos,
superaríamos nuestra congoja
de animal solo entregado
a las fauces del pozo negro
de la autoconsciencia y el razonamiento.

Razón de más para salvar
lo ni humano ni racional.
Razón para amar la sinrazón
de nuestro nacimiento y de nuestra muerte,
tan naturales como artificial
el de Humanidad es nuestro nombre.

domingo, 9 de febrero de 2020

Son agridulce



El canto del mirlo
(A mi hijo)

También por la mañana
aduce voz al silencio melódico
del campo la sonora garganta
del mirlo y su afán por gobernar
mis adentros ya algo ajados.
Perpetúa el recuerdo de la bondad
y la belleza y hasta el aroma
de las madreselvas aún sin flores.
Canta prodigando senderos
de tiempo felices, de plumas
aves sobre tus ojos libres
de espanto sobre el pasado.
Construye el mismo nido
que tú construyes caminando
por las avenidas de la vida
a tus manos, va llegando
tu suelo poblado de amaneceres
poblados de ti y tu fortuna
donde tu mente preclara
ilumina las estancias de tu presente.
A veces, al mirlo se le entiende
sin palabras, comunica el valle
de la memoria con el altozano
de futuro elevado sobre tu sonrisa
y porvenir soldado a tu corazón
tal como la mañana se une a la tarde
de mis ilusiones y la noche de mis días.
Y tú continúas caminando,
y yo te libro camino aunque no te vea,
este camino agridulce de la vida
tal como el canto del mirlo
rompe la niebla blanca
de mi ceguera iluminando
las estancias de mis lágrimas
y de mi alegría de ti.

domingo, 2 de febrero de 2020

Tres sobre este estado de derecho



Okupación

De lo que sobra se alimenta
la paja del destino, cabizbaja
la nube es atraída por el potente
imán prendiéndose en las miríadas
de hojas de las encinas, sanas mutaciones
de la pérdida, el bestiario escondido
de un amanecer nublado, las regalías
de la lluvia que ya vuelve a domeñar
los pináculos de la sequía, el polvo,
la alergia aun sin apenas polen,
yerba verde hoy retapizada
de agua ahogada en la tierra.

De nuevo también aparece mi araña,
juega al escondite de la temperatura.
Mi tamaño la calienta y gira
sobre sí misma, como el planeta:
ellas estaban antes que nosotros
aquí, como el lagarto, como los topillos,
como el mirlo, como la culebra.
De más está que pensemos
en esta tierra vaciada de hambres
como el lugar muerto
donde caer bien muerto.
Okupas somos de un jardín
donde no habitaba el hombre,
un campo vertebrado con patas
de araña y de opiliones, bacterias
escindidas de la yerba, rosarios
de orugas envueltas en boas
de terciopelo, como modelos
desfilando por la pasarela
se contornean sin hacer preguntas.
Mi araña lobo busca ovejas
en el cuarto de baño, le doy la vuelta
y vuelve a desaparecer al segundo
suelo y ante mis ojos
vuelve la sentencia:
ellas estaban aquí antes que nosotros.
Los okupas somos, okupas permitidos
por un reino de lombrices y encinas
con majestad de tierra y juicios
sumarísimos sin condenas
ni falsos testimonios. El ratón
me da la luz en la cocina, con sus ojillos
golpea el martillo: os habitamos,
ya no estáis vaciados
sino dentro. Sino extramuros
del gobierno de la injusticia.

Justicia

Mi tierra avezada me pinta las uñas,
las ramas del escaramujo baten
mi cabello que se enreda entre
las yemas de las futuras rosas,
dos combatientes a fuego de armas
tiernas y con solo dolor
de la okupa y sembradora de rosas:
por aquella que atajó mi pelo,
por aquella que se fue con su yema
brotante. Una gota de sangre
comporta justo precio por una rosa
abortada por la cabeza que le dio
asiento y nido donde antes solo cardos
grises y pasto de ovejas crecían
a salvo de mis manos. Mis manos
las cuida la tierra esmerilando
mi piel, tornasolando mis uñas,
más fundida con ella sin estar en la tumba
ni en la muerte. Esta esteticista
no cobra por embellecer
salvo mi propia carne y su pellejo:
el exacto y justo precio a cambio
que gustosa le prodigo.

Le pago.

domingo, 26 de enero de 2020

De inundaciones



La sierpe agradecida

Las manos del arroyo se extienden
como garzas rosas planeando
sobre los caminos inundados.
Su cauce, antes perdido de agua
hoy se derrocha lejano por la ribera
de los hombres, llama a los portones
cerrados como la sagrada familia
hizo hace casi dos décadas,
pero no le abren, no atienden
su súplica de inundación de sitio,
su necesidad de traspasar umbrales
de cobijo y calentar suelos insensibles.
El arroyo ahíto de colmo busca
vaciadas huestes de la vida, busca
suceder como a él le han sucedido
la lluvia anhelada, la tierra barrida,
los matojos de zarzas, las adelfas secas,
los cubos de pintura vacíos, el colchón
impuro, las bolsas de plástico voladas
desde la tienda a su barranco antes tan hueco.
Yo soy río grande, él se canta, tan inocente
huye de sí mismo entregándose a todos.
Y todos lo despiden con trompetas
llenas de miedo y carentes de paciencia.
Y se va, se pierde arroYando cada piedra
puesta en su camino. Avanza desembocando
su boca y su vientre pletóricos de barro
en la avenida donde desembocan
todas las vidas. En el mar. Atrás quedan
todas las muertes, todos los portazos,
todos los noes y hasta el ano y sus frutos
de quien solo pretendió devolver
todos los presentes prestados.

lunes, 20 de enero de 2020

Sobre piedras



La geoda

El polvo rosa sucede a la lluvia
sobre los juncos verdes. El arroyo
se cubre de velo tornasolado.
La soledad de la piedra se tumba
a descansar de tanta hambre de amor.
Goza con su vientre ahíto de cuarzo
y agua. Odalisca tan dulce y plena
como aquellas hetairas del jardín
nemoroso. En su vergel, edén
o paraíso que no olvidó
de geoda y de cueva del tesoro.

Cuánta diferencia entre aquel mundo
y este de las piedras cuajado
de senderos transitables. La voz
culmina el proceso de la niebla,
se levanta lamiendo los caminos
con su lengua de humecto humo
respirable. En el otro, todo tan vacío
de silencio y perfume, a duras penas
se oxigena mi piel interna,
sin sentidos se suceden mis pasos
ciegos de piedras. Aquí ya sin mi sombra
se me transparentan los caracoles
que crujiendo mueren bajo mi peso
de luz del sol aromatizada
con almanaques de horas interiores
colmadas de correspondencia sin buzones.
Las palomas cultivan el rebaño
de la yerba, mensajean las briznas
a mi regazo, muere la senectud
de aquel mundo tan frío y hueco
como un enjambre de lentejuelas.
Aquí brillan irisadas el interior de las casas
rizadas rebosantes de entrañas
verdes y domésticas transacciones:
el gato juega con el ratón,
el perro se esconde del gato,
el pajarito vuela volcando
los cacharros de los estantes,
la abeja zumba al olor del cocido,
baila como una gitana alrededor
de la válvula de escape y todo
se me cumple como una profecía
leyendo el misterio de la leyenda
que no se escribe: las vertientes gozosas
se erigen desde mi pecho y me expande,
me extiende olvidando los recuerdos
de aquel paraíso imperdible:
ya no existen en la memoria,
ya los vivo como esplendores de hoy
en mi geoda de mundo habitado,
tan diferente, tan de piedra
y agua, sin vientos de murmullo
vociferante, tan ausente
de todo lo que sobra.

domingo, 12 de enero de 2020

La salud



Sanaciones

Del cielo seco cae
la arisca helada que se tumba
sobre la yerba
sobre los lomos del huerto, pero
sobre todo,
sobre las tuberías externas de cobre
y las mangueras de azufre.
Con paños calientes sano
su estrategia de estatua de bronce,
su herida de ser corriente
estancando la ruptura
del devenir de sus ríos,
sus ríos de agua termal y verde
lento arribo de la sima de la tierra
que a mis manos, y a la lavadora,
llega. Calmo y me calma el secreto
que guardo en mi bolsillo,
este calor que inventa mi amor
por la casa, nuestra casa,
nuestro piso de 10.000 metros redondos
limpiado con agua dulce
de las entrañas de la tierra.
Como si diosa fuera yo, su ofrenda
me obsequia alzando mares del sur.
De este sur.
Y yo la bendigo con mis ojos
y el dolor de mis dedos.
La arisca fiel que se afana tumbada,
la ama de invierno que guarda las llaves de la primavera,
la enfermera que lava todas tus úlceras.
Aunque duela.

Sola culmina su labor sanadora,
sendas malignas gobiernan los trotamundos
estivales del sol y sus lagartos soldados
a las piedras como pajes perezosos
de su reino.
La tierra la sostiene,
sabe de su salud protectora,
siempre la recuerda,
nunca olvida, aunque la mates,
clava sobre ella el puñal de hielo
de tu furia:
te devolverá los verdes ríos
y salados mares de los frutos calientes
de tus manos cuando no te dolían.
Y así se venga mi madre, me recuerda
a mí también,
nunca olvida mi siembra.
Aunque hiele.

lunes, 6 de enero de 2020

Mesa de reyes



Simbiosis

Y sobre la mesa el nutriente
viento vuela las naranjas
del olvido de ser no más
que una bandera transparente.
No divisamos la cima
de la alegría porque entablamos
conversación permanente
entre el aliento de los limones
y el aroma de las rosas
constructores todos
de nuestro lar de aire.
Al viento nuestro gozo
sin materia
también sin opaco
que lo distinga
de la lluvia o la luz,
la tierra o las hojas
o el aire albado de júbilo
al amanecer de nuestra era.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Vesper



La calma

Desde estas aguas marcas
bajo la prendida del sol sobre la superficie
del arroyo lento, fragantemente lento
como un colmado de yerba,
que ni camina ni ya teme
como la erguida piel de las piedras
que al agua se someten blandas
como velas antiguas de naves curvas,
de naves verdes acariciando el mar
de las aguas breves, de las aguas limpias
sin señales frías, las aguas calientes
desde ti y desde mí, desde las ranas
cantoras y el concierto en sí bemol
de las reses y sus mugidos lentos,
lentos como el musgo orillando
a las aguas y a las piedras verdes
como el mar de las yerbas que se pausan
y el clamo espejo del arroyo
y su reflejo de árbol tan lejos
de sí y de mí, tan cerca de nosotros
como la blanca mecida del cielo
sobre nuestros hombros como mantea
la calma de nuestro abrigo
y el calor de este invierno
que se desliza lento y acuoso
liberando las semillas de la costra
ya no endurecida, ya tierna
madre de tierra nutriente,
de cálida calma al sol leve
de esta vital amanecida
sobre los manes de la antigua lluvia,
sobre las manos de nuestro tiempo,
nuestro compañero,
y su cauce blando amamantando
la vida nueva
en la tarde de nuestra vida.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Feliz Navidad de parte de un ama de casa



Durante el temporal

Tras el temporal al sol
del sol de nuestra mesa,
el mantel de nuestras manos
desdoblado de arrugas crujientes,
extendemos el pan candeal
de la mina pacífica del templado horizonte.
Al sol del sol de nuestras manos,
a la luz de la luz de las velas,
al unísono canto del silencio
tras el alarido del cielo
y su saliva limpiando
cada intersticio de nuestro tejado,
al viento del viento que ya remite
la tierna epístola de la miga
de nuestro pan sereno
y caliente como las arenas
de cualquier playa. Y sin mar,
para qué queremos mar
si dormimos sobre la blanda espuma
de las bacterias y su amor
por la yerba y el agua.


lunes, 16 de diciembre de 2019

C@lores de otoño




La sangre de las piedras

Y rojas las hojas de la parra
recuerdan su líquida y animalista
alma, la sangre de las piedras
bebe la planta para no morir
de frío, que la tierra no la olvide
durante el invierno,
aquella la mantiene erguida
aunque caiga por su leve peso
a través del más liviano aire
que la sostiene.
Claro el vino que la alimenta,
claro el horizonte pleno
de fotografías de insectos,
el cine mudo con banda sonora
de traficantes de seda y artífices
del oro, el crisol de los sueños
amamantados por el sol, que ya es ama de cría.
Un invierno de gozo, una almohada
de tierno hallazgo entre la luz
y tus manos tan calientes.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Luces de noche



Presentimiento

De luz y tiempo se viste la noche calma,
de alba cuelga el blanco nuboso
tintado de silencio y agonía esférica
que clama bajo el sonoro mestizaje
entre la falta de sombras
y la armónica disonancia
entre el cielo y la tierra.
De repente un nido se colma,
de repente la robusta inocencia de la noche
emerge solidaria con el ventanal
de la luna, habitan sépalos serpientes
camino de la encina
supurando flemas,
los fantasmas nublan mis sentidos,
ajorcas de amor
que arropan el frío orificio
por donde se divisa plano
el otro hemisferio, aquel que acontece
en la otra noche más temprana,
la súbita puerta a las estrellas
me lleva al zaguán de su casa,
la valentía de abrirse a mis ojos
como un exhibicionista,
la bendición de despertar
más allá de la oscura materia
del sueño y sus secuaces.

Pensamiento nulo de bala
y bruma que culmina bajo el encendido
farol de las sábanas ya dormidas
libres de mi cuerpo y el peso de la soledad
de mis neuronas, tan animistas
como la serena que me eleva.
Qué bendeciré yo cuando cante
sobre el huerto enterrando
mis talones en el estiércol de plata
sino a la difusa, la mágica,
la sorteada presencia de estar viva
antes de la aurora.

Presiento un pozo de sueños
bajo el sincrónico canto del gallo
y mi corazón de voces. El nido
se aturde fragante de otros suelos:
los de ayer, los sin llegada, los amados
tirabuzones de la vida y su encanto
silabeante de hojas vivas en el otoño
de mis días.
 
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