viernes, 9 de noviembre de 2012

La primera piedra

Duermes. Anoche me acosté antes de tiempo soñando con dormir 8 horas seguidas. DE 10 a 6, calculé. Me despierto a la una. Hay algo que no funciona y no son los somníferos. Mi cerebro está atascado, saturado, no consigo pensar con claridad. Tampoco dormir con oscuridad. Ni durante el día.

Pensar en la huelga general me aturde. Me roban los conceptos desde hace muchos años. Nunca me he sentido representada por nadie ni por nada. Cuando la mayoría de los compañeros de universidad decidían dedicarse a hacer oposiciones para instituto, yo me negaba a hacer el CAP, el Curso de Adaptación Pedagógica (si no lo realizaba ya no podría presentarme a ellas, fue mi truco ante la insistencia de mi padre), seis meses en los que se supone la gente adquiría los conocimientos necesarios para convertirse en responsables de la transmisión de un saber a adolescentes. Me escandalizaba. Había dado muchas clases particulares (y no tan particulares, algún colegio , alguna academia de verano) desde los 15 años como para saber que las clases que pudiera impartir serían productivas. Los niños aprobaban en sus posteriores exámenes, lograba transmitirles mis escasos conocimientos del momento. Sobre todo recuerdo que lograba enseñarlos a estudiar, esa era la clave. Si aprendes a estudiar, si se te enseña, aprendes, absorbes conocimiento. Pero la experiencia vivida en un colegio me llevó a decidir nunca más ejercer la enseñanza. No tenía delante alumnos, tenía delante a sus padres, a sus padres simbolizados por la nula educación que esos chavales habían recibido en esas familias. Resultaba una frustración absoluta. No podías abrir las mentes que habían sido tapiadas a cal y canto, de 13 a 17 años, adolescentes cuyo único sueño consistía en estudiar la carrera que más dinero pudiera hacerles ganar. Lo pensé, lo VI: estos son los que nos gobernarán en un futuro. Cuando yo sea mayor, pensé, estos formarán parte de los cuadros activos del país, sus gobernantes, sus abogados, sus médicos, sus empresarios, sus trabajadores, los futuros padres. Y me horroricé. Y sobre todo me negué a seguir alimentando ese sistema.

Mi torpeza fue no prevenir, no comprender de qué forma podría afectarme a mí personalmente que el estado en el que vivía fuera a ser gobernado por esos clones de sus padres, clones con 15 años de adultos de 40 años. Clones. Sin adolescencia, sin sueños, sin ideales, lo único que distingue a un adolescente: su ilusión, su pathos.

Los responsables del colegio no eran exactamente responsables de nada. Se lavaban las manos, pude comprobarlo en la distintas reuniones de profesores que se mantuvieron mientras yo estuve impartiendo clases. Sólo querían poder cobrar las diferentes mensualidades que los padres abonaban. El sistema pedagógico brillaba por su ausencia. Y hasta el del mantenimiento. Aulas cuyas puertas no cerraban bien, cuyas pizarras se caían de viejas, aulas sin libros: ¿dónde se iba el dinero? A los padres no parecía importarles esa cuestión. El colegio compraba solares adyacentes con el fin de poder ir ampliando sus instalaciones: aulas de judo, de gimnasio, aulas de preescolar, más niños, más adolescentes, más horas en el colegio. Los padres contentos. Menos tiempo con los que tener que bregar con sus hijos a cambio de dinero. Vendían la educación de sus hijos. El colegio compraba mentes para no formarlas. Nació el rebaño, nació el rebaño de dirigentes, de votantes, de electores, de ciudadanos.

Esa generación fue la que cuando desplegó sus alas de madurez se asentó como cuerpo activo de una sociedad: votantes sin ideología propia, votantes sin ideas, votantes sin pensamiento. Empresarios sin formación humana, sin conciencia de responsabilidad social, sin conciencia humana. Políticos sin conocimientos históricos, sin conciencia legal. Médicos sin vocación, maestros sin vocación. Responsables juristas sin conciencia del derecho, de la ley al servicio del cuerpo social, sin conciencia de responsabilidad social. Funcionarios sin conciencia de servicio. Obreros sólo pendientes de sus vacaciones. Sociedad de clones, cuerpos de personas emergidos sin haber pasado por el natural estado embrionario del conocimiento. Clones que llegaron a su esplendor durante los periodos de implantación de la llamado sociedad del bienestar.
Sin educación familiar, sin formación académica responsable, se les dio después todo: la molicie y la corrupción llegó.

Nada puede extrañar ahora. Yo casi ya no me escandalizo, ya he pasado al aturdimiento, como si mi mente no pudiera soportar más collejas que las vivencias experimentadas y la realidad contemplada me hubiera dado. Algo así como si me hubieran batido el cerebro. Descerebrada. Casi. Solo casi.

El motor arrancó con graves deficiencias de funcionamiento, tuvo la potra de poder arrancar. Me negué a alimentarlo. Decidí situarme en el extremo opuesto del espectro social. Allí, donde estaban los que la misma sociedad apartaba de su funcionamiento, los relegados, los marginados, los que por uno u otro motivo no se adaptaban a la locura y eran excluidos por esta sociedad. Y psicológicamente situada desde ahí he visto evolucionar todo. Sino que sin perder mi conciencia de ciudadana. Lo que se te enseña en la niñez no lo olvidas nunca. El poso mental que adquieres en la juventud, te forma como persona. Desde ahí he educado a mi hijo, he mantenido emocional y psicológicamente a una familia y he desarrollado lo que las circunstancias me han ido permitiendo. He cumplido con mi papel en la sociedad desde mis valores individuales, desde mi conciencia. Pero la sociedad nunca me ha respondido, nunca me ha correspondido. Nunca he obtenido nada de ella. Tampoco se lo he pedido. No he querido pedírselo.

No me he sentido representada por nada ni por nadie ahora ni desde mi premadurez, pero acepté mi responsabilidad como ser humano, como persona.

Estoy en huelga desde los 21 años. Hoy los sindicatos me roban la huelga. Los que hoy hagáis huelga llegáis a MI huelga. Pero es tarde, muy tarde. La conciencia de un corpus social no se forma en un día. Pasarán dos o tres generaciones hasta que este país tenga arreglo. Yo ya no viviré para contarlo.

No creo ni en vosotros, partidos políticos, ni en vosotros, sindicatos ni, lo que es peor, creo en vosotros, copaisanos de este estado que se llama España. Mi vida se ha desarrollado al margen vuestro, al margen, con todas sus consecuencias, de la implantación del sistema del bienestar, al margen de los beneficios de un estado de derecho, marginada en sus beneficios, implicada en todos su detrimentos, de ahí no se escapa nadie a menos que se sea multimillonario. No quise contribuir a la locura, aunque la locura luego se cebara en mi vida. A cambio os dejo lo mejor de mí: una mente brillante y una conciencia joven con una ética impecable que algún día, ya lo hace, contribuirá a la regeneración de una sociedad podrida. Una sociedad ni siquiera vertedero, por lo que no puede ni fermentar o explotar. Una sociedad humo. Un humo que ya me asfixia.

Tal vez por eso me refugio en el arte y en la poesía, lo único puro que sé que queda, la última expresión del ser humano, aunque también la hayáis corrompido en su noventa por ciento.

Anoche me acosté a las 10 pensando en la huelga del 14N. Son las tres de la madrugada. Me despierto pensando en ella aunque ni me va ni me viene. No soy trabajadora, no figuro en la lista de desempleo, no cobro nada del estado ni de ningún otro “empresario”, no voy al médico y las pocas medicinas que por ahora necesito consumir me las pago cuando tengo. Sólo soy persona. Escribo esto porque nunca abandoné la enseñanza, sólo me negué a ganar dinero con ella. Quería poder seguir manteniéndome libre, libre de una sociedad de locos. Y no contribuir a su locura. Mantenerme libre y con mi conciencia limpia. Aunque me haya pringado hasta la médula,  puedo tirar la primera piedra. Aunque sólo quiera hacerlo en forma de letras.

Sofía Serra

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que grande eres Sofía!!!!

Anónimo dijo...

Estupenda reflexión, Sofía. Gracias por tu honestidad. Has descrito brillantemente la frustración que, como yo, estoy segura sentimos otros docentes que no hemos tenido la valentía de decir no a este sistema educativo y hemos luchado en nuestra propia aula a crear un espacio diferente al menos por unas horas a la semana. Agradezco mucho saber que no soy la única que a lo largo de su vida y a mis muchos años sigue sintiendo que no encaja y que, como tú, sólo en las expresiones artísticas encuentran mis anhelos alas para salir de esta losa que cada vez se me hace más insoportable de soportar. Gracias !

 
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El cuarto claro by Sofía Serra Giráldez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.