lunes, 11 de enero de 2021

Púrpura nevada, o nieve roja

 



Practico la hablación

(ante la visión de una imagen de televisión 
en la que aparecía una niña abierta de piernas 
siendo sometida a la ablación.)



y vuestras mudas y nudas voces arrancadas
de vuestras bocas, vuestro esófago,
vuestra tripa, mis ovarios,
vuestras roncas
y granadas
rosas
rojas
lágrimas en el pétalo siguiente,
el conspicuo
y detenido, ablatado altar de dioses,
y tu tierna guerra y tus galgas piernas
y tus manos leves blancas
ya
para nada.
para blande espada, que suturen,
que revienten sus oculares
sobre sima, sobre duda,
con mi finta, con mi sesgo,
con tu grito,
con mis manos
mataré al hijo insano
que te abla, que te blinda
a ti de ti,
a nosotras
que te hablamos,
que te hablo por mi boca,
que los ablo por sus cuellos:
Sangre para la tierra que en ella es fértil.
Sus cerebros,
para los perros.

(De "El muriente".)

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El sol, la luna y las estrellas (Feliz Año 2021)




El amo de casa

El esfuerzo con que la luz
se hace todos los días,
maldito sea el Génesis
y todos sus estudiosos,
ninguno contempló ni relató
cómo el sol levanta
el manto negro, la mortaja
sobre la tierra bajo la tumba
resucitándose a sí mismo,
como si la empresa dependiera
de unos brazos aún más extensos
que el Universo.
Calculamos a nuestra medida,
contamos las estrellas con las puntas
de nuestros dedos, el milagro
nos ilumina todas las mañanas
revelándonos el poderío
de tanto astro esforzado
en su tarea cotidiana:
Recoger la noche,
barrer las estrellas,
abrir las flores,
secar la yerba,
calentar los techos de los hombres
y cocinar el humus
que germinará desde semillas.
Pobre amo de casa el sol,
nadie contempla la fosa abisal
que atravesó
para revivirse cada día
en nuestra mirada tan parca,
tan parcos somos, nos
y nuestros lamentos de lagartijas
con lágrimas de cocodrilos
y voluntades de renacuajos.

Oh, Luna

Y tú, Luna, la usurpadora.
De su luz te alimentas y así cebas
el sueño blanco de los licántropos,
de algunos poetas, de los vampiros
pájaros pobres ratones con alas
como tú, pobre astro sin brillo propio
¡pero que a la noche iluminas!
Barres el día, acunas el sol,
decoras el opaco negro que nos hunde
con brillos de fantasía.
Y así, te llaman dama de noche,
como diva, como estrella
de la película noctámbula.
Los búhos te ululan, los zorros
te ladran dulcemente,
alguna vez te retraté entre las hojas
de las encinas. Blanca, blanca eres
como la nube blanca del día.
Qué es propio tuyo sino
tu mismo espejo donde te miras
todas las noches. La madrastra
blanca como la nieve
que todos amamos, menos las ratas,
que se esconden de tu luz de ganga
ante los gatos y sus razzias de juguete.
Sol dado eres rodando mañana
sobre el tapete del seguro azar
sin más valor que el calor
del amo llovido sobre la tierra
en un tiempo que no te pertenece.
El pasado y el futuro te construyen,
¿para cuándo tu presente?

Lunero

Donde la luz terrena se abre
a sí misma
encuentro tu tiempo blando,
tu tiempo instante de permanencia
absoluta más allá del después y el antes,
donde nombras y vives el momento
siendo árbol almizclero.
De perfume primaveral
lozanas el invierno que se fija
y el otoño ya volando,
del frío numen de tu asiento
llueven las palabras que me nacen
como flores glaciales del lunero:
un poco fuera de tiempo,
un mucho lejos de las necesidades,
con miedo a la intemperie del silencio
que la helada canta tañendo con muerte
tantos posibles frutos
como bienes amanecen
en cada poema que no escribo.
De la flor fuera de sitio, fuera de todo,
renace tu tiempo de presente
tan alejado de tu remoto lecho,
tan cerca de la tierra desmemoriada
de día, tal como me olvidan
las palabras que sí escribo,
enterradas, aun vivas.
Poeta, ¡oh, Luna!, poeta eres de todo
instante, poeta sin pasado ni futuro,
poeta con el tiempo congelado
en la flor-la flor, poeta de hoy tan sola
sin mañana de sol ni ayer de astro,
presente vives estrellada en el cielo
del árbol oferente de frutos como soles,
limones mes a mes durante todo tiempo.

o0o







domingo, 20 de diciembre de 2020

Estrella de cuatro puntas (Feliz Navidad desde "El cuarto claro")

 



Bu(r)la de navidad

Capaces de hacer nacer al hijo de quien adoramos en un pesebre,
¿qué haríamos con el hijo de quien odiamos?
Las cuentas me responden.
También las bombillas de la calle.
Sin dinero nos hemos quedado para poder comprar el cielo.
También sin luces.

(“Nueva Biología”)

Paisaje para Navidad

La impaz sonora
y el gélido viento,
la tempestad asaltando
los cuellos de los avestruces
pálidos y escuálidos cimbrean
el aire y ya el suelo
con sus ojos enterrados,
al fondo
el paisaje de la montaña
donde se aposenta la ruin
y verdosa
anatomía de tu silencio,
pueblo mancha o escalada
con los dedos,
tomarte
y desplazarte hasta el valle
al pie del monte,
donde los las ovejas negras pacemos:
belén viviente eres.

Y los avestruces ordenan,
desafiantes ellos ya,
al viento con sus cabezas
fuera de tierra, y con sus enhiestos cuellos.

(“El hombre cuadrado”)

Pudiente

Antes del ayer
escribí un poema
para celebrar
tu adviento voy
a seguir pidiéndote
para así poder darte
un final feliz
herrumbroso y seco
de navidad o diciembre
sin ninguna carga
de misterio: el amor
todo lo puede.

("Solenostemon")

o0o

viernes, 11 de diciembre de 2020

Islantes





La isla mínima

La poesía manifiesta la corazón.

Las dos palmeras sembradas y creciendo.
El camino mayal que me señala la luna.
La tierra recién arada tal como
el nuevo lirio predica en azul.
Pronto llegará la primavera,
la siembra de los alcauciles
para el futuro invierno,
verdes rosas tras los rojos
tomates con sus hojas verdes.

Proclamo mi falta
de corazón y de razón.
Soy poeta, mi órgano
es la co-razón.

(De "Solenostemon".)




martes, 1 de diciembre de 2020

Entre la multitud

 




Ars vivendi

Escribir es matar el tiempo. 

En este canto obstetra
donde germina el hambre,
o el ansia de corduras y de semillas,
y la senectud de tantos paraísos
como nombres evoca la lentitud
del tiempo acompañando al verano
que bajo su mismo sofoco sucumbe
como el suelo brillante de tanto atusarlo
con nuestros pasos y los pasos
de los animales, las bestias consagradas
en el ara del hogar silvestre
junto a la mendicidad de una hormiga,
a la voracidad del saltamontes,
a la sed del conejo bebiendo plantas,
o al coricanto de los perros
enjaezando el aria del gallo,
en este parto a la multitud
donde ni un alma acude
a solazarse:
porque sobre yerbas secas,
yerbas duras, yerbas hirientes
como cercas de espinas,
quién va a tumbarse a descansar
sino yo que encuentro
en las heridas de mi piel
el alivio para mi alma cerrada a cal
y a canto de mí misma.

La escritura, de cualquier forma y luz,
para los inmortales y su hambre 
de muerte para sobrevivir.
Yo vivo viviendo sin matar
cada mi tiempo, que es compañía
de este hambre o arte de vida.

(Sofía Serra, 2020)

jueves, 19 de noviembre de 2020

"Los cabezos amarillos" en la fonoteca de poesía

 Podéis oír tres poemas del libro publicado por Ediciones en Huida




AQUÍ o en cualquier librería, encargándolo, podéis adquirir el libro.



domingo, 25 de octubre de 2020

Exilios


Las chumberas (En tierra extraña. Tango)

 

Celeste destino de siemprevivas

adolescentes el que se abate

sobre las pencas del escudo arbolado.

Antaño abogué por su poda,

por su infrecuente fertilidad

de almanaque sin veces

ni días en rojo de festivo descanso,

luz de sus espinas vejaba la tersa placidez

sobre sus pieles nacaradas como el sol de agosto,

la luminiscente aura vestida como fruto almado

de semillas vivificantes como dulzores de senectud

como las abuelas del campo,

de tanto vivir repelían los ojos avizores

de tanto extraño viento

de levante, levantaban sus lábaros

de acolchadas flores sobre el pétreo horizonte

de vencidos cercados,

casi juncias ágiles y legiones leves ellas

acariciaban la dorada niebla de polvo

de un otoño perseguido, necesitado.

Hoy adelgazan sus gibas

como muchachas extraviadas

en el bosque húmedo de la vida

sin patria, ácratas ancladas

a la residencia en tierra

mis muchachas con tapados de armiño

tiritan sonrientes, mayores

logran sobrevivir

sin que nadie las corteje

a pesar del cálido suelo

adonde las exiliaron,

mas ya viejas aman más por más

enclaustradas entre cuidados

ajenos de insectos granjeros

que acicalan sus arrugadas ubres

de madres creadoras:

Son tiernas criaturas

que ya parieron gozosa progenie,

que ya se seca.

Tanto amor repartido

y nada de vuelta exigen

salvo la atención de mis ojos

y mi canto sobre su resistencia

ante tanta alimaña de sangre.

Las avaras púas atesoran

los dedos de tantas manos

amables que erraron su juicio

de confinada suerte, la de envejecer

siendo dúctiles y lentas

como la anciana que camina

apoyada en el andador

columna de todas las ausencias.

Y un pasillo abren mis chumberas

ante la presencia de tanto esfuerzo

asolante, solas construyen

el gélido arco triunfal del laurel

sobre el desamor, el ostracismo

vestido de fiesta para el baile

de la devastación necesaria,

la de la injusticia.

Marchamo benéfico de mis chumberas

que gozan los churumbeles del cielo,

son estos ancianos valientes

niños recién nacidos

al regazo de otra vida sin muerte

ni abandono de tierra extraña

ni de hijos.

(Sofía Serra. Octubre, 2020)

lunes, 19 de octubre de 2020

Destierro

Las margas azules, la tercera parte de “Los cabezos amarillos”, representan la vuelta a “lo real”, al hoy de la voz que escribe, el mundo que vivo, todo aquello que no tiene que ver con el hecho de “la playa”, que no es un pasado en sí, ni un ayer, ni un futuro, aunque sí otro tiempo al inmanente en la escritura poética. Las margas azules son un tipo de roca sedimentaria, normalmente provenientes del mesozoico, que se forman o se depositan en entornos fluviales o marinos. Se me figura el tramo físico visto en un mapa desde la ciudad de Sevilla hasta “la playa” como el lugar de las mismas. En el poemario acogen todo aquello tomado de la evocación del lugar y el tiempo (los cabezos amarillos) para traerlo a la actualidad y a la realidad de la voz poética. Jugué con la imagen ecoica de su nombre (marga/amarga) y el visual del color, azul (que también recuerdan el del cielo y el del mar), como complemento cromático del amarillo de los cabezos.

Estuve documentándome, lo que una puede no siendo experta en la materia, aunque sí muy amante de la geología. La escritura de un poemario también implica una investigación científica, es decir, racional, ajena a la poética. Una especie de autodestierro del locus amoenus. Siempre la practico. No solo porque naturalmente me apasione, investigar, sino también porque la escritura poética así me lo requiere. 



El alma desterrada

 

El corazón no duele,

pero a cambio

el cuerpo desaparece.

 

La sangre me hierve

y cuando llega a su natural

condensación por el frío

que me rodea, me chorrean

las lágrimas, agua y sales

como la urea que  al matojo  reverdece,

el poso es tierra donde

el cañaveral germina y crece,

mas estoy

a revienta calderas

y el barco de vapor

busca el otro motor

de aceite y gas

que me suprima

de esta artificial suerte

de esperar sobre margas azules

cuando los amarillos

me destilaron

los siete colores del arco iris,

me explosione y, convertida

en masa humeante y celeste

intangible,

vuele por los aires

hasta mi padre marítimo

una vez

él también se condense

en olas de salinas

y reales y blancas

tempestades, no importa

si pequeñas o grandes.

 

Todo ha ido aumentando

como la marea sube

y  los girasoles

que me alimentaban justo

cuando te oí, crecieron.

Ahora su amarillo

ya tiñe el lugar del encuentro,

del que nunca he salido.

Nuestra es la bandera del exilio

interno y la verde playa

amplia y sola.

 

Salir de donde no estoy

para llegar a donde mismo

soy, que no soy más

que tú o yo

o el mundo que odio,

pero del que formo parte.

 

Ni siquiera la tormenta, con su gran poderío,

puede decir a las nubes: ¡no soy vuestra!

 

No mates los días que te quedan por vivir.

(De "Los cabezos amarillos". Ediciones en Huida, 2019)





miércoles, 14 de octubre de 2020

La poesía de Ángela Álvarez Sáez o la necesariedad del ser humano




La poesía de Ángela Álvarez Sáez o la necesariedad del ser humano

 

Si el lector se deja llevar por la primera impresión que provoca mirar esa sonrisa tan tierna y llena de simpatía, tan amigable, del rostro fotografiado de la autora, cometerá un craso error. La poesía de Ángela Álvarez Sáez (AAS a partir de ahora) es implacable. Desde que conozco a la persona a través de las redes sociales y un poco a sus poemas por ella misma compartidos públicamente, intentaba hallar el término que, desde un parco conocimiento como lectora de los mismos, me nombrara su ejercicio poético, me lo definiera. Porque percibir, lo percibía. Tan solo no era capaz de nombrarlo.  Ahora, tras la lectura de los dos libros que tan amistosamente (y generosamente por su parte, dos he recibido a cambio de uno) hemos intercambiado, la he hallado, a la palabra. Implacable. La poesía de AAS es implacable, hay que repetirlo. Implacable con Ella misma (consigo mismo como poesía), implacable con su autora e implacable con el lector. Poesía tan honesta que no deja títere con cabeza, es Ella misma por los siglos de los siglos amén, sin concesiones a la galería, emanando limpia y pura hasta deslumbrar con su feraz solvencia. Se resuelve a sí misma aparentemente sin ayuda ni de la poeta ni del lector, no admite, por su propia ontología, ninguna intervención que no sea su propio ser de palabra expuesta para poder hacerse inmanente en la realidad del poema o del poemario. Feraz como se dice arriba. Honesta, igualmente. Implacable, también, de nuevo. Con toda la rotundidad y el poder que pueden evocar esos adjetivos. Ella sin necesidad de nadie, independiente, todopoderosa, salvaje.  Por hablar llana y simplemente, de otro mundo, de ese mundo de donde nace el hecho poético, que es ajeno a las verosimilitudes que aparentemente se necesitan para poder hacernos con Ella. Este es el mérito indescriptible de la autora, humana como la que más, sometida a todas las circunstancias de la existencia como cualquier ser humano. AAS moldea con el barro de esas palabras que conquistan el ser más íntimo por su capacidad amatoria, ilusoria, esperanzadora, palabras cercanas que nos evocan el cobijo, el abrigo, el abrazo que el corazón del ser humano expuesto a la intemperie de la existencia necesita, para, después de amasarlas en sus también dedos tiernos de autora, pasarlas por el rodillo de la necesidad (ahora sí “necesidad” y no "necesariedad") rasante de esta costra de la nomenclatura (¿no queremos adaptación?, ¿no preferimos el orden en vez del caos?, aquí están, aquí los tenemos, parece decirnos la autora tras el resuello que se permite después del esfuerzo poético: esto es lo nuestro) hasta convertirlas en una finísima lámina de acero con la que construye la guadaña de la exigencia poética. Tan brillante, tan pulida, que antes de cercenar cualquier atisbo de hallazgo de calidez, de abrigo, nos permite vernos reflejados, resultando así aún más efectiva la pretensión de la misma poesía: mostrarse tal como Ella es, mostrarnos tal como nosotros somos. Que cada palo aguante su vela nos dice Ella, la Poesía. Esto es lo que hay y yo no voy a mentir, parece decir AAS. Yo os traigo la poesía, esta es la poesía. Y esta es nuestra existencia.

Y nos quedamos blancos, mudos, no de asombro, sí de reconocimiento ante la visión de un poder sobradamente superior a los que podamos o creamos poseer.

Así me ha dejado la lectura de sus dos libros que han llegado a mis manos. Más que sorprendida, con la boca abierta. A los poetas se nos llena la misma hablando de poesía. Lo que sucede a veces es que, cuando la encontramos más allá de nuestros minúsculos quehaceres, normalmente nos quedamos mudos. La mudez es producto del hallazgo, del encuentro con la realidad de que la poesía es aún más poderosa de lo que podemos percibir habitualmente, por muy mistérica que nos resulte, antes embarcados en nuestras propias minucias. AAS no olvida que somos humanos, que ella misma lo es. Utiliza los mismos resortes de ser “ser humano” para atrapar la poesía y poder traérnosla, complace a su ser íntimo acogiéndose en sus recuerdos, a sus vivencias, en la impresión afectiva que los conceptos de maternidad, paternidad, filiación, religión, evocación de paisajes muy visuales y, por tanto, atrayentes, para poder imantarla, atraerla a su manos de poeta y , así, poder ofrecérnosla, pero con tal Arte, porque Arte es lo que oficia la poetisa, que ningún atisbo humano mancha la efigie, la figura, la presencia de la diosa que se nos aparece. La Poesía con mayúscula. Ahora, al hallarla, al verla, comprendemos por qué nos atrae, por qué nos puede, por qué no podemos hacer otra cosa que enmudecer ante su presencia. El trabajo del poeta es anterior a su hallazgo. El trabajo del poeta se desarrolla consigo mismo y con el lograr que, tras esa revolución que implica la propia reflexión, la que la poeta hace consigo misma, el horizonte se despeje para que la pura y neta e imponderable Poesía pueda emerger para hacerse visible a todos los demás seres humanos. Audaz, sagaz, todopoderosa, ella misma ya hasta sin necesidad de la poeta. La poesía es inhumana, pero necesita del ser humano para habitar. He ahí su realidad. Ese, y no otro, es su misterio. Y esta nuestra alegría: ¡Somos necesarios! Aun con todas nuestras debilidades, nuestros miedos, nuestra incompetencia, somos necesarios. Este es el mensaje de la poesía de AAS. Este es su regalo como poeta. Y qué más generoso y valioso regalo, el de nuestra necesariedad.

 

“La tierra frágil” nos ofrece un ramillete de preciosas flores hábilmente compuesto estructurando colorido y formas abullonadas, cálidas, curvilíneas, primorosamente dispuestas como si de un arabesco de líneas onduladas y curvas se tratara, muy similar al efecto gráfico que provoca la visión de su letra, de la escritura manual de la autora (tengo la fortuna de haber obtenido dos dedicatorias suyas), aparentemente intrincado pero repleto de pequeños pimpollos llenos de belleza, carnosos, amables a simple vista, un ramillete de flores que abre el apetito, entran ganas de comérselas aun no siendo veganos. Y es que no lo somos, tendencias alimenticias aparte. Somos sangre y carne y así se transfiguran esas bellísimas flores hasta hablarnos de nuestra debilidad, de nuestra pequeñez, de nuestra vulnerabilidad ante la intemperie de la existencia. Solo podemos recrearnos en nuestra capacidad amatoria para sobrevivir bajo ella, dejarnos gobernar por la realidad de nuestra naturaleza y la crudeza de nuestra lógica. Un día nacemos y otro día morimos. No hay más. Y no hay menos que dedicarnos a vivir nuestra existencia en el cobijo de nuestra capacidad para amar y así poder contemplar y vivir el misterio sin más dolor que el necesario para el esfuerzo: lograr que el amor habite en la inclemencia de nuestra existencia. 

La tierra (amante, poderosa, fecunda, madre) como imagen de nuestra propia vulnerabilidad (frágil). El amor, tan poderoso, depende de nosotros, paradójicamente tan vulnerables.

El “Libro de la nieve” se escribe por sí mismo, como si no necesitara autora aunque racionalmente sepamos que ese hecho es un imposible. Se autoconstruye tal como exactamente la nieve hace, que pasa del estado gaseoso al sólido sin mediador líquido (o autorial) que necesite, como por auto-emanación divina, por sí misma. La nieve es la manifestación sólida más inestable de nuestra fenomenología física. La nieve no se desmenuza por muy escamosa y briznosa que aparente ser. La nieve se diluye cuando la temperatura sube, cuando el calor del esfuerzo o del cobijo, o del amor, aparece. La nieve se convierte en agua, el estado sólido transmuta en líquido: ahora sí, la autora aparece. El autor como último eslabón en la cadena fenomeno-ontológica de la poética, como el lugar que le corresponde en la tarea del traimiento de la poesía a la realidad de esta nuestra existencia en la costra dura de la nomenclatura. Ahora, al leer el libro, entendemos el misterio poético. Ahora comprendemos el uso de la prosa poética escandida en breves párrafos textuales por decisión de la autora. Ahora el líquido puede ser escrito. Ahora el líquido de ese mar de dudas que anega el libro nos transparenta la incertidumbre de nuestra propia existencia. En la incertidumbre que es la esencia neta de toda poesía.

Poco más añadir salvo el hecho de transcribir que, con poéticas así, el temor de alguien como yo (lectora y escritora de poesía) por que en nuestros tiempos la lírica y la poesía no encuentren lugar, desaparece. Paz. Paz. Sin miedo ya al comprobar que aún existen seres humanos como Ángela Álvarez Sáez capaces de hacernos visibles lo verdadero a través del Arte, por algo llamado nuestro último refugio. Lo que siempre nos queda, afortunadamente. Aquello para lo que siempre seremos necesarios.


(Sofía Serra, 2020)


domingo, 11 de octubre de 2020

Dos esperadas

 


La Espera-da

 

Se emborrachan las ubres

Ebrias de contenido vital

Y de calamitoso estrépito

Que los otros pechos proclaman:

Manan leche jerigonza.

 

Metralla cubierta

De sierpe sabia,

La culebra honda,

La de la cabeza grande

Anida bajo los romeros en flor,

Entre las piedras y el polvo,

Pero su piel no cambia,

Su líquido curvilíneo advierte:

Si me pisas, me defiendo

Como el sol que se oculta

Con las manos, su resplandor

Llagará mis palmas

Abiertas

A La Esperada.

 

Mientras, he construido

Pozos artesianos.



 
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