lunes, 16 de julio de 2012

A mi pueblo, a mi desconcierto

A mi pueblo, a mi desconcierto


En este muerto contenido
al que abrazas y consuelas
por deseo de su propia muerte,
en este bello ejemplar de ciervo
ligero y pesado de tantas muelas
y dientes rumiantes,
de tan onerosas alforjas
que no tienen fondo,
que huecas deslizan
el aire que por la boca
les entra y por el culo les sale,
en este muerto y denso
aire de oftalmologías
imposibles pues ni ojos
ni pestañas siquiera te caben
en ese rostro pernero,
en ese rostro carnero,
en ese rostro pétreo
de meseta inasumible,
centinela vestido de colores brillantes,
en esta muerte tuya,
yo te abandono:
Eres un pueblo muerto
sin fantasmas,
un pueblo herido de su misma
muerte,
un cuerpo muerto
exhalando un aroma vivo
de fragancias que nunca
se hunden y siempre preguntas,
siempre preguntas
el porqué y el desconsuelo
de este olor a rosas que entierras
mano sobre mano bajo
tu zócalo de piedra
tumba.


la luna, el sol, la paz
de algún refresco asociado
al martilleante fuego arenoso
concupiscente o semioculto
bajo las flores de lavanda
visitadas por la mariposa
de la col, blanca como las paredes
de mi alquería… ah, qué solaz
que no perdí, soldadito boliviano,
por mucho que dispararas
a sienes, por mucho
que trucaras valles y cordilleras
en busca de la mano palpitante
de la luna blanca cuando
se asoma por los andes
de mis luces. Soldado grande
corazón y las venerables
soledades, los cierzos
en pleno mes de julio y el viento
de suroeste aterrizando sus mejillas
de océano sobre el páramo agreste
y mesetario:


el desconcierto, la lección
de amor dada, la grata complacencia
de una voz lejana y dulce, los pasos
serenos sobre la arena, el agua
del océano dentro de mi frente
y un “no sé” hasta que la salud
tenga nombre de nuevo
y pierda la enfermedad el suyo
de muerte.

Sofía Serra (De La exploradora)


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