miércoles, 30 de marzo de 2011

De profundis (XV -y última-). Oscar Wilde

Viene de esta entrada anterior


Hay algunas cosas mas de las que tengo que escribirte. La primera es mi quiebra. Supe hace algunos días, reconozco que con gran decepción, que ya es demasiado tarde para que tu familia reembolse a tu padre, que eso sería ilegal, y que yo habré de permanecer en mi dolorosa situación presente durante un tiempo aún considerable. Para mí es amargo porque me aseguran de fuentes jurídicas que no puedo ni publicar un libro sin permiso del Receptor, a quien hay que presentar todas las cuentas. No puedo firmar un contrato con el empresario de un teatro, ni poner en escena una obra, sin que los ingresos pasen a tu padre y a mis otros tres o cuatro acreedores. Creo que incluso tú reconocerás ahora que el plan de «hacerle una buena» a tu padre permitiéndole hacerme a mí insolvente no ha sido realmente el éxito brillante y redondo que tú te prometías. Al menos no lo ha sido para mí, y habría que haber consultado con mis sentimientos de dolor y humillación ante mi indigencia más que con tu cáustico e inesperado sentido del humor. La realidad de los hechos es que al permitir mi quiebra, como al empujarme al primer proceso, le hacías el juego a tu padre, y hacías exactamente lo que él quería. Solo, desasistido, él habría sido impotente desde el primer momento. En ti -aunque tú no pretendieras llenar tan horrible puesto- ha encontrado siempre su mejor aliado.

Me dice More Adey en su carta que el verano pasado expresaste realmente en más de una ocasión tu deseo de devolverme «un poco de lo que gasté» en ti. Como yo le dije en mi contestación, por desdicha yo gasté en ti mi arte, mi vida, mi nombre, mi lugar en la historia, y si tu familia tuviera todas las cosas maravillosas del mundo a su disposición, o lo que el mundo juzga maravilloso, genio, belleza, riqueza, posición, etcétera, y todas las pusiera a mis pies, con eso no se me devolvería ni una décima parte de las cosas más pequeñas que se me han arrebatado, ni una sola de las lágrimas más pequeñas que he vertido. Pero claro está que todo lo que se hace hay que pagarlo. Eso es así hasta para el insolvente. Tú pareces tener la impresión de que la quiebra es para un hombre una manera cómoda de esquivar el pago de sus deudas, de «hacérsela» a los acreedores, en realidad. Pues es justamente lo contrario. Es el sistema por el que los acreedores de un hombre «se la hacen» a él, si hemos de seguir con tu frase favorita, y por el que la Ley, mediante la confiscación de todas sus propiedades, le obliga a pagar todas y cada una de sus deudas, y si así no lo hace le deja tan indigente como el más vulgar pordiosero que se acoja a un soportal o se arrastre por un camino con la mano tendida por esa limosna que, al menos en Inglaterra, le da miedo pedir. La Ley me ha quitado no ya todo lo que tenía, mis libros, muebles, cuadros, mis derechos de autor sobre mis obras publicadas, mis derechos de autor sobre mis obras de teatro, realmente todo desde El príncipe feliz y El abanico de lady Windermere hasta las alfombras de mi escalera y el limpiabarros de mi puerta, sino también todo lo que pueda tener en el futuro. Mi renta sobre los bienes dotales, por ejemplo, se vendió. Afortunadamente pude comprarla a través de mis amigos. De no haber sido así, en caso de fallecimiento de mi mujer, mis dos hijos serían mientras yo viviera tan indigentes como yo. Mi parte en las tierras de Irlanda, que mi propio padre me legó, será, me figuro, lo siguiente. Me da una gran amargura que se venda, pero habré de pasar por ello.

Están por medio los setecientos peniques de tu padre -¿o eran libras?-, y hay que reembolsarlos. Aun despojado de todo lo que tengo, y de todo lo que pueda tener, y declarado insolvente total, todavía tengo que pagar mis deudas. Las comidas en el Savoy: la sopa de tortuga, los orondos hortolanos envueltos en arrugadas hojas de parra siciliana, el recio champán de color ambarino, casi de aroma ambarino -Dagonet de 1880 era tu vino favorito, ¿verdad?-, todo eso hay que pagarlo todavía. Las cenas en Willis's, la cuvée especial de Perrier Jouet que siempre nos reservaban, los pátés maravillosos traídos directamente de Estrasburgo, el prodigioso fine champagne servido siempre en el fondo de grandes copas acampanadas para que su bouquet fuera mejor saboreado por los auténticos epicuros de lo realmente exquisito de la vida, eso no puede quedar sin pagar, como las deudas incobrables de un cliente trapacero. Hasta los delicados gemelos -cuatro piedras de luna, bruma de plata, en forma de corazón, montadas en cerco de rubíes y brillantes alternados- que yo diseñé y encargué en Henry Lewis como regalito especial para ti, para celebrar el éxito de mi segunda comedia, hasta eso, aunque creo que los vendiste por cuatro perras pocos meses después, hay que pagarlo. No le voy a dejar al joyero sin fondos por los regalos que te hice, independientemente de lo que tú hicieras con ellos. Así que, aunque me declaren insolvente, ya ves que aún tengo que pagar mis deudas.

Y lo que pasa con un insolvente pasa en la vida con todos los demás. Por cada pequeña cosa que se hace, alguien tiene que pagar. Tú mismo incluso -con todo tu deseo de libertad absoluta de todas las obligaciones, tu insistencia en que de todo te provean otros, tus intentos de rechazar todo compromiso de afecto, o de consideración, o de gratitud-, tú mismo tendrás un día que reflexionar seriamente sobre lo que has hecho, y tratar, aunque sea en vano, de expiarlo de algún modo. El hecho de que realmente no puedas hacerlo será parte de tu castigo. No puedes lavarte las manos de toda responsabilidad y pasar con un gesto de hombros o una sonrisa a un nuevo amigo o un banquete recién servido. No puedes tratar todo lo que has atraído sobre mí como una reminiscencia sentimental que sacar de cuando en cuando con los cigarrillos y los licores, fondo pintoresco para una vida moderna de placer, como un tapiz antiguo colgado en una posada vulgar. De momento podrá tener el encanto de una salsa nueva o una cosecha reciente, pero los restos de un festín se enrancian, y las heces de una botella son amargas. Hoy, o mañana, o cuando sea, tienes que comprenderlo. Porque si no podrías morirte sin haberlo comprendido, y entonces ¡qué vida tan ruin, famélica, falta de imaginación habrías tenido! En mi carta a More he sugerido un punto de vista que debes adoptar respecto al tema lo antes posible. Él te dirá lo que es. Para entenderlo tendrás que cultivar tu imaginación. Recuerda que la imaginación es esa cualidad que nos permite ver las cosas y las personas en sus relaciones reales e ideales. Si no eres capaz de comprenderlo solo, háblalo con otros. Yo he tenido que mirar mi pasado de frente. Mira tu pasado de frente. Siéntate tranquilamente a estudiarlo. El vicio supremo es la superficialidad. Todo lo que se comprende está bien. Háblalo con tu hermano. De hecho la persona con quien hablarlo es Percy. Dale a leer esta carta, y cuéntale todas las circunstancias de nuestra amistad. Exponiéndoselo todo con claridad, no hay persona de mejor juicio. Si le hubiéramos dicho la verdad, ¡cuánto sufrimiento y vergüenza se me habría ahorrado! Recordarás que lo propuse, la noche que llegaste a Londres de Argel. Te negaste de plano. Por eso cuando vino a casa después de comer tuvimos que montar la comedia de que tu padre era un demente, víctima de espejismos absurdos e inexplicables. La comedia fue excelente mientras duró, y no menos porque Percy se la tomara totalmente en serio. Por desgracia acabó de una manera muy repulsiva. El tema sobre el que ahora escribo es uno de sus resultados, y si a ti te molesta, te ruego que no olvides que es la más profunda de mis humillaciones, y que he de pasar por ella. No tengo alternativa. Ni tú tampoco.

Lo segundo de lo que tengo que hablarte se refiere a las condiciones, circunstancias y lugar de nuestro encuentro cuando mi plazo de reclusión se haya cumplido. Por extractos de la carta que le escribiste a Robbie a comienzos del verano del año pasado, entiendo que has sellado en dos paquetes mis cartas y mis regalos -o lo que quede de unas y otros- y deseas entregármelos personalmente. Es necesario, por supuesto, que los entregues. Tú no entendiste por qué te escribía cartas hermosas, como no entendías por qué te hacía regalos hermosos. No te diste cuenta de que lo primero no era para publicarlo, como lo segundo no era para empeñarlo. Además, pertenecen a un lado de la vida que hace tiempo que pasó, a una amistad que, por la razón que fuese, tú no supiste apreciar en su valor debido. Te asombrarás cuando vuelvas la vista ahora a aquellos días en que tenías mi vida entera en tus manos. Yo también los miro con asombro, y con otras emociones bien distintas.

Seré liberado, si todo va bien, a finales de mayo, y espero irme inmediatamente con Robbie y More Adey a algún pueblecito costero de otro país. El mar, como dice Eurípides en uno de sus dramas sobre lfigenia, lava las manchas y las heridas del mundo. Θάλασσα χλνΐει πάντα τ’ανθώπων xaxá.

Espero estar por lo menos un mes con mis amigos, y poder tener, en su sana y cariñosa compañía, paz y equilibrio, un corazón menos agitado y un estado de ánimo más risueño. Siento un anhelo extraño de las grandes cosas simples y primigenias, como el Mar, para mí no menos madre que la Tierra. Me parece que todos miramos a la Naturaleza demasiado y vivimos con ella demasiado poco. Yo encuentro una gran cordura en la actitud de los griegos. Ellos nunca charlaban de puestas de sol, ni discutían si en la hierba las sombras eran realmente violáceas o no. Pero veían que el mar era para el nadador, y la arena para los pies del corredor. Amaban los árboles por la sombra que dan, y el bosque por su silencio al mediodía. El viñador se ceñía el pelo de hiedra para resguardarse de los rayos del sol según se encorvaba sobre los brotes tiernos, y para el artista y el atleta, los dos tipos que Grecia nos ha dado, se tejían en guirnaldas las hojas del laurel amargo y del perejil silvestre, que por lo demás no rendían ningún servicio al hombre.

Decimos que somos una era utilitaria, y no conocemos la utilidad de nada. Hemos olvidado que el Agua limpia y el Fuego purifica, y que la Tierra es madre de todos nosotros. La consecuencia es que nuestro Arte es de la Luna y juega con sombras, mientras que el arte griego es del Sol y trata directamente con las cosas. Yo tengo la seguridad de que en las fuerzas elementales hay purificación, y quiero volver a ellas y vivir en su presencia.

Claro está que para alguien tan moderno como yo soy, enfant de mon siécle, el mero hecho de contemplar el mundo siempre será hermoso. Tiemblo de placer cuando pienso que el mismo día en que salga de la cárcel estarán floreciendo en los jardines el codeso y las lilas, y que veré al viento agitar en inquieta belleza el oro cimbreño de lo uno, y a las otras sacudir la púrpura pálida de sus penachos de modo que todo el aire será Arabia para mí. Linneo cayó de hinojos y lloró de alegría cuando vio por primera vez el largo páramo de las tierras altas inglesas teñido de amarillo por los capullos aromáticos del tojo, y yo sé que para mí, para quien las flores forman parte del deseo, hay lágrimas esperando en los pétalos de alguna rosa. Siempre me ha ocurrido, desde mi niñez. No hay un solo color oculto en el cáliz de una flor, o en la curva de una concha, al que mi naturaleza no responda, en virtud de alguna sutil simpatía con el alma de las cosas. Como Gautier, siempre he sido de aquellos pour qui le monde visible existe.

Aun así, ahora soy consciente de que detrás de toda esa Belleza, por satisfactoria que sea, se esconde un Espíritu del cual las formas y figuras pintadas no son sino modos de manifestación, y con ese Espíritu deseo ponerme en armonía. Me he cansado de las declaraciones articuladas de hombres y cosas. Lo Místico en el Arte, lo Místico en la Vida, lo Místico en la Naturaleza: eso es lo que busco, y en las grandes sinfonías de la Música, en la iniciación del Dolor, en las profundidades del Mar quizá lo encuentre. Me es absolutamente necesario encontrarlo en alguna parte.

En todos los juicios se enjuicia la propia vida, como todas las sentencias son sentencias de muerte; y a mí me han juzgado tres veces. La primera vez salí de la tribuna para ser detenido, la segunda para ser devuelto a la prisión preventiva, la tercera para ser encarcelado por dos años. La Sociedad, tal como la hemos constituido, no tendrá sitio para mí, no tiene ninguno que ofrecer; pero la Naturaleza, cuyas dulces lluvias caen por igual sobre justos e injustos, tendrá tajos en las peñas donde yo pueda esconderme, y valles secretos en cuyo silencio pueda llorar tranquilo. Prenderá estrellas en la noche para que pueda caminar por la oscuridad sin tropezar, y mandará el viento sobre mis huellas para que nadie pueda seguirme en mi perjuicio; me limpiará en vastas aguas, y con hierbas amargas me sanará.
Al cabo de un mes, cuando las rosas de junio estén en toda su desbordada opulencia, concertaré contigo por conducto de Robbie, si me siento capaz, un encuentro en alguna ciudad extranjera tranquila como Brujas, cuyas casas grises y verdes canales y calles frescas y silenciosas, tenían un encanto para mí, hace años. De momento tendrás que cambiar de nombre. El titulillo del que tanto te ufanabas y es verdad que hacías que tu nombre sonara a nombre de flor lo tendrás que abandonar, si quieres verme, así como también mi nombre, que en tiempos fuera tan musical en la boca de la Fama, habrá de ser abandonado por mí. ¡Qué estrecho, y ruin, e insuficiente para sus cargas es este siglo nuestro! Puede dar al Éxito su palacio de pórfido, pero para morada del Dolor y la Vergüenza no conserva siquiera una choza: lo único que puede hacer por mí es ordenarme que cambie mi nombre por otro, cuando incluso el medievalismo me habría dado cubrirme con la capucha del monje o el velo del leproso y estar en paz.

Espero que nuestro encuentro sea como debería ser un encuentro entre tú y yo, después de todo lo ocurrido. En los viejos tiempos hubo siempre un ancho abismo entre nosotros, el abismo del Arte conseguido y la cultura adquirida; ahora hay entre nosotros un abismo todavía mayor, el abismo del Dolor; pero para la Humildad nada es imposible, y para el Amor todo es fácil.

En cuanto a la carta con que respondas a ésta, puede ser todo lo larga o corta que tú quieras. Dirige el sobre al Director de la Prisión de Reading. Dentro, en otro sobre abierto, pon tu carta para mí: si el papel es muy fino no escribas por los dos lados, porque así a otros les cuesta trabajo leer. Yo te he escrito con total libertad. Tú me puedes escribir igual. Lo que he de saber de ti es por qué no has hecho ningún intento de escribirme, desde el mes de agosto del año antepasado, y más particularmente después de que, en mayo del año pasado, hace ahora once meses, supieras, y reconocieras ante otros que sabías, cuánto me habías hecho sufrir, y cómo yo era consciente. Un mes tras otro esperé noticias tuyas. Aunque no hubiera estado esperando, aunque te hubiera cerrado la puerta, deberías haber recordado que nadie puede cerrar las puertas al Amor para siempre. El juez injusto del Evangelio acaba por levantarse para dar una decisión justa porque la justicia llama todos los días a su puerta; y de noche el amigo en cuyo corazón no hay amistad de verdad cede al cabo ante su amigo «por su importunidad». No hay cárcel en el mundo que el Amor no pueda asaltar. Si eso no lo has entendido, es que no has entendido nada del Amor. También quiero que me cuentes todo lo relativo a tu artículo sobre mí para el Mercure de France. Algo sé de él. Dame citas literales. Está compuesto en letras de molde. Dame también las palabras exactas de la dedicatoria de tus poemas. Si están en prosa, cita la prosa; si en verso, cita el verso. No me cabe duda de que será hermosa. Escríbeme con toda franqueza sobre ti; sobre tu vida; tus amigos; tus ocupaciones; tus libros. Háblame de tu libro y su acogida. Lo que tengas que decir en tu descargo, dilo sin miedo. No escribas lo que no sientes: eso es todo. Si en tu carta hay algo de falso o fingido, lo detectaré en seguida por el tono. No por nada, ni en vano, en mi culto de toda la vida a la literatura me he hecho

Miser of sound and syllable, no less Than Midas of his coinage.
[Avaro de sonidos y de dabas, / como Midas de sus monedas.]

Recuerda también que aún estoy por conocerte. Quizá estemos aún por conocernos.

Acerca de ti no me queda más que una última cosa que decir. No te dé miedo el pasado. Si te dicen que es irrevocable, no lo creas. El pasado, el presente y el futuro no son sino un momento a la vista de Dios, a cuya vista debemos tratar de vivir. El tiempo y el espacio, la sucesión y la extensión, son meras condiciones accidentales del Pensamiento. La Imaginación puede trascenderlos, y moverse en una esfera libre de existencias ideales. Las cosas, además, son en su esencia lo que queremos que sean. Una cosa es según el modo en que se la mire. «Allí donde otros», dice Blake, «no ven más que la Aurora que despunta sobre el monte, yo veo a los hijos de Dios clamando de alegría». Lo que para el mundo y para mí mismo parecía mi futuro, yo lo perdí irremisiblemente cuando me dejé incitar a querellarme contra tu padre; me atrevo a decir que lo había perdido, en realidad, mucho antes. Lo que tengo ante mí es mi pasado. He de conseguir mirarlo con otros ojos, hacer que el mundo lo mire con otros ojos, hacer que Dios lo mire con otros ojos. Eso no lo puedo conseguir soslayándolo, ni menospreciándolo, ni alabándolo, ni negándolo. Únicamente se puede hacer aceptándolo plenamente como una parte inevitable de la evolución de mi vida y mi carácter: inclinando la cabeza a todo lo que he sufrido. Cuán lejos estoy de la verdadera templanza de ánimo, esta carta con sus humores inciertos y cambiantes, su sarcasmo y su amargura, sus aspiraciones y su incapacidad de realizar esas aspiraciones, te lo mostrará muy claramente. Pero no olvides en qué terrible escuela estoy haciendo los deberes. Y aun siendo como soy incompleto e imperfecto, aun así quizá tengas todavía mucho que ganar de mí. Viniste a mí para aprender el Placer de la Vida y el Placer del Arte. Acaso se me haya escogido para enseñarte algo que es mucho más maravilloso, el significado del Dolor y su belleza.
Tu amigo que te quiere,
Oscar Wilde.

oOo

No hay comentarios:

 
Creative Commons License
El cuarto claro by Sofía Serra Giráldez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.