miércoles, 16 de marzo de 2011

De profundis (XIV). Oscar Wilde

(Viene de esta entrada anterior)

(Me permito en esta ocasión, y a la vista de que ya quedan pocas entradas para terminar de publicarla entera, la libertad de subrayar poniendo en negrita, tal como lo tengo en mi archivo) 

Y del mismo modo tu madre tendrá que lamentar a veces haber intentado trasladar sus graves responsabilidades a otra persona, que ya tenía bastante fardo que llevar. Ocupaba respecto a ti la posición de ambos padres. ¿Cumplió realmente los deberes de alguno? Si yo aguantaba tu mal carácter y tu grosería y tus escenas, también ella podía haberlos aguantado. La última vez que vi a mi mujer -hace de eso catorce meses-, le dije que iba a tener que ser padre y madre para Cyril. Le describí la manera de tratar contigo que tenía tu madre con todos sus detalles, como la he expuesto en esta carta, aunque lógicamente con mucha más extensión. Le conté la razón de las incesantes notas con la palabra «Privado» en el sobre que llegaban a Tite Street procedentes de tu madre, tan incesantes que mi mujer se reía y decía que debíamos estar colaborando en una novela de sociedad o algo por el estilo. Le imploré que no sea para Cyril lo que tu madre ha sido para ti. Le dije que le educara de tal modo que, si él derramara sangre inocente, fuera a decírselo, para que ella primero le lavara las manos, y después le enseñara a limpiar el alma por la penitencia o la expiación. Le dije que, si le atemorizaba afrontar la responsabilidad de la vida de otro, aunque fuera su propio hijo, buscara un custodio que la ayudase. Cosa que ha hecho, y me alegro. Ha escogido a Adrian Hope, un hombre de alta cuna y cultura y excelente carácter, primo suyo, a quien conociste una vez en Tite Street, y con él Cyril y Vyvyan tienen buenas posibilidades de un futuro hermoso. Tu madre, si le daba miedo hablar seriamente contigo, debería haber elegido entre sus parientes a alguien a quien hubieras escuchado. Pero no debió tener miedo. Debió hablarlo todo contigo y afrontarlo. En cualquier caso, mira el resultado. ¿Está satisfecha y contenta?

Sé que me echa a mí la culpa. Me lo dicen, no personas que te conocen, sino personas que ni te conocen ni tienen ganas de conocerte. Me lo dicen a menudo. Habla de la influencia de un hombre mayor sobre otro más joven, por ejemplo. Es una de sus actitudes favoritas hacia la cuestión, y siempre una llamada eficaz a los prejuicios y la ignorancia populares. No hace falta que yo te pregunte qué influencia tuve sobre ti. Tú sabes que ninguna. Era una de tus bravatas frecuentes que no tenía ninguna; y la única, de hecho, bien fundada. ¿Qué había en ti, si vamos a ver, en lo que yo pudiera influir? ¿Tu cerebro? Estaba subdesarrollado. ¿Tu imaginación? Estaba muerta. ¿Tu corazón? Aún no había nacido. De todas las personas que han cruzado mi vida, fuiste la sola y única en la que no pude de ninguna manera influir en ninguna dirección. Cuando estaba enfermo y desvalido por una fiebre que había contraído cuidándote, no tuve influencia bastante sobre ti para inducirte a que me llevaras siquiera una taza de leche que beber, ni que te ocuparas de que tuviera lo más indispensable en la habitación de un enfermo, ni que te molestaras en recorrer doscientas yardas en coche para traerme un libro de una librería pagado por mí. Cuando estaba materialmente ocupado en escribir, y dando a la pluma comedias que habían de superar a Congreve en brillantez, y a Dumas hijo en filosofía, y supongo que a todos los demás en todas las demás cualidades, no tuve influencia bastante sobre ti para que me dejaras tranquilo como hay que dejar a un artista. Dondequiera que estuviera mi cuarto de escribir, para ti era un gabinete cualquiera, un sitio donde fumar y beber vino con agua de Seltz, y hablar de memeces. La «influencia de un hombre mayor sobre un hombre más joven» es una excelente teoría hasta que llega a mis oídos. Entonces pasa a ser grotesca. Cuando llegue a los tuyos, supongo que sonreirás... para tus adentros. Ciertamente estás en tu derecho de hacerlo. También oigo muchas cosas de lo que tu madre dice del dinero. Declara, y con total justicia, que fue incansable en sus súplicas de que no te diera dinero. Lo reconozco. Sus cartas fueron innumerables, y la posdata «Por favor que no sepa Alfred que le he escrito» aparece en todas. Pero para mí no era ningún placer tener que pagarte absolutamente todo, desde el afeitado por la mañana hasta el taxi por la noche. Era un horror. Me quejaba ante ti una y otra vez. Solía decírtelo recuerdas, ¿verdad?- que detestaba que me considerases una persona «útil», que ningún artista desea que le consideren ni le traten así; porque los artistas, como el arte mismo, son por su naturaleza esencialmente inútiles. Tú te irritabas mucho cuando te lo decía. La verdad siempre te irritaba. La verdad, en efecto, es una cosa muy dolorosa de escuchar y muy dolorosa de pronunciar. Pero no por eso cambiabas de ideas ni de modo de vida. Todos los días tenía yo que pagar todas y cada una de las cosas que hacías en el día. Sólo una persona de bondad absurda o de necedad indescriptible lo habría hecho. Desdichadamente yo era una combinación completa de ambas. Cada vez que te sugería que tu madre debía pasarte el dinero que necesitabas, siempre tenías una respuesta muy bonita y airosa. Decías que la renta que le dejaba tu padre -unas 1.500 libras al año, creo-- era totalmente insuficiente para los gastos de una señora de su posición, y que no podías ir a pedirle más dinero del que ya te daba. Tenías toda la razón en lo de que su renta fuera absolutamente inadecuada para una señora de su posición y de sus gustos, pero eso no era excusa para que tú vivieras con lujo a mi costa; al contrario, debía haberte servido de indicación para vivir con economía. El hecho es que eras, y supongo que lo seguirás siendo, el sentimentalista típico. Por que sentimentalista es sencillamente el que quiere darse el lujo de una emoción sin pagarla. La intención de respetar el bolsillo de tu madre era hermosa. La de hacerlo a costa mía era fea. Tú crees que se pueden tener emociones gratis. No se puede. Hasta las emociones más nobles y más abnegadas hay que pagarlas. Cosa extraña, por eso son nobles. La vida intelectual y emocional de la gente vulgar es una cosa muy despreciable. Así como toman prestadas las ideas de una especie de biblioteca circulante del pensamiento -el Zeitgeist de una época que no tiene alma- y las devuelven manchadas al final de la semana, así intentan siempre obtener las emociones a crédito, y se niegan a pagar la factura cuando llega. Tú deberías salir de esa concepción de la vida. En cuanto tengas que pagar por una emoción sabrás su calidad, y habrás ganado con ese conocimiento. Y recuerda que el sentimentalista siempre es un cínico en el fondo. La realidad es que el sentimentalismo no es sino un cinismo en vacaciones. Y por muy delicioso que sea el cinismo desde su lado intelectual, ahora que ha cambiado el Tonel por el Club, nunca podrá ser más que la filosofía perfecta para el hombre que no tenga alma. Tiene su valor social, y para un artista todos los modos de expresión son interesantes, pero en sí mismo es poca cosa, porque al cínico auténtico nada se le revela.

Creo que si ahora vuelves la vista a tu actitud hacia la renta de tu madre, y tu actitud hacia mi renta, no te sentirás orgulloso; y acaso puedas algún día, si no le enseñas esta carta, explicarle a tu madre que en lo de vivir a costa mía no se consultaron mis deseos en ningún momento. No fue más que una forma peculiar, y para mí personalmente desagradabilísima, que adoptó tu devoción a mí. Hacerte dependiente de mí lo mismo para las sumas más pequeñas que para las más grandes te prestaba a tus ojos todo el encanto de la niñez, y al insistir en que yo pagara hasta el último de tus placeres creías haber encontrado el secreto de la eterna juventud. Confieso que me duele oír lo que tu madre va diciendo de mí, y estoy seguro de que si reflexionas convendrás conmigo en que, si no tiene ni una palabra de pesar ni de pena por la ruina que tu linaje ha atraído sobre el mío, haría mejor en estarse callada. Por supuesto que no hay motivo para que vea ninguna parte de esta carta referente a ninguna evolución mental que yo haya pasado, o a ningún punto de partida que espere alcanzar. No tendría interés para ella. Pero las partes que se refieren estrictamente a tu vida, yo que tú se las enseñaría.

Yo que tú, de hecho, no querría ser amado sobre falsas apariencias. No hay ninguna razón para que un hombre muestre su vida al mundo. El mundo no entiende las cosas. Pero con las personas cuyo afecto se desea es diferente. Un gran amigo mío -que hace ya diez años que lo es- vino a verme hace algún tiempo y me dijo que no creía una sola palabra de lo que se decía contra mí, y quería que yo supiese que él me consideraba totalmente inocente, y víctima de una trama inmunda urdida por tu padre. Yo al oírle me eché a llorar, y le dije que, aunque hubiera muchas cosas entre las acusaciones concretas de tu padre que eran totalmente falsas y se me habían cargado por una malignidad repugnante, de todos modos mi vida había estado llena de placeres perversos y pasiones extrañas, y que a menos que aceptara ese hecho como tal hecho y lo comprendiera hasta el fondo, yo no podría de ningún modo seguir siendo amigo suyo, ni estar siquiera en su compañía. Fue para él un choque terrible, pero somos amigos, y yo no he conseguido su amistad sobre falsas apariencias. Te he dicho que decir la verdad es doloroso. Verse obligado a contar mentiras es mucho peor.

Recuerdo que estaba sentado en el banquillo durante mi último juicio, escuchando la denuncia atroz que hacía de mí Lockwood -como una cosa sacada de Tácito, como un pasaje de Dante, como una de las invectivas de Savonarola contra los papas de Roma-, y asqueado y horrorizado ante lo que oía. Y de pronto se me ocurrió pensar: «¡Qué espléndido sería que fuera yo el que estuviera diciendo todo eso sobre mí!». Entonces vi en seguida que lo que se diga de un hombre no es nada. Lo que importa es quién lo diga. El momento más alto de un hombre, no me cabe ninguna duda, es cuando se arrodilla en el polvo y se golpea el pecho y cuenta todos los pecados de su vida. Así contigo. Serías mucho más feliz si tu madre supiera por lo menos un poco de tu vida dicho por ti. Yo le conté bastante en diciembre de 1893, pero claro está que con las obligadas reticencias y generalidades. Al parecer no le dio más coraje en sus relaciones contigo. Al revés. Puso más empeño que nunca en no mirar a la verdad. Si tú mismo se lo dijeras sería distinto. Puede ser que muchas de mis palabras te resulten demasiado amargas. Pero los hechos no los puedes negar. Las cosas fueron como he dicho que fueron, y si has leído esta carta con la atención con que debes leerla te habrás encontrado cara a cara contigo mismo.

Te he escrito todo esto, muy por extenso, para que comprendas lo que fuiste para mí antes de mi encarcelamiento, durante aquellos tres años de amistad funesta; lo que has sido para mí durante mi encarcelamiento, ya casi a dos lunas de completarse; y lo que yo espero ser para mí y para los demás cuando mi encarcelamiento haya acabado. No puedo reconstruir mi carta ni rescribirla. Tendrás que tomarla como está, en muchos sitios emborronada con lágrimas, en algunos con señales de pasión o de dolor, y desentrañarla como puedas, con sus borrones y sus correcciones. En cuanto a las correcciones y enmiendas, las he hecho para que mis palabras sean expresión absoluta de mis pensamientos, y no pequen ni de exceso ni de deficiencia. El lenguaje requiere afinación, como un violín: y lo mismo que demasiadas vibraciones o demasiado pocas en la voz del cantante o en el temblor de la cuerda falsean la nota, así demasiadas palabras o demasiado pocas estropean el mensaje. Tal cual es, en cualquier caso, mi carta tiene su concreto significado detrás de cada frase. No hay ninguna retórica en ella. Allí donde lleva borradura o sustitución, ligera o complicada, es porque busco dar mi impresión real, encontrar para mi talante su equivalencia exacta. Lo que es primero en el sentimiento es lo que siempre llega lo último en la forma.

Reconozco que es una carta severa. No te he ahorrado nada. Podrías decirme que, después de reconocer que pesarte con el más pequeño de mis dolores, la más mezquina de mis pérdidas, sería realmente injusto hacia ti, eso ha sido lo que he hecho, un pesaje meticuloso, escrúpulo a escrúpulo, de tu carácter. Es verdad. Pero recuerda que tú mismo te pusiste en la balanza.

Recuerda que, si puesto frente a un solo instante de mi encarcelamiento el platillo donde tú estás sube hasta el fiel, la Vanidad te hizo escoger el platillo, y la Vanidad te hizo aferrarte a él. Ahí estuvo el gran error psicológico de nuestra amistad, su absoluta falta de proporción. Te metiste a la fuerza en una vida que te venía grande, cuya órbita rebasaba tu capacidad de visión no menos que tu capacidad de movimiento cíclico, cuyos pensamientos, pasiones y acciones eran intensos en valor, anchos en interés, y estaban carga- dos, demasiado cargados verdaderamente, de consecuencias prodigiosas o tremendas. Tu pequeña vida de pequeños caprichos y humores era admirable en su pequeña esfera. Era admirable en Oxford, donde lo peor que te podía pasar era una reprimenda del decano o un sermón del presidente, y donde la emoción más alta era que Magdalena ganase la regata, y encender una hoguera en el patio como celebración del augusto evento. Debería haber continuado en su esfera cuando saliste de Oxford. Tú personalmente estabas muy bien. Eras un ejemplar muy completo de un tipo muy moderno. Únicamente con respecto a mí estuviste mal. Tu derroche desaforado no era un delito. La juventud siempre es manirrota. Lo lamentable era que me obligaras a mí a pagar tus derroches. Tu deseo de tener un amigo con quien pasar tu tiempo desde por la mañana hasta por la noche era encantador. Era casi idílico. Pero deberías haberte pegado a un amigo que no fuera un hombre de letras, un artista para quien tu presencia continua fuera tan completamente destructiva de toda obra hermosa como efectivamente paralizante de la facultad creadora. No había nada de malo en que considerases seriamente que la manera más perfecta de pasar una velada era una comida con champán en el Savoy, luego un palco en un music-hall, y una cena con champán en Willis's como bonne-bouche para acabar. Jóvenes deliciosos de la misma opinión los hay en Londres a montones. No es ni siquiera una excentricidad. Es la condición para ser socio de White's. Pero no tenías ningún derecho a exigir que yo fuera el proveedor de esos placeres para ti. Ahí mostrabas tu nula apreciación real de mi genio. Tu pelea con tu padre, se interprete como se interprete, también es obvio que debería haber quedado enteramente entre vosotros dos. Debería haber sido en el patio de atrás. Creo que es ahí donde se suelen hacer. Tu error fue insistir en representarla como una tragicomedia sobre un estrado de la Historia, con el mundo entero como auditorio, y yo como premio para el vencedor de la despreciable contienda. El que tu padre te aborreciera y tú aborrecieras a tu padre no le interesaba nada al público inglés. Esos sentimientos son muy corrientes en la vida doméstica inglesa, y no deberían salir del lugar que caracterizan: el hogar. Lejos del círculo hogareño no pintan nada. Traducirlos es una tropelía. La vida familiar no es una bandera roja para flamearla por las calles, ni un clarín para hacerlo sonar por los tejados. Tú sacaste la Domesticidad de su esfera, como a ti mismo te habías sacado de tu esfera.

Y los que se salen de su esfera cambian sólo de entorno, no de naturaleza. No adquieren los pensamientos ni las pasiones propias de la esfera a la que pasan. No está en su mano hacerlo. Las fuerzas emocionales, como digo en alguna parte de Intenciones, son tan limitadas en extensión y duración como las fuerzas de la energía física. La copita que está hecha para contener una cantidad contiene esa cantidad y no más, aunque todas las tinas purpúreas de Borgoña estén de vino hasta el borde y la uva recogida en los viñedos pedregosos de España les llegue a los pisadores hasta la rodilla. No hay error más común que el de pensar que quienes son causa u ocasión de grandes tragedias comparten un sentir adecuado a lo trágico; no hay error más fatal que esperarlo de ellos. El mártir, en su «camisa de fuego», podrá estar contemplando la faz de Dios, pero para el que apila la leña, o abre los troncos para que ardan mejor, toda esa escena no es más que el sacrificio de un buey para el matarife, o la tala de un árbol para el carbonero del bosque, o la caída de una flor para el que siega la hierba con la guadaña. Las grandes pasiones son para los grandes de alma, y los grandes hechos sólo los ven los que están a una altura con ellos.
Yo no conozco nada en todo el Teatro más incomparable desde el punto de vista del Arte, ni más sugestivo por su sutileza de observación, que el retrato que hace Shakespeare de Rosencrantz y Guildenstern. Son los amigos de colegio de Hamlet. Han sido sus compañeros. Traen consigo recuerdos de días agradables que pasaron juntos. En el momento en que se cruzan con él en la obra, él vacila bajo el peso de una carga intolerable para un hombre de su temperamento. Los muertos han salido armados del sepulcro para imponerle una misión que es a la vez demasiado grande y demasiado ruin para él. Él es un soñador, y se le ordena que actúe. Tiene naturaleza de poeta y se le pide que se las vea con las complejidades comunes de causa y efecto, con la vida en su materialización práctica, de la que no sabe nada, no con la vida en su esencia ideal, de la que tanto sabe. No tiene idea de qué hacer, y su desvarío es fingir desvarío. Bruto se sirvió de la locura como manto para ocultar la espada de su resolución, la daga de su voluntad, pero para Hamlet la locura es una mera máscara con que ocultar la debilidad. En hacer gestos y chistes ve una ocasión de demorarse. Juega con la acción como juega un artista con una teoría. Se hace espía de sus propias acciones, y escuchando sus propias palabras sabe que no son sino «palabras, palabras, palabras». En lugar de héroe de su propia historia, pretende ser espectador de su propia tragedia. Descree de todo y de sí, pero su duda no le ayuda, porque no nace de escepticismo, sino de una voluntad dividida.

De todo esto Guildenstern y Rosencrantz no entienden nada. Cabecean, sonríen, y lo que dice el uno lo repite el otro con iteración más penosa. Cuando por fin, a través del drama dentro del drama y el juego de los títeres, Hamlet «atrapa la conciencia» del Rey y desaloja de su trono al miserable aterrado, Guildenstern y Rosencrantz no ven en esa conducta más que una lamentable infracción del protocolo cortesano. Es lo más lejos que pueden llegar en «la contemplación del espectáculo de la vida con emociones apropiadas». Están junto al secreto de Hamlet y no saben nada de él. Ni serviría de nada contárselo. Son las copitas que pueden contener tanto y no más. Ya al final se insinúa que, atrapados en una astuta trampa tendida para otros, encuentran o pueden encontrar una muerte violenta y repentina. Pero un final trágico de esa clase, aunque tocado por el humor de Hamlet con algo de la sorpresa y la justicia de la comedia, realmente no es para gente como ellos. Ellos no mueren nunca. Horacio, que, para «justificar a Hamlet y su causa ante los insatisfechos», «se aparta por un tiempo de la dicha y en este duro mundo sigue alentando con dolor», muere, aunque sin público, y no deja hermanos. Pero Guildenstern y Rosencrantz son tan inmortales como Angelo y Tartufo, y su lugar está con ellos. Son lo que la vida moderna ha aportado al ideal antiguo de la amistad. El que escriba un nuevo De amicitia tendrá que encontrarles un nicho y elogiarlos en prosa tusculana. Son tipos fijados para siempre. Censurarlos demostraría falta de apreciación. Únicamente están fuera de su esfera: eso es todo. La sublimidad de alma no se contagia. Los altos pensamientos, las altas emociones están aislados por su propia existencia. Lo que ni siquiera Ofelia podía entender no iban a comprenderlo «Guildenstern y el gentil Rosencrantz», «Rosencrantz y el gentil Guildenstern». Por supuesto que no pretendo compararte. Hay una amplia diferencia entre vosotros. Lo que en ellos era azar, en ti fue elección. Deliberadamente y sin que yo te invitara te metiste en mi esfera, usurpaste allí un sitio para el que no tenías ni derecho ni cualidades, y cuando mediante una persistencia singular, haciendo de tu presencia parte de todos y cada uno de los días, conseguiste absorber mi vida entera, no supiste hacer nada mejor con esa vida que romperla en pedazos. Por extraño que pueda parecerte, era lo natural. Si se le da a un niño un juguete demasiado prodigioso para su pequeña mente, o demasiado bello para sus ojos semiabiertos, lo rompe, si es obstinado; si es distraído lo deja caer y se va con sus compañeros. Así pasó contigo. Una vez que te apropiaste de mi vida, no supiste qué hacer con ella. No podías saberlo. Era una cosa demasiado maravillosa para estar en tus manos. Deberías haberla dejado caer y haber vuelto al juego de tus compañeros. Pero por desdicha eras obstinado, y la rompiste. Quizá en eso, al final, esté el secreto último de todo lo que ha ocurrido. Porque los secretos siempre son más pequeños que sus manifestaciones. Por el desplazamiento de un átomo puede estremecerse un mundo. Y para no ahorrarme nada a mí, ya que nada te ahorro a ti, añadiré esto: que mi encuentro contigo era peligroso para mí, pero lo que lo hizo funesto fue el particular momento en que nos encontramos. Porque tú estabas en esa etapa de la vida en que todo lo que se hace no es más que sembrar la semilla, y yo estaba en esa etapa de la vida en la que todo lo que se hace es nada menos que recoger la cosecha.

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