jueves, 10 de marzo de 2011

Inercia sobre el frío

Habrá que hablar algún día claramente,
decir:
tu boca de hielo hace siglos que la conozco.
I

Desde el alba, someto.
¿Cuándo llegará el sol
en esta noche tan pálida, tan triste y tan blanca,
en esta noche tan luna a media tinta de día,
en esta noche desmesurada de esquinas
y loquios y seniles silencios,
y locuacidades estériles
y cuadrúpedas cornamentas,
¿cuándo el sol, el sol, el sol,
que a todos hace iguales?
Akenatona.

Estas cosas, las de nuestras manos,
hablan así, a cántaros,
menos cuando llueve.

Cuando llueve
este imán en forma precisa de árbol de invierno
soporta la catecúmena labor de los nervios.

II

No sé a cuánto se vende la estopa.
En el mercado, los habitantes
del cielo hablan con los codos.
Será que el gato,
el que avitualla
los ojos pardos de la noche,
gobernó por las esquinas redondas
con su interrogante cola
preguntando a las paredes por los ratones.
Las paredes, mudas.
Las lenguas, comidas.
Y yo ya me hice vieja.

III

No se comparan los rastros que dejamos perdidos sobre el arroyo,
las ranas beben de nuestras usuras,
como las viejas que, bastón en mano,
golpean sobre el suelo gris
lo que les queda de hembras.
Aseguran el futuro de los hijos del dantesco.
Suenan trompetas
como goznes oxidados,
las puertas del paraíso cerradas
abren a cal y canto de otras voces serias,
voces rutilantes sobre la misma idea,
la melodía de los espartanos que vinieron al mundo
sacrificando hijos desdichados.
Tú, y yo y el vecino
terminaremos viviendo
en la aldea misteriosa
bajo ese culo del mundo,
ese que permanece sentado
aplastándonos con su frío.

IV

Si al menos pudiera explicarte
para qué sirven los nombres,
las sonoras luces
que beben sin avergonzarnos.
¿Qué sentirá la bomba cuando estalla?
¿Qué el átomo cuando lo taladran
¿Qué inverosímil factura de luz
revienta entre los laureles
descomprimiendo el lúcido espanto del cristal
aplastado entre los dos aires,
el de fuera y el de dentro?

¿Qué descollada y discontinua enredadera
asoma agitando estas hojas-plegarias?

Me asomo bajo la yerba palpitando fríos
que preguntan
qué será de esta senectud ahora
que me abandona.

Ah, espanto… el espanto
habita la factoría inversa
bajo las nubes plateadas.
Ya me reviento en este hallar
enhebradas torturas bajo el símil de paz.

Siempre constante resbala
esta sangre fría por el esófago agigantado
por tantas tragaderas de hielo.
Será que el cristal hecho añicos
rompiendo la paz del silencio
se precipitó por el único socavón traspasable.
Este que más vierte,
este que comunica el aire,
que tan tierno se sueña,
con mi estómago… o aquel centro.
Aquél.

V

Cuando te combatí,
no dudé en ningún segundo
que me ganarías.
Llovieron los días verdes
y alejé la miseria de mi cuerpo,
pero no dudé,
no dudé,
de tu flagrante victoria,
que algún día, tarde más o menos,
despellejarías la piel viva de la hoja
para dejar la carne herida
abierta al aire secándose
o llorando y huyendo del vendaval
que asola sin nombre
que llevarse a la boca.

Eres el frío,
Elfrío,
que efectivamente me aterras.

Sofía Serra, febrero-marzo 2011

2 comentarios:

CANTACLARO dijo...

Sofía, es un gusto leer tus versos. La fuerza que tiene tu voz en ellos se escucha, cala. Son poemas viscerales. Me gustan mucho.

Ana Lucía

.

LA VOZ QUE NADIE APAGA dijo...

"Cuándo el sol que a todos hace iguales, Akenatona". Yo también te lo pregunto, yo también me lo pregunto, amiga. Magníficos poemas los tuyos, Sofía. Enhorabuena.

 
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