lunes, 20 de enero de 2020
Sobre piedras
La geoda
El polvo rosa sucede a la lluvia
sobre los juncos verdes. El arroyo
se cubre de velo tornasolado.
La soledad de la piedra se tumba
a descansar de tanta hambre de amor.
Goza con su vientre ahíto de cuarzo
y agua. Odalisca tan dulce y plena
como aquellas hetairas del jardín
nemoroso. En su vergel, edén
o paraíso que no olvidó
de geoda y de cueva del tesoro.
Cuánta diferencia entre aquel mundo
y este de las piedras cuajado
de senderos transitables. La voz
culmina el proceso de la niebla,
se levanta lamiendo los caminos
con su lengua de humecto humo
respirable. En el otro, todo tan vacío
de silencio y perfume, a duras penas
se oxigena mi piel interna,
sin sentidos se suceden mis pasos
ciegos de piedras. Aquí ya sin mi sombra
se me transparentan los caracoles
que crujiendo mueren bajo mi peso
de luz del sol aromatizada
con almanaques de horas interiores
colmadas de correspondencia sin buzones.
Las palomas cultivan el rebaño
de la yerba, mensajean las briznas
a mi regazo, muere la senectud
de aquel mundo tan frío y hueco
como un enjambre de lentejuelas.
Aquí brillan irisadas el interior de las casas
rizadas rebosantes de entrañas
verdes y domésticas transacciones:
el gato juega con el ratón,
el perro se esconde del gato,
el pajarito vuela volcando
los cacharros de los estantes,
la abeja zumba al olor del cocido,
baila como una gitana alrededor
de la válvula de escape y todo
se me cumple como una profecía
leyendo el misterio de la leyenda
que no se escribe: las vertientes gozosas
se erigen desde mi pecho y me expande,
me extiende olvidando los recuerdos
de aquel paraíso imperdible:
ya no existen en la memoria,
ya los vivo como esplendores de hoy
en mi geoda de mundo habitado,
tan diferente, tan de piedra
y agua, sin vientos de murmullo
vociferante, tan ausente
de todo lo que sobra.
domingo, 12 de enero de 2020
La salud
Sanaciones
Del cielo seco cae
la arisca helada que se tumba
sobre la yerba
sobre los lomos del huerto, pero
sobre todo,
sobre las tuberías externas de cobre
y las mangueras de azufre.
Con paños calientes sano
su estrategia de estatua de bronce,
su herida de ser corriente
estancando la ruptura
del devenir de sus ríos,
sus ríos de agua termal y verde
lento arribo de la sima de la tierra
que a mis manos, y a la lavadora,
llega. Calmo y me calma el secreto
que guardo en mi bolsillo,
este calor que inventa mi amor
por la casa, nuestra casa,
nuestro piso de 10.000 metros redondos
limpiado con agua dulce
de las entrañas de la tierra.
Como si diosa fuera yo, su ofrenda
me obsequia alzando mares del sur.
De este sur.
Y yo la bendigo con mis ojos
y el dolor de mis dedos.
La arisca fiel que se afana tumbada,
la ama de invierno que guarda las llaves de la primavera,
la enfermera que lava todas tus úlceras.
Aunque duela.
Sola culmina su labor sanadora,
sendas malignas gobiernan los trotamundos
estivales del sol y sus lagartos soldados
a las piedras como pajes perezosos
de su reino.
La tierra la sostiene,
sabe de su salud protectora,
siempre la recuerda,
nunca olvida, aunque la mates,
clava sobre ella el puñal de hielo
de tu furia:
te devolverá los verdes ríos
y salados mares de los frutos calientes
de tus manos cuando no te dolían.
Y así se venga mi madre, me recuerda
a mí también,
nunca olvida mi siembra.
Aunque hiele.
lunes, 6 de enero de 2020
Mesa de reyes
Simbiosis
Y sobre la mesa el nutriente
viento vuela las naranjas
del olvido de ser no más
que una bandera transparente.
No divisamos la cima
de la alegría porque entablamos
conversación permanente
entre el aliento de los limones
y el aroma de las rosas
constructores todos
de nuestro lar de aire.
Al viento nuestro gozo
sin materia
también sin opaco
que lo distinga
de la lluvia o la luz,
la tierra o las hojas
o el aire albado de júbilo
al amanecer de nuestra era.
viernes, 3 de enero de 2020
Borrando huellas
La palma
Cuando digo o escribo playa
no digo o escribo playa, no
una extensión uniforme
de arena blanca y lisa ni
un mar salado en relieve
de sus pequeñas o grandes olas.
cuando nombro playa
hago así con mi mano
extendida
un todo liso en la arena
y un todo removido
como en la curva de la ola
todo plano
cuando digo playa
hago esto con mi mano
y su palma
inventa con las letras
de la palabra playa
adheridas a la piel
arena y fuente fiel
de mi mano
que ahora y en este lugar
aliso sobre el agua
del río sin cauce
ni sombra.
Barro
o borro
la soberbia huella.
martes, 31 de diciembre de 2019
Los cabezos amarillos os desean un feliz 2020
[...]¿qué papel el del amor?
el del amor es el de la fuerza,[...]
(De "Los cabezos amarillos")
El libro se puede adquirir AQUÍ o en cualquier librería encargándolo.
jueves, 26 de diciembre de 2019
Vesper
La calma
Desde estas aguas marcas
bajo la prendida del sol sobre la superficie
del arroyo lento, fragantemente lento
como un colmado de yerba,
que ni camina ni ya teme
como la erguida piel de las piedras
que al agua se someten blandas
como velas antiguas de naves curvas,
de naves verdes acariciando el mar
de las aguas breves, de las aguas limpias
sin señales frías, las aguas calientes
desde ti y desde mí, desde las ranas
cantoras y el concierto en sí bemol
de las reses y sus mugidos lentos,
lentos como el musgo orillando
a las aguas y a las piedras verdes
como el mar de las yerbas que se pausan
y el clamo espejo del arroyo
y su reflejo de árbol tan lejos
de sí y de mí, tan cerca de nosotros
como la blanca mecida del cielo
sobre nuestros hombros como mantea
la calma de nuestro abrigo
y el calor de este invierno
que se desliza lento y acuoso
liberando las semillas de la costra
ya no endurecida, ya tierna
madre de tierra nutriente,
de cálida calma al sol leve
de esta vital amanecida
sobre los manes de la antigua lluvia,
sobre las manos de nuestro tiempo,
nuestro compañero,
y su cauce blando amamantando
la vida nueva
en la tarde de nuestra vida.
domingo, 22 de diciembre de 2019
Feliz Navidad de parte de un ama de casa
Durante el temporal
Tras el temporal al sol
del sol de nuestra mesa,
el mantel de nuestras manos
desdoblado de arrugas crujientes,
extendemos el pan candeal
de la mina pacífica del templado horizonte.
Al sol del sol de nuestras manos,
a la luz de la luz de las velas,
al unísono canto del silencio
tras el alarido del cielo
y su saliva limpiando
cada intersticio de nuestro tejado,
al viento del viento que ya remite
la tierna epístola de la miga
de nuestro pan sereno
y caliente como las arenas
de cualquier playa. Y sin mar,
para qué queremos mar
si dormimos sobre la blanda espuma
de las bacterias y su amor
por la yerba y el agua.
lunes, 16 de diciembre de 2019
C@lores de otoño
La sangre de las piedras
Y rojas las hojas de la parra
recuerdan su líquida y animalista
alma, la sangre de las piedras
bebe la planta para no morir
de frío, que la tierra no la olvide
durante el invierno,
aquella la mantiene erguida
aunque caiga por su leve peso
a través del más liviano aire
que la sostiene.
Claro el vino que la alimenta,
claro el horizonte pleno
de fotografías de insectos,
el cine mudo con banda sonora
de traficantes de seda y artífices
del oro, el crisol de los sueños
amamantados por el sol, que ya es ama de cría.
Un invierno de gozo, una almohada
de tierno hallazgo entre la luz
y tus manos tan calientes.
miércoles, 11 de diciembre de 2019
Luces de noche
Presentimiento
De luz y tiempo se viste la noche calma,
de alba cuelga el blanco nuboso
tintado de silencio y agonía esférica
que clama bajo el sonoro mestizaje
entre la falta de sombras
y la armónica disonancia
entre el cielo y la tierra.
De repente un nido se colma,
de repente la robusta inocencia de la noche
emerge solidaria con el ventanal
de la luna, habitan sépalos serpientes
camino de la encina
supurando flemas,
los fantasmas nublan mis sentidos,
ajorcas de amor
que arropan el frío orificio
por donde se divisa plano
el otro hemisferio, aquel que acontece
en la otra noche más temprana,
la súbita puerta a las estrellas
me lleva al zaguán de su casa,
la valentía de abrirse a mis ojos
como un exhibicionista,
la bendición de despertar
más allá de la oscura materia
del sueño y sus secuaces.
Pensamiento nulo de bala
y bruma que culmina bajo el encendido
farol de las sábanas ya dormidas
libres de mi cuerpo y el peso de la soledad
de mis neuronas, tan animistas
como la serena que me eleva.
Qué bendeciré yo cuando cante
sobre el huerto enterrando
mis talones en el estiércol de plata
sino a la difusa, la mágica,
la sorteada presencia de estar viva
antes de la aurora.
Presiento un pozo de sueños
bajo el sincrónico canto del gallo
y mi corazón de voces. El nido
se aturde fragante de otros suelos:
los de ayer, los sin llegada, los amados
tirabuzones de la vida y su encanto
silabeante de hojas vivas en el otoño
de mis días.
domingo, 8 de diciembre de 2019
"Ya no hay tiempo", o la creación de un intemporal
"Ya no hay tiempo", o la creación de un intemporal
Me pilla de lleno su lectura disfrutando de la otra, la de los clásicos, en concreto la de La Madre Naturaleza, donde Pardo Bazán contesta generosamente a mi pregunta sobre el por qué me gustan tanto los clásicos, disfrutando yo de sus descripciones, tanto de paisajes como de personajes, larguísimas y bellísimas, además de excelentemente concernidas. Es decir, sitúa al lector. Lo sitúa y lo engancha, lo recoge y arropa, y a aquél, o sea, a mí, no le queda más que disponer de tiempo para poder seguir leyendo. Mi enganche a los clásicos, porque es un enganche, una adicción que en los últimos años se ha convertido en algo preocupante. Desde que leí a Proust, no consigo deshacerme de ella. El mono es lo de menos. Siempre están ahí, nunca me van a faltar. El problema, mi problema, es que bien sé que existen nuevas drogas, igual de efectivas o incluso más podrían ser, cuya lectura satisfactoria añadirían a mi mente ese prurito de contemporaneidad que todo humano vividor de su presente necesita. Pero nunca lo encuentro.
La narrativa actual me ha pillado también en la misma adicción. Son innumerables las novelas (o relatos) que he comenzado y hasta casi terminado, pero ninguno benéficamente, satisfactoriamente. El aburrimiento se apodera de mí. No me gusta que me cuenten historias, deduzco desde hace mucho tiempo. Hoy, corrijo. No me gustan cómo me las cuentan. Mi trabajo en la escritura de la poesía tendrá mucho que ver, pero tampoco descarto que la narrativa, la “cuentación” de historias, padece en general en nuestro tiempo de una carencia de lenguaje suyo, propio, de un lenguaje que la acompañe en su tiempo, el contemporáneo. Ese es el problema desde mi punto de vista. Ese es el problema.
No es la trama, la historia contada, la que debe llevar a la lectura. Para eso me veo una peli, me digo. A la vez que la “veo-oigo”, puedo estar haciendo otras cosas, desde coser o cocinar hasta incluso leer ensayo, si la película no me dice demasiado. Pero la lectura literaria debe absorberme para poder disfrutarla. Quizás porque soy amante de la literatura, me gusta leer. No hay más misterio. Necesito que sea la propia lectura, es decir mi inclusión en el desarrollo de la escritura practicada por el autor, la que me incite a seguir la trama hasta su final. Esa es para mí la narrativa, el arte de narrar. Otros pensarán que debe existir un equilibrio entre ambas propuestas, pero tal como mencionaba, yo me decanto por la segunda. O mi mente, la trabazón de tantos años dedicada a la interpretación de signos enlazados entre sí conformando un significado y un significante condensadas en unas neuronas y sus enlaces químicos.
Y eso es lo que he encontrado en la lectura de Ya no hay tiempo. Literatura, el arte de la letra, el arte de la palabra escrita. Reconozco que el título me chocó al principio. Digamos que no me gustaba, muchas vocales seguidas, cuestión de sonido, de musicalidad (otra vez mi gusto por la escritura de poesía, o mi afición a la literatura). Pero una vez leída acierto a comprender, no ya su porqué semántico, el del título, sino, lo que es más importante para esta mente lectora, su causa formal. Exactamente así te lleva su autor a lo largo del recorrido de la historia que cuenta. Sin tiempo y con la lengua fuera, como si efectivamente una solo pudiera pronunciar vocales. No queda resuello para las consonantes, y mucho menos para las oclusivas. Salvo al final, cuando ya por fin encuentras el tiempo para el resuello. Cuando acaba. Cuando la lectura de literatura, finaliza.
Desarrolla Martín Lucía una prosa, una narrativa, estructurada en frases muy cortas la mayoría de las veces. “Malo” me dije al principio, porque no soy muy amante de ese tipo de prosa. Algunos escritores se han aficionado a ella como un banderín o pendón que les proclamase su contemporaneidad. Pero lo que se fuerza nunca obtiene buen resultado. Nace el pastiche, el sinsentido. La forma y el fondo, en este caso la trama, porque de novela se trata, deben conformar un todo completo. “Magnífica”, me dije cuando llevaba unas quince o veinte páginas. Es esa prosa, su prosa, la que el autor elige, la que te marca el ritmo en una carrera que es puro sprint desde el comienzo. Es la que te engancha, la que te coge de la mano y tira de ti aunque no te quede oxígeno o casi pulmones. Su estilo, resumiendo es este. Pero ni mucho menos tan solo. Ni mucho menos. Hay mucho más, muchísimo más. El autor, poeta, recurre a la repetición de frases ya dichas, de ideas ya expresadas, no importa si un renglón antes o diez páginas antes, como si con ello nos enchufara la máscara de oxígeno que necesitamos para seguir con el sprint. No son descansos. Son verdaderas inspiraciones de aire puro que el escritor nos suministra. No recapitula, sí nos recuerda, a la vez que nos marca el ritmo, son verdaderos mantras, para que logremos llegar a culminar la marcha, llegar a la meta: el final del libro.
El autor juega con el tiempo, ese concurso lineal que siempre nombro como nuestro compañero, moldeándolo a su antojo, rompiéndolo, alterándolo, situándonos en un presente o en un pasado, y hasta en un futuro (la previsión de lo que puede suceder que nace en la mente lectora) a lo largo de a disposición de capítulos que él maneja como efectivamente un creador, un creador que está al margen del mismo tiempo porque él mismo lo ha creado, lo ha hecho posible. Martín lucía crea el tiempo de su novela y al lector no le queda otra que vivirlo tal como él señala que hay que vivirlo, para eso es el AUTOR. Es esa la labor de un creador literario, incluso la de crear el tiempo. La guinda del pastel. El pastel es el drama que desarrolla, la historia que nos cuenta y su habilidad para contarlo tal como ese drama que inventa, necesita ser contado.
Martín Lucía es poeta. Un poeta que escribe su primera novela. Gracias a que no ha podido, o no ha querido, evadirse de ese reclamo interior que es la actividad poética, ha conseguido convertir la narración de una historia más o menos actual (podría también calificársela de clásica, clásica porque es tremendamente humana), situada en un momento actual, elaborada con una prosa muy actual, en una narración verdaderamente contemporánea, es decir, con una prosa que acompaña a su tiempo. A ESTE TIEMPO. Ese tiempo cuyo título nos dice que ya no existirá, aquí, en la obra de arte que todo facto de literatura debiera comportar, encuentra su lugar de ser. Y porque es de este tiempo, su tiempo, es un clásico de una novela del siglo XXI. Un clásico para una lectora como yo. Una obra de arte literaria.
Ya no hay tiempo cuenta una historia de amor sobre muchos tipos de amores. Amor por la lectura, amor por las historias con intrigas, amor por el cine, amor por la música, amor por los amigos, amor por la pareja, amor por uno mismo… También una historia de amor por la escritura literaria. La del propio autor. Hasta cuenta la historia de amor por la lectura de una lectora que por fin ha podido terminar satisfecha una novela de nuestro tiempo. Nuestro compañero. Ya no hay tiempo sí ha encontrado su tiempo: nuestra contemporaneidad. Y por ende, la de todos los venideros, exactamente tal como logra un clásico.
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