domingo, 12 de enero de 2020

La salud



Sanaciones

Del cielo seco cae
la arisca helada que se tumba
sobre la yerba
sobre los lomos del huerto, pero
sobre todo,
sobre las tuberías externas de cobre
y las mangueras de azufre.
Con paños calientes sano
su estrategia de estatua de bronce,
su herida de ser corriente
estancando la ruptura
del devenir de sus ríos,
sus ríos de agua termal y verde
lento arribo de la sima de la tierra
que a mis manos, y a la lavadora,
llega. Calmo y me calma el secreto
que guardo en mi bolsillo,
este calor que inventa mi amor
por la casa, nuestra casa,
nuestro piso de 10.000 metros redondos
limpiado con agua dulce
de las entrañas de la tierra.
Como si diosa fuera yo, su ofrenda
me obsequia alzando mares del sur.
De este sur.
Y yo la bendigo con mis ojos
y el dolor de mis dedos.
La arisca fiel que se afana tumbada,
la ama de invierno que guarda las llaves de la primavera,
la enfermera que lava todas tus úlceras.
Aunque duela.

Sola culmina su labor sanadora,
sendas malignas gobiernan los trotamundos
estivales del sol y sus lagartos soldados
a las piedras como pajes perezosos
de su reino.
La tierra la sostiene,
sabe de su salud protectora,
siempre la recuerda,
nunca olvida, aunque la mates,
clava sobre ella el puñal de hielo
de tu furia:
te devolverá los verdes ríos
y salados mares de los frutos calientes
de tus manos cuando no te dolían.
Y así se venga mi madre, me recuerda
a mí también,
nunca olvida mi siembra.
Aunque hiele.

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