domingo, 26 de enero de 2020

De inundaciones



La sierpe agradecida

Las manos del arroyo se extienden
como garzas rosas planeando
sobre los caminos inundados.
Su cauce, antes perdido de agua
hoy se derrocha lejano por la ribera
de los hombres, llama a los portones
cerrados como la sagrada familia
hizo hace casi dos décadas,
pero no le abren, no atienden
su súplica de inundación de sitio,
su necesidad de traspasar umbrales
de cobijo y calentar suelos insensibles.
El arroyo ahíto de colmo busca
vaciadas huestes de la vida, busca
suceder como a él le han sucedido
la lluvia anhelada, la tierra barrida,
los matojos de zarzas, las adelfas secas,
los cubos de pintura vacíos, el colchón
impuro, las bolsas de plástico voladas
desde la tienda a su barranco antes tan hueco.
Yo soy río grande, él se canta, tan inocente
huye de sí mismo entregándose a todos.
Y todos lo despiden con trompetas
llenas de miedo y carentes de paciencia.
Y se va, se pierde arroYando cada piedra
puesta en su camino. Avanza desembocando
su boca y su vientre pletóricos de barro
en la avenida donde desembocan
todas las vidas. En el mar. Atrás quedan
todas las muertes, todos los portazos,
todos los noes y hasta el ano y sus frutos
de quien solo pretendió devolver
todos los presentes prestados.
 
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