domingo, 30 de junio de 2013

La cueva clara



Al volver del campo, las perras hibernan como un par de oseznos durante un par largo de días. Mi cuerpo tiende a lo mismo. Es lo natural. Como la osa en Nueva Biología. Pero no lo quiero. Es la querencia.
La voluntad y la inercia señalan los extremos paralelos. Me quedaría todos los domingos en el campo. Hasta siempre. Rompo la segunda y ejerzo la primera.
No descanso.
¿Hasta cuándo?
Volver para aunque sea
no tener que volver.

2 comentarios:

Robín dijo...

El campo es para los que lo trabajan, lo cuidan y lo aman tal como es, sin maquillaje ni otras galas. Otra forma de unión con él es ilusoria. Vivo yo mal al pie de un monte en la ciudad fatua y poco luminosa, que se cree tanto; los pájaros se burlan de mi no libertad , entre ese verde, matina tras matina, tarde tras tarde de sus letanías llamativas; cuando a tropezones intento acercarme a Conocimiento que empieza por una "S" , con ese acento de despiste en la "i"; de no enterarse; tonta lista que se ríe de uno.

La gata Roma dijo...

Tengo los ritmos del sueño tan trastornados que envidio a los osos… tanto…
Y me encantaría escapar de la ciudad, con esta entrada me han entrado más ganas aún… La ciudad te lanza demasiados lazos invisibles que te aprisionan tan fuerte…

Baci

 
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