jueves, 4 de abril de 2013
La quintaesencia
La quintaesencia
A donde llego
La quebradiza sostenibilidad
de un ente moribundo ajeno
a las ideas y los goces amarillos
como los figurines de teatro
a zancadillas contra el perfil
del escalón que, de pronto, se torna
verde azulado de mis maderas antiguas
y venerables. Mis lares.
Tan amados.
Tan gráficamente representados
por mis azules y mis dorados
adorables.
Quién sabe dónde se halla
la geográfica solución de todos
los embalses donde las aguas
trasladan sus sales desde el mar
hasta el huerto. mas yo me hallo
en él.
De donde vengo
Mi empréstito y desmedida y obsequiosa
descaridad hacia mis pechos.
Mi tenebrosa turgencia
contra mis propias manos
en mi vientre, mi desacostumbrada
soledad entre las caderas
y mis muslos, mi yo sin yo
cada vez que me descomprime
el miedo y ahueco el vacío
que termina donde comienza
un tú
calmo
mi risa
no sabe ya si
mi frente
me pertenece,
y entonces,
lloro.
Sofía Serra (De Suroeste)
La santísima trinidad
Mis poemas y mis fotografías tienen tres autores. Uno, tú mismo al leerlo; otro, yo; y el tercero, Eso que a ti y a mí nos unen.
La mayor parte de las veces no soy yo la que coloco “ahí” todas las palabras ni sus engarces rítmicos y evocadores. El Lo las coloca por mí para ti e incluso para mí. Luego me hablan, tal vez antes que a ti, lector o mirador, tan sólo porque a mí “de facto” me resulta más fácil el acercamiento que a ti, ese es mi pequeño reducto que se relaciona con el hecho de ser autora en nuestra sociedad: tú no podrás acercarte hasta que yo te lo muestre. Mi deber es conseguir que lo que el Lo ha puesto en la obra te llegue a ti en las mejores condiciones posibles, tan honesta y genuinamente, saber interpretar desde todo mi ser qué es lo que tengo que hacer para que lo verdadero te llegue “tal cual”.
Una obra de arte tiene tres autores siempre. Si no, no es Arte.
miércoles, 3 de abril de 2013
Balsa-mar
Balsa-mar
bebo comuna cosaca
maldita sed a cuestas
no hay a-dios
que me la quite tinto y te
canto implorando una buena
lluvia, ácida no, por favor,
sales y pimienta, árida y dulce
me atragante esta plácida sed,
esta pálida sed de orgasmo
comunitario son
algodonosas las pezuñas
de mi yegua que camina
a la vera mía arena
soy sin saber cuándo
me crecieron las piernas.
El caminante me cruza,
hunde mi piel una
entraña consigo misma
blanda agiganto
las dormidas estrellas
ya se cierran solas
en el ojo del cíclope
dorado, ven, soldado
muerto en mí te conservo
húmedo y vivo.
Nadie conoce el otro
mundo yo sí existo.
Sofía Serra (De Suroeste)
bebo comuna cosaca
maldita sed a cuestas
no hay a-dios
que me la quite tinto y te
canto implorando una buena
lluvia, ácida no, por favor,
sales y pimienta, árida y dulce
me atragante esta plácida sed,
esta pálida sed de orgasmo
comunitario son
algodonosas las pezuñas
de mi yegua que camina
a la vera mía arena
soy sin saber cuándo
me crecieron las piernas.
El caminante me cruza,
hunde mi piel una
entraña consigo misma
blanda agiganto
las dormidas estrellas
ya se cierran solas
en el ojo del cíclope
dorado, ven, soldado
muerto en mí te conservo
húmedo y vivo.
Nadie conoce el otro
mundo yo sí existo.
Sofía Serra (De Suroeste)
Afrodita en el Suroeste
"Era providencial la formación del alma sevillana, apta para recibir al Cristianismo desde sus albores En efecto, Justa y Rufina hacen añicos la Venus Gentílica —¿cómo sería esta venus hispalense?—"[...]
(Manuel Chaves Nogales. La ciudad)
Extrañamente tratar de averiguar más sobre Teodosio me lleva a Estrabón, Avieno, Polibio y a Herodoto. Curioso que quien de alguna forma selló la tumba del mundo pagano antiguo me lleve a hurgar una vez más sobre él.
La culpa la tiene Chaves Nogales, claro. Se permite citarlo como saliendo de “la ciudad” para definitivamente conseguir la imposición del Cristianismo como religión oficial del imperio, el arranque del catolicismo.
Antes de la Hispalis romana aquí no había nada, o apenas nada habitado en los siglos de la antigüedad griega. Aquí sólo agua, y allí, mar, aquí algún islote desperdigado tal vez, algunos hombres, algún asentamiento humano en ellos, pequeño, fruto de la necesidad de acercamiento a las zonas de pesca e intercambio, aguas, vías, poco más. El resto, es decir, la población, las poblaciones y hasta los reinos, extendidos por las zonas altas, muy livianamente altas de la comarca: aljarafe, estribaciones, terrazas del río. Todo esto un río mar camino de la otra linde… A miles de leguas de las que entonces no habían sido nombradas.
Qué pinta una afrodita, una diosa griega en este lago Ligustinus como ya se nombra en época romana, es decir siglos después de que a la diosa se la llamara Afrodita, cuando ya, según los restos arqueológicos detectan, esos posibles y casi evanescentes pequeños asentamientos domésticos en las orillas de los islotes, donde, conforme el lago se va cerrando y secando y el lecho del río delimitando, comienzan a levantarse, y de hecho se levantan grandes columnas, no más que los restos que hoy nos llegan de enormes para nuestra medida templos romanos en la actual zona más elevada de la ciudad… ¿Qué tiene que decir Sevilla antes de los romanos?... agua, sólo agua y algo de orilla en pequeñas islas.
Afrodita, la que llega del mar.
Avanzó estuario-lago adentro después de descansar en las dunas que el depósito de la corriente marina al encuentro con la fluvial fue generando en las lindes de lo que hoy conforma las costa de Huelva, el golfo, la curva abierta.
Me pregunta Chaves Nogales cómo sería esa Venus gentílica contra la que a Justa y Rufina las hace la leyenda enfrentarse.
La romana andaba por la playa, refugiada por las noches frente a la torre escipionis. La griega, la antigua, la anterior incluso a Platón, la genuina, se bañaba en el barro de un lago tan de agua dulce como salada.
Tan sincrética como toda la zona historio-geográfica que la semicocultó.
En realidad, además de que los parasoles me ayudaron, apenas ha habido que escarbar para dar con ella.
Estaba a flor de agua.
Encarnada.
Me quedo con la belleza porque ella lleva a la verdad, a la esencia, a lo verdadero.
Por más que os digan que no.
Sólo hay que aprender a leerla.
martes, 2 de abril de 2013
La ausencia y la presencia
La ausencia y la presencia
La encina I
se hacen transparentes
venga y sino dulce
a la lengua del verte
y mover tu venir como un río de estrellas.
así la luz diabla de tu entredós
luces flamea la bandera
de espigas del campo de trigo
en abril y sola la encina
sujeta el suelo al ras
de la tierra cimentando
el cielo alimentando
el futuro
pan.
La encina II
Sin interferencias salvo
la de la esquina
donde la torre que
cómo hila, cómo afina
sus cuerdas de luz rozando
la encina ya se me figura
un tierno echador de lombrices
a la tierra, que
cómo oréase, cómo ablanda
la suya muerte que sola
existe en los agujeros iracundos
del gusano de las mil cabezas.
sonríe al aire,
porque el pasado reconoce
las sonrisas de la tierra
evadiendo y duplicando
lo que ella modela, la raíz
elevada al hueco del lleno
del aire que el aire esculpe
hasta que se hace el doble:
el tronco y la copa
de la vida la raíz
omitida.
La encina III
El repertorio
anula cualquier objeto
de apatía.
cerca y lejos.
las ventanas se cierran
caldeando los interiores
de tantos hombres vagos
por el mundo deambulando
y yo qué soy, qué soy sino
tan puro y sola quijada
de boca anulada,
de boca adamita,
de boca dolorida.
enquistar, así nacen
los secretos, la piedra injusta
sobre los dientes, la lentitud
del coma profundo
de mi tronco.
Sentencia de inutilidad
del tiempo establecido
de mi vida.
qué poco anhelo,
qué nada tan rotunda
deseo, qué ausencia
de sueños y estadías
de mi escalera hacia un cielo
que ya me aplasta, me onera,
me entierra en el aire denso
de la inexactitud.
qué deshábito inquilino,
qué mala muerte me espera,
qué gusano me ha seducido
poseyéndome entera.
Y he desaparecido.
Se me ha quedado muerto
el presente.
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
La encina I
se hacen transparentes
venga y sino dulce
a la lengua del verte
y mover tu venir como un río de estrellas.
así la luz diabla de tu entredós
luces flamea la bandera
de espigas del campo de trigo
en abril y sola la encina
sujeta el suelo al ras
de la tierra cimentando
el cielo alimentando
el futuro
pan.
La encina II
Sin interferencias salvo
la de la esquina
donde la torre que
cómo hila, cómo afina
sus cuerdas de luz rozando
la encina ya se me figura
un tierno echador de lombrices
a la tierra, que
cómo oréase, cómo ablanda
la suya muerte que sola
existe en los agujeros iracundos
del gusano de las mil cabezas.
sonríe al aire,
porque el pasado reconoce
las sonrisas de la tierra
evadiendo y duplicando
lo que ella modela, la raíz
elevada al hueco del lleno
del aire que el aire esculpe
hasta que se hace el doble:
el tronco y la copa
de la vida la raíz
omitida.
La encina III
El repertorio
anula cualquier objeto
de apatía.
cerca y lejos.
las ventanas se cierran
caldeando los interiores
de tantos hombres vagos
por el mundo deambulando
y yo qué soy, qué soy sino
tan puro y sola quijada
de boca anulada,
de boca adamita,
de boca dolorida.
enquistar, así nacen
los secretos, la piedra injusta
sobre los dientes, la lentitud
del coma profundo
de mi tronco.
Sentencia de inutilidad
del tiempo establecido
de mi vida.
qué poco anhelo,
qué nada tan rotunda
deseo, qué ausencia
de sueños y estadías
de mi escalera hacia un cielo
que ya me aplasta, me onera,
me entierra en el aire denso
de la inexactitud.
qué deshábito inquilino,
qué mala muerte me espera,
qué gusano me ha seducido
poseyéndome entera.
Y he desaparecido.
Se me ha quedado muerto
el presente.
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
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