La virtud protegida
Hoy, día sin nombre
de un mes de limpio, yo,
sentada en la silla de madera
al filo de la ventura blanca
de la enagua del mar y sus velos,
confieso mi amanecer
sobre el canto de los mirlos.
Tal vez la vida se deba a alguna
elección errada del sol
cuando decidió oblicuar
su eje y provocar así
la explosión helio-atómica
que desde entonces soportamos
junto a los animales,
los verdes y las mareas.
todos los hombres me acompañan.
Los dioses no debieron prescindir
de nuestra opinión en masa
crítica a nuestro pensamiento
reflejo.
Beso las banderas de tus pies
de este día con nombre de mes
en blanco en señal
del gozo que me permite
seguir no pudiendo
más que marzo.
Y nularé las huellas
salvajes de la trastienda de la razón
y su economía
de virtudes fuera de sitio,
de lugar ajenas
al hombre y su deshielo
y su canto
de primavera.
Sofía Serra (De Suroeste)
viernes, 1 de marzo de 2013
jueves, 28 de febrero de 2013
Ya para imprenta "Una temporada en el infierno"
Ya tengo también el texto para la contra. Casi diez días llevo esperándolo. JC es así. Le ha costado escribirlo casi más que traducir la obra (exagerando lo digo, andaluza soy). Significativo resulta que a razón de mayor grandeza intelectual, espiritual, sabiduría, más trabajo cueste escribir unas líneas tan "sencillas".
rodax ha elaborado una magnífica portada. me siento orgullosa. Un dibujo original expresamente creado para ella dentro de un diseño muy clásico, neutro. Literatura real. Arte. Todo lo neutro que pueda resultar lo congruente.
Texto de la contra del propio autor de la traducción y estudio (introducción y notas): Juan Carlos Sánchez Sottosanto. Hay que decirlo. Normalmente todas les editoriales obvian este dato. Los que escriben la contra somos los propios autores (salvo que en la editorial exista alguna tonta como yo existí). No hay ningún alma caritativa, es decir, un editor o editora en condiciones que se moleste en conocer al autor como para escribir por él esa simple reseña.
Por otro lado, debo reconocerlo, se trata de un ejercicio que por duro que resulte, ayuda. Uno/una encuentra más motivos para rebelarse una vez que ha tenido que autoescribirse alguno.
Sólo espero que haya forma de poder acercarse a esta obra grande de la poética, en su doble sentido.
No consigo dejar de sentirme avergonzada, y muy cabreada, por estos tiempos que vivimos que permiten que salgan tantas miserias, verdaderas porquerías en papel, y joyas de la arquitectura literaria mundial como ésta se las vean y se las deseen para poder resultar publicadas. EN PAPEL.
Andalucía (poema de Antonio Hernández Ramírez)
Andalucía
Me quedé en ella porque era hermosa
y necesitaba su alegría. Nunca
se puede ocultar al corazón
lo que han visto los ojos. Nunca
la alegría al canto. Repetidamente
fui viviendo en sus cosas y aprendí
por los ríos, el amor; por un pájaro,
el desvelo en la paz; por las nubes ligeras,
la forma de vitarme algún recuerdo.
Todo estaba limpio por sus tierras.
Hasta los pobres, en vez de dolor,
se una seguridad insuficiente hablaban.
Hasta los jornaleros, en vez de justicia,
resignación decían. Era un modo
de ahuyentar la tristeza. Se conformaban
con los que le venía desde arriba,
y con un cante que nació en las raíces
de su pena y fue extendiéndose a las ramas
del mundo, como al amanecer la luz.
Cada día iba aprendiendo más: que el vivir
no es un ave que pasa, sino un pozo
que queda allí para el que necesite beber,
que el llevar una tierra clavada en las entrañas
vale más que haber pisado un continente entero,
que morir por los brazos de una madre
es la gran solución para santificarse.
Andalucía era limpia, y por eso
al renacer en ella, al darme cuenta
que no solo de fiestas se trataba,
defendí su ilusión de más de mil dolores,
apoyé a la alegría cuando enmascaraba la tristeza,
robé a todo lo hermoso cuanto pudo mi amor.
No. No era un vino o una guitarra la escena.
Era lo que quedaba dentro de cada uno oculto,
la alegría quizá, que le costaba sangre
a aquellas tierras de secanos cuando
un campesino alzaba como un Dios
su ronquido total, su enorme queja,
su gran desolación vestida de colores.
Antonio Hernández Ramírez (1943)
Poesía de la luz [Desde Puerto real). La isla de Siltolá. Sevilla. 2012
Me quedé en ella porque era hermosa
y necesitaba su alegría. Nunca
se puede ocultar al corazón
lo que han visto los ojos. Nunca
la alegría al canto. Repetidamente
fui viviendo en sus cosas y aprendí
por los ríos, el amor; por un pájaro,
el desvelo en la paz; por las nubes ligeras,
la forma de vitarme algún recuerdo.
Todo estaba limpio por sus tierras.
Hasta los pobres, en vez de dolor,
se una seguridad insuficiente hablaban.
Hasta los jornaleros, en vez de justicia,
resignación decían. Era un modo
de ahuyentar la tristeza. Se conformaban
con los que le venía desde arriba,
y con un cante que nació en las raíces
de su pena y fue extendiéndose a las ramas
del mundo, como al amanecer la luz.
Cada día iba aprendiendo más: que el vivir
no es un ave que pasa, sino un pozo
que queda allí para el que necesite beber,
que el llevar una tierra clavada en las entrañas
vale más que haber pisado un continente entero,
que morir por los brazos de una madre
es la gran solución para santificarse.
Andalucía era limpia, y por eso
al renacer en ella, al darme cuenta
que no solo de fiestas se trataba,
defendí su ilusión de más de mil dolores,
apoyé a la alegría cuando enmascaraba la tristeza,
robé a todo lo hermoso cuanto pudo mi amor.
No. No era un vino o una guitarra la escena.
Era lo que quedaba dentro de cada uno oculto,
la alegría quizá, que le costaba sangre
a aquellas tierras de secanos cuando
un campesino alzaba como un Dios
su ronquido total, su enorme queja,
su gran desolación vestida de colores.
Antonio Hernández Ramírez (1943)
Poesía de la luz [Desde Puerto real). La isla de Siltolá. Sevilla. 2012
Geografía de lo intocable
Geografía de lo intocable
soy partidaria
de que no haya diferencias
entre tu espiga y mi tallo
así como el sol longitudinal
se mece en tus góndolas
como no sé qué decir a estas alturas
que se agigantan como cascadas
de nieve sobre el cielo azul
de un día y un paisaje de invierno
que no conozco,
que no conozco
tus dedos de barro,
supuestamente tu perfil
precisa e instantáneamente
recorrió el lado soleado del mundo,
donde todo está ya dado,
donde todo está ya dado,
menos tu rostro fungible
soldado al amante que de día
recorre con escalofríos mi cintura
y su nuca
y tu rostro y un alivio sin medida
ni dolorosos partos, presente y pasado
estrellándose entre sí
estrechando el hueco de la tristeza
y el soplo de poniente
en esa orilla de arena lamida
que al fin y al cabo
marítimo es tu cuerpo
de hombre a mi costa
de geografía
en esta noche marina
u oriental.
Sofía Serra (De Suroeste)
soy partidaria
de que no haya diferencias
entre tu espiga y mi tallo
así como el sol longitudinal
se mece en tus góndolas
como no sé qué decir a estas alturas
que se agigantan como cascadas
de nieve sobre el cielo azul
de un día y un paisaje de invierno
que no conozco,
que no conozco
tus dedos de barro,
supuestamente tu perfil
precisa e instantáneamente
recorrió el lado soleado del mundo,
donde todo está ya dado,
donde todo está ya dado,
menos tu rostro fungible
soldado al amante que de día
recorre con escalofríos mi cintura
y su nuca
y tu rostro y un alivio sin medida
ni dolorosos partos, presente y pasado
estrellándose entre sí
estrechando el hueco de la tristeza
y el soplo de poniente
en esa orilla de arena lamida
que al fin y al cabo
marítimo es tu cuerpo
de hombre a mi costa
de geografía
en esta noche marina
u oriental.
Sofía Serra (De Suroeste)
miércoles, 27 de febrero de 2013
Un árbol al norte
Un árbol al norte
(a un hombre operado de cáncer de próstata)
Pretenderíamos quedar como esbozos
apenas frigios de la sedente orfandad
de besos huidos en los tiempos.
besos, besos y besos
tan ajenos ahora
como el soldado de pascua
a ramos olvida su misión,
se viste con el vellocino blanco
y ofrece su cuello al cuchillo
rojo y sangrante.
La clave está en los árboles
y en el fruto de dibujo
confundido con ciertos
hemistiquios que juntos
conforman tus pléyades neuronales,
tu río de estrellas balbucientes
se asemeja a la leche que mamaste,
blanca y pura como una olla
de amor entrante en un hueco
tan oscuro y tierno
como el vientre que me invade.
Soy jamás como mujer
una sola nada, tú, dos
nueces, la de la voz
y la de mi hambre te hacen
hombre por vida garante
de la simiente ejecutora de la suerte,
del llano, de plano y perfil
tan escondida la raíz
que te extraen como vacían
otras raíces maternales
menos escondidas más
ausentes del amor divino,
un amor con sólo nombre
te castró de por vida
y para la vida de una
sola vez que nace.
La clave está en los árboles
y en las raíces que te extirpan,
¡si hasta los mismo ganglios
me hablan de los nódulos
enterrados! Pienso en los nervios,
¿serán como las auroras boreales?
Extenso calambre verde
de ráfaga de orgullo de carne
enhiesta lista y presta
para introducirse allá donde
naciste, el minúsculo retorno.
La precariedad a la intemperie
se descuelga de tu cuello,
la vuelta deshacen las manos blancas.
La asepsia nunca fue buena
compañera del hombre
y sus inmortales cirugías.
Vengarás, como a tu herida
el rojo llanto de mi humecto
corazón sonando cascabullos
de palabras dichas en mi oído
con tu susurro de nueces,
¿quieres ser para siempre?
Y para siempre asienta
la semilla suelo,
para siempre
dice la perfecta claraboya
por donde husmeo
como ratona asomada
al hueco. Veo, aun sin
apenas neuronas, ese hueco
ya tan similar al mío. Como
dos animales gemelos
nos amigamos huyendo
hacia lo que nos falta.
como la madre da la vida,
también regala la muerte,
y su ausencia,
y tu ausencia y la mía
bajo la sombra del árbol
con frutos verdes como
auroras de otro norte.
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
(a un hombre operado de cáncer de próstata)
Pretenderíamos quedar como esbozos
apenas frigios de la sedente orfandad
de besos huidos en los tiempos.
besos, besos y besos
tan ajenos ahora
como el soldado de pascua
a ramos olvida su misión,
se viste con el vellocino blanco
y ofrece su cuello al cuchillo
rojo y sangrante.
La clave está en los árboles
y en el fruto de dibujo
confundido con ciertos
hemistiquios que juntos
conforman tus pléyades neuronales,
tu río de estrellas balbucientes
se asemeja a la leche que mamaste,
blanca y pura como una olla
de amor entrante en un hueco
tan oscuro y tierno
como el vientre que me invade.
Soy jamás como mujer
una sola nada, tú, dos
nueces, la de la voz
y la de mi hambre te hacen
hombre por vida garante
de la simiente ejecutora de la suerte,
del llano, de plano y perfil
tan escondida la raíz
que te extraen como vacían
otras raíces maternales
menos escondidas más
ausentes del amor divino,
un amor con sólo nombre
te castró de por vida
y para la vida de una
sola vez que nace.
La clave está en los árboles
y en las raíces que te extirpan,
¡si hasta los mismo ganglios
me hablan de los nódulos
enterrados! Pienso en los nervios,
¿serán como las auroras boreales?
Extenso calambre verde
de ráfaga de orgullo de carne
enhiesta lista y presta
para introducirse allá donde
naciste, el minúsculo retorno.
La precariedad a la intemperie
se descuelga de tu cuello,
la vuelta deshacen las manos blancas.
La asepsia nunca fue buena
compañera del hombre
y sus inmortales cirugías.
Vengarás, como a tu herida
el rojo llanto de mi humecto
corazón sonando cascabullos
de palabras dichas en mi oído
con tu susurro de nueces,
¿quieres ser para siempre?
Y para siempre asienta
la semilla suelo,
para siempre
dice la perfecta claraboya
por donde husmeo
como ratona asomada
al hueco. Veo, aun sin
apenas neuronas, ese hueco
ya tan similar al mío. Como
dos animales gemelos
nos amigamos huyendo
hacia lo que nos falta.
como la madre da la vida,
también regala la muerte,
y su ausencia,
y tu ausencia y la mía
bajo la sombra del árbol
con frutos verdes como
auroras de otro norte.
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
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