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lunes, 13 de junio de 2016

Los zapatos rojos


Calzas para un orden

¿Qué delirante poema renace sobre tus mejillas?
No quiero ser aguafiestas, nunca.
El agua me traspasa, la juventud me reclama y yo no soy leña
apilada en la penumbra del helero,
asomo gris en las tinieblas.
Es sólo que la irrealidad se impone a veces.
Un zapato rojo se extravía sobre los adoquines,
dos zapatos rojos sobran
sin pies que los calcen.
Proust aprieta pero no ahoga,
la memoria desescombra
las sancionados abismos excavados a pico y pala:
los señoríos, las señorías.
Los antifaces.
El anti-faz,
el negativo de los rostros desojados.
Los timbales sobre los que tamborilea
el brillo de nuestra mirada y tú
y yo convencidos preguntamos
a lomos de la enjaezada estirpe,
a horcajadas sobre la sima:
Mundos virtuales. Siempre hipócritas calmas.
Pereza.
...Y los zapatos rojos.

No quiero ser aguafiestas, nunca
pero aquí no se establece nada.
Si lo deseamos, se aposenta y hasta se habita,
pero no sin tierra, no sin agua.
Ni sin adoquines o los zapatos rojos.

¿Qué hacen los que no saben cantar?
¿Sólo digerir o gritar sobre la faz del interpuesto?,
¿pelotear sobre sus propios pulmones
para que no los asfixie la roca desorbitada
por las regurgitaciones de los morosos,
de los olvidos del tú,
de los recurrentes sobre el acaso que arrastra
la inmundicia de la incomprensión
hasta al corazón más rojo?

Zapatos rojos.

¿Cómo olvidar a los que no cantaron?
¿Cómo no intentar habitar en sus bocas
como altavoz o mascarón de proa
delante del mudo
que les enclaustró la cólera?
Abastecer hasta en los muertos,
colmar el hueco sellado hasta moldear
la alada suerte, la blanca alzada
desde su yo hasta el más nosotros.
Hacer pervivir lo que no obtuvo recuerdo,
ultrasonar un cántico,
reivindicar los sordos bramidos
de los que se fueron sin apenas dormida,
sin gloriosa voz, sólo porque el orbe los confió a las afueras.
Fuera de sitio,
fuera de tierra,
fuera de todo.
Como a mis zapatos rojos.

(De "El deshielo", 2009)

miércoles, 28 de agosto de 2013

Nanit

Nanit

Duelen hablando quedamente los lentos crepúsculos
de estos días semejantes a ciertas aves que se posan sobre la encina.
Duelen quebrando horizontes allá
donde el sol se pierde hasta lograr ser más sol,
más aurora del otro lado, del otro barrio,
donde danzan ligeros los bostezos, las axilas,
los murmullos ahogados bajo las sábanas
y nuestro olor profundo y seguro de ser vivo
alimentándose de sí mismo. La luz.
La luz a oscuras en este abandono de nuestra suerte
para lograr la bendita proclama del sol sobre todos,
sobre las firmes costuras de este travestido animal
que persiste y persiste hombro sobre hombro,
fuente sobre fuente, puente sobre puente
de la mirada sobre el río, el mar, la ancha distancia...
El agua.

¿Qué te habita que tanto me extasía?
¿De qué consumo me abasteces que al igual
que me llena me deshace en estas perlas claras?
Siempre amor, siempre ahogo, siempre agua escondida
y clara anhelando el perfil de tu mejilla, los labios
que me hunden sin haber besado siquiera
la fuente terma de este ocaso
bajo la estrella que persigo por el canal de vuelta
en gozoso desorden de corriente continua
de ti a mí, de mí a ti, imaginando que llego
hasta tu boca de Hombre abierto a mi avenida.

Creo yo que somos dos batiéndonos
en la común espera de nuestra suerte en el otro,
en el cauce depositado, en el lecho de tu pecho y el mío aún calientes.
Caliente nuestra cama de común y mutuo abrigo
en esta luz a oscuras del encuentro entre el día y la noche,
el siglo y la espera bajo la misma manta, el mismo sol,
redescubiertos en la mañana como carne de luz y de ser vivo pleno.
Creo yo que no somos dos, sino uno.
Uno más el deseo de no perdernos
en el horizonte de aquel nuevo sueño.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Canto de poeta loca

(Correcciones "El deshielo")
Canto de poeta loca


Demasiadas esquinas en esta plácida lumbre de otoño,
demasiadas para ser pobladas por el rocío.
Entablan diálogo con las verticales sureñas
almidonadas al hilo del puro jacinto y la escarcha,
descubiertas de arrobo, de senil jurisprudencia, de suertes ilegítimas.
Justifican por sí mismas a la apreciada lombriz
que bajo la tierra orea los otros páramos, 
los silenciosos, los horizontales, las jactancias.
Y ellas, demasiado sumisas.
Demasiado sumisas.


Y se quebró de nuevo el trampantojo:


Poema tras las últimas horas, poema tal vez
amarrado al ebrio verbo que presagiaba
la evanescente síntesis que el agua y las piedras levantan.
No hay lugar para el sobrevenir más que allá,
en la estera, ante la puerta del jardín de no sé qué delicias,
pequeñas suertes, el inabarcable entorno de la yegua sin errar,
los eternos circunloquios que hábilmente
aterrizan como ángeles de hielo
ante estos pies ya reconstruidos.


No atisbo el mar más que tras tu mirada,
no se evade de tus ojos la luminiscente,
sólo asomo de belleza cargada de ti
en el retorno de la marea que vuelve y que vuelve
acarreando de nuevo esta orilla,
estas arenas, estas piedras...
De nuevo piedras que se quedan
para vaciar el horizonte de rostros,
para poblarlo de penumbra agigantada
en el hueco de esta rima entre el sol y la tierra.


Y ya nada sirve, nada justifica tu envergadura
de piedra imantada más que el dorado que tu corazón proclama.
¡Corazón, corazón, ¿por qué pernoctas siempre sobre tu lecho de abandono,
de caudal abierto manando al borde del abismo?!
Cansar para doler, ésta será tu última tarea.
Como granada entre los alisios te recojo
y te umbro entre estos brazos tuyos, te acuno:
Duerme, duerme en tu llanto tu eterno soliloquio
de poeta extenso sin miedo al eco o al vacío,
al supremo reflejo del tú más tú en el todo.
La noche, que en esta suerte de otoño
se ha hecho más llagada, más justa,
aboga por tu propio desvarío de ser inconcluso,
de ser benévolo, de pobre cantor sobre las piedras,
las yerbas, las aguas claras y las azules aguas…


Si de la suerte a este abandono
va tan sólo el cauce ancho de este río,
que así sea, que no se seque el mar
por la ausencia del pequeño venero.


Sofía Serra, "El deshielo" (2009). De la trilogía "Canto para esta era"

martes, 25 de octubre de 2011

Ser-afín

(Correcciones "El deshielo")






Ser-afín
(a mi madre y una buganvilla)


Serás el beso asomado al aire
del vespertino azul. Yo, la mejilla
que lo sostiene soñolienta
en el vaivén de la vigilia
sobre estas dobles manos, estas pequeñas flores…


…Y qué decir del aliento expelido
por tus rosadas branquias…


Abarataré mi canto para que el perfil de la memoria
pueda lucir prendido en tu cabello el clavel de abril
—ay, mi noche persa sobre ríos de plata—,
y junto a la rosa del encuentro, la zapadora,
profanaré las tumbas de la estirpe
que, contiguas a la feraz fuente,
impidieron a las buganvillas bramar
la verdad atronadora con sus brácteas.
Ellas, las jardineras engalanadas
con frazadas de papel de seda
durando sus breves cinturas,
las de los profundos escotes,
herméticos y oscuros balcones
abiertos al pretil del aire,
desde donde se asoma, tímida,
la flor blanca, la bella inmaculada,
la que no tiene nombre.


Sofía Serra

viernes, 14 de octubre de 2011

Poema para mañana 15-O: Feliz suerte del hoy

Lo escribí hace ya tiempo, pero lo vi la semana pasada para mañana, el 15-O. Algunos llevamos mucho tiempo "allí" esperando, un poco solos, ésa es la verdad. Así que nadie se extrañe por nuestras pieles un poco ajadas y nuestro rictus algo tristes. La intemperie humana provoca más catástrofe que una helada a destiempo sobre los frutales.
Es el poema final de "El deshielo".


POST SCRIPTUM


Feliz suerte del hoy


Hoy no sirven las lágrimas aunque aparezcan.
Hoy ni la sonrisa expresa, aunque floreciente brote desde mis pulmones.
Hoy la abatida no tiene hueco, ni siquiera la exaltación.
Hoy el orden extraño requiere insistencia de abandono,
de flagelo descompuesto, despedazado
y roto por los brazos incólumes de los sortilegios
sin edad, sin premura por las horas o la acontecida.


Hoy, que navegamos.
Hoy que sorteamos los peñascales, que convertimos las escorrentías en toboganes
donde las cristalinas flores emergen al son del transparente baile…
Hoy que la vida adquiere el nombre de esperanza,
que ya muere para no necesitarla al menos por hoy.


Hoy que vivo ausentando las miserias que otras veces me acobardan, me contienen…
Hoy que no existe la suerte más que para gozarla,
hoy te canto, hombre sin nombre, compañero mío,
para no matarte nunca, para poder vindicarte siempre.


Sofía Serra (de "El deshielo", tercera parte de la trilogía "Canto para esta era". Enero de 2010)

viernes, 30 de septiembre de 2011

Poema a oscuras: la tierra a solas

(Correcciones  "El deshielo")


Poema a oscuras: la tierra a solas


No ya más sin el vivir que de ti emerge,
penumbra de estío, curandera del quejigo,
encina amilanada en la gruta de la nieve
que extiende sus raíces lentas y templadas luchando,
luchando: aterciopelando las húmedas arcillas,
moldeando subsuelos de tierra dura,
blandiendo las espadas afiladas
de los quebrados y sucesos
gimiendo al tiempo: al son,
al son del torpe denuedo,
de la grávida y lenta menoscaba,
de la imperiosa batalla sobre las arenas:
bebiendo, bebiendo, llenando pulmones
que se durmieron clamando, llorando,
manando molde sobre molde de la lágrima siguiente:
reniegos, tan sólo reniegos de líquidos regueros
combatiendo la dura cumbre de la suerte.
Sin oreo.
Sin aire en mi tierra, mi tierra,
el secreto a voces de mi tumba abierta:
Que yo ya muero, ya muero perteneciendo
a esta sombra inútil de belleza.
De cristalina fuente.
Yo ya sin ti no soy más que asomo de duda,
apenas remedo de la estrella combativa
o aprisionada en este lecho tan frío.
Y las deseo plenas.
A la duda y a la tierra.


... La tierra, la tierra, qué sola se queda ella con la nieve.
...Sin verte, sin verte más que en el hálito cohibido
del acaso del sol sobre la sombra de la nube
tras el onanista orgasmo de la soberbia.


...Y la sombra, la sombra,… se queda tan sola mi pobre sombra...
¡oh, sí, sola!... Sola, sólo sola.
Apenas mente, olvido apenas,
a duras penas del blando cuerpo sin muerte
que la eleve al cálido cielo azul celeste.


sofía serra. De "El deshielo"

jueves, 22 de septiembre de 2011

Corazón de hierro batido (Canto otoñal)

(Correcciones "El deshielo")


Corazón de hierro batido (Canto otoñal)


Del edén eyaculado nacerá la estigia provocadora de las mieles, la mayúscula tiranía que dibuja el perfil sucinto de la voz sobre el eco, anterior al eco y futura resonancia de sí misma en la penumbra de la montaña que genera el valle del río que en la misma laguna acumula
todo el poso, todo el gemir de los crisantemos,
los enlodados barrios donde vitales sacuden
sus aletas los generosos y fluviales seres,
mis artes marciales, mis sobrecogedoras compañías
en el estómago vivo y palpitante...
En la rosada simiente de la aurora,
¿qué más puedo desear que tu acontecer?
Río cerrado, te marchaste sin recorrer
el sondable cauce de tu imparable
retroceder ante el sol, el ocaso y las estrellas,
te reservaste para un devenir sin lealtad
que auguraban ya las hojas caídas
sobre tu reflejo de todos los narcisos
llamados nubes, mimbreros o simples juncos.
Sobre el margen, sobre la orilla de tu lámina invertida
pasea el río de la vida,
el marginado río de la vida,
el suculento manjar de la bestia incorpórea,
la de la boca grande, la de la boca llena,
la de las fauces abiertas al son del canto inhibido,
la respuesta a lo que sin dedos
y sin amargo trago huye de su vínculo
buscando la desmesura de la sequía.


En el estero, desde el desierto,
fingen sus aromas los eternos candiles
de carburo hidrogenado.
Mas tú, viva, vuelcas la copa de tu refresco.
Vacía derramas el ardor candente de la juventud:
Doy a todas luces sobre el horizonte que nace inclinado,
siempre para las herrumbres, siempre,
hasta habilitar el estuario como negocio de chatarra.
Del orín del hierro a tu justa sólo hay una vida.


Y el borde, aquí este borde abisal
que en su sima te contuvo generando Roncesvalles
donde poder cavar la tumba del olvido sobre la temeridad
del ser humano y su orgiástico deseo de cumbre y sangre.
Aquí sobre este paso te rodeo para envenenarte.
Aquí levanto tu bandera para seguir matando
con la pena de lumbre y fuego,
que el amor cubre, el amor reparte,
el amor, tranquilamente, avanza sorteando
vestido de sí mismo,
como si no tuviera nombre, que no lo tiene,
ni el don para transformarte más que en hombre,
a duras penas,
sólo en hombre.


sofía serra (de "El deshielo")

lunes, 6 de junio de 2011

El deshielo

El deshielo

Si de vez en cuando mi boca en tu boca se enreda,
alerta a los nervios opacos,
esos que no excluyen a la materia,
con permiso o sin él afianzaré mis ijares sobre el suelo.
Mi boca: mi yunta y mis alas abiertas.
Si de mi boca espanto a estas dulces llagas
que como palomas de ida y vuelta sostienen a la memoria
tras el aullido del agorero salvaje,
tú no te asustes, amada ama de mis venas.
Sólo los bancos y los árboles permanecen anclados a la tierra oscura,
y hasta en el deshielo,
comienzan aturdidas esas tuyas a licuarse: ríos de mares aún nonatos,
verbos contenidos en los glaciares bajo la presión de los heleros
deshilando el cambio termal como soplo oxigenado
sobre estos ya jadeantes pulmones.
Del deshielo a la muerte anuda el paso del natural suceso
como aquella que nos dio vida y lugar,
madre, no deseo tu muerte
precisa la ancianidad, me conquisto y luego contigo me iré…
Vejez, pero no carencia.
Vejez como humana naturaleza,
vejez como flor espigada, no contrahecha en cementeriales plásticos.
Vejez resistencia, que yo contigo me quedo.
Vejez como la del río, cada vez más ancho, más pausado, más fértil,
más desprendido de su cauce,
espacio ilimitado, acontecer sin tiempo,
planicie moldeada a fuer de amables ecos
de los gritos proferidos por el hombre…
mar.

Como tú, madre, como tú.

(Sofía Serra, 2009)

lunes, 30 de mayo de 2011

Si poema, ya sabe más que la que escribe

Si poema, ya sabe más que la que escribe

A las costuras de esta zafra se me adhieren vuestras embestidas
como salvajes y tiernas desmedidas de lo que ya no solicitáis,
la alegría de una era que nace mudada
en paquiderma sirena de ojos claros y voz ausente.
Observad la canallesca intención que la abandonó fiada en la arena,
contemplad cómo sus miembros se entumecen
a fuer del goteo irisado de su piel insaciable
ya tornándose entretela de grises escamas,
coraza contra el aire: se quedó sin agonía,
sin silero desierto donde cantar su mistérica proclama.

¿Qué porvenir se cimenta en los longevos eriales?
La mar de las vetas claras.
Porque es trabajadora, minera u obrera reina
engendra y pare como jirón de sí misma
el contumaz y secreto consuelo depositado en el eterno de su abrigo,
la orilla,
el voto sobre el que la luz atestigua la existencia de ellos:
Cantos rodados sin externa geometría que los contraríe.
Tan sólo cantos,
tan sólo cantos, yuxta-opuestos ni engarzados,
melodías del aire hacia el aire embriagado
del aceite vital de su denso gemir
bajo el mar... bajo el mar,
nacen a veces las piedras convertidas en Poetas.

(El deshielo, 2009)

sábado, 21 de mayo de 2011

Feliz suerte del hoy

Feliz suerte del hoy



Hoy no sirven las lágrimas, aunque aparezcan./
Hoy ni la sonrisa expresa, aunque floreciente emerja desde mis pulmones./
Hoy la abatida no tiene hueco, ni siquiera la exaltación./
Hoy el orden extraño requiere insistencia de abandono, de flagelo descompuesto,/
despedazado y roto por los brazos incólumes de los sortilegios sin edad,/
sin premura por las horas o la acontecida./

Hoy que navegamos./
Hoy que sorteamos los peñascales, que convertimos las escorrentías en toboganes donde las cristalinas flores emergen al son de nuestro juicioso juego./
Hoy que la vida adquiere el nombre de esperanza. Hoy que ella muere para no necesitarla al menos por hoy./

Hoy que vivo ausentando las miserias que otras veces me acobardan, me contienen, me suplican abandono./
Hoy que no existe la suerte más que para gozarla,/
hoy te canto, hombre sin nombre, compañero mío,/
para no matarte nunca, para poder vindicarte siempre./


Sofía Serra ( de "El deshielo")

viernes, 13 de mayo de 2011

Calzas para un orden

Calzas para un orden

¿Qué delirante poema renace sobre tus mejillas?
No quiero ser aguafiestas, nunca.
El agua me traspasa, la juventud me reclama y no soy leña amontonada
en la penumbra del helero, asomo gris en las tinieblas.
Es sólo que la irrealidad se impone a veces.
Puede más que una palabra,
que el beso, e incluso la sonrisa o las lágrimas.
Un zapato rojo se extravía sobre los adoquines,
dos zapatos rojos sobran ante el semejante.
Proust aprieta pero no ahoga,
la irrealidad se desescombra sobre las sancionados abismos
horadados a fuer de endogamia:
los señoríos, las señorías.
Los antifaces.
El anti-faz,
el negativo de los rostros desojados.
Los timbales sobre los que tamborilea el brillo
de nuestra mirada, y tú, y yo, ya convencidos preguntamos enjaezados
a lomos de la estirpe, a horcajadas sobre la sima:
Mundos virtuales. Siempre hipócrita calma.
Pereza.
...Y los zapatos rojos.


No quiero ser aguafiestas, nunca
pero aquí no se establece nada.
Si lo deseamos, se aposenta y hasta se habita, incluso se fundamenta,
pero no sin tierra, no sin agua. Ni sin adoquines o los zapatos rojos.


¿Qué hacen los que no saben cantar?
¿Sólo digerir o gritar sobre la faz del interpuesto?,
¿pelotear sobre sus propios pulmones, o zapatos rojos,
para que no los asfixie (¡qué no, por dios!, ¡qué no, te lo ruego!)
la roca desorbitada por las regurgitaciones de los morosos,
los parcos, los olvidos del tú,
los recurrentes sobre la ocurrencia que arrastra
la inmundicia de la incomprensión
hasta al corazón más puro?


Zapatos rojos.
Corazones rojos.


¿Cómo olvidar a los que no cantaron?
¿Cómo no intentar habitar en sus bocas como altavoz fundido a su caverna,
mascarón de proa sobre la reserva que los hizo permanecer coléricos, sin cantos?
Abastecer hasta en los muertos,
colmar el hueco sellado hasta moldear la paloma,
la alada suerte, la blanca metáfora alzada desde la tierra,
desde su yo hasta el más nosotros.
Hacer pervivir lo que no obtuvo ni vuelo ni memoria,
ultrasonar un cántico que traspase los límites del tiempo
y renazca en el pasado, reivindicar los sordos bramidos
de los que se fueron sin apenas dormida,
sin gloriosa voz, sólo porque el orbe los confió a las afueras.
Fuera de sitio,
fuera de tierra,
fuera de todo.
Como los zapatos rojos.

lunes, 14 de febrero de 2011

La fuente (Para Álex de la Iglesia)

Creo que nunca he dedicado un poema, salvo los explícitos por su hechura, pero hoy lo voy a hacer: Para Álex de la Iglesia. 


La fuente

Desde un circunflejo acto reflejo entablas querella con la suerte.
Nada quiero, sobre nada vuelo.
Bajo la sombra de esta fuente crece el musgo fresco.
Bajo la luz y sus símiles, combaten pacientes las hormigas,
palabras y más palabras para circunscribirnos a lo que somos más allá del albero entre las piedras donde se despistan algunas huellas./
¿Qué signo luminoso se expande sobre su clara geometría?
Bajo la luz no veo ni nada quiero. Más que un asomo.
Un asomo de imperioso gozo, una faz digna que me devuelva aquel ocaso vestido de yerba dorada bajo el amanecer de la noche,/
un justo proclamo del sol sobre el sol,
un combatiente dormido que despierte a su sonrisa.
Una quimera encallecida,
una manos afanosas en el poeta de las suyas abiertas, 
unas flores, unos ojos...
Ojos no busco, pero me asombra encontrarte en los tuyos.
Como si consiguiera verme.


Nocturna suerte del día...

Sofía Serra, Enero 2010 (El deshielo)

(Aquí el video de su discurso en la gala de los premios Goya)

martes, 1 de febrero de 2011

Poema a oscuras

Poema a oscuras

No ya más sin el vivir que de ti emerge, penumbra de estío, curandera del olvido,
quejigo amilanado que en la gruta de la nieve estira sus raíces lentas y fuertes,
luchando, luchando:
aterciopelando las húmedas arcillas, moldeando subsuelos de tierra blanda y pura,
blandiendo las espadas afiladas de quebrados aconteceres, gimiendo a tiempo:
al son, al son
del torpe denuedo, de la grávida y lenta menoscaba,
de la imperiosa batalla sobre las arenas que bordean a la fuente:
bebiendo, bebiendo, llenando pulmones que se durmieron clamando,
llorando, manando molde sobre molde de la lágrima siguiente:
reniegos, tan sólo reniegos de líquidos veneros que combaten la dura cumbre de la suerte.
Sin oreo.
Sin aire en mi tierra, mi tierra, el secreto a voces de mi tumba abierta:
Que yo ya muero,
que yo ya me muero perteneciendo a esta sombra inútil.
Que yo ya sin ti no soy más que un asomo de duda,
apenas remedo de la estrella combativa aprisionada en este lecho tan frío.
Y las deseo plenas.
A la duda y a la tierra.
... La tierra, la tierra, qué sola se queda ella con la nieve.
...Sin verte, sin verte más que en el hálito cohibido del acaso del sol sobre la sombra de la nube
tras el desangelante orgasmo de la soberbia.

...Y la sombra, la sombra, se queda tan sola mi pobre sombra... ¡oh, sí, sola!
Sola, no más que sola.
Apenas mente, olvido apenas,
a duras penas ya muerte,
ya sin cuerpo que la eleve
a la cálida luz del cielo azul celeste.

Sofía Serra,  Enero 2010 (De El deshielo)

domingo, 30 de enero de 2011

Hombre andando

(Republicando por correcciones)


Hombre andando

A mí ya me tengo, ¿para qué más verme?/
Percibir aniquilando la ominosa estancia que te suprime o te condena día a día a revertirte sobre el supremo pandemónium,/
a nivelar las ostentosas manipulaciones del anquilosamiento sobre la juventud fracturada en plena senilidad de las cosas viejas,/
que obstan, que pervierten, que suprimen, que rebanan.../
El amor es sólo potencia de tú y yo,/
sólo acontecida de acaso y voluntades,/
no más que un afán sobre la noche profunda,/
la inercia embatallada y vencida./

Y ya claudican las empresas,/
claudican generaciones completas/
sobre el desvivir de la suerte sobre el hombro azaroso/
de lo que proclamaste a sabiendas de tu obtuso fuego,/
el juego invertido sobre las olas recalmosas/
como las velas que navegan sedientas de aire imbatible,/
como sustenta a mi pecho tu propia sombra en el calvero./
Sostiene mi gemir tu bramido permanente de profunda y telúrica ilusión de centro sobre la muerte del mutismo,/
sobre lo justo cometido cuando ya no más que rozas el porvenir/
del sin ti cuando desapareces,/
De tus ojos a mis oídos de alma blanca... honda, más honda tu mirada que el siniestro devenir del segundo tras el oreo del batiente./

Y nevará./
Volverá a nevar sobre este puente./
Pero la fuente permanecerá abierta en su brocal al consuelo de tú más yo más que no quiero para mí./

Porque si me nombras, te destruiré./

Ella puede más que todo, ella es mi contrincante./
Ella, la hechicera de los hombres./
Lujuriosamente serena, ávida de sus lágrimas y sus risas, perversa algarabía de aves pendencieras/ revoloteando sobre la frente perlada:/
Perversa tú, perversa nigromante de añadas resecas y uñas avariciosas sobre esta pura piel de nácar viva, la tierna caricia que nos sostiene sobre el aire tan entretenido, tan bendecido por estos inocentes alientos./

Y ella asoma su desintegrada muerte, su simiente ejecutora de raíces en allá no ya más aquí, que yo sin ti, que solo soy./

Pecata minuta en la ensordecedora tiniebla./
No más, no más que su perfil usurando sobre los labios, desabasteciendo al único rayo viviente./
A ese hombre de pie, a ese hombre andando./

Sofía Serra, Diciembre 2009 (de El deshielo)

martes, 18 de enero de 2011

Nanit

Anoche, por circunstancias adventicias y sobrevenidas, es decir, que me han llegado s anunciándome algo y  que se han "avenido" a mí sin yo preverlas,  me topé con un breve poemario que terminé de componer justo por esta fechas. Lo tenía casi olvidado. Para mi alegría, voy comprobando que lo tengo creo que corregido del todo. Éste es uno de sus poemas, ya subido a este blog, pero me agrada la idea de volver a hacerlo.
Voy también comprobando que llevo dos años y medio, imagino que ya para tres (pierde una las cuentas de tanto intentar anotar fecha) hablando una y otra vez sobre las mismas cuestiones.  Se dice que "siempre" se fotografía lo mismo. En lenguaje escrito sucede igual. Sólo varía la forma. Las circunstancias  modifican sólo los accidentes.

Nanit

Duelen hablando quedamente los lentos crepúsculos de estos días semejantes a ciertas aves que se posan sobre la anochecida./
Duelen quebrando horizontes allá por donde el sol se pierde para lograr ser más sol, más aurora del otro lado, del otro barrio, donde danzan ligeros/
los bostezos, las axilas, los murmullos ahogados bajo las sábanas/
y nuestro olor profundo y seguro de ser vivo alimentándose de sí mismo./
La luz. La luz a oscuras en este abandono necesario de nuestra fuente/
para lograr la bendita proclama del sol sobre todos, sobre las firmes costuras de este travestido animal que persiste y persiste, hombro sobre hombro,/
fuente sobre fuente, del puente al puente de tu mirada sobre el río, el mar, la ancha distancia.../
el agua./


¿Qué te habita que tanto me arroba?/
¿De qué consumo me abasteces que al igual que me llena me deshace en estas perlas claras?/
Siempre amor, siempre ahogo, siempre agua escondida y clara anhelando/
el perfil de tu mejilla, los labios que me hunden sin haber besado siquiera la fuente terma de este ocaso bajo el sol,/
bajo la estrella tras tu vida que persigo por el canal de vuelta/
en gozoso desorden, de corriente continua de ti a mí, de mí a ti imaginando que llego hasta tu boca de Hombre abierto a mi avenida./


Creo yo que somos dos batiéndonos en la común espera de nuestra suerte en el otro, en el cauce depositado, en el lecho de tu pecho y el mío, aún calientes./
Caliente nuestra cama de común y mutuo abrigo en esta luz a oscuras del encuentro entre el día y la noche, el siglo y la espera,/
confortados bajo la misma manta, bajo el mismo sol,/
redescubiertos en la mañana de esos anhelos que nos conforman como carne de luz, amor y ser vivo pleno./
Creo yo que no somos dos, sino uno./
Uno más el deseo de no perdernos en el horizonte de un nuevo espejismo./

Sofía Serra, Diciembre 2009

sábado, 9 de octubre de 2010

Corazón de hierro batido (canto otoñal)

De un conjunto que escribí sobre el otoño pasado y subtitulé  "El deshielo" para incluirlo en "Canto para esta era", pero que hoy creo va para el poemario que sigue a ése, "Del bestiario de los inocentes".

Corazón de hierro batido (Canto otoñal)

Del edén eyaculado nacerá la estigia provocadora de las mieles sobre el triunfo y el afán supremo, gobernadora de la mayúscula tiranía que ennegrece el perfil sucinto de la voz sobre el eco, anterior al eco y futura resonancia de sí misma sobre la penumbra hallada en la montaña que genera el valle del río que en la misma laguna acumula/
todo el poso, el gemir de los crisantemos,/
los enlodados barrios donde vitales sacuden sus aletas los generosos y fluviales seres vivos,/
mis artes marciales, mis sobrecogedoras compañías/
afanadas en el estómago vivo y palpitante.../
En la rosada simiente de la aurora, ¿qué más puedo desear que tu acontecer?/
Río cerrado, te marchaste sin conocer al tiempo,/
al sondable cauce de tu infinito retroceder ante el sol, el ocaso y las estrellas,/
reservándote para un devenir sin lealtad que auguraban ya las hojas caídas sobre tu/
reflejo de todos los narcisos llamados nubes, mimbreros o simples juncos./
Sobre el margen, sobre la orilla de tu lámina invertida pasea/
el río de la vida,/
el marginado río de la vida,
el suculento manjar de la bestia incorpórea,/
la de la boca grande, la de la boca hueca,/
la de las fauces abiertas en son de canto prohibido,/
insonoro, de infértil matriz, respuesta a lo que sin dedos/
y sin amargo trago huye de su vínculo/
buscando la desmesura de la sequía./


En el estero, desde el desierto, fingen sus aromas los eternos candiles/
de carburo hidrogenado./
Mas tú, viva, vuelcas la copa de tu bebida. Vacía derramas/
el ardor candente de la juventud:/
Doy amor a todas luces sobre el pervertido horizonte que nace inclinado,/
siempre para las herrumbres, siempre,/
hasta habilitar el estuario como negocio de chatarras./
Del orín del hierro a tu justa sólo hay una vida./


Y el borde, aquí este borde abisal que en su sima te contuvo generando Roncesvalles/
donde poder cavar la tumba del olvido sobre la infranqueable temeridad/
del ser humano y su orgiástico deseo de cumbre y sangre./
Aquí sobre este paso te rodeo para envenenarte./
Aquí levanto tu bandera para seguir matando/
con la pena de lumbre y fuego,/
que el amor cubre, el amor reparte, el amor, tranquilamente, avanza sorteando, vestido/
de sí mismo, como si no tuviera nombre, que no lo tiene, ni el don/
para transformarte más que en hombre, a duras penas,/
sólo en hombre./

Sofía Serra (Octubre /Noviembre 2009)
 
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