sábado, 27 de octubre de 2012

Un mar lleno de una duda

Un mar lleno de una duda 

20. He de alejarme de su influencia. De la de los sentidos, no. De la de la razón.

sé nadar, me repetía, sé nadar.

21. Llevo toda la mañana intentando hacer, pero sólo mis neuronas trabajan. Clavo mis ojos en un oscuro entresuelo entre el día y la noche de mis circunvoluciones cerebrales, allí me alojo, me deposito en la memoria de mi propio olvido. Quiero olvidarlo todo, ser consciente sin serlo. Inhabilitar, dejar hueco, ampliar. Me celebro descorchando una botella de champán, que nunca me ha gustado. Las burbujas son huecos de líquido. Mi mente necesita líquido virtual, ejemplar. Me basta con un solo trago.
Y tengo un embalse completo.
Sé nadar, me repito. Como aquella vez que me lancé desdé la barca de pedales, posiblemente a no más de cien metros de la orilla. Me apetecía nadar y no tener que volver a caminar todo el tramo de arena que había entre el chiringuito del negocio y la sombrilla. Ahora que con la barca habíamos llegado a su perpendicular, me ahorraría recorrer ese trecho por tierra. Me lancé al agua de cabeza, qué placer poder nadar en el mar sin estorbo, despacio, no tenía prisa, veía la orilla, incluso oía el chapoteo de aquel bañista que más se suele alejar cuando observas a los que se adentran.
Y de pronto, llegó. Primero, la duda: ¿No llego? Después, el miedo. Inmediatamente el desconcierto: ¡Pero si yo sé nadar!, estoy acostumbrada a hacerlo, no me canso, ¿por qué este miedo? ¡Pánico! ¡Dios mío, me ahogo!
Entonces comprendí. Entonces supe: Aquí es cuando se ahogan, aquí es cuando nos ahogamos. El miedo nos puede, nuestro cerebro embrutece nuestro propio cuerpo, que se convierte automáticamente en peso muerto. Nuestro pensamiento lo entumece, lo anula. Ahoga nuestro instinto. El miedo invalida nuestra sabiduría congénita y la adquirida. Entonces nos hundimos y morimos ahogados. Sin explicación posible. "¡Pero si sabía nadar!", dirían.
Un instante casi eterno de dos segundos, no más. Al comprender, al conocer, hice el esfuerzo, lo que no significa más que no hacerlo. Cerré los ojos y me impuse calma concentrándome en el recuerdo (concentrándome en mi recuerdo, concentrándome en el recuerdo empíricamente obtenido), guié a mi pensamiento hacia el hecho de que yo sabía nadar. Extendí mis brazos intentando relajarlos. Inmediatamente mis piernas se elevaron, avancé con el empuje del mismo mar que me mantenía a flote. Un segundo más sin consciencia y el empeine de mi pie rozó la arena del fondo: Me hubiera ahogado a apenas veinte metros de la orilla, teniendo pie, y, para colmo, sabiendo nadar.

No hay comentarios:

 
Creative Commons License
El cuarto claro by Sofía Serra Giráldez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.