sábado, 6 de octubre de 2012

Poema de una anciana que ya murió

Poema de una anciana que ya murió

Bestialidad y vida afloran
indisolublemente unidas.
Soy yo más tú
sin andamiaje,
sin convulsos vetos
sin abejorros ni respectivos aspavientos,
cómplices en perfecta armonía
y equidistancia exacta
del pellejo a la piel
de la una al otro,
sola y justa, perpetua.
No yo.

Argumentos insostenibles
por estas manos que se descuelgan
en la noche que me muere
al final del mar de azoteas
que imagino.
El calor se posa grandilocuente
y cálido como un buda
que otea buscando la boca
que más hambre tiene.
Tú eres fresco,
pero nada transparente
en el mar de tus ¿cojones?
—te ahogaste en ellos—,
así que te hace el hielo.

Yo sé que contigo vive sola
con ella, sola criatura, lobo
suyo, niño bueno, niño
cuerdo y fino niño
y ahora los colmillos
que te afilaron
se ceban en la más
tierna carne.
Y ella es la nada,
nada más que poder
doler.

Cameraman, y mi estulticia
solapándote, atendiendo
a tus razones
como si extendieras
a mis pies los parterres
de flores del parque de marialuisa,
dicen, ventilando patraña,

como si yo fuera a tocarte,
como si mi ventisquera,
porque ya es agosto
y cantan las hojas
llamando al otoño,
corriera rauda por el barranco
gravero de un hoy tan seco,
tan duro y fósil, hermético
en el sentido de las agujas
del reloj de arena.

Veo mi vida como un saco
de muelas recién extraídas
que hubieran abandonado al dolor
en la boca de algún amante,
algún lobo serio tuyo de raíces
y venas al viento, de pelo teñido
con la henna de la luna que templa
mamparas de acero, blancas,
sobre los raíles de cuerpos que duermen
con la garganta abierta al cielo
de una noche de verano
que yo ya he olvidado.

Sofía Serra (De La dosis y la desmedida)

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