miércoles, 3 de octubre de 2012

Dentro del otro "juego": Heberto Padilla y Belkis Cuza Malé (I)

Sálvame amor del mundo,
de la desolación de sus antiguos órdenes, […]
(Javier Sánchez Menéndez)


… Qué distinto uso del poder de la palabra.
Hace pocos días me ha invadido un virus, o al menos, ese ha sido el comentario general (mi madre y la muchacha de la panadería): “Hay muchos por ahí”, me comentan. Y yo que pensaba que mi cuerpo había reaccionado ante el uso fraudulento del poder de la palabra, del talento, del intelecto. Ya no me sabe a debilidad psicológica mi dolor de estómago, ni mis revolcones sobre mí misma tumbada en la cama, ni mis quejidos, ni los vómitos. Un virus, se trataba de tan sólo un virus.

Pero no puedo olvidar el no prólogo de las UNEAC al libro de Padilla Fuera del juego, ni tampoco el acto de contrición por palabras al que fue arrojado. No puedo olvidarlo aunque ahora ya sepa, porque no quiero equivocarme en la posibilidad de mi estómago más delicado de la cuenta, esa que me indica que todos sus vómitos y dolores se debieron tan sólo a un virus.

Alguien comparó al lenguaje con un virus. Creo que nunca he logrado vacunarme contra él. Sólo me consuela la remotísima eventualidad de que algún día mi propia palabra pudiera servir de antígeno a alguna mente contra tanto uso fraudulento de sus capacidades, contra tanto mal provocado con ella, contra la perversión de los talentos naturales del hombre al ponerlos al servicio de lo peor de nosotros mismos: la sinrazón, el oprobio, la mentira, la demagogia, la imprudencia, la incomprensión hacia el otro… Es decir, me consuela la remota esperanza de que mi cuerpo sea capaz de desarrollar la vacuna que a otros puedan inyectarle.
Antígeno fabrico desde sus mismas cepas, no sé si medicamento homeopático, aunque sea analíticamente sintética.
...
Cuando me encontré con ese texto con el que la UNEAC, la unión de escritores cubanos en años inmediatamente posteriores a la llegada de Fidel Castro al poder, introduce el poemario, algo volvió a reventar dentro de mí, me sobrevinieron náuseas y vómitos acompañados de un fuerte dolor de estómago. El encuentro con la perversión del lenguaje, con la depravación de las facultades humanas, de la inteligencia, el uso fraudulento de esos talentos con el fin de procurar la mentira, y por tanto, favorecer la injusticia, pudieron más, siempre han podido más, que mi natural tendencia a no somatizar coyunturas emocionales o psicológicas.

El caso Padilla y su libro Fuera del juego constituye uno de esos episodios más denigrantes, humillantes y depravados de la historia de la literatura. Mi encuentro con él, o lo que me ha llevado a profundizar en el asunto, se debe a meras circunstancias casuales, si es que por casuales pueden entenderse los sucesivos acontecimientos vitales que ordenan, tal vez bajo libre albedrío, la elección de amistades, y no por afinidades electivas, en el curso natural de cualquier vida.

Cuando he ido desgranando, conociendo todas las circunstancias, o al menos las que están a disposición pública del suceso, he recordado el poema “El albatros” de Baudelaire, aquel según el cual el poeta, el albatros, de imponente hechura y majestuoso vuelo en el aire, cuando se sitúa sobre la piel del mundo, cuando el albatros cae a la cubierta del barco, pierde toda su envergadura estética para convertirse en objeto de burla de la tripulación de cualquier barco. El lugar del poeta es su poesía y su libre albedrío, su libre conciencia. Por desgracia siempre habrá algún grumete o capitán que intenten hacerlo bajar a tierra para mofarse de él. O, quizás, quiero pensar ahora, esos poetas, esos escritores, esas personas que también poseen el don de la palabra sean los que hacen el ridículo cuando ponen al servicio de causas políticas degeneradas el talento que les ha sido concedido. El problema es que sólo es comprobable, ese ridículo, cuando años pasan, cuando es observado por ojos ajenos al proceso en el cual hayan aceptado embarrar su capacidad intelectiva, de tal forma que mientras llega o no llega ese tiempo, y donde su palabra se usa como arma política, como el ridículo pasa desapercibido, disfrazado por los juegos del poder y sus engaños, el uso fraudulento del don de la palabra provoca la injusticia y con ella el dolor. En definitiva, el sufrimiento humano.

El poemario de Padilla revela el vuelo de la conciencia del poeta, las idas y venidas de un espíritu libre en pensamiento y sentir por más que en esos años la misma persona fuera afecta a la revolución cubana como tantos otros, como tantos otros incluso posteriores y engañados por la necesidad del hombre de luchar contra otras tiranías. Sus figuras más señeras y sus logros revolucionarios formaron parte de la cabecera de muchos idealistas de generaciones postreras tan sólo porque se trató de una revolución que derrocó a un régimen dictatorial ejemplo de la corrupción en el poder, la dictadura de Baptista. Después, y aunque algo pudiera atravesar las tupidas redes de acero de la nueva dictadura que se iba imponiendo sobre los cubanos, ese velo sobre los que creíamos en muchos ideales fue poco a poco levantándose de nuestras mentes. Como igual le sucedió al mismo poeta y a otros tantos conciudadanos cubanos, sino que en años inmediatos a la revolución. Desde esa posición, la poesía que se decanta en Fuera del juego refleja el cuestionamiento continuo sobre ese “lugar” histórico que le ha tocado vivir a su autor, a Padilla. Por todo ello, por ese ejercicio que en esencia es el más puro acto revolucionario, su poemario fue enjuiciado como contrarrevolucionario por los promotores y burócratas literarios del régimen castrista. Ni siquiera el poema que da nombre al conjunto, “Fuera del juego”, dedicado a Yannis Ritzos, reconocido poeta griego encarcelado por su pensamiento comunista, se salva de la “quema” que la pandilla de usurpadores (usurpadores del poder de la palabra como fuente de honestidad y valentía) logró encender contra él. Un poemario que “tan sólo” es precisamente eso, un poemario profundamente honesto (decir esto es casi decir una tautología), un poemario como deben ser los poemarios, la voz de un hombre libre cuestionándose cada paso del hombre por la tierra, incluido los suyos propios, una manifestación del más profundo estado moral, el de la duda, el de la incertidumbre, que es la base exponencialmente directa del acto reflexivo que es la poesía.

Obtuvo lo que puede ser considerado el premio nacional de poesía del año 68, y así fue publicado, precedido de la declaración que abajo reproduzco muy a mi pesar. Tan sólo lo hago para señalarla como ejemplo de lo que nunca debe hacerse con este portentoso don que a cada hombre le es otorgado, pero que pudiendo brillar en unos más que en otros, llega a las cotas más altas de miserabilidad y perversión cuando se utiliza para la persecución de otros fines que no sean los meramente literarios, culturales, entendiendo por estos últimos esos que sirven para el mayor y mejor conocimiento del hombre sobre el hombre, para lograr llevar el conocimiento, esto es, la verdad, al resto de sus semejantes.

A partir de ahí todo lo que sucedió con la vida de Heberto Padilla tiene su explicación. Su posterior detención años después, su conocido acto de arrepentimiento público tras haber pasado por las mazmorras del estado, su exilio a EEUU después de que surgiera un activo movimiento de protesta por parte de algunos próceres de la intelectualidad mundial de aquel momento, y hasta su muerte algo prematura fuera de su patria.

(Continúa en la siguiente entrada)
Aquí abajo,  texto de la declaración de la UNEAC, extraído de este enlacedonde puede leerse el poemario de Padilla así como un relato pormenorizado de los sucesos por alguien que fue testigo directo,  Manuel Díaz Martínez, el escritor de origen cubano afincado actualmente en España. Su blog.

DECLARACIÓN DE LA U.N.E.A.C.
EL DÍA 28 de octubre de este año se reunieron en sesión conjunta el comité director de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y los jurados extranjeros y nacionales designados por ella en el concurso literario que, como en años anteriores, tuvo lugar en éste. El fin de dicha reunión era el de examinar juntos los premios otorgados a dos obras: en poesía, la titulada Fuera del Juego, de Heberto Padilla, y en teatro, Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat. Ambas ofrecían puntos conflictivos en un orden político, los cuales no habían sido tomados en consideración al dictarse el fallo, según el parecer del comité director de la Unión. Luego de un amplísimo debate, que duró varias horas, en el que cada asistente se expresó con entera independencia, se tomaron los siguientes acuerdos, por unanimidad: 1. Publicar las obras premiadas de Heberto Padilla en poesía y Antón Arrufat en teatro.
2. El comité director insertará una nota en ambos libros expresando su desacuerdo con los mismos por entender que son ideológicamente contrarios a nuestra Revolución.
3. Se incluirán los votos de los jurados sobre las obras discutidas, así como la expresión de las discrepancias mantenidas por algunos de dichos jurados con el comité ejecutivo de la UNEAC.
En cumplimiento, pues, de lo anterior, el comité director de la UNEAC hace constar por este medio su total desacuerdo con los premios concedidos a las obras de poesía y teatro que, con sus autores, han sido mencionados al comienzo de este escrito. La dirección de la UNEAC no renuncia al derecho ni al deber de velar por el mantenimiento de los principios que informan nuestra Revolución, uno de los cuales es sin duda la defensa de ésta, así de los enemigos declarados y abiertos como –y son los más peligrosos– de aquellos otros que utilizan medios más arteros y sutiles para actuar.
El IV Concurso Literario de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, tuvo lugar en momentos en que alcanzaban en nuestro país singular intensidad ciertos fenó-menos típicos de la lucha ideológica, presentes en toda revolución social profunda. Corrientes de ideas, posiciones y actitudes cuya raíz se nutre siempre de la sociedad abolida por la Revolución, se desarrollaron y crecieron, plegándose sutilmente a los cambios y variaciones que imponía un proceso revolucionario sin acomodamientos ni transigencias.
El respeto de la revolución cubana por la libertad de expresión, demostrable en los hechos, no puede ser puesto en duda. Y la Unión de Escritores y Artistas, considerando que aquellos fenómenos desaparecerían progresivamente, barridos por un desarrollo económico y social que se reflejaría en la superestructura, autorizó la publicación en sus ediciones de textos literarios cuya ideología, en la superficie o subyacente, andaba a veces muy lejos o se enfrentaba a los fines de nuestra revolución.Esta tolerancia, que buscaba la unión de todos los creadores literarios y artísticos, fue al parecer interpretada como un signo de debilidad, favorable a la intensificación de una lucha cuyo objetivo último no podía ser otro que el intento de socavar la indestructible firmeza ideológica de los revolucionarios. 
En los últimos meses hemos publicado varios libros, en los que en dimensión mayor o menor y por caminos diversos, se perseguía idéntico fin. Era evidente que la decisión de respetar la libertad de expresión hasta el mismo límite en que ésta comienza a ser libertad para la expresión contrarrevolucionaria, estaba siendo considerada como el surgimiento de un clima de liberalismo sin orillas, producto siempre del abandono de los principios. Y esta interpretación es inadmisible, ya que nadie ignora, en Cuba o fuera de ella, que la característica más profunda y más hermosa de la revolución cubana, es precisamente su respeto y su irrenunciable fidelidad a los principios que son la raíz profunda de su vida.
Como dijimos en dos de los seis géneros literarios concursantes, Poesía y Teatro, la Dirección de la Unión encontró que los premios habían recaído en obras construidas sobre elementos ideológicos francamente opuestos al pensamiento de la Revolución.
En el caso del libro de poesía, desde su título: Fuera del Juego, juzgado dentro del contexto general de la obra, deja explícita la auto-exclusión de su autor de la vida cubana.
Padilla mantiene en sus páginas una ambigüedad mediante la cual pretende situar, en ocasiones, su discurso en otra latitud. A veces es una dedicatoria a un poeta griego, a veces una alusión a otro país. Gracias a este expediente demasiado burdo cualquier descripción que siga no es aplicable a Cuba, y las comparaciones sólo podrán establecerse en la conciencia sucia del que haga los paralelos. Es un recurso utilizado en la lucha revolucionaria que el autor quiere aplicar ahora precisamente, contra las fuerzas revolucionarias. Exonerado de sospechas, Padilla puede lanzarse a atacar la revolución cubana amparado en una referencia geográfica.
Aparte de la ambigüedad ya mencionada, el autor mantiene dos actitudes básicas: una criticista y otra antihistórica. Su criticismo se ejerce desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios. Este criticismo se ejerce además prescindiendo de todo juicio de valor sobre los objetivos finales de la Revolución y efectuando transposiciones de problemas que no encajan dentro de nuestra realidad. Su antihistoricismo se expresa por medio de la exaltación del individualismo frente a las demandas colectivas del pueblo en desarrollo histórico y manifestando su idea del tiempo como un círculo que se repite y no como una línea ascendente. Ambas actitudes han sido siempre típicas del pensamiento de derecha, y han servido tradicionalmente de instrumento de la contrarrevolución.
En estos textos se realiza una defensa del individualismo frente a las necesidades de una sociedad que construye el futuro y significan una resistencia del hombre a convertirse en combustible social. Cuando Padilla expresa que se le arrancan sus órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en los deberes colectivos quien desmembra al individuo y le pide que funcione socialmente. En la realidad cubana de hoy, el despegue económico que nos extraerá del subdesarrollo exige sacrificios personales y una contribución cotidiana de tareas para la sociedad. Esta defensa del aislamiento equivale a una resistencia a entregarse en los objetivos comunes, además de ser una defensa de su-peradas concepciones de la ideología liberal burguesa.
Sin embargo para el que permanece al margen de la sociedad, fuera de juego, Padilla reserva sus homenajes. Dentro de la concepción general de este libro el que acepta la socie-dad revolucionaria es el conformista, el obediente. El desobediente, el que se abstiene, es el visionario que asume una actitud digna. En la conciencia de Padilla, el revolucionario baila como le piden que sea el baile y asiente incesantemente a todo lo que le ordenan, es el acomodado, el conformista que habla de los milagros que ocurren. Padilla, por otra parte, resucita el viejo temor orteguiano de las minorías selectas a ser sobrepasadas por una masividad en creciente desarrollo. Esto tiene, llevado a sus naturales consecuencias, un nombre en la nomenclatura política: fascismo.
El autor realiza un trasplante mecánico de la actitud típica del intelectual liberal dentro del capitalismo, sea ésta de escepticismo o de rechazo crítico. Pero si al efectuar la transposición, aquel intelectual honesto y rebelde que se opone a la inhumanidad de la llamada cultura de masas y a la cosificación de la sociedad de consumo, mantiene su misma actitud dentro de un impetuoso desarrollo revolucionario, se convierte objetivamente en un reaccionario. Y esto es difícil de entender para el escritor contemporáneo que se abraza desesperadamente a su papel anticonformista y de conciencia colectiva, pues es ése el que le otorga su función social y cree –erróneamente–, que al desaparecer ese papel también será barrido como intelectual. No es el caso del autor que por haber vivido en ambas sociedades conoce el valor de una y otra actitud y selecciona deliberadamente.
La revolución cubana no propone eliminar la crítica ni exige que se le hagan loas ni cantos apologéticos. No pretende que los intelectuales sean corifeos sin criterio. La obra de la Revolución es su mejor defensora ante la historia, pero el intelectual que se sitúa críticamente frente a la sociedad, debe saber que, moralmente, está obligado a contribuir también a la edificación revolucionaria.
Al enfocar analíticamente la sociedad contemporánea, hay que tener en cuenta que los problemas de nuestra época no son abstractos, tienen apellido y están localizados muy con-cretamente. Debe definirse contra qué se lucha y en nombre de qué se combate. No es lo mismo el colonialismo que las luchas de liberación nacional; no es lo mismo el imperialismo que los países subyugados económicamente; no es lo mismo Cuba que Estados Unidos; no es lo mismo el fascismo que el comunismo, ni la dictadura del proletariado es similar en lo absoluto a las dictaduras castrenses latinoamericanas.
Al hablar de la historia “como el golpe que debes aprender a resistir”, al afirmar que “ya tengo el horror / y hasta el remordimiento de pasado mañana” y en otro texto: “sabemos que en el día de hoy está el error / que alguien habrá de condenar mañana”, ve a la historia como un enemigo, como un juez que va a castigar. Un revolucionario no teme a la historia, la ve, por el contrario, como la confirmación de su confianza en la transformación de la vida.
Pero Padilla apuesta sobre el error presente –sin contribuir a su enmienda–, y su escepticismo se abre paso ya sin límites, cerrando todos los caminos: el individuo se disuelve en un presente sin objetivos y no tiene absolución posible en la historia. Sólo queda para el que vive en la revolución abjurar de su personalidad y de sus opiniones para convertirse en una cifra dentro de la muchedumbre para disolverse en la masa despersonalizada. Es la vieja concepción burguesa de la sociedad comunista.
En otros textos Padilla trata de justificar, en un ejercicio de ficción y de enmascaramiento, su notorio ausentismo de su patria en los momentos difíciles en que ésta se ha enfrentado al imperialismo; y su inexistente militancia personal; convierte la dialéctica de la lucha de clases en la lucha de sexos; sugiere persecuciones y climas represivos en una revolución como la nuestra que se ha caracterizado por su generosidad y su apertura, identifica lo revolucionario con la ineficiencia y la torpeza; se conmueve con los contrarrevolucionarios que se marchan del país y con los que son fusilados por sus crí-menes contra el pueblo y sugiere complejas emboscadas contra sí que no pueden ser índice más que de un arrogante delirio de grandeza o de un profundo resentimiento. Resulta igualmente hiriente para nuestra sensibilidad que la Revolución de Octubre sea encasillada en acusaciones como “el puñetazo en plena cara y el empujón a medianoche”, el terror que no puede ocultarse en el viento de la torre Spaskaya, las fronteras llenas de cárceles, el poeta “culto en los más oscuros crímenes de Stalin”, los cincuenta años que constituyen un “círculo vicioso de lucha y de terror”, el millón de cabezas cada noche, el verdugo con tareas de poeta, los viejos maestros duchos en el terror de nuestra época, etcétera.
Si en definitiva en el proceso de la revolución soviética se cometieron errores, no es menos cierto que los logros –no mencionados en El abedul de hierro–, son más numerosos, y que resulta francamente chocante que a los revolucionarios bolcheviques, hombres de pureza intachable, verdaderos poetas de la transformación social, se les sitúe con falta de objetividad histórica, irrespetuosidad hacia sus actos y desconsideración de sus sacrificios.
Sobre los demás poemas y sobre estos mencionados, dejemos el juicio definitivo a la conciencia revolucionaria del lector que sabrá captar qué mensaje se oculta entre tantas sugerencias, alusiones, rodeos, ambigüedades e insinuaciones.
Igualmente entendemos nuestro deber señalar que estimamos una falta ética matizada de oportunismo que el autor en un texto publicado hace algunos meses, acusara a la UNEAC con calificativos denigrantes, y que en un breve lapso y sin que mediara una rectificación se sometiera al fallo de un concurso que esta institución convoca.
También entendemos como una adhesión al enemigo, la defensa pública que el autor hizo del tránsfuga Guillermo Cabrera Infante, quien se declaró públicamente traidor a la Revolución.
En última instancia concurren en el autor de este libro todo un conjunto de actitudes, opiniones, comentarios y provocaciones que lo caracterizan y sitúan políticamente en términos acordes a los criterios aquí expresados por la UNEAC, hechos que no eran del conocimiento de todos los jurados y que alargarían innecesariamente este prólogo de ser expuestos aquí.



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