lunes, 12 de diciembre de 2011

En el cuarto oscuro I

(Correcciones "El muriente")


EN EL CUARTO OSCURO I


Fotómetro


Porque ya se disparó, no necesita banderas.
Ahora sabe cómo la piedra siente
en el destajo que la comprime
entre la tierra y el cielo.


Es la medida.


Velocidad


Estoy confusa,
está difusa
aquella fusa
se ha frenado
en la lectura
que atraviesa
las traviesas
y frenopáticas
pautas de la nomenclatura.


Pausa.


Obturación


Que no desaparezcan tras nuestros pasos
las breves puertas. Atemorizan
tantos vientos ocupados
por la manzana del juego
sutil,
sí,
de la guerra
abierta al carro de combate,
son
las panteras negras que asoman
sus grandes ojos verdes, verdes,
demandan luz estival
milimetrada
por el ojo de la cerradura.


Viajo por mí misma y me pierdo.


El Uni-verso debería ser bivalvo.


Sofía Serra, de "El muriente"

sábado, 10 de diciembre de 2011

La puerta III

(Correcciones "El muriente")


La puerta III


Quiero de ti
agua.
Desde esta tierra luna y nueva
levantan sus ramas negras
los árboles  bajo el cielo frío
(yo te oigo),
el cielo les cuelga transparente
por sus flancos,
flancos negros
que dibujan y mueren
el justo día,
día sol,
de húmedas raíces y francos vuelos


encendidos en la noche.


un gladiolo enhiesto
y curvo me deshace la boca
amainando el huracán
que me desplaza.
Un derribo junto a la cerca
me acompaña
cuando estoy sola y viva,
cuando los ojos de las lechuzas
se asombran
                    ineludiblemente
cantan para mis oídos
no si el miedo bulle,
                    sólo sí,
sólo sí de canto y llanto libre:
tanta presencia
en la fresca brisa
de embestida.


Sofía Serra, "El  muriente".

viernes, 9 de diciembre de 2011

Dulcinea se suicidó

Dulcinea se suicidó


Quijote de poderoso turno
y desdeñable salvajada,


¿a cuánto asciende el valor
de tu última tesitura
o tu segunda o quinta
puesta en marcha? soldados heridos
levantan sus bayonetas
contra la jungla invisible
de las quijotescas ocasiones,
la avaricia rompe el saco,
las honestas peticiones de tus poros
atraviesan la cejijunta soledad del sol.
vengadas, las solitudes vengadas
de cada vello de tu cuerpo
en paz,
en paz la respuesta.
Someten los verbos el arraigo
y la permanencia de la latitud
de la dulce mujer que se te fue.


Sofía Serra. Noviembre, 2011 (El hombre cuadrado)

jueves, 8 de diciembre de 2011

La llegada (solsticio de invierno)

La llegada (solsticio de invierno)


Has hecho mal en venir
hasta mí o el sur. El sol
tumba la calle bajo la sombra
de la palmera, yo no tendré la culpa,
tanto poder sobre el universo
camina con muletas de tus manos,
de la osadía de tu buen nombre
de bello ejemplar herido y cauto
más allá de las sierras heladas.
Cuando llegabas sentí
sobrevenir a la espera.
Su sombra obtuvo tanto,
tanto suelo, tanta nube,
tanto mar,
que se quedó pequeña,
la calle se quedó corta
y los umbrales amenazaron
con abrirse sobre las aceras.
Sólo quise descubrir
la palmera tras la esquina
donde te sentí gemir, llorar
y aguzarte.


Y agucé el oído.


Levántate y anda, calmo
caminante por veredas de nieve
y playas tumbonas y resaca
de tan profusa marea de imbatibles
y solitarios glaciares.
Justo camina y justo emprende
teletransportes y
un no me quitte pas
hasta la costumbre.
Qué pena que los asteriscos
hagan sombra sobre las nubes,
salen al paso
de un sol desorbitado, sin planetas
que lo ensimismen,
sin jerigonzas de plástico, apenas lumbre
en el universo tan espantado,
tan poco salutífero,
tan ajado limando
enlaza rocas desertando
de cada sombra oblicua,
de cada caricia
que tu rayo propicia.


(Sofía Serra)

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Lamento del despoesido

(Correcciones "El muriente")


Lamento del despoesido


he tenido delante a la pelirroja espera,
mas esquivé sus verdes manos
y afilé mis hombros lomando peñas.
Ahora surco camino de las nieves,
ahora descubro cuán pesada losa
mi gravedad de hombre
sin plumas y sin mi garganta
fue.


El hielo tatúa oleosos fríos
en mis antebrazos brota
loctite entre los párpados
de mi hipocampo sin meninges
ni bola de cristal


para ya adivinar,
—aunque solo fuera—
que el sol que me devuelve
inundaba el día
porque en mi saliva se posó
la imperfecta rosa roja.


Este lamento que desdoblo al aire
encaja el terco objetivo en mi frente:
yo no puedo verme. Beber
del deleite le fue dado
a mi boca menuda y hueca,
la osa cavó la cueva,
pero mi agujero negro
rebosó en la espesa mesura
de mis células, fotovoltaicas
con que sólo hubiera corrido
el pestillo:
abrir los verticales miembros,
cerrar la horizontal
a tanta bombilla de bajo consumo
de mí mismo.


Se me despeinan los codos
se enmuñonan estas rodillas,
se me esfuma el bajovientre,
mano tanto velo inerte y denso,
tanto humo plomo a lomos
de esta mañana espalda
que doblo y vierto hoy
con fauces lágrimas
que me engullen.


(Sofía Serra, El muriente)
 
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