lunes, 21 de abril de 2014

Dos a falta de uno, para Medusa



Medusa

Nadie me ha regalado un ramillete
de flores que llevarme al pecho.
No sé, la vida
sucede tantas ocasiones
tan injusta con las diosas
que no son de mármol…

Pero en Carrara triunfé.
Me aplastaron la ingle
como una lengua
de sapo. El príncipe
afiló su cincel
y el bloque de una tonelada
se desprendió de la cantera
limpia y mansamente.
Entonces llegó Miguel Ángel
y encontró su David
y su fama.
Pero tampoco me regaló ninguno
un ramillete de flores.

Siempre estoy sola
y aún no sé
en qué consiste la soledad
salvo en estar
sola, algo descabellada
—cada vez menos
sierpes me quedan—
y hacer Arte con mi mirada.


Aquí su ramillete desde dos ópticas (máquinas distintas, móvil y cámara)


Un ramito de flores para Medusa (I)

Un ramito de flores para Medusa (II)


AQUÍ un mínimo sobre el mito. A destacar una interpretación: No nace de ella el terror, sino que es ella la que nace del mismo. Curioso... O quizás exacto. El miedo del ser humano provoca la "fealdad".


Belleza/Miedo

Contrapongo la belleza al miedo, no a la fealdad. El miedo es lo feo que nos define como especie malhadada y, por ese motivo, el hombre siempre busca la Belleza, que es la esencia (a través de la no mentira de la mentira del Arte), porque desde sus albores, y a pesar de su, se supone, mayoría de edad (¿o quizás estamos en plena infancia?) aún no ha logrado librarse, ni creo que nunca lo haga, de su emoción primera, el miedo. La básica. La impertinente en tiempos de conocimiento bastante amplio como los correspondientes a estos siglos. Fundamentalmente el miedo al otro.
Tanta carácter imprime esta emoción, que probablemente el hombre, la especie, al lograr no sentirlo en un supuesto utopos, dejaría de poder ser llamada humana. Me lo pregunto, ¿es de verdad el miedo lo que realmente define al ser humano? No dejo de encontrarme el sí en cada día, en cada percepción del otro. Solo el miedo, al fin y al cabo, tanto el miedo.
¿Para cuándo la Belleza, la Verdad o la esencia?
Pero entonces, de qué nos alimentaríamos. Necesitamos la búsqueda para poder subsistir. Ella nombra, tan solo nombra, a nuestro alimento.

jueves, 17 de abril de 2014

Son de un día




La muerte la mentira

como no me quedan
palabras dejo a falta
de besos sobre las tuyas
mejillas y tus labios
y tu lengua, mi escarcha
pronuncias tu helada
sobre la flor en vida.

Me he quedado
tan delgada como el hilo
de plata labro la rosa
que lo une como un alma
desencontrada.

Desacuérdate de mí,
mi estirpe y tus ojos
que se funden
han sido sino roto
en amplias guedejas
de seda tibia,
de metal la parca
que esgrime el hacha
de hielo.
Aún me queda la duda:
el instante que tarda
en romarse el filo
no sé si al calor de la vida
o la verdad.

Cuerpo helado

apenas árboles, todo
cielo hablando, rompiendo
moldes con azules
y nublados mandobles
de certezas,
contradichos bajo el techo
que nos cubra cuando vuelva
la cama tersa y limpia, esa
que nos acoge mientras me piensas
aun tan cerca tuya, solo la luz,
la luz de la penumbra
de tu pecho —y el techo—
guarda el calor tu cuerpo
para mí para el invierno
donde estoy:
tal como soy
a la intemperie
del no.

Son de este día

Días como aquellos
me persiguen aminorando el lecho,
la sentencia de la densa muerte
de lo malhadado,
porque toda huella
se vuelve sobre sí misma
proclamando la blandura
del barro, la tierra grande,
a donde todos también volvemos
como huellas tiernas
sobre el tiempo o sobre el celeste.

Son de un día
como ese son
tus avenidas circundantes.
Así, como sin pausa
ni marca, llega la alegría.

miércoles, 16 de abril de 2014

Esperanza

Esperanza

Ahora ya te dejo
disfrutar de tu año-
ranza, espe-
ranza, años
sin espera
de mí.

Me falta un atisbo de ti,
me clavo la uña en la carne
y la carne se me hace
hueco
y vacío sobre sí
y yo y lo otro
y mi lleno
nace...
Ella nace.

Pero no se llama añoranza.

martes, 15 de abril de 2014

El tiempo solo

El tiempo solo
A nadie perjudicó el haber guardado silencio. (Catón)

Casi sin nada,
tras declamar la posición
todo se hace irrefutable.
Lo sustantivo se mece
suavemente al compás de lo sencillo,
la amigable dependencia recoge
su lugar de nuevo, se sitúa
equidistante entre el porvenir
y la huella. Jamás ya
soportará un adiós. Se limitará
a cantar en primavera
como cualquier pudor
de las verdes flores.
Su luminosidad barrerá
las barreras que interponen.

No guarda silencio
el ave, ni los árboles
ni la escarcha,
ni siquiera el aire —él entabla
diálogo con su semejante
aunque sea el contrario—,
ni la luz —hasta las estrellas
campanillean en el cielo
raso y negro de invierno—,
ni la roca —ella se lamenta
cuando el calor o el frío

la arrecia—, ni un muerto
guarda silencio crepitando
en las llamas o bailando al son
de esos diligentes seres
que nombramos como gusanos.

El silencio no se guarda, se da
lo que solo tiene nombre
de vacío, un ni siquiera el no,
un rostro sin boca, un alarido
sin ondas sónicas.
Un no ser ni estar, ni la nada
que es origen de todo.
El silencio solo se habla
a sí mismo: Una muralla
sin espacio ni valles verdes
poblados de jaras y manantiales
que defender, un exento imposible,
un tiempo sin su natural compañía,
la nuestra, la de los hombres.
 
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