Balsa-mar
bebo comuna cosaca
maldita sed a cuestas
no hay a-dios
que me la quite tinto y te
canto implorando una buena
lluvia, ácida no, por favor,
sales y pimienta, árida y dulce
me atragante esta plácida sed,
esta pálida sed de orgasmo
comunitario son
algodonosas las pezuñas
de mi yegua que camina
a la vera mía arena
soy sin saber cuándo
me crecieron las piernas.
El caminante me cruza,
hunde mi piel una
entraña consigo misma
blanda agiganto
las dormidas estrellas
ya se cierran solas
en el ojo del cíclope
dorado, ven, soldado
muerto en mí te conservo
húmedo y vivo.
Nadie conoce el otro
mundo yo sí existo.
Sofía Serra (De Suroeste)
miércoles, 3 de abril de 2013
Afrodita en el Suroeste
"Era providencial la formación del alma sevillana, apta para recibir al Cristianismo desde sus albores En efecto, Justa y Rufina hacen añicos la Venus Gentílica —¿cómo sería esta venus hispalense?—"[...]
(Manuel Chaves Nogales. La ciudad)
Extrañamente tratar de averiguar más sobre Teodosio me lleva a Estrabón, Avieno, Polibio y a Herodoto. Curioso que quien de alguna forma selló la tumba del mundo pagano antiguo me lleve a hurgar una vez más sobre él.
La culpa la tiene Chaves Nogales, claro. Se permite citarlo como saliendo de “la ciudad” para definitivamente conseguir la imposición del Cristianismo como religión oficial del imperio, el arranque del catolicismo.
Antes de la Hispalis romana aquí no había nada, o apenas nada habitado en los siglos de la antigüedad griega. Aquí sólo agua, y allí, mar, aquí algún islote desperdigado tal vez, algunos hombres, algún asentamiento humano en ellos, pequeño, fruto de la necesidad de acercamiento a las zonas de pesca e intercambio, aguas, vías, poco más. El resto, es decir, la población, las poblaciones y hasta los reinos, extendidos por las zonas altas, muy livianamente altas de la comarca: aljarafe, estribaciones, terrazas del río. Todo esto un río mar camino de la otra linde… A miles de leguas de las que entonces no habían sido nombradas.
Qué pinta una afrodita, una diosa griega en este lago Ligustinus como ya se nombra en época romana, es decir siglos después de que a la diosa se la llamara Afrodita, cuando ya, según los restos arqueológicos detectan, esos posibles y casi evanescentes pequeños asentamientos domésticos en las orillas de los islotes, donde, conforme el lago se va cerrando y secando y el lecho del río delimitando, comienzan a levantarse, y de hecho se levantan grandes columnas, no más que los restos que hoy nos llegan de enormes para nuestra medida templos romanos en la actual zona más elevada de la ciudad… ¿Qué tiene que decir Sevilla antes de los romanos?... agua, sólo agua y algo de orilla en pequeñas islas.
Afrodita, la que llega del mar.
Avanzó estuario-lago adentro después de descansar en las dunas que el depósito de la corriente marina al encuentro con la fluvial fue generando en las lindes de lo que hoy conforma las costa de Huelva, el golfo, la curva abierta.
Me pregunta Chaves Nogales cómo sería esa Venus gentílica contra la que a Justa y Rufina las hace la leyenda enfrentarse.
La romana andaba por la playa, refugiada por las noches frente a la torre escipionis. La griega, la antigua, la anterior incluso a Platón, la genuina, se bañaba en el barro de un lago tan de agua dulce como salada.
Tan sincrética como toda la zona historio-geográfica que la semicocultó.
En realidad, además de que los parasoles me ayudaron, apenas ha habido que escarbar para dar con ella.
Estaba a flor de agua.
Encarnada.
Me quedo con la belleza porque ella lleva a la verdad, a la esencia, a lo verdadero.
Por más que os digan que no.
Sólo hay que aprender a leerla.
martes, 2 de abril de 2013
La ausencia y la presencia
La ausencia y la presencia
La encina I
se hacen transparentes
venga y sino dulce
a la lengua del verte
y mover tu venir como un río de estrellas.
así la luz diabla de tu entredós
luces flamea la bandera
de espigas del campo de trigo
en abril y sola la encina
sujeta el suelo al ras
de la tierra cimentando
el cielo alimentando
el futuro
pan.
La encina II
Sin interferencias salvo
la de la esquina
donde la torre que
cómo hila, cómo afina
sus cuerdas de luz rozando
la encina ya se me figura
un tierno echador de lombrices
a la tierra, que
cómo oréase, cómo ablanda
la suya muerte que sola
existe en los agujeros iracundos
del gusano de las mil cabezas.
sonríe al aire,
porque el pasado reconoce
las sonrisas de la tierra
evadiendo y duplicando
lo que ella modela, la raíz
elevada al hueco del lleno
del aire que el aire esculpe
hasta que se hace el doble:
el tronco y la copa
de la vida la raíz
omitida.
La encina III
El repertorio
anula cualquier objeto
de apatía.
cerca y lejos.
las ventanas se cierran
caldeando los interiores
de tantos hombres vagos
por el mundo deambulando
y yo qué soy, qué soy sino
tan puro y sola quijada
de boca anulada,
de boca adamita,
de boca dolorida.
enquistar, así nacen
los secretos, la piedra injusta
sobre los dientes, la lentitud
del coma profundo
de mi tronco.
Sentencia de inutilidad
del tiempo establecido
de mi vida.
qué poco anhelo,
qué nada tan rotunda
deseo, qué ausencia
de sueños y estadías
de mi escalera hacia un cielo
que ya me aplasta, me onera,
me entierra en el aire denso
de la inexactitud.
qué deshábito inquilino,
qué mala muerte me espera,
qué gusano me ha seducido
poseyéndome entera.
Y he desaparecido.
Se me ha quedado muerto
el presente.
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
La encina I
se hacen transparentes
venga y sino dulce
a la lengua del verte
y mover tu venir como un río de estrellas.
así la luz diabla de tu entredós
luces flamea la bandera
de espigas del campo de trigo
en abril y sola la encina
sujeta el suelo al ras
de la tierra cimentando
el cielo alimentando
el futuro
pan.
La encina II
Sin interferencias salvo
la de la esquina
donde la torre que
cómo hila, cómo afina
sus cuerdas de luz rozando
la encina ya se me figura
un tierno echador de lombrices
a la tierra, que
cómo oréase, cómo ablanda
la suya muerte que sola
existe en los agujeros iracundos
del gusano de las mil cabezas.
sonríe al aire,
porque el pasado reconoce
las sonrisas de la tierra
evadiendo y duplicando
lo que ella modela, la raíz
elevada al hueco del lleno
del aire que el aire esculpe
hasta que se hace el doble:
el tronco y la copa
de la vida la raíz
omitida.
La encina III
El repertorio
anula cualquier objeto
de apatía.
cerca y lejos.
las ventanas se cierran
caldeando los interiores
de tantos hombres vagos
por el mundo deambulando
y yo qué soy, qué soy sino
tan puro y sola quijada
de boca anulada,
de boca adamita,
de boca dolorida.
enquistar, así nacen
los secretos, la piedra injusta
sobre los dientes, la lentitud
del coma profundo
de mi tronco.
Sentencia de inutilidad
del tiempo establecido
de mi vida.
qué poco anhelo,
qué nada tan rotunda
deseo, qué ausencia
de sueños y estadías
de mi escalera hacia un cielo
que ya me aplasta, me onera,
me entierra en el aire denso
de la inexactitud.
qué deshábito inquilino,
qué mala muerte me espera,
qué gusano me ha seducido
poseyéndome entera.
Y he desaparecido.
Se me ha quedado muerto
el presente.
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
lunes, 1 de abril de 2013
qué sino Abril
qué sino Abril
qué paz se venga sino
la de soldados muertos,
qué derrota navega
bajo mis sienes delante
de tu ancestral boca
de tiempo ingenuo, qué
soledad magnífica revienta
en tu sueño de solsticio sino
la primavera.
Lo vamos a dejar,
tú, estómago, y yo.
cualquier palabra cadaverina
es mentira de su silencio
por muy vacía que vuele
su sin palabra cualquiera
es más poesía.
sabes cuándo dejo de creer,
¿verdad?,
cuando me hace oportunidad
me sobra cualquier
libro cualquier poema
cualquiera lectura me embarga
el arreglo del nido me aligera
costumbres me calientan
el sueño resulta
tan reconfortante
fregar un suelo aquí
no hay género sino
de novela, poesía, teatro
sino puro
número de candilejas
en las encinas. Sus flores
vertebraré hasta que pueda.
Me parece
tan-razonable,
tan-verdadero,
tan-profun-damente serio
como la máxima y refleja
actividad humana
de respirar.
hoy no soy poeta yo
gracias a la Poesía.
(Sofía Serra. De Suroeste)
qué paz se venga sino
la de soldados muertos,
qué derrota navega
bajo mis sienes delante
de tu ancestral boca
de tiempo ingenuo, qué
soledad magnífica revienta
en tu sueño de solsticio sino
la primavera.
Lo vamos a dejar,
tú, estómago, y yo.
cualquier palabra cadaverina
es mentira de su silencio
por muy vacía que vuele
su sin palabra cualquiera
es más poesía.
sabes cuándo dejo de creer,
¿verdad?,
cuando me hace oportunidad
me sobra cualquier
libro cualquier poema
cualquiera lectura me embarga
el arreglo del nido me aligera
costumbres me calientan
el sueño resulta
tan reconfortante
fregar un suelo aquí
no hay género sino
de novela, poesía, teatro
sino puro
número de candilejas
en las encinas. Sus flores
vertebraré hasta que pueda.
Me parece
tan-razonable,
tan-verdadero,
tan-profun-damente serio
como la máxima y refleja
actividad humana
de respirar.
hoy no soy poeta yo
gracias a la Poesía.
(Sofía Serra. De Suroeste)
domingo, 31 de marzo de 2013
Domingo de Resurrección
Practico cierto desencuentro con las letras o no sé si con mi mente.
Debe ser que se me escapan algunas neuronas, atino a comprender. Quizás las he dejado olvidadas. En algún golpe de viento han debido quedarse enganchadas en la esquina
de la calle.
me saben mal las letras.
me saben mal las fotografías
Será que escribo con la garganta.
Debo terminar de corregir Suroeste. No veo el momento de hacerlo.
No tengo ganas de nada. La apatía me está inundando.
¿O será la lluvia?
Me está pudiendo el desánimo y el desánimo me lleva a la apatía. Yo, ¡apática!, ¡ja!
Perdiendo el norte porque este sur ya no es sur.
selva y lunática empresa
de simientes escondidas.
la despensa las guarda
como perlas
entre claveles
las cruces
siempre las cruces
señalan el paraíso. los obeliscos
los dejo para los muertos.
ellos y su hambre de verte.
ella y su muerte de ti.
Como no me encuentro en las letras me busco en las ¡casualidad y excepción! ayer me dispararon dos fotos en casa de mi madre. Me busco en ellas. Sí, es evidente, soy yo. Me reconozco. Aún no he perdido el juicio. Ni el apetito, por lo que veo… ergo, sana como una pera.
No es mi mente la que está enferma. Es el externo. Aunque debería estar contenta (tampoco estoy triste), porque es domingo de resurrección y mi madre no se ha muerto. Justo lo contrario. Como ayer por fin nos hizo caso (santo tranxilium), ha dormido muy bien, ya no le agobia la flema, los tobillos se le van desinflamando. La ansiedad. La culpable de la mayoría de nuestros males. El miedo. Lo que nos puede. Lo único. Desde nuestro origen. Hoy tan sólo sucede que hemos aprendido a reconocerla, a reconocerlo. Con alguna ayuda química nuestra mente se relaja, y por tanto nuestro organismo vuelve a sus fueros, a su naturaleza. A dormir cuando lo necesita, a excretar cuando es necesario, a razonar, a la sensatez de lo natural.
El miedo es el artificio creado por nuestra mente para defenderse de la percepción del mal. Surge el pathos como una de sus expresiones (el miedo también necesita expresión, el miedo es, sino un ser vivo, sí un ente) pathos por el bien o pathos por el mal. En todo caso, pathos.
El responsable de algunos perjuicios y algunos beneficios para el hombre.
Y yo me encuentro a-pática.
Completamente.
Será que he perdido todo el miedo.
Pero, me pregunto, ¿es sano vivir sin miedo?
Quiero responder que mientras se tenga hambre y sed, sí.
Y sonrío.
El espejo me hace cosquillas, me ilusiona.
Me encuentro.
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