Andalucía
Me quedé en ella porque era hermosa
y necesitaba su alegría. Nunca
se puede ocultar al corazón
lo que han visto los ojos. Nunca
la alegría al canto. Repetidamente
fui viviendo en sus cosas y aprendí
por los ríos, el amor; por un pájaro,
el desvelo en la paz; por las nubes ligeras,
la forma de vitarme algún recuerdo.
Todo estaba limpio por sus tierras.
Hasta los pobres, en vez de dolor,
se una seguridad insuficiente hablaban.
Hasta los jornaleros, en vez de justicia,
resignación decían. Era un modo
de ahuyentar la tristeza. Se conformaban
con los que le venía desde arriba,
y con un cante que nació en las raíces
de su pena y fue extendiéndose a las ramas
del mundo, como al amanecer la luz.
Cada día iba aprendiendo más: que el vivir
no es un ave que pasa, sino un pozo
que queda allí para el que necesite beber,
que el llevar una tierra clavada en las entrañas
vale más que haber pisado un continente entero,
que morir por los brazos de una madre
es la gran solución para santificarse.
Andalucía era limpia, y por eso
al renacer en ella, al darme cuenta
que no solo de fiestas se trataba,
defendí su ilusión de más de mil dolores,
apoyé a la alegría cuando enmascaraba la tristeza,
robé a todo lo hermoso cuanto pudo mi amor.
No. No era un vino o una guitarra la escena.
Era lo que quedaba dentro de cada uno oculto,
la alegría quizá, que le costaba sangre
a aquellas tierras de secanos cuando
un campesino alzaba como un Dios
su ronquido total, su enorme queja,
su gran desolación vestida de colores.
Antonio Hernández Ramírez (1943)
Poesía de la luz [Desde Puerto real). La isla de Siltolá. Sevilla. 2012
jueves, 28 de febrero de 2013
Geografía de lo intocable
Geografía de lo intocable
soy partidaria
de que no haya diferencias
entre tu espiga y mi tallo
así como el sol longitudinal
se mece en tus góndolas
como no sé qué decir a estas alturas
que se agigantan como cascadas
de nieve sobre el cielo azul
de un día y un paisaje de invierno
que no conozco,
que no conozco
tus dedos de barro,
supuestamente tu perfil
precisa e instantáneamente
recorrió el lado soleado del mundo,
donde todo está ya dado,
donde todo está ya dado,
menos tu rostro fungible
soldado al amante que de día
recorre con escalofríos mi cintura
y su nuca
y tu rostro y un alivio sin medida
ni dolorosos partos, presente y pasado
estrellándose entre sí
estrechando el hueco de la tristeza
y el soplo de poniente
en esa orilla de arena lamida
que al fin y al cabo
marítimo es tu cuerpo
de hombre a mi costa
de geografía
en esta noche marina
u oriental.
Sofía Serra (De Suroeste)
soy partidaria
de que no haya diferencias
entre tu espiga y mi tallo
así como el sol longitudinal
se mece en tus góndolas
como no sé qué decir a estas alturas
que se agigantan como cascadas
de nieve sobre el cielo azul
de un día y un paisaje de invierno
que no conozco,
que no conozco
tus dedos de barro,
supuestamente tu perfil
precisa e instantáneamente
recorrió el lado soleado del mundo,
donde todo está ya dado,
donde todo está ya dado,
menos tu rostro fungible
soldado al amante que de día
recorre con escalofríos mi cintura
y su nuca
y tu rostro y un alivio sin medida
ni dolorosos partos, presente y pasado
estrellándose entre sí
estrechando el hueco de la tristeza
y el soplo de poniente
en esa orilla de arena lamida
que al fin y al cabo
marítimo es tu cuerpo
de hombre a mi costa
de geografía
en esta noche marina
u oriental.
Sofía Serra (De Suroeste)
miércoles, 27 de febrero de 2013
Un árbol al norte
Un árbol al norte
(a un hombre operado de cáncer de próstata)
Pretenderíamos quedar como esbozos
apenas frigios de la sedente orfandad
de besos huidos en los tiempos.
besos, besos y besos
tan ajenos ahora
como el soldado de pascua
a ramos olvida su misión,
se viste con el vellocino blanco
y ofrece su cuello al cuchillo
rojo y sangrante.
La clave está en los árboles
y en el fruto de dibujo
confundido con ciertos
hemistiquios que juntos
conforman tus pléyades neuronales,
tu río de estrellas balbucientes
se asemeja a la leche que mamaste,
blanca y pura como una olla
de amor entrante en un hueco
tan oscuro y tierno
como el vientre que me invade.
Soy jamás como mujer
una sola nada, tú, dos
nueces, la de la voz
y la de mi hambre te hacen
hombre por vida garante
de la simiente ejecutora de la suerte,
del llano, de plano y perfil
tan escondida la raíz
que te extraen como vacían
otras raíces maternales
menos escondidas más
ausentes del amor divino,
un amor con sólo nombre
te castró de por vida
y para la vida de una
sola vez que nace.
La clave está en los árboles
y en las raíces que te extirpan,
¡si hasta los mismo ganglios
me hablan de los nódulos
enterrados! Pienso en los nervios,
¿serán como las auroras boreales?
Extenso calambre verde
de ráfaga de orgullo de carne
enhiesta lista y presta
para introducirse allá donde
naciste, el minúsculo retorno.
La precariedad a la intemperie
se descuelga de tu cuello,
la vuelta deshacen las manos blancas.
La asepsia nunca fue buena
compañera del hombre
y sus inmortales cirugías.
Vengarás, como a tu herida
el rojo llanto de mi humecto
corazón sonando cascabullos
de palabras dichas en mi oído
con tu susurro de nueces,
¿quieres ser para siempre?
Y para siempre asienta
la semilla suelo,
para siempre
dice la perfecta claraboya
por donde husmeo
como ratona asomada
al hueco. Veo, aun sin
apenas neuronas, ese hueco
ya tan similar al mío. Como
dos animales gemelos
nos amigamos huyendo
hacia lo que nos falta.
como la madre da la vida,
también regala la muerte,
y su ausencia,
y tu ausencia y la mía
bajo la sombra del árbol
con frutos verdes como
auroras de otro norte.
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
(a un hombre operado de cáncer de próstata)
Pretenderíamos quedar como esbozos
apenas frigios de la sedente orfandad
de besos huidos en los tiempos.
besos, besos y besos
tan ajenos ahora
como el soldado de pascua
a ramos olvida su misión,
se viste con el vellocino blanco
y ofrece su cuello al cuchillo
rojo y sangrante.
La clave está en los árboles
y en el fruto de dibujo
confundido con ciertos
hemistiquios que juntos
conforman tus pléyades neuronales,
tu río de estrellas balbucientes
se asemeja a la leche que mamaste,
blanca y pura como una olla
de amor entrante en un hueco
tan oscuro y tierno
como el vientre que me invade.
Soy jamás como mujer
una sola nada, tú, dos
nueces, la de la voz
y la de mi hambre te hacen
hombre por vida garante
de la simiente ejecutora de la suerte,
del llano, de plano y perfil
tan escondida la raíz
que te extraen como vacían
otras raíces maternales
menos escondidas más
ausentes del amor divino,
un amor con sólo nombre
te castró de por vida
y para la vida de una
sola vez que nace.
La clave está en los árboles
y en las raíces que te extirpan,
¡si hasta los mismo ganglios
me hablan de los nódulos
enterrados! Pienso en los nervios,
¿serán como las auroras boreales?
Extenso calambre verde
de ráfaga de orgullo de carne
enhiesta lista y presta
para introducirse allá donde
naciste, el minúsculo retorno.
La precariedad a la intemperie
se descuelga de tu cuello,
la vuelta deshacen las manos blancas.
La asepsia nunca fue buena
compañera del hombre
y sus inmortales cirugías.
Vengarás, como a tu herida
el rojo llanto de mi humecto
corazón sonando cascabullos
de palabras dichas en mi oído
con tu susurro de nueces,
¿quieres ser para siempre?
Y para siempre asienta
la semilla suelo,
para siempre
dice la perfecta claraboya
por donde husmeo
como ratona asomada
al hueco. Veo, aun sin
apenas neuronas, ese hueco
ya tan similar al mío. Como
dos animales gemelos
nos amigamos huyendo
hacia lo que nos falta.
como la madre da la vida,
también regala la muerte,
y su ausencia,
y tu ausencia y la mía
bajo la sombra del árbol
con frutos verdes como
auroras de otro norte.
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
martes, 26 de febrero de 2013
Poesía de la luz
Éste es un poema en tres estrofas en el que prima el lenguaje visual aunque su fundamento es el de la palabra.
Éste es un poema homenaje a un amigo al que quiero entrañablemente.
Éste es un poema homenaje a un amigo que, creo que sin él saberlo, me ha hecho el regalo más grande que he recibido en mi vida.
Éste es un poema homenaje a un editor y a un poeta que, si no llego a encontrar, mi ánimo relacionado con el hecho escritural, su industria y su sociología, haría ya meses que habría sucumbido.
Confluyen tres figuras, las de amigo, poeta y editor, todas de suma importancia para mí. Pero hace ya muchos meses que decidí quedarme con la persona, no con su perfil social, por mucho que signifique para mí haber hallado la decencia, el rigor, el buen gusto y la ética en una parcela tan significativa de mi desarrollo vital, el de la publicación de libros. O por mucho que signifique para mí haber hallado un poeta cuya poesía, aún tan diferente de la mía, parta de la misma percepción y reflexión sobre lo que nos rodea, asimilamos y vivimos internamente. Por eso me siento completamente libre a la hora de hacer esta entrada. Porque lo único que importa son las personas. Porque sólo me interesa categorizarme como ser humano. Porque no aspiro más que a esa riqueza o triunfo.
Y desde luego teniendo como amigo a Javier Sánchez Menéndez, editor de La Isla de Siltolá, me siento la persona más rica del mundo.
POESÍA DE LA LUZ (Desde una Puerta Real)
domingo, 24 de febrero de 2013
La compañía del ciprés
La compañía del ciprés
(A un ciprés arrancado por el viento)
se me quitan las ganas
de escribir más allá
del bien, o del mal
se me quita el miedo
de vivir el medio
de ser inmortales
en la práctica, diaria
súplica hecha cruces
en el tronco del árbol del valle
de los caídos por tanto
insuficiente yugo
ajeno a ciencia
sanadora aguza
flechas clavándonos
esperanzas como si
fuéramos puro ruido,
para basura pura
piedra morrena glaciar
retumbando enrarecido
arrastrando tantas trazos,
tantas cruces, tantas troncos
corpóreos como tantos
brazos que crucificamos
y cuadramos día a día
allá en la cima de la montaña
nevada
de papeles
de voces flagelantes
desde bocas inmundas
desde almas grasientas
con barbas
donde ni cabra ni monte
o matojo
crece. Nos clavan
tan lejos
que ni la campana
de la aldea repica
por nuestros muertos
árboles negros y secos.
Sólo el ciprés se tumba para acompañarnos
en nuestra huida.
Él verde siempre
tiempo amándonos
tal como somos.
Tal como somos…
Y quién puede saber
lo salvo
el ciprés caído…
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
(A un ciprés arrancado por el viento)
se me quitan las ganas
de escribir más allá
del bien, o del mal
se me quita el miedo
de vivir el medio
de ser inmortales
en la práctica, diaria
súplica hecha cruces
en el tronco del árbol del valle
de los caídos por tanto
insuficiente yugo
ajeno a ciencia
sanadora aguza
flechas clavándonos
esperanzas como si
fuéramos puro ruido,
para basura pura
piedra morrena glaciar
retumbando enrarecido
arrastrando tantas trazos,
tantas cruces, tantas troncos
corpóreos como tantos
brazos que crucificamos
y cuadramos día a día
allá en la cima de la montaña
nevada
de papeles
de voces flagelantes
desde bocas inmundas
desde almas grasientas
con barbas
donde ni cabra ni monte
o matojo
crece. Nos clavan
tan lejos
que ni la campana
de la aldea repica
por nuestros muertos
árboles negros y secos.
Sólo el ciprés se tumba para acompañarnos
en nuestra huida.
Él verde siempre
tiempo amándonos
tal como somos.
Tal como somos…
Y quién puede saber
lo salvo
el ciprés caído…
Sofía Serra (De La clave está en los árboles)
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