El potro griego
ajustaste el porvenir,
relojero inquietante,
cuando los candados
se cerraban y el mar se abría.
Viento a solas barajando
cada poro de tus pómulos
como dos pechos de kore
o muchacha griega
descubriendo
el aturdido arroyo
que lentamente golpea
cada roca brillante
que acaricia el musgo,
oteando a nivel del agua y del aire
la isla sumergida y acuosa
que moldearon los gigantes
de tus dedos y tus labios
y tu ojeriza vendimiada a raíz
de largos cortos, desde la orilla
hasta el cabezo: Verte y verte venir
abrazado siempre a mí misma.
Habitación cálida
de recurso extra vía
que te amplía el cauce
de este lecho de río
que hoy desemboca.
Llanto perpetuo por amor.
Llanto de minusválido soldado.
Llanto compungido de militares entrevistas
sobre el vello que les cubre la piel,
y un devenir y un sortear
y un kilómetro justo vertical
de esta sin pies pausa.
Veneraremos a los dioses
cuando éstos hayan partido,
y yo, virginal entelequia de la costumbre,
acomodaré los pliegues de mi falda
al sondeo preciso de tu mano y tu deseo.
Y verteremos lágrimas de cable
azul y verde como el mar caribe.
El golfo del león quedará al frío
de la navaja, y otras dos bocanas
de mar se fundirán en la buena rutina
de la tierra de crear océanos.
No habrá bandido ni bando
ni tronante bestia BI-famante.
Vuelve el hombre y la yerba
vuelve sobre las sonoras flores,
vuelve el generador del símbolo preciso.
Sin seguidos el mar se hace y el río
vuela ya cansado y completo,
sin sentido de sí mismo.
Sofía Serra (De Suroeste)
miércoles, 16 de enero de 2013
martes, 15 de enero de 2013
La-lili-put
La-lili-put
perdida en este asomo
de andróginos gulliveres
Y que ninguna salva venga
a pronunciarte, a espantarme
el alarido de tu nombre,
un corazón aboca,
un estómago transferido,
una ausencia conjunta,
un hueco prodigioso
en el archivo de este vientre
durante el frío ascuas y el frío noche.
en la cadencia del alma
en las sedes de tu acceso,
en el vuelo del selenio sobre mis hombros,
la luz con dos velas que no enciendo
y el deambular reposado de la yerba
levanta tu paso bienvenido
sobre la tierra húmeda y marrón
como un jazmín de otoño.
la bala perdida rozó
la esfinge de tu atajo
y yo ya no más fui
sólo aldaba.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
perdida en este asomo
de andróginos gulliveres
Y que ninguna salva venga
a pronunciarte, a espantarme
el alarido de tu nombre,
un corazón aboca,
un estómago transferido,
una ausencia conjunta,
un hueco prodigioso
en el archivo de este vientre
durante el frío ascuas y el frío noche.
en la cadencia del alma
en las sedes de tu acceso,
en el vuelo del selenio sobre mis hombros,
la luz con dos velas que no enciendo
y el deambular reposado de la yerba
levanta tu paso bienvenido
sobre la tierra húmeda y marrón
como un jazmín de otoño.
la bala perdida rozó
la esfinge de tu atajo
y yo ya no más fui
sólo aldaba.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
Aman(i)ta caesarea
Éste se lo dedico hoy a una muy querida persona que Manolo Moya conoce bien.
Aman(i)ta caesarea
muerto el hombre se domestica
la raíz el agua-fuerte levanta
la tierra aflora la adormidera
huevina, tanta yema, tan naranja
como el bokeh de venus
cuando esta noche ha pasado
por delante del sol.
Como Afrodita, aunque sin quemarse.
Las tanas me recuerdan de dudas
la siembra de mis añadas mozas,
cuando aprendí a deletrear
m-a-d-r-e-s-e-l-v-a
tras haberme perfumado
en los maitines de mi madre
cuando ella llegaba del trabajo
con su vestido de enfermera
para echarlo a la lavadora
según yo dudaba y sembraba
pequeñas setas en el aire
de mi habitación a oscuras hasta hoy.
Si la yema, si la flor
sobre la tierra,
un hongo puede ocupar kilómetros
bajo el suelo y yo no me mido,
encuentro sol y me desnuco.
Así que no soy Venus.
Miro siempre de frente,
¿no veis mi tez morena?
Sofía Serra (De La exploradora)
Aman(i)ta caesarea
muerto el hombre se domestica
la raíz el agua-fuerte levanta
la tierra aflora la adormidera
huevina, tanta yema, tan naranja
como el bokeh de venus
cuando esta noche ha pasado
por delante del sol.
Como Afrodita, aunque sin quemarse.
Las tanas me recuerdan de dudas
la siembra de mis añadas mozas,
cuando aprendí a deletrear
m-a-d-r-e-s-e-l-v-a
tras haberme perfumado
en los maitines de mi madre
cuando ella llegaba del trabajo
con su vestido de enfermera
para echarlo a la lavadora
según yo dudaba y sembraba
pequeñas setas en el aire
de mi habitación a oscuras hasta hoy.
Si la yema, si la flor
sobre la tierra,
un hongo puede ocupar kilómetros
bajo el suelo y yo no me mido,
encuentro sol y me desnuco.
Así que no soy Venus.
Miro siempre de frente,
¿no veis mi tez morena?
Sofía Serra (De La exploradora)
lunes, 14 de enero de 2013
¡¡¡Qué bonito, qué bonito!!!
...Y mira que me gusta poco un disfraz de payaso o similares, pero con las lágrimas saltás... Ay!, qué disfrute... :)
Tres grados matinales al suroeste
Tres grados matinales al suroeste
I
Ajena de todo
el cultivo de esta madrugada
en peltre alegría, que me resulta otra.
Vencen los peones callados,
signos sin fresadora
que les enjugue lo que les sobra.
Veinte huéspedes duermen ya posados
sobre las alas del firmamento,
oneroso hasta para los pabilos divinos.
Pesarosa, la noche se unge
y el amanecer no aviva la luz
del recuerdo de lo que ayer fuiste
o Era apisonando sustanciales
llantos. Las letras, siempre las letras,
operan la intervención fallida,
se piensa sobre las estrellas
y la pared de enfrente que abre
al rosa su canto de fachada.
Ni muro, ni conciencia sobre qué alojará
esta mañana tan urdida
en la costumbre y tan nueva.
Resuenan las ojerosas sienes.
Ya pían los vencejos.
y de nuevo las tórtolas, felices
y virginales tórtolas
e invioladas tórtolas
por la negrura de la noche,
abren las puertas —como abren sus alas—
del templo del nuevo día,
las vestales y primorosas azucenas
vestidas de ceniza y plumas
nuevas para mis ojos
tus ansias de hombre bueno
en este abismo hasta la primavera.
II
Y aunque en nada consista el devenir,
y se abre un abismo entre mi pecho
y la mañana solitaria magnífica,
la flor incandescente atraviesa
el espantajo de la noche
cubriente y la alegría
de su ente moribundo,
como dos amantes que se besan
en este precipicio entre mis ojos
de calle y la pared de enfrente.
amarillos blasones columpian
la estrecha rendija,
el sol columbra nuevas soledades,
nieva perpetua y rosa la sombra.
alto vuelan los vencejos
bajo la ubre de la ciudad
celeste.
III
De tu cabello al aire
del entredicho al asomo
de la deuda contra el porvenir.
y tu piel de adoquines
lamiendo mi bárbara
lengua, del jugo al barbecho
de tu planicie de hombre
acostumbrado.
Mas te arropaste en la penumbra
de mis manos en estólidas sienes
de piel suspicaz y vecina de los calambres,
la marisma y la virginal madurez
del estero laminoso pespunteado
por las doradas yerbas del invierno
que se ausentan de los roquedales.
Me unge tu óleo de amor
en mis bárbaros usos
de solitaria empedernida
posada sobre el pedernal
del gravamen.
bandada de pájaros izando
el cielo recorre mis cristalinos
anunciando otras bárbaras
y extrañas costumbres
a ti.
Sofía Serra (De Suroeste)
I
Ajena de todo
el cultivo de esta madrugada
en peltre alegría, que me resulta otra.
Vencen los peones callados,
signos sin fresadora
que les enjugue lo que les sobra.
Veinte huéspedes duermen ya posados
sobre las alas del firmamento,
oneroso hasta para los pabilos divinos.
Pesarosa, la noche se unge
y el amanecer no aviva la luz
del recuerdo de lo que ayer fuiste
o Era apisonando sustanciales
llantos. Las letras, siempre las letras,
operan la intervención fallida,
se piensa sobre las estrellas
y la pared de enfrente que abre
al rosa su canto de fachada.
Ni muro, ni conciencia sobre qué alojará
esta mañana tan urdida
en la costumbre y tan nueva.
Resuenan las ojerosas sienes.
Ya pían los vencejos.
y de nuevo las tórtolas, felices
y virginales tórtolas
e invioladas tórtolas
por la negrura de la noche,
abren las puertas —como abren sus alas—
del templo del nuevo día,
las vestales y primorosas azucenas
vestidas de ceniza y plumas
nuevas para mis ojos
tus ansias de hombre bueno
en este abismo hasta la primavera.
II
Y aunque en nada consista el devenir,
y se abre un abismo entre mi pecho
y la mañana solitaria magnífica,
la flor incandescente atraviesa
el espantajo de la noche
cubriente y la alegría
de su ente moribundo,
como dos amantes que se besan
en este precipicio entre mis ojos
de calle y la pared de enfrente.
amarillos blasones columpian
la estrecha rendija,
el sol columbra nuevas soledades,
nieva perpetua y rosa la sombra.
alto vuelan los vencejos
bajo la ubre de la ciudad
celeste.
III
De tu cabello al aire
del entredicho al asomo
de la deuda contra el porvenir.
y tu piel de adoquines
lamiendo mi bárbara
lengua, del jugo al barbecho
de tu planicie de hombre
acostumbrado.
Mas te arropaste en la penumbra
de mis manos en estólidas sienes
de piel suspicaz y vecina de los calambres,
la marisma y la virginal madurez
del estero laminoso pespunteado
por las doradas yerbas del invierno
que se ausentan de los roquedales.
Me unge tu óleo de amor
en mis bárbaros usos
de solitaria empedernida
posada sobre el pedernal
del gravamen.
bandada de pájaros izando
el cielo recorre mis cristalinos
anunciando otras bárbaras
y extrañas costumbres
a ti.
Sofía Serra (De Suroeste)
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