viernes, 7 de diciembre de 2012

Salvemos las guerras


¿Mueves de nuevo guerras, Venus,
después de paz tan prolongada?
(Horacio)

Leerlos me hace recuperar la paz y seguridad perdidas. O semiperdidas. A los clásicos. Leeros.

Leer a Horacio es recuperarme. Leer a Catulo, rescatarme. Mis venas arrancan de ellos aún sin haber nacido en su tiempo. De alguna forma extendieron las suyas hasta  mí, y hasta tantos. Lástima que ni en ellos, hoy aún , ni hoy aún, podamos encontrarnos.
Pero no he de lamentar nada. Me acompaña la luz de aquello en lo que creo que no es nada original ni extraño al ser humano, y sí común al cauce que las raíces fueron construyendo. Me siento tan de ellos como si hubiera nacido ayer, tal vez casi de cualquier tiempo menos de este.

Esa es la clave. No sentirnos del tiempo, sólo sus compañeros.

La sensación de paz me embarga.

Dios salve a estas guerras.
Que dios siempre las salve.

Sofía Serra (El desembarco)

jueves, 6 de diciembre de 2012

El alma desterrada

El alma desterrada

El corazón no duele,
pero a cambio
el cuerpo desaparece.


La sangre me hierve
y cuando llega a su natural
condensación por el frío
que me rodea, me chorrean
las lágrimas, agua y sales
como la urea que al matojo reverdece,
el poso es tierra donde
el cañaveral germina y crece,
mas estoy
a revienta calderas
y el barco de vapor
busca el otro motor
de aceite y gas
que me suprima
de esta artificial suerte
de esperar sobre cabezos rojos
cuando los amarillos
me destilaron
los siete colores del arco iris,
me explosione
y, convertida en humo
y celeste e intangible,
vuele por los aires
hasta mi padre marítimo
una vez
él también se condense
en olas de salinas
y reales y blancas
tempestades o ciudades,
no importa
si pequeñas o grandes urbes.

5 de diciembre de 2012 (Los cabezos amarillos)

Pasantía (La sombra)

Pasantía (La sombra)

… Y nadie como yo ha sabido mirar en ellas.

y si ni el sol ni la tierra
llueven a medida de los gustos
de cada uno o dos
o en la tierra
no hace lluvia o agua
acorde con lo sentido
por ambos
manifiestos
mutuales
y si no se enteran
de nada recíprocamente vecinos
o separados
cuando nube
o cuando tierra
cuando sol
y cuando agua, sin embargo,
nace el verde.
Y siguen sin enterarse,
o integrarse.

Sus lugares me declinan.

Sofía Serra (El hombre cuadrado)

El muriente


El muriente

Ante el misterio, cantar o callar.
Y me robaron el silencio
hace mucho tiempo.



Cansadas, las rémoras se duermen
al amanecer, justo oriente.
Canta el mirlo cuando menos se espera,
ave nítida, tan límpido su eco.
Un acervo incita,
no instiga, no
duele más, no
pervierte el son.
Así que, recuperando un dios que no se oculta,
desde esta memoria hablo:
Mi pecado ha sido recuperar
el caudal de genes que mis padres,
padres nuestros, amasaron
para nuestra fortuna.

Padres y madres míos
que engendrasteis este río,
mudad la desembocadura
desde este alba al muriente,
que ya aquí pernocta la mañana,
que aquí, ya, transitan las corrientes,
que aquí, en cuenta abierta,
el mirlo ya canta
sosteniendo en su eco subacuático
todo aquello que, desde las aves y los peces
que poblaron nuestros pies
allá por donde entonces,
el tiempo con banco en el paraíso,
nos hizo humanos sin disimulos,
más libres en la piedra de la orilla,
más hombre erguido sobre su bípeda simiente,
que ya otea el horizonte buscando la otra baya
que ya la introduce en el estómago con su mano
que más allá del árbol fuente bebe y la digiere,
que qué árbol sino
aquél que el árbol
ya hecho leña.

Para candela
de la caverna.

(Sofía Serra, de El muriente)

A mis cabezos amarillos no los toca ni Dios (o su representante en la tierra)

Hay que joderse, ahora resulta que de mis cabezos amarillos partieron los camellos que llevaron los presentes al niño Jesús el día, o semanas después, de su nacimiento.

Pase que me la haya tenido que tragar cuando este señor, Ratzinger, ha eliminado de un plumazo a mis dos "reyes" animales de mis poemas del portal de Belén, la mula con la que me identifico yo misma, y el buey, con la que identifico el norte poético que contradictoriamente sitúo en una tradición suroriental traída aquí desde tiempos inmemoriales (sólo hay que comparar las mitras con la que los atenienses adornaban a sus bueyes en las panateneas y compararlos con las que se siguen usando en una procesión festiva de también raíz religiosa como es la más conocida de este suroeste europeo, vulgo El rocío,  para comprobar que la poética es sólo cuestión de pensamiento y conocimiento. Las relaciones ancestrales entre el oriente mediterráneo y el occidente ya atlántico son bien conocidas por todos los historiadores). Pero por lo que no paso es porque use a mis cabezos amarillos como región de origen de un cuento, que si bien no tiene nada de malo, yo terminé por odiar conforme fui haciéndome mayor: no hay nada que más me fastidie que regalar juguetes a niños cuando al día siguiente tienen los criaturas que levantarse temprano para ir al colegio.

Lo que (nos) faltaba a esta región tan insufriblemente mal conocida y tergiversada en todas sus manifestaciones culturales como es el suroeste español.

Señor Ratzinger, una de dos, o usted no ha sido instruido en un mínimo conocimiento de la historia de la Hispania romana (digo esto por ceñirme la fecha en que  según calendario actual situamos el nacimiento de un personaje que todos conocemos como Jesucristo, es decir, año I , o sea, no sabe que en la época que nació Jesucristo, aquí en este suroeste, de reyes, nanay, como mucho, patricios romanos y resto de pueblo íbero, o sea, los turdetanos, descendientes de los antiguos tartessos danzando por las marismas del Guadalquivir y mis cabezos amarillos, el lago Ligustinus y las minas de plata y cobre de sus serranías (Aznalcóllar, Castillo de las Guardas, Ríotinto), o bien no se ha leído la Biblia, concretamente algún salmo, alguna parte del los libros de Salomón o el libro de Ezequiel que yo recuerde, donde se menciona  a Tarsis  como lugar con el que se comerciaba y desde donde llegaban grandes barcos cargados de metales preciosos (excepto el oro), todo esto sobre el siglo X a.C. es decir, novecientos años antes  de que es niñito precioso naciera en un pesebre, niñito contra el que no tengo nada sino más bien todo lo contrario, mi segundo nombre es en honor de su nacimiento, leyenda o no, porque nací en su noche-buena.

En contra de lo que sí tengo es de que por su poder, por el poder que usted detenta,  la subcultura siga propagándose por este mundo, con el inconveniente añadido de que como  sureña tenga que aguantar  que toda referencia folklorista nos sea endosada a esta región, como si no tuviéramos ya bastante con el daño que el gusto por la extensión del analfabetismo, gusto propio de todos los fascismos y políticas de derecha desarrolladas en este occidente europeo, ha provocado en este sur, y concretamente Suroeste.

Señor Ratzinger, no le consiento que a mis cabezos amarillos los convierta en patria de la infracultura. Le aconsejo se encomiende a la Virgen del Rocío por el cabreo que sus manifestaciones me han provocado, pero recuerde que haciéndolo no estará más que rezándole a la Astarté-Venus-Afrodita fenicio/romana/griega que sentó sus reales (y seguro que bellas) posaderas en las dunas cercanas a mis cabezos amarillos, es decir, su culto será tan pagano como el que mis ancestros, los tartessos, ya profesaban 1000 años antes de que naciera ese personaje que, sin pretenderlo, favoreció que un mensaje tan ideal para el hombre como es el del amor, fuera ninguneado por el castillo ignorante desde donde usted sigue repartiendo bendiciones a diestro y siniestro, sin conocimiento alguno de que el orbe es mucho más profundo, y sureño,  de lo que sus papales entendederas llega a comprender.

Dese de camino una vuelta por Sanlúcar de Barrameda, frente a las dunas y cercana a mis cabezos amarillos,  y entonces entenderá por qué jamás de losjamases los RRMM pudieron partir de este Sur: le habrían llevado como presente al niño Jesús en vez de los insulsos regalos del oro-incienso-mirra,  una buena caja de mantecados de La Rondeña y seguro que a sus padres unas cuantas botellas de manzanilla y una caja de langostinos, pues ya se sabe que ambos, el marisco y el vino, comportan los nutrientes más recomendables para reponerse después de los esfuerzos de un parto y una paternidad putativa.

(Sofía Serra)
 
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