Elipse
Culpable de mí y de ti,
ajenos ángeles posados
sobre la humedad de mis hombros
beben obviándome lo imposible
soslaya el barranco y me adjunta
la bárbara y sorpresiva suerte
de haber nacido junto a ti,
quien quiera que seas tú,
tremendo acantilado al filo
del abismo que se abre
entre tu justicia y la mía,
sino yo.
de ti, clasada,
de yo, tejida.
de nos, tonada,
des-clasada,
despro-tegida,
mi ne-ra duda,
mi-ne-ra-li-za-da, fósil, piedra
como el made-ramen
de la nave que se hunde.
me encontrarás en el afán
de la mar de fondo, allá donde
moran los tiburones
blancos y otros monstruos
de boca grande y entrañas llenas.
Completa mente
descentra
-da
como sielu
ni verso
sehubi–era
des-plaza-doal
la-doin
verso
eselip
se-de
la rosa.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
jueves, 22 de noviembre de 2012
Subvertir el transcurso del tiempo: Proust poeta
Efectivamente, Proust no fue poeta. La lectura de sus versos, su “poesía” me lo ha confirmado. Sin embargo su obra, su gran novela, el lenguaje escrito (su prosa) y lo plasmado en ella sí hacen Poesía. Esta es la diferencia, esta es la clave. Una obra puede no ser poesía, ni siquiera tal como comúnmente se entiende (versos), y ni siquiera intuida así por el autor, y la obra terminar haciendo poesía.
Proust sólo no hizo algo para ser poeta, recurrir al tiempo horizontal como resorte inspirador, establecer su amarre, el del tiempo horizontal y él de él mismo como persona, como, no sólo punto de arranque, sino base completa de la estructura sobre la que se desliza el transcurso de todo lo que plasma. Se desliza, esa es la otra clave, la misma palabra nos la da, no escarba, aunque ese "no" tan solo aplicable formalmente. El devenir de la obra siendo escrita transcurre encima de la costra dura de la nomenclatura, psicológica, socialmente. Sin embargo, y este es el milagro de la obra de Proust, casi no existe párrafo en toda ella donde no se halle ese pozo, esa boca de pozo que constituye el arranque del ejercicio poético. Parece que el autor realiza el acto poético en la expulsión de esa prosa mental a la palabra grafiada, y en esa salida, en esa exteriorización hubiera ido señalando (Proust y su prosa, es decir su mente grafiada) un aquí (pozo vertical, el poético, el artesiano), aquí, más allá, en aquel otro lugar, donde poder ir taladrando después.
Quizás, sí, zahorí. Esa es quizás la mejor definición del hecho de Proust como ente/agente en relación con el hecho poético y por ese motivo me he sentido tan identificada con una obra, con la pulsión que esa obra ha ejercido en el aire que yo respiraba mientras la leía en estos años atrás. Proust es el zahorí de todo un tiempo que le llega detrás.
Curiosa paradoja, el que buscaba el tiempo perdido, el anterior, termina marcando los hitos del tiempo posterior a él…
Pero, me pregunto quizás retóricamente ahora, ¿no ha sido siempre acaso ESA la labor del Poeta? (y hasta en última instancia lo que Proust pretendía con esa "recherche").
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Los cotiledones
Los cotiledones
Fuente y albedrío libre de junto a mí:
ya sobrenada tu agua bañándome
desde mis manos que sobre ti han sudado.
Suerte-sal y urbano renombre del monte
sobre el monte de Venus,
o sobre la colina del loco,
hacia estas orillas vivas del estuario
que se abre a la barra
del río que me hace y renace.
Ay, Amor, cómo destilan néctar
las flores de estas jacarandas
altas, altas como los rascacielos.
Desde estos valles de verde amapola,
yo respiro exaltada sobre mi cadera unida
a tu alma cerrada de vértigo
a los dólmenes que sostienes
con las puntas de tus dedos,
a los adoquines mojados,
al pilar-soledad de tus retozos
sobre las vendas de seda de la droga
blanda de las carnes acicaladas
de las diosas que no son griegas.
Solapando temblores,
apisonando tu bomba-corazón
bajo las otras humanidades,
las otras voces,
las vampiras de la celeste sangre:
Y todos abastecidos
sin saber que el agua
que bebemos no proviene más
que de un mismo pozo
que no tiene nombre.
Mar eterno, mar sin orillas, mar subterráneo
bajo la costra dura de la nomenclatura.
Ya se yergue salvaje y sañuda
el ave de la suerte. ¿Suerte?
Suerte nuestra de Ser de Hombres.
Sino lleva destino sin nombre
de vida y marea, la vena
que nos atraviesa de parte
a parte y también duele.
Ay, salvaje clámide que te espera,
velo translúcido a horcajadas de tu cintura,
tanagra abrigada, ¿a qué esperas para desembarazarte
del telúrico manto de lino que te ampara?
Luce como la Venus de Milo, aun sin brazos,
luce cual estatua blanca de alma,
predispuesta a tornarte
en manca y grande esposa viva
del hombre y su tierra y su agua clara
del pozo desde el que ya naciste.
¿Libertad manca?... Libertad plena.
Cerrada la puerta de amapola
viva, no olvido que tras el paso de la corriente
quedan germinales nuevas semillas,
tartáricas visiones de quien anduvo soñando muerto
que duerme sobre la cama de su osamenta
clavada al suelo de sus necesidades,
mis anhelos.
Canto al poeta en paro,
canto al de roja sangre,
al derrotado en la tierra
ante los ojos torturados del semejante.
Canto a la vida fecunda que adquiere nombre de vida
más allá de tus manos o los cotiledones de mayo,
canto serio sin sonrisa de risa: nunca ríes, poeta de ti.
Come alegría, come vida, cómeme.
Cultiva mis lágrimas, lava mi ropa, revuélcame en tu cama.
Acoge en ti algo más que el título bajo el que te escudas.
El poeta quiere estar sólo, ¿qué le pasará al poeta?
¿El signo por sus alas o el saco desgaje
de su vientre descuartizado?
¿Qué le sucede al poeta que ni sabe ni contesta?
El poeta tiene que estar solo, ¿cómo puede vivir el poeta?
Poeta a más contra el viento,
poeta a más contra la suerte que surte
poetas de más y más voz contra la mansedumbre
y las vieiras de peregrino hacia el lugar que ya sabemos.
Que no es dios.
Solo, libre y pendenciero contra su alma,
el poeta nace más allá de la entrepierna madre,
en las almenas que amilanan
la sombra de las nubes bajo el cielo, bajo tu cielo,
hunde tus hombros en el poder de la mies,
llora naciendo, que así cantaremos
con tu llanto los que nos pudrimos,
los que morimos, los que abaratamos este silencio
con míseros cantos de gozo travestido.
Ya ves cómo abro esta risa a caudales de dos manos llenas
de aire va, agua viene, tierra fértil, fuego mío,
sentencia a sangre de poeta abrasada en viento,
no más que ente divergente ya sin voz, aún sin flores y sin llanto:
no más que dos cotiledones abiertos al sol de mayo.
(Sofía Serra. De Los parasoles de Afrodita)
martes, 20 de noviembre de 2012
La criatura
La criatura
Habituados
a nuestra sordina
nos pasa omitido
el canto
de los montones
de jilgueros sin
co
rdones
por el perfil de los oídos.
Se afila el aire
reafirmando la letra.
Así se crea el mundo.
Minúsculamente,
sin que bebas
el olvido
Y este hueco y las trabas
para llenarlo
de ti.
Sofía Serra (de La dosis y la desmedida)
Habituados
a nuestra sordina
nos pasa omitido
el canto
de los montones
de jilgueros sin
co
rdones
por el perfil de los oídos.
Se afila el aire
reafirmando la letra.
Así se crea el mundo.
Minúsculamente,
sin que bebas
el olvido
Y este hueco y las trabas
para llenarlo
de ti.
Sofía Serra (de La dosis y la desmedida)
lunes, 19 de noviembre de 2012
Los coleos han florecido
Los coleos han florecido y no puedo fotografiarlos. Pero me resisto a someter mi vida a la existencia de un aparato para poder ver.
la torre se enfunda placas de pizarra
o grafito.
Los caballos de la marisma
tronan en la espesura del bosque
de eucaliptos.
Entre tú y yo triangulamos
la distancia de las estrellas
aunque el rin haga cabriolas
de este a oeste
¿Quiénes somos sobre este paisaje
tan verde? El peso de la historia
nos aplasta. Tu vida es la mía
tú, de dios, mi dios, tú.
de nosotros, él.
sólo tienes un manifiesto:
tú mismo. Defiéndelo.
las orillas congeladas
no mecen la arena.
Los cabezos no saben de glaciares
sonrisas. Su abrazo luminoso,
como el del sol que hoy
brilla por encima de las nubes grises.
La escarcha fría que no conoció
la barca azul ni en sueños
se estrella
contra las olas congeladas.
pero los cabezos reflejan el sol
que no ven los pescadores
y los cristales de la espuma
se licuan, densos, el mar de gelatina
siempre responde
a los cabezos amarillos
y a su luz y a su sonrisa
y a su abrazo.
el egoísmo es una parte necesaria del amor.
no lo despreciéis nunca.
en él reside una de las claves, tal vez la fundamental.
una subida de tono precede
a tu aviso de hombre.
saltaron los dolores
a mis manos imantadas
como las conchas irisadas de la orilla
y ahora ya no
escribiré más,
porque ha llegado
la hora del duelo,
del arrepentimiento
por tanto trabajo muerto,
tanto tiempo perdido,
como si hubiera querido
vaciar el mar en mi cubo azul.
la mezquindad del hombre no tiene remedio
y a mí ya me quedan
pocos años por vivir,
menos de los que llevo puestos
sobre las ojeras
sobre todo
sobre mi alma.
Os miro desde estos cañaverales
a vuestros pies, cabezos amarillos.
No quiero escalaros.
Mi lugar es poder
contemplaros desde aquí.
Quedarme pequeña
como un grano de arena,
pero a vuestro abrigo,
desembarcada de la barca
azul estrellada.
A vuestro color,
a vuestro calor.
Sofía Serra (de Los cabezos amarillos)
la torre se enfunda placas de pizarra
o grafito.
Los caballos de la marisma
tronan en la espesura del bosque
de eucaliptos.
Entre tú y yo triangulamos
la distancia de las estrellas
aunque el rin haga cabriolas
de este a oeste
¿Quiénes somos sobre este paisaje
tan verde? El peso de la historia
nos aplasta. Tu vida es la mía
tú, de dios, mi dios, tú.
de nosotros, él.
sólo tienes un manifiesto:
tú mismo. Defiéndelo.
las orillas congeladas
no mecen la arena.
Los cabezos no saben de glaciares
sonrisas. Su abrazo luminoso,
como el del sol que hoy
brilla por encima de las nubes grises.
La escarcha fría que no conoció
la barca azul ni en sueños
se estrella
contra las olas congeladas.
pero los cabezos reflejan el sol
que no ven los pescadores
y los cristales de la espuma
se licuan, densos, el mar de gelatina
siempre responde
a los cabezos amarillos
y a su luz y a su sonrisa
y a su abrazo.
el egoísmo es una parte necesaria del amor.
no lo despreciéis nunca.
en él reside una de las claves, tal vez la fundamental.
una subida de tono precede
a tu aviso de hombre.
saltaron los dolores
a mis manos imantadas
como las conchas irisadas de la orilla
y ahora ya no
escribiré más,
porque ha llegado
la hora del duelo,
del arrepentimiento
por tanto trabajo muerto,
tanto tiempo perdido,
como si hubiera querido
vaciar el mar en mi cubo azul.
la mezquindad del hombre no tiene remedio
y a mí ya me quedan
pocos años por vivir,
menos de los que llevo puestos
sobre las ojeras
sobre todo
sobre mi alma.
Os miro desde estos cañaverales
a vuestros pies, cabezos amarillos.
No quiero escalaros.
Mi lugar es poder
contemplaros desde aquí.
Quedarme pequeña
como un grano de arena,
pero a vuestro abrigo,
desembarcada de la barca
azul estrellada.
A vuestro color,
a vuestro calor.
Sofía Serra (de Los cabezos amarillos)
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