miércoles, 21 de noviembre de 2012

Los cotiledones



Los cotiledones

Fuente y albedrío libre de junto a mí:
ya sobrenada tu agua bañándome
desde mis manos que sobre ti han sudado.
Suerte-sal y urbano renombre del monte
sobre el monte de Venus,
o sobre la colina del loco,
hacia estas orillas vivas del estuario
que se abre a la barra
del río que me hace y renace.

Ay, Amor, cómo destilan néctar
las flores de estas jacarandas
altas, altas como los rascacielos.

Desde estos valles de verde amapola,
yo respiro exaltada sobre mi cadera unida
a tu alma cerrada de vértigo
a los dólmenes que sostienes
con las puntas de tus dedos,
a los adoquines mojados,
al pilar-soledad de tus retozos
sobre las vendas de seda de la droga
blanda de las carnes acicaladas
de las diosas que no son griegas.
Solapando temblores,
apisonando tu bomba-corazón
bajo las otras humanidades,
las otras voces,
las vampiras de la celeste sangre:
Y todos abastecidos
sin saber que el agua
que bebemos no proviene más
que de un mismo pozo
que no tiene nombre.
Mar eterno, mar sin orillas, mar subterráneo
bajo la costra dura de la nomenclatura.

Ya se yergue salvaje y sañuda
el ave de la suerte. ¿Suerte?
Suerte nuestra de Ser de Hombres.
Sino lleva destino sin nombre
de vida y marea, la vena
que nos atraviesa de parte
a parte y también duele.
Ay, salvaje clámide que te espera,
velo translúcido a horcajadas de tu cintura,
tanagra abrigada, ¿a qué esperas para desembarazarte
del telúrico manto de lino que te ampara?
Luce como la Venus de Milo, aun sin brazos,
luce cual estatua blanca de alma,
predispuesta a tornarte
en manca y grande esposa viva
del hombre y su tierra y su agua clara
del pozo desde el que ya naciste.
¿Libertad manca?... Libertad plena.

Cerrada la puerta de amapola
viva, no olvido que tras el paso de la corriente
quedan germinales nuevas semillas,
tartáricas visiones de quien anduvo soñando muerto
que duerme sobre la cama de su osamenta
clavada al suelo de sus necesidades,
mis anhelos.

Canto al poeta en paro,
canto al de roja sangre,
al derrotado en la tierra
ante los ojos torturados del semejante.
Canto a la vida fecunda que adquiere nombre de vida
más allá de tus manos o los cotiledones de mayo,
canto serio sin sonrisa de risa: nunca ríes, poeta de ti.
Come alegría, come vida, cómeme.
Cultiva mis lágrimas, lava mi ropa, revuélcame en tu cama.
Acoge en ti algo más que el título bajo el que te escudas.

El poeta quiere estar sólo, ¿qué le pasará al poeta?
¿El signo por sus alas o el saco desgaje
de su vientre descuartizado?
¿Qué le sucede al poeta que ni sabe ni contesta?
El poeta tiene que estar solo, ¿cómo puede vivir el poeta?

Poeta a más contra el viento,
poeta a más contra la suerte que surte
poetas de más y más voz contra la mansedumbre
y las vieiras de peregrino hacia el lugar que ya sabemos.
Que no es dios.
Solo, libre y pendenciero contra su alma,
el poeta nace más allá de la entrepierna madre,
en las almenas que amilanan
la sombra de las nubes bajo el cielo, bajo tu cielo,
hunde tus hombros en el poder de la mies,
llora naciendo, que así cantaremos
con tu llanto los que nos pudrimos,
los que morimos, los que abaratamos este silencio
con míseros cantos de gozo travestido.

Ya ves cómo abro esta risa a caudales de dos manos llenas
de aire va, agua viene, tierra fértil, fuego mío,
sentencia a sangre de poeta abrasada en viento,
no más que ente divergente ya sin voz, aún sin flores y sin llanto:
no más que dos cotiledones abiertos al sol de mayo.

(Sofía Serra. De Los parasoles de Afrodita)

martes, 20 de noviembre de 2012

La criatura

La criatura

Habituados
a nuestra sordina
nos pasa omitido
el canto
de los montones
de jilgueros sin
co
rdones
por el perfil de los oídos.
Se afila el aire
reafirmando la letra.

Así se crea el mundo.

Minúsculamente,
sin que bebas

el olvido

Y este hueco y las trabas
para llenarlo
de ti.

Sofía Serra (de La dosis y la desmedida)

lunes, 19 de noviembre de 2012

Los coleos han florecido

Los coleos han florecido y no puedo fotografiarlos. Pero me resisto a someter mi vida a la existencia de un aparato para poder ver.

la torre se enfunda placas de pizarra
o grafito.
Los caballos de la marisma
tronan en la espesura del bosque
de eucaliptos.
Entre tú y yo triangulamos
la distancia de las estrellas
aunque el rin haga cabriolas
de este a oeste
¿Quiénes somos sobre este paisaje
tan verde? El peso de la historia
nos aplasta. Tu vida es la mía
tú, de dios, mi dios, tú.
de nosotros, él.

sólo tienes un manifiesto:
tú mismo. Defiéndelo.


las orillas congeladas
no mecen la arena.
Los cabezos no saben de glaciares
sonrisas. Su abrazo luminoso,
como el del sol que hoy
brilla por encima de las nubes grises.
La escarcha fría que no conoció
la barca azul ni en sueños
se estrella
contra las olas congeladas.
pero los cabezos reflejan el sol
que no ven los pescadores
y los cristales de la espuma
se licuan, densos, el mar de gelatina
siempre responde
a los cabezos amarillos
y a su luz y a su sonrisa
y a su abrazo.

el egoísmo es una parte necesaria del amor.
no lo despreciéis nunca.
en él reside una de las claves, tal vez la fundamental.

una subida de tono precede
a tu aviso de hombre.
saltaron los dolores
a mis manos imantadas
como las conchas irisadas de la orilla
y ahora ya no
escribiré más,
porque ha llegado
la hora del duelo,
del arrepentimiento
por tanto trabajo muerto,
tanto tiempo perdido,
como si hubiera querido
vaciar el mar en mi cubo azul.
la mezquindad del hombre no tiene remedio
y a mí ya me quedan
pocos años por vivir,
menos de los que llevo puestos
sobre las ojeras
sobre todo
sobre mi alma.

Os miro desde estos cañaverales
a vuestros pies, cabezos amarillos.
No quiero escalaros.
Mi lugar es poder
contemplaros desde aquí.
Quedarme pequeña
como un grano de arena,
pero a vuestro abrigo,
desembarcada de la barca
azul estrellada.
A vuestro color,

a vuestro calor.

Sofía Serra (de Los cabezos amarillos)

Día D. Mediodía

Día D. Mediodía

Como si ya por fin tuviera la prueba fehaciente de que mi alma se equivocó de cuerpo al nacer a la vida física de este que viste de rosa, porque todo es negro, y calza un 34, por lo que nunca encuentra zapatos. Un yo que no soy yo. El culmen de la empatía. El culmen del espejo. El espejo líquido, como si lo hubiera traspasado y ya no quedara nada en el lado que dejé atrás.

El hombre, la sombra,
el encuentro
ya no se dice verte
y verte venir te he visto
venido. me he visto,
atrás, y el tiempo
se parte.


La paradoja espacio-temporal,
la muerte que m'avisó asimov.
La mía.

El tren detenido bajo las palmeras

El tren detenido bajo las palmeras

el tren me recuerda una soledad
sin línea,
la alegría (sic) de los judíos
cuando los embarcaban
en los vagones de madera negra
y moho tan grande para tantos ayes
que los sueño durmiendo o haciendo
el amor
sobre la arena de una playa,
los niños jugando con la pelota de plástico,
que aún no se había inventado, sus madres
bebiendo limonada bajo
las gafas de sol y los coquetos sombreros
de paja y sus padres jugando al dominó bajo
la sombrilla de colores y bajo
las palmeras sus abuelos
con bañadores de flores bajo
las palmeras, porque es una playa del Caribe,
claro,
el sol
clara
el agua
claro
el cielo azul
y el techo negro
se me hunde bajo
las palmeras, bajo
las palmeras los adormezco
desde los 13
años allí
se me quedaron parados,
y se supone que he cumplido
49
arrullándolos.


Sofía Serra  (De Suroeste)

domingo, 18 de noviembre de 2012

El río viejo II

El río viejo II

Habituada a todo
tramo entelequias subidas
de nombre te engolfo,
te encabo, te arrío y encauzo,
río bravo, te avino el poniente
como lametón desde el juego
geográfico vendido entre cárceles.
Los cabezos se agrupan en tus márgenes
de página imantada por el sol de la lluvia,
cuando sólo soy yo,
blando y unísono excombatiente
de la guerra contra las piedras,
la venerable escritura de la montaña
que ríe pendientes con lamentos
por hacer qué queda,
me abarco tan solo.
sugiero la planicie que me ama.

habidas voces se inventan
solitarias, regueros de luces
cristalinas que discurren sobre
salientes, las estelas de los caracoles
pavimentan los caminos de las luciérnagas de día.

Trasladé aminorando la marcha,
ven y arróstrame
como muerto peso
pesado en tu balanza,
sopórtame,
tus rodillas me aman,
soy blando lodo y mullido
suelo solo para tu corona de cruces.

Río enterrador de las tramas
ambivalentes, a un lado, tú,
al otro, el horizonte amarillo
y mi soledad.

Sofía Serra (de Suroeste)

sábado, 17 de noviembre de 2012

Día D. Mañana

Día D. Mañana

He llegado al silencio y aquí necesito poder quedarme. Haber dado con el hallazgo y asimilar la pérdida de la búsqueda sin consciencia.
Someter la alegría a la tristeza del no saber ya qué hacer.
¿Qué hago aquí? Y qué he hecho.
Tanto comprendido para nada, para no saber ni adónde he llegado.
Comencé serena y segura y termino con el corazón en un puño y una sensación de desbordamiento que me enmudece. ¿Qué he hecho mal?, ¿acaso el camino era buscar la felicidad? No. Partía de su hallazgo, del hallazgo de la verdadera felicidad, el encuentro con uno mismo dentro del sí mismo verdadero, el paraíso imperdible. El camino era seguir y dar, comunicar lo descubierto. Y he seguido. Y creo que he dado. Sólo creo. Pero sí he llegado. Hasta dónde. ¿Dónde esto? ¿Qué me remata?, ¿el encuentro con lo que deseaba o el deshallazgo del otro? Encontrarme en el otro ha funcionado, pero ver en el espejo y no poder acceder a él construye la jaula de la impotencia. ¿Impotencia de qué, para qué?, ¿qué necesitas? Comprendo al otro, a mí misma ni me acerco.
Todo se hunde arrepentido. ¿Qué he hecho, construido? Un camino que veo si miro atrás; pero si dirijo la vista hacia delante sólo vislumbro inquietud dentro mía, permanencia absoluta de lo que siempre me contrae.
La obesa bola de obsidiana hermética, uniforme, uni-ente. No sé nada. Lo que tengo hecho sólo me ha servido para llegar hasta aquí. Y me pregunto, ¿y ahora qué? No contemplo ni inercia ni voluntad. No hay nada. Nada más que inquietud. Una inquietud que me atora, que me ahoga. Que me duele. 
El dolor. Siempre el dolor.
Sólo la poesía me ha generado bien hasta ahora, pero su camino me ha llevado al extremo opuesto y exactamente el mismo donde comencé, lo mío en el otro. ¿Me he quedado vacía? Me veo, veo mis propias espaldas partiendo ayer.
Brota la necesidad de frenar. Brota la necesidad de llorar. Sólo brota la necesidad. El llanto no sale. Es mi pecho interno el que suplica una luz, una salida ¿A qué y a dónde?
¿De qué tengo miedo?, ¿tengo miedo?
El shock, esto puede ser el shock: el resultado de llegar. Esta miseria en el espíritu, esta congoja. Si yo no quería llegar, sólo hacer…
Y ahora, ¿qué hago? O ¿qué deseo hacer?
La clave sólo puedo hallarla en mí misma. Nada ni nadie me aporta nada nuevo. Los datos me sobran. No los necesito aunque los adquiera. Los voy dejando caer desde mis manos una vez que los he exprimido, que me han dado su jugo, su zumo.
Mis manos están impregnadas de néctar. Nada puedo tocar sin manchar, ni a mí misma.
Se me acabó todo, todo lo externo. Y yo conmigo misma me ahogo. No me quepo.
¿Qué ente quiero? ¿Qué “lo que es” necesito?
Desflorar la piel que me cubre hasta expandirme por el aire, ser aire también diluirme, dejar de ser. El no ser.
El no ente.
A eso he llegado, porque ya soy en el otro.
Dejo de existir.
Aunque la intensa inquietud permanece. Allí, junto al tronco de encina seco, como si mi sombra hubiera decidido quedarse a su lado y mi cuerpo hubiera seguido caminando. Sola hasta de mi propia sombra.
El shock del que intento despegarme.
Seguir caminando hasta sin ella.
Ser continuando siendo.

Día D. Noche

Día D. Noche

La desmedida, que también es humana, ¿humana?, vivimos la desmedida, la pérdida de la medida humana.
Y ya hace mucho tiempo que me recuperé de sus crímenes.
Ahora ya no la soporto, la detecto y quiero eliminarla, despejar el camino de todos.
Comencé mi vida nueva al son del paso lento de los pelillos de las raíces de las encinas entre el granito desmenuzado los suelos calizos. Ellos mismos son los que logran romper la roca (como el corazón ardiendo de Dante). No creo nada más que en ti. Te he tragado, te he mamado, me has dado de comer y hasta favorecido mi pensamiento. De él han partido mis deseos, mis anhelos, mis necesidades.
No puedo seguir. Lo inefable me ha hecho su presa. Estoy donde soy allá, en el cuerpo y el pensamiento del otro. No me sale hablar, no tiene sentido hacerlo, por eso se me anuda la voz.
Y aquí me quedo.
Neuronas transportadas.
Shock.
Ya no me cabe más encuentro.

Día D. Tarde

Día D. Tarde

Vivimos la desmedida. No vivimos. Sólo la vivimos a ella.
Pienso una y otra vez en volver a la escritura a mano, únicamente a mano. En abandonar la fotografía, dibujar a lápiz. Quedarme aquí (¿y dónde estoy si no?).
Dicen que nuestro cerebro se ha hecho más pequeño en los últimos 30.000 años. NO me extraña, la tecnología, nuestra propia inventiva, nos lo ha hecho todo más fácil, todo. Todo salvo el auténtico conocimiento.
Cuando se ha logrado llegar a él, a un atisbo de él (el conocimiento es como un pozo sin fondo), cuando has logrado mojar las puntas de tus dedos en él, quizás tan sólo olerlo como el que presiente el mar, se habita otra dimensión, la dimensión de lo humano. No vivimos lo humano hoy en día.
Abro la cámara y la maravilla de la inteligencia humana se despliega ante mis ojos. No valoramos nada. No conocemos nada, ¿cómo vamos a valorar entonces? Maldigo al primero que facilitó.


viernes, 16 de noviembre de 2012

Faenador de orilla

Faenador de orilla

todos trabajan en sus aposentos
menos yo, que miro a la noche
a través del reflejo de tu frente.
Y ella me ama, cuánto me ama…

cómo animal tan bello
transformarte, faenador
de orilla, con tus pies enfangados
en las olas lentas
con su piel la de tus pies
limados por la arena oscura
con sus dedos como aves
de manos tiernas
expertos en hallar
verdades amarillas y verdes
lacadas y curvas y pulcras
como cuentas
(y contabilizas)
o semillas
para el trueque.

O para el dolor de estómago,
que desconsuela como la mentira.

Prefiero servir a dios,
que no soy yo, antes que adorar
la costumbre de lo evidente.
Sus trucos los reservo
para los alacranes y sus oleosas
y alegóricas tradiciones:
mato como puedo
el veneno, no vendo amor,
sólo regurgito
lo que en la orilla encuentro:
¡Coquinas, coquinas!
¿Quién quiere coquinas?
Cambio cubos de coquinas
por cubitos de hielo
para hidratarme
tras el vómito.

… tanto dado, tanto cúbico dado
en la tan cuadrada ruleta
de los que juegan a la letra.

Sofía Serra (De Los cabezos amarillos)
 
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