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martes, 29 de mayo de 2018

Un poema para un aniversario




Poema de amor


Nosotros somos otra cosa.
Tal vez no más que el puerto y la bahía, o, quizás, el ave fénix,
un condenado facsímil del libro de la tierra
o simplemente las gotas de lluvia
que comienzan a limpiar las aceras polvorientas de la ciudad.
Acaso una semejanza escrita
con la sangre de nuestro pulso
o con las lágrimas saladas de la alegría.
En todo caso, otra cosa.
Suspendidos del valle de nuestro acervo,
la cordillera nos queda tan cercana…
¿Quién puede dudar de lo que somos sino nosotros mismos?
Nos parecemos a aquellos gavilanes que,
desdibujados,
atraviesan el parabrisas del automóvil,
vistos y no,
y continúan volando,
como el mar bajo la ola,
que existe más allá de sus tormentas
o sus recalas sobre rocas o sobre leves
y curvadas y amplias viñas de arena.


Plantaré para que la dicha
te asome al menos una vez por semana,
sobre nuestros pechos o la muerte de lo malhadado,
pero alojaré, sembraré
quebrando nuestro vuelo
en el que giraremos rumbo al norte de la esquina,
donde los pasajeros ya no pueden vernos.
Porque nosotros, amor, somos otra cosa.
Tal vez palomas, tal vez árboles
como la encina y el tilo, tal vez,
no más, que una plaza en octubre
engalanada con farolillos de abril.
Algo así como compañeros del tiempo.

(De "Canto para esta era")

viernes, 22 de julio de 2016

Verboluz: Poema de amor II

AQUÍ se puede leer  Poema de amor "uno"



Poema de amor II

No necesito leer para saber qué
te duele, tu grito
es mi con-suelo no
por igual sino
por común ambos
y su-fijo de mí
y yo su-fijo de ti
como la suerte
que al fin y al cabo
, como la cola y la cabeza
de la serpiente se unen, nos
hila, nos funde sin
confusión de uno
sino tan sólo
explicación de dos.

Como los árboles juntos
de tan bosque vergel
verde y suelo de fondo
y el lucernario de las amplias.
porque la luz
es ordenada de cualquier
co-ordenado, el tiempo,
la abscisa,
nuestro compañero.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Mudança en sombras

(Lo escribí en Agosto del 2009, justo en plena mudanza desde el campo a Sevilla, aquí mismo en este lugar desde donde realizo esta entrada, sino que sin muebles aún plenamente dispuestos, en un papel apoyado sobre mi muslo yo en la silla roja. A veces, la necesidad de escritura se presenta como un gozo. Pertenece a "Canto para esta era")

Mudança en sombras

Ahora, el espacio lascivo de tu encuentro
se halla desprotegido, como desprovisto del manto
calmado del abrigo que este ser proporciona.
Si mis manos, habituadas a encontrarte (igual
podría hablar de la muerte y el olvido) lograran
abarcar en un gesto consumado la benefactora salud
que me procura tu ámbito,
yo ya no sería hombre inconcluso,
sino belleza y buena muerte que sólo viven
cuando tú te manifiestas.
Mi amor, mi casa escribiente,
mi rayana locura en el ataúd de las cosas,
mi aliviado goce: Mi gozo extendido.
¡Qué reconfortante sentirme acunada
en tu abrazo ahora que apenas te poseo!
Amor, amor de verdad,
amor de carne y sexo,
amor escrito, amor mío.

viernes, 29 de agosto de 2014

Campeando

Campeando (confiscada)
(sobre mi estado en el wasap)

Campeando que no es poco
hacer me digo.
No hay moros ni cristianos
en la costa continente
de este lleno sin orilla,
de este cabo suelto
que no amarra ni tampoco guía.
A barlovento
gozan ubres las pajizas
olas de la parda tierra,
a sotavento
huele el bosque
de nubes gris
perla de la ostra
que crea piedras
de collares que no pesan.

Campeando turbo el nácar
de los huesos de la tierra campeando
flamo la verbena y fajo el agua
a mis piernas, que no son mancas.

Algo me debía a mí
la conquista y la turbiedad
de las aguas estancadas,
a mí la soflama quemativa
del sol sobre la superficie
lisa, áspera o rugosa
de las piedras:
me debo a pies juntillas
a mi propia necedad, ahora
soy más libre que nunca:
me posee el cielo y no estoy muerta,
me retiene la tierra y no vivo en tumba,
me requieren las yerbas secas
pero no me agosto, me confisco
en mi misma reciedumbre
de ser con manos y con cabeza.
A mí la montura con nombre
sobre la que cabalgo en rima
con el cielo y con la tierra*.

(*) Verso de "Canto para esta era" y título de una serie de fotografías de finales de verano del 2009. En el blog de fotografía se puede encontrar.

Sofía Serra, Agosto 2014

martes, 21 de enero de 2014

Soy la mujer más rica del mundo

El más GRANDE alimento que da este planeta, y el fundamental, me brota hasta en los felpudos. O sea, hasta donde pisoteo. Hojas de hierba para los pies alados.

martes, 5 de noviembre de 2013

Cíclope que ahuyenta (A Luis Cernuda)

(Rescato de poemario del 2009 y fotografía de poco después)

Cíclope que ahuyenta (A Luis Cernuda)

Poco importa la quietud de las cosas si no fuera porque de ella llega, como inderogable pandemia, la inercia de la incuria de todo lo que nos hace lograr humanidades.
Tan contagiosa como lastrada, nos anclamos a su sumidero, impúdico de despejar petrificando a los abastecedores.
Falaces y lastimeros me parecen vuestros afanes cuando contemplo la carne convertida en piedra, o lo que es lo mismo, cuando observo, impotente, cómo asesináis al verbo hecho carne.
¿Qué temor a la muerte podéis mantener sobre el olvido de vuestro propio roce con el otro y el otro y el del lugar por venir? ¿Cómo os yergue la aventura del descuido sobre lo que vosotros mismos yacéis? ¿Sobre qué barrizales construís vuestros pilares palaciegos?
Arenas inmundas, movedizas, secas por las disculpas, en las que convertiréis las calles conspicuamente adoquinadas, las soberanas escalinatas hacia el cielo surgidas al compás de las manos solícitas.
Llameantes. Líquenes llameantes que calcinen vuestros ciclámenes siempre muertos, siempre flores omitidas, siempre flores ausentes.
... Del jardín del olvido te redimo, poeta vivo.





martes, 29 de octubre de 2013

Antonio Machado. Cita.

XXXVII

"En efecto, Juan de Mairena hubiera definido la poesía pura como aquella en que dialogan el hombre y su tiempo. Un hombre de todos los tiempos, con el tiempo de un hombre, igual a todos los hombres."

(Apuntes inéditos. Prosa completa de Antonio Machado. 1989.)

Porque el tiempo es nuestro compañero.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Haces hablar a los muertos (The hanging tree)

Este poema siempre lo recuerdo con , no sólo especial cariño, sino simpatía, casi el guiño que la poesía me hace a mí sobre cierta forma de entender la vida y los sentimientos, el mayor sentimiento, el del amor, y su contrapartida, el del engaño, el autoengaño, la hipocresía y la cobardía.  Por eso lo incluí en "Signos cantores", la especie de antología que Linden Press me publicó. 
Nunca los explico, sería casi un crimen, claro, pero esta vez me permito el lujo. Está inspirado en una canción que me encanta, de una película que adoraba mi madre, por razones evidentes, ella misma, el film,  y el guapísimo actor que la enamoraba, :), y es de los pocos que he compuesto en mi vida al son de su archiconocida canción, rompiéndole el ritmo, a contratiempo de él, como se hace con el pie para meter unas palmas en una sevillana justo así, a contratiempo.
Morir en vida significa amar, dejar de ser, una anulación del ego para apostar por el "tú". La letra de la canción, en inglés, lo dice, y en el poema, intento el juego con el concepto, concepto en el que creo profundamente, como mi madre, que también cuando por algún motivo discutía conmigo o con mi padre, a ambos nos decía: "¡Haces hablar a los muertos, por dios!, calla ya!" (por tocapelotas, por decir verdades, por pesá que una es...;).) Lo escribí para un antiguo amigo con el que se metían mucho porque sus poemas provocaban "escándalo", entre los hipócritas, naturalmente.

Haces hablar a los muertos
(The hanging tree)

Si por quejumbrosa sutileza,
tu voz tierna y clara
es acotada por la ira del entredicho,
la nomenclatura de la supervivencia
o el aura lastimosa del apocamiento
de aquéllos a quienes la luz transparenta
mostrándonos sus vísceras repletas
de contenido nauseabundo,
o, por la vivencia amarga
de la elección errada, soportan sobre su testuz,
como animales de allende las eras, los uros,
o toros de esperma ya extinguido,
la bicéfala corona del engaño,
tú no fallezcas.
Hacer hablar a los muertos
es tarea de poeta encendido,
aún más que vivo, de luminaria
traspasando los arcos voltaicos
que se sufragan a golpe de tendido
orbital entre aquel planeta,
el perdido, y éste,
en acto inmensurable,
sin registro posible más
que en el alma y la amada carne:
las esferas cantando al son del Unídono,
la melodía siempre afinada
de la voz humana más allá del tiempo.
Porque el tiempo sólo existe para los no-muertos.

Para lograr morir hay que saber vivir,
y para vivir hay que morir
en el árbol del ahorcado,
nuestra inilustrable encina eterna,
altar del dios adorado de mi alma mater,
como la que acontece cuando esos ojos,
ebrios de torbellino luminiscente,
miran sonriendo tras el cristal
que nunca desfigura, el verdadero,
desde mi Gary Cooper que está en el cielo.


lunes, 27 de mayo de 2013

Poema de amor (A-promise)

A-promise





Poema de amor

Nosotros somos otra cosa.
Tal vez no más que el puerto y la bahía, o, quizás, el ave fénix,
un condenado facsímil del libro de la tierrao simplemente las gotas de lluvia que comienzan a limpiar las aceras polvorientas de la ciudad.
Acaso una semejanza escrita con la sangre de nuestro pulso o, posiblemente, con las lágrimas saladas de la alegría.
En todo caso, otra cosa.
Suspendidos del valle de nuestro acervo, la cordillera nos queda tan cercana…
¿Quién puede dudar sobre lo que somos más que nosotros mismos?
Nos parecemos a aquellos gavilanes que, desdibujados,
atraviesan el parabrisas del automóvil,
vistos y no, y continúan volando,
como el mar bajo la ola, que existe más allá de sus tormentas
o sus recalas sobre rocas o leves y curvadas y amplias viñas de arena.

Plantaré para que la dicha te asome al menos una vez por semana,
sobre nuestros pechos o la muerte de lo malhadado,
pero alojaré, sembraré quebrando nuestro vuelo en el que giraremos rumbo al norte de la esquina donde los pasajeros ya no pueden vernos.
Porque nosotros, amor, somos otra cosa.
Tal vez palomas, tal vez árboles como la encina y el tilo,
tal vez, no más, que una plaza de otoño engalanada con farolillos de abril.
Algo así como compañeros del tiempo.

Sofía Serra (De Canto para esta era, de la trilogía del mismo nombre)

domingo, 7 de abril de 2013

Fin de Suroeste. III (Abril, ¿quésinoAbril?)

Fin de Suroeste. III Abril, ¿quésinoAbril?

94 poemas para posicionarme. 94 habiendo suprimido ya algunos completos y muchos versos sueltos, amén de la eliminación de los fragmentos de prosa con reflexiones de toda índole que siempre voy dejando anotadas en el mismo archivo del documento del poemario que cursa. No sé cuantos miles de caracteres, de palabras, y cuántos espacios y tiempos de mi vida para tan sólo posicionarme.
Y toda la vida teniendo que oír que mi problema es la impaciencia, que me precipito ante las cosas, que voy demasiado ligera…
94 poemas.
Precipitarme sí me precipito — río—, pero ante el abismo.
94 poemas.
Quedarán en algunos menos. seis o siete no me convencen lo suficiente. Hago el índice a mano y señalo con interrogantes. próximo paso, segunda revisión.
El archivo ya va por el nombre de “suroestecorrigiendoindice-9”.

Y el blog ya no preveo más subida de poemas de suroeste al menos durante mucho tiempo tengo que comenzar a corregir la exploradora de hecho ya he comenzado me topo topos topos topos y sus montoncitos de tierra y el niño zapateando sobre uno de ellos cuando apenas tenía tres años no sabía que mataba sabía que tenía que hacerlo era inocente hoy consciente se dice ¡qué malo era! no no eras malo eras un niño muy bueno y nada dañino sólo instintivo valientenoteasustastecuandosetesubió al pie el ratoncito como siempre con pseudo poemas sueltos de presituación que no me gustan tienen su sentido pero no adquirieron la debida forma es el calentamiento antes de la carrera el curso nunca sé qué hacer con ellos hasta que de pronto encajan se terminan de hacer ya los atisbo no formarán parte del poemario de ninguno son los puentes de un poemario a otro y aunque constituyan un continuum todos ellos siempre tengo que saltar un abismo tal vez sea yo misma la que lo excave algo me dice que un poemario acaba y otro comienza pero nunca sé en qué consiste ese algo el trabajo seguir corrigiendo Suroeste ya con la seguridad de haberlo VISTO comenzar a corregir la exploradora seguir escribiendo “la clave está en los árboles”…

Sevilla, primavera, rinitis de domingo. Hace frío. No me resulta extraño. Recuerdo una helada en pleno Abril en el campo, hará unos 12 o 13 años. Dejó los plantones de tomates y pimientos recién sembrados para comerlos como fósiles desmenuzados. Aprendimos a esperar un par de semanas más para sembrarlos.
Pronto llegará el calor. Los pequeños rosalitos que tengo en la jardinera comenzarán a echar algún capullito. Amarillas, amarillas. El jazmín arrancará de una puñetera vez. Dará el sol en la ventana hasta la puerta, la luz se mueve, la luz se mueve, la luz se mueve. Y todos con ella, todos a su paso, todos a su tiempo. Es La Inhumana.
La única que sabe romper el tiempo, nuestro compañero.
Canto para esta era porque amo nuestro tiempo. Nunca existió otro mejor.
Lo sé porque soy historiadora.
El hombre siempre avanza.
el hombre cada día es más consciente.
el hombre cada día que pasa sabe amar mejor.
el hombre va aprendiendo a no tener miedo de sus semejantes.

Abril. ¡Qué sino Abril!

La gemela despierta de su letargo

me regalo prisa
porque quiero
dejar terminado
lo que no sé
ES
me urge saber
el comienzo
porque sé
que estoy en él
me sé
libre y nueva.

Estar segura de tu libertad
para poder vivir la mía.

Sofía Serra

jueves, 28 de marzo de 2013

Amanecer en Sevilla

(No sé por qué, siendo de hace tanto tiempo, me han entrado ganas de volver a subirla, la verboluz completa.)




Amanecer en Sevilla

Labrada ya la noche del estío
en este auténtico cántico de aluminio solidario
que seduce a la salvaje y trans-universal gracia
de todo lo flexible, mudable y eternamente temporal,
respira la adormecida de esta vela plegada tras el envite
del viento huracanado en el quicio de la puerta.
Son las manos providenciales del tiempo sobre mi espacio.
Quebrada termina su oración con un amén silencioso, amén
de furtivo ensueño entrevisto en los laureles de la azotea
de esta casa que es casa de todos:
Alma para no tener que nacer
y lograr morir sobre la utopía del canto habitado,
el cisne muerto redivivo,
el ave alada de la conciencia que, al volar,
espanta al espejismo de la lluvia sobre el lago.
No más que agua, agua embalsada y dulce,
agua quieta suspirando a través de sus brumas
por la aurora del canal que la encauce
mudándola en arroyo
hasta lograr ser río
o tal vez mar.

O ya, océano.

En todo caso, agua y más agua,
agua de marea, agua de viene y vamos:
Del agua muerta de los cisnes al agua edénica de los pelícanos.


(Sofía Serra, De Canto para esta era, 2009)

domingo, 17 de marzo de 2013

tres en uno

La prueba de mi propio curso. La prueba de que mi cabeza ya muerde mi cola. Un poema escrito anoche casi en estado comatoso de sueño dice lo mismo que tres del 2009. Y en esos tres sin saberlo estaba definiendo las bases de la teoría de la costra dura de la nomenclatura que después pude verbalizar, o mejor, dibujar después de Afrodita me pusiera el plano pr delante con sus dos dimensiones.
Debo conseguir volverme loca para poder callar, como corresponde a quien ya sabe que ha dicho todo lo que tenía que decir.

Poema de amor II

no necesito leer para saber qué
te duele, tu grito
es mi consuelo no
por común sino
por igual ambos
y sufijo de mí
y yo sufijo de ti
como la suerte
que al fin y al cabo
, como la cola y la cabeza
de la serpiente se unen, nos
hila, nos funde sin confusión
de dos sino tan sólo
explicación de uno.
Como los árboles juntos
de tan bosque vergel y santo
y verde y suelo de fondo
y el lucernario de las amplias.
porque la luz es ordenada
de cualquier
coordenada el tiempo
la abcisa,
nuestro compañero.

Sofía Serra (De La clave está en los árboles)


(Los dos poemas antiguos, de Canto para esta era)

La Inhumana (Oda a la luz del sur)

Y de nuevo llegó la que emplaza al ritmo batiente de la tierra
en su honesta simplicidad.
La que a los pasajeros desbanca
de sus humilladeros de asiento obligado,
a aquellos hijos de la paz que, por no pervertir su simbiótica calma,
imploran al silencio como único y obsceno dios,
difuso, perennemente difuso,
casi desoído a través de los raíles de su siempre establecida supervivencia,
tambores lejanos sin espacio ni presente.
La que luce como habitual aureola sobre frentes y ensortijadas bóvedas.
La que vadea, sinuosa y quebrada, incesante,
conllevando los rondas con el tiempo,
los cauces,
para abrir los suyos convenientes, perpendicularmente a la medida.
La que alumbra a golpes de azada.
La que nunca flaquea. La que nunca duda.
La Inhumana.
Ella conformó estériles impenitentes sobre el ileso mármol,
tan blanco como alejado de su longeva edad,
y aun joven, recién nacida,
sonrosada su cabellera y su tez de día,
se comunicó con el sol,
que levanta los pretiles de color azul celeste del cielo iluminado.
Y entonces, de nuevo, se autoconstruyó sobre las calles y las clausuras,
desorbitando a su paso,
paso travieso, paso al través del tiempo,
las torpezas.
Llegó la que rige sin cetro ni purpúreo manto orlado de armiño,
la que gobierna con arengas verbadas al hilo de la cristalina sombra.

Y así retumbó sobre el orbe como trueno veloz
quebrando los sonidos del tiempo
allá por su enigmática linde con el horizonte:
el espacio habitado por los hombres.
Llamó por su nombre a cada uno, a cada ser vivo y a cada ser muerto,
y proclamó, sin ambigüedades ni equidades,
que Ella a todos pertenece y a cada uno atañe.

El infausto silencio vistió la faz de la tierra…

Y entonces, detonó la campana de la espadaña.


ENTREACTO

Aquí, sobre el canto rodado de esta higiénica situación,
granito labrado y ahuecado con el trabajo de los verdes siempre activos,
se levanta la escultura amena de una vida que transmite paz y presencia.
Comienzan los diluvios de azul fresco al anochecer,
breves y leves como el tiempo sobre mi carne,
como la espuma saltarina de la ola
sobre su propio estómago de esmeralda lúcida.
Los adoquines cobran vida de entreacto,
actores liberándose de sus disfraces para permanecer
más mudos que ante la platea.
Reservan, para el después, el interno tiempo
que los mantiene vivos como muertos,
a la espera de la restitución que les otorga el charco espejado.
Y de nuevo se desperezan ante la experiencia de su lozana gallardía.
Y conceden su alma al mundo.
Justifican por sí mismos su existencia.

Las piedras sobre piedras lamen las heridas de las perras,
animales de auténtico peluche originario de los panes de la vida.
Culminan su tarea de sustentadoras proclamando alivio sobre la tormenta,
limpiando con su permeabilidad las esquinas
alabeadas en romboidal geometría
ya desconcertadas ante el súbito giro de la superficie terráquea
que se rompe al compás del salto del eje sobre el eje:
el sol caminando, paso tras paso, por la lluvia de planetas ensordecidos.
Se rompe el tiempo, que al fin y al cabo es mi compañero.


Poema de amor

Nosotros somos otra cosa.
Tal vez no más que el puerto y la bahía, o, quizás, el ave fénix,
un condenado facsímil del libro de la tierra
o simplemente las gotas de lluvia
que comienzan a limpiar las aceras polvorientas de la ciudad.
Acaso una semejanza escrita
con la sangre de nuestro pulso
o con las lágrimas saladas de la alegría.
En todo caso, otra cosa.
Suspendidos del valle de nuestro acervo,
la cordillera nos queda tan cercana…
¿Quién puede dudar de lo que somos sino nosotros mismos?
Nos parecemos a aquellos gavilanes que,
desdibujados,
atraviesan el parabrisas del automóvil,
vistos y no,
y continúan volando,
como el mar bajo la ola,
que existe más allá de sus tormentas
o sus recalas sobre rocas o sobre leves
y curvadas y amplias viñas de arena.

Plantaré para que la dicha
te asome al menos una vez por semana,
sobre nuestros pechos o la muerte de lo malhadado,
pero alojaré, sembraré
quebrando nuestro vuelo
en el que giraremos rumbo al norte de la esquina,
donde los pasajeros ya no pueden vernos.
Porque nosotros, amor, somos otra cosa.
Tal vez palomas, tal vez árboles
como la encina y el tilo, tal vez,
no más, que una plaza de octubre
engalanada con farolillos de abril.
Algo así como compañeros del tiempo.


Sofía Serra. (De Canto para esta era, 2009)


Y ahora al titular la entrada me llega un engrama que pude fotografiar allá por el 2006.
Aquí en este enlace a meridiana claridad se puede ver (y leer, porque buscada ahora, he visto que la introduje con un texto bastante extenso, y me digo que sí, que ya no me queda ni un nanosegundo para llegar a ese estado de locura casi anhelada.)
(picar ahí)

TRES EN UNO (O LUBRICANTE PARA POLVO ESPIRITUAL)



martes, 12 de marzo de 2013

Aparte

APARTE

[...] bajarlo del pedestal sólo significa contemplar su humanidad. Contemplándola, puro barro del barro,  puede valorarse su grandeza.
El artista (léase siempre poeta en cualquier lenguaje) como la herramienta inútil sobre esta costra dura de la nomenclatura. Herramienta inútil porque para nada sirve en ella más que para horadarla. Ésa es su negación, su renuncia, y lo que en el fondo nunca se le perdona: la rebeldía. El artista consumido en su propio gesto rebelde, que es el favorecedor de lo que consigue, hacer directo, directo porque gesticula a través de diversos estados estratales hasta llegar al núcleo. Podría haberse decidido por quedarse arriba; pero no fue así. Algo lo impulsó a escarbar. Algo. ¡¿Que es ese algo?, ¿qué?!, el no hay remedio?, la esperanza?, la misma desesperanza, el sin perdón… el detectar, el atisbar, el barruntar… Una vez atisbado resulta imposible, naturalmente imposible, que no necesite lograr trasladarlo a sus semejantes, los seres humanos. El artista es el ser más social que existe. La necesidad de soledad no tiene nada que ver con una insociabilidad…
el arte como veneno
o esencia paradisíaca
la contradicción perpetua
el conflicto
digno de conmiseración
y admiración
siempre valorable
ni por encima ni por abajo,

aparte.
Alma-r-gen

volvemos a lo mismo. No hay pedestal pero sí la linde, el límite, el limes. siempre en el filo del abismo, sin traspasar y traspasando, trayendo, siempre trayendo,
un pie
allí
otro
ahí.
El artista no tiene sitio. Todo lo contrario a la teoría del arte posicionado. Su sitio es el sin lugar pero allá tampoco. Ha de vivir, comer, alimentar el cuerpo para poder sobrevivir físicamente.
Pagado. Debe estar pagado a la vez que resulta contranatural que lo sea.
Solo, siempre la soledad más absoluta, ¿cómo no va a construir torres de marfil?, ¡cómo no va a construir mil casas por cada lugar que vaya si ninguna tiene?, ¿cómo no va abandonarlas constantemente? ¡cómo no va a refugiarse en el calor de las tribus aunque sea de vez en cuando?... ¡cómo, cómo? Pues no, haciéndolo organiza su existencia de poeta, se posiciona, se defiende del abismo, cae en la trampa del miedo, de la comodidad, de la suplantación (humano es), del fraude. En definitiva, de la mentira, el lugar justo opuesto al desde donde parte lo único que le da carta de naturaleza a su ridículo trabajo, horadar, horadar hasta llegar a lo verdadero, llevarlo a, hacer el hueco para la luz, para hacer e-vidente lo invisible.
La capacidad, capaz cualquiera, capaz no cualquiera, la decisión, la voluntad, el esfuerzo y el tendón, el nervio que lo obliga, lo seduce. No hay droga. O el sentido es la razón, la droga, el motivo, el porqué. La ética sin costumbre. No es necesidad. Es instinto. Fuerza natural. Desinercia. Imposible negarse a ella. No existe la nomenclatura “posibilidad”. Ni su negación.
Quien la sigue ha comprado parcela en el infierno. Sin saberlo.
Lo nacieron.

El artista como ente abstracto personificado en un ser humano. el verbo hecho carne. el dios en la tierra.

viernes, 4 de enero de 2013

A medida de recapitulación

Con móvil. Mañana de Enero. 4/1/13

En esta mañana fría de enero descubro cuánto he aprendido desde aquel día. No, todos no somos iguales. Es cierto, todos los que lo decían y contra los que peleaba tenían razón, todos no somos iguales. Sí, siempre distintos, eso ya lo sabemos. Me refiero a otro tipo de diferencias, ni siquiera a la de los matices que es la que me trae siempre revuelta. Me refiero al merecimiento o no. Sólo me vale el amor por la justicia y la inteligencia para la bondad y la belleza. Todo lo demás me sobra, y me estorba. Este es mi tipo de amor. No uno sin medida, sino con ella. El de la medida de la Verdad.
Nos quejamos por vicio por mucho que suframos. Sufrir sólo depende de donde nos situemos para observarnos. Hay que desdoblarse, esto es lo complicado, desdoblarse sin perder el norte. Mi brújula ha sido mi propia poesía. Por eso he podido llegar adonde comencé. Por eso el retorno no es retorno sino paso adelante. Fi, hay que conocer a Fi para saber de lo que hablo.
Conocimiento.
Esfuerzo.
Sólo el ego y su propia soledad lo posibilitan.
Sólo el ego y su palabra abren el verdadero camino: la congruencia con lo que ES y lo que somos.

Así lo dijo Canto para esta era nada más comenzar: "Canto de egoísmo".
Amar para ser, amar para llegar, amar para volver aunque sea para no tener que volver. Amar sin un para. Al Paraíso imperdible. Uno mismo, que está en cada uno y es común a todos. Quien no bebe de él, es porque no quiere, que es como no poder. Ya podrá. Y si no, allá él o ella. Todo está dicho, todo está escrito.

Canto de egoísmo

Antes que el ser y la belleza estás tú, hermano de mis células.
Antes que la causa y el mismo recuerdo de tus pasos, que no fueron pasos
sino llantos de la misma esencia de la nada por sentirse deshecha, deshijada...
Y si tú no puedes cantar, tuya será mi voz. Y no hallará signo el fracaso.
Y si tú no puedes llorar, de mis ojos brotará el manantial salado de tu alivio.
Y ya no existirá el dolor.
Y si te persiguen, creceré como el eucalipto y secaré la tierra, que se desmoronará llevándome consigo,
para que tú, hermano, puedas volar sobre nuestra propia fosa abisal.
Hermano de mi yo, de nuestro yo sin verbo, del total destino del ser UNO a UNO,
hermano mío, hermana tuya soy,
aunque en ti no me halle, aunque sobre ti yazga la permanencia del olvido,
tan ausente ahora.

Vengo ya de tan lejos, que ni los ojos de tu nuca podrían contemplar el lugar, el allá tras el curvado horizonte de la lejanía,
que sólo fue mía y sólo hoy puedo nombrar como mía y ajena a ti y a mí.
He habitado ya tantas moradas que este encuentro surgido en el abismo,
un castillo de cuentos posado en la vertical de la aguja de la pétrea existencia,
sólo me habla de que una más puede alimentarme y cubrir mis hombros que,
antes, sufrieron el frío.
He vigilado tantas noches que tu hallazgo sólo es luminiscente estrella,
sol nocturno,
como tantas que me iluminaron,
astros límpidos que tuve que dejar atrás.
Nada cansa, nada llega,
que todo construyo para que habites por mí
en nuestro paseo siempre esférico que se engulle tragando su misma curva que lo hace recordador,
como el verdadero ente implosivo capaz de perpetrarse a sí mismo.

Tú, hermano, puedes seguir quedándote quieto, contemplar el paso de la luna sobre tu frente y rezar con buen deseo por el andariego visitante,
pero nuestro estómago será siempre uno.
Y ya no anhelarás la llegada del hermano.
Aquél que yo contemplo cuando el tiempo posa su calor sobre mis hombros transformándome en encina de parra florida.
Aquél que también necesito.
Aquél que vive por ti mismo.

Y seguiré mi camino alimentando tu propia turbina en flor,
que yo te amo, rey de reyes, hermano mío.

(Sofía Serra, Mayo 2009. De Canto para esta era)

martes, 11 de diciembre de 2012

En HDI

La conciencia es la que precipita el conflicto del hombre con la esencia, pero también lo que únicamente puede reconciliarlo con ella, con ella y con el mundo.
La conciencia es la primera célula espejo que le nace al hombre, la que le hace poder reflejarse, tomar medida de sí mismo. Fue entonces, al poder medirse, cuando se abrió el abismo bajo sus pies. Pudo contemplarse a sí y, por tanto, contemplar a la esencia desde lejos.

El acto nombró el suceso, un suceso para volverse loco. De hecho el ser humano se volvió loco. Su única salida: el miedo. El miedo anidó dentro de él (¿quién-qué no sentiría miedo ante la presencia de un abismo bajo sus pies?). Sin embargo, su mente sabe que tiene que seguir caminando. Es así como ella misma, el mismo hombre, comienza a construir la costra dura de la nomenclatura ante sus pies, cada paso que da, cada pie que echa hacia delante, una porción de camino de cemento y piedras que aparece, y así en perfecta hélice de progresión geométrica por los tiempos de los tiempos.

Los primeros lo tenía más fácil, iban construyendo la primera capa, la esencia les quedaba más cercana, con un simple pensamiento acorde con la naturaleza, la esencia se les transparentaba. Mientras más alejados de “aquel tiempo” más difícil recordarla, el camino está echado, capa sobre capa, seguimos andando sobre él, es el tiempo que es nuestro compañero. Los huecos para poder observarla nos quedan en los pensamientos, las ideas, el grafos de los anteriores a nosotros, los clásicos de cualquier índole. Ahí en ellos se contempla la esencia, se vuelve a contemplar, el hombre puede seguir mirándola, no perderse de ella a la vez que seguir caminando por “su” tiempo presente.

El trabajo de los hombres de ciencia, pensadores, filósofos es el de convertir la costra (que ellos mismos echan) en transparente; es el lenguaje discursivo mediante el cual transmiten lo conocido o reflexionado para derramarlo sobre la costra y hacer al otro hombre recordador de aquella esencia o el uno del que provenimos. El de los artistas y poetas, crear los pozos artesianos, en lenguaje cursivo, o cursal (me gusta más esta), es decir, siguiendo el curso de esa esencialidad taladrando la costra, cada uno o cada sección de lo que somos ayudando al hombre a recordar verticalmente, de donde proviene y lo que es.

Después de la primera célula espejo, fueron naciendo las siguientes, claro. Esas que nos devuelven la mirada sobre el otro, esas que nos devuelven la mirada sobre lo que nos rodea, sobre la naturaleza, sobre todo a lo que ponemos nombre. Esas que nos permiten obtener conciencia de que hay algo más que la costra y nosotros y nuestra necesidad de nombrar.

La observación y la vivencia de la naturaleza ayuda a hacer recordar al hombre la esencia, porque a ella, al no poseer conciencia de sí misma, le falta esa célula espejo que nuestra mente desarrolló, se parece a lo que el hombre fue antes que hombre consciente de sí. Pero sólo ayuda a recordar, no es la esencia misma, pues nosotros, incluida esa célula espejo, e incluida la posterior necesidad de construir la costra dura de la nomenclatura, también somos naturaleza. La esencia nos subyace a todos, a la naturaleza y al hombre con su costra dura de la nomenclatura a cuestas o bajo sus pies. La naturaleza es la amiga que puede ayudarnos. De hecho auxilia al poeta y al pensador en su reflexión. Pero si no hay agujeros y transparencia desarrolladas por el arte y el pensamiento, no hay de facto visión total de la esencia. Visión en HDI si se quiere.




martes, 13 de diciembre de 2011

Poema de amor





Poema de amor


Nosotros somos otra cosa.
Tal vez no más que el puerto y la bahía, o, quizás, el ave fénix,
un condenado facsímil del libro de la tierra
o simplemente las gotas de lluvia
que comienzan a limpiar las aceras polvorientas de la ciudad.
Acaso una semejanza escrita
con la sangre de nuestro pulso
o con las lágrimas saladas de la alegría.
En todo caso, otra cosa.
Suspendidos del valle de nuestro acervo,
la cordillera nos queda tan cercana…
¿Quién puede dudar de lo que somos sino nosotros mismos?
Nos parecemos a aquellos gavilanes que,
desdibujados,
atraviesan el parabrisas del automóvil,
vistos y no,
y continúan volando,
como el mar bajo la ola,
que existe más allá de sus tormentas
o sus recalas sobre rocas o sobre leves
y curvadas y amplias viñas de arena.


Plantaré para que la dicha
te asome al menos una vez por semana,
sobre nuestros pechos o la muerte de lo malhadado,
pero alojaré, sembraré
quebrando nuestro vuelo
en el que giraremos rumbo al norte de la esquina,
donde los pasajeros ya no pueden vernos.
Porque nosotros, amor, somos otra cosa.
Tal vez palomas, tal vez árboles
como la encina y el tilo, tal vez,
no más, que una plaza de octubre
engalanada con farolillos de abril.
Algo así como compañeros del tiempo.

Sofía Serra, 2009 (de Canto para esta era)

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Un verde en dos poemas de "Canto para esta era"

(Correcciones "Canto para esta era")


Corazón, verde y joven corazón


Sé de más verdes corazones
que los que la cristalina sombra
y la juventud auguran.
De donde yo llego,
todos se funden en armónico galimatías.
Allá, el verde es tan sólo un color.
Camina el soldado por la desierta llanura
poblada de esmeril y rubia yerba agostada,
sobreentendiendo que,
a su paso, el sol sólo hace
vegetar lo que como astro solicita,
cuando, sus hombros, su gentil nuca
y su verde corazón soportan
el peso consumado de la existencia,
los valles habitados y la misma cordillera
que renquea cuajada en cojeras al son
de la irrevocable cadencia de
sol muerto,
sol vivo,
luna con el orbe,
tierra de planeta sobre la estera de la puerta
en el zaguán de la nomenclatura
de aquél que padece y no sonríe.
¡Ah!, mi verde y joven corazón,
eterno bajo las pieles ajadas por el acomodo
y las jactancias, bajo las víctimas
y los ruidos externos y arrugados,
los síncopes de las ajenas melancolías,
los cortafuegos a tu propia pista…
¡Ah!, qué bien combates como valiente soldado,
corazón, ¡verde y joven corazón!
Tan solo.
Tan solo...
Tú, arquitecto de pirámides,
único posible guerrero cuando el silencio
no deja ni piedra sobre piedra allá en la tumba.




Aún tu joven y verde corazón


Aún en todas las batallas del mundo
se alza tu estandarte extendido,
sábana de paz aleteando
al compás del poderoso y rítmico eco
que el pálpito de tu pulso
generoso y, aún, todavía, aturdido
por los menoscabos que tus pasos, aun escasos,
van absorbiendo desde la arena a tus huellas,
desde el agua salada a tu suave planta,
a tu carne aún joven,
a tu alma grande aunque tierna,
imprime en el libro del orbe.


…Que no lo tumbe el rompiente
de las olas de los mares ajenos.
Que las lenguas de sus mareas,
vivíficas como páginas de agua,
sólo te laman las heridas.
Si es que hubieses de padecerlas.


(Sofía Serra, "Canto para esta era", 2009)

jueves, 20 de octubre de 2011

Epílogo (Canto para esta era)

Pertenece a "Canto para esta era", está allí en el blog de su poemario, pero quiero hoy, dos años y diez días después de haberlo escrito,  traerlo hasta aquí.


Epílogo

En el límite de este entredicho
te propongo ajustemos cuentas
sobre los pasos dados
desde tu fiebre o la mía,
sin maniqueísmo ni torpes esdrújulas
que enturbien el mar alegre
donde podemos lavar nuestras manos.
Aquí tú y aquí yo
frente a la espera,
anudados por nuestra vital secuencia,
mirándonos los pies mutuamente,
contemplando cómo el borde salado
agiganta el vacío bajo nuestra posada,
nuestra común estancia arenosa.
Y, ahora, te pregunto:
¿Qué mejor hacer sino amarnos?


oOo

Sofía Serra

jueves, 1 de septiembre de 2011

Corazón, verde y joven corazón

Este poema lo compuse para exactamente mi hijo, inspirándome en una fotografía concreta de dos años antes, la que expongo más abajo, pero hasta hoy mismo no me he dado cuenta de que hablaba de otros y hasta de cualquier otro verde corazón. Los poemas que escribimos también nos hablan a los mismos autores tiempo después de escribirlos.
Aprovecho esta entrada para comunicar que he decidido ir pasando a papel por mí misma los poemarios que vaya terminando de corregir. He aprovechado durante el verano para hacerme con el funcionamiento de un programa de maquetación distinto del que dispuse cuando estuve en la editorial. Sólo me queda resolver el problema de las portadas porque no estoy segura aún de qué materiales usaré.
Empezaré por "Canto para esta era", del que este poema forma parte, que es el siguiente que siempre he pensado como el siguiente para poner en papel, aunque sea la segunda parte de una trilogía. Por eso lo he desenlazado de su fotografía en la columna de la derecha.
(Y ahora me doy cuenta de que sin pensarlo hace como un mes que decidí cambiar la tinta con la que este blog se escribe, del matizado gris al verde... cosas de la poética de las cosas, ;)



Corazón, verde y joven corazón


Sé de más verdes corazones
que los que la cristalina sombra y la senectud auguran.
De donde yo llego, todos se funden en armónica algarabía.
Allá, el verde es tan sólo un color.
Camina el soldado por la desierta llanura
poblada de esmeriles y rubia yerba agostada,
sobreentendiendo que,
a su paso,
el sol sólo hace vegetar lo que como astro necesita,
cuando,
sus hombros, su gentil nuca y su verde corazón
soportan el peso consumado de la existencia,
los valles poblados y la misma cordillera renqueante
cuajada en cojeras al son de la irrevocable cadencia de
sol muerto,
sol vivo,
luna con el orbe,
tierra de planeta sobre la estera de la puerta
en el zaguán de la nomenclatura de aquél que padece y no sonríe.
¡Ah!, mi verde y joven corazón,
eterno bajo las pieles ajadas por el acomodo
y las jactancias, bajo las víctimas
y los ruidos externos y arrugados
y los síncopes de las ajenas melancolías,
las cortapisas a tu propia pista…
¡Ah!, qué bien combates como valiente soldado,
corazón, ¡verde y joven corazón!
Tan solo.
Tan solo...
Tú, arquitecto de pirámides,
único posible guerrero cuando el silencio
no deja ni piedra sobre piedra allá en la tumba.


Sofía Serra, "Canto para esta era" (2009)

domingo, 21 de agosto de 2011

Los dos poemas finales de "Canto para esta era"

Sin piedad


Así que aquí me hallo, en la otra orilla.
No resulta sencillo caminar sobre las aguas,
mas ¿quién puede decir que no tenga agallas
que me hayan permitido bucear
bajo los límites licuados del aire?
Es sólo que ahora me toca callar.
Después vendrán los evangelios,
las inasumibles interpretaciones,
pero yo os digo que sólo recordéis esta voz mía,
esta por la que nombro al hombre sin piedad:
Que no os améis, que no os améis como yo os he amado.
Que no ceséis en la cesura de uno a otro,
que procuréis mantener siempre el contacto
entre el candente hielo de vuestra mejilla
y la mejilla del hermano… digo, del contrario.
Que uséis la prórroga en proporcionar atajo a quien os mira suplicante.
Que cimentéis vuestros pies, costureros venidos a menos,
sobre la aguja imposible del tacón cercano,
el asesino,
aquél de una sola puntilla,
aquél que abre herida en el albero y en la tierra,
y en la franca yerba que ventila vuestro nido,
piolet para el hielo.
Jugad a construir arquitecturas efímeras,
ésas que con el fuego arden en la otra carne viva
o en la que al viento se la lleva el viento
tergiversando los relatos de las vidas inocentes.
Seguid con vuestra mutua tortura hasta que terminéis La Labor,
que sólo así el mundo podrá crecer en paz.


(Conspicuo y abrasador este poema me quema como granada con argolla extraída)


Así que aquí me hallo,
en esta otra orilla tan blanca,
y yo tan sedienta como si hubiera navegado por todos los mares,
caldo de cultivo órbico.
No oscilo, perpetuamente íntegra, demasiado íntegra…


Así que ya, tras de ti y al paso
solícito y ferviente servidor de tu mirada,
me yergo sobre este lugar ajeno a los raseros y las yuntas.
Así que sin arte de magia, sino con humano encono,
ahuyenté por fin a las gaviotas salobres
y bajo las catedrales cristalinas renací como una diosa,
afrodita de la pensilvania (*),
quimera enrojecida por el tumulto y la feroz ardentía de las arenas.




Epílogo


En el límite de este entredicho
te propongo ajustemos cuentas
sobre los pasos dados
desde tu fiebre o la mía,
sin maniqueísmo ni torpes esdrújulas
que enturbien el mar alegre
donde podemos lavar nuestras manos.
Aquí tú y aquí yo
frente a la espera,
anudados por nuestra vital secuencia,
mirándonos los pies mutuamente,
contemplando cómo el borde salado
agiganta el vacío bajo nuestra posada,
nuestra común estancia arenosa.

Y, ahora, te pregunto:
¿Qué mejor hacer sino amarnos?


***


Sofía Serra, "Canto para esta era", verano de 2009 (fecho cuando lo termino de escribir sin correcciones)


(*)  Este verso me ha deparó gratas sorpresas, una de ellas:
Cuando, dos poemarios después, casi tres, titulé ese "tercero" como "Los parasoles de Afrodita", no tenía conciencia de que había escrito este verso. El nombrar a la diosa en ese poemario llegó por otros cauces completamente ajenos a los que favorecieron incluirla en este poema.

 
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