jueves, 28 de marzo de 2013

Mis muertes

Mis muertes

Mi abuelo paterno cambió de marca de tabaco. De Goya o Ducados, empezó a fumar Sombra. El médico le había recomendado no fumar o cambiar a esa marca, la primera “Light” que apareció en el mercado español. Lo recuerdo como unos tres o cuatro años consumiéndola y moderando radicalmente su ingesta de humo. Después le vieron una manchita en el pulmón. Me dijo madre: pulmonía de juventud mal curada. Dijeron los especialistas: Biopsia. Y entonces, murió a los pocos meses de que se la practicaran.
Me recuerdo camino del cine de verano con mis hermanas, la primera vez que íbamos completamente solas. Yo sintiéndome muy orgullosa de poder cuidar de ellas esa tarde-noche en la que murió, la tarea que mi padre me había encomendado: es que se ha muerto nuestro abuelo, decía alguna amiguita o amiguito del barrio que nos íbamos encontrando, así estamos (están, son pequeñas) distraídas, me ha dicho mi padre.

Celi: su mano en la esquina del pasillo del piso de la calle Imperial, nos asustaba asomándola sujetando un paraguas cerrado. Nos reíamos de puro miedo o nervios, alteradillas. Éramos más pequeñas que ella. Pero poco, lo suficiente para distraernos, lo suficiente para aún divertirse con niñas algo menores. Después su muerte. Un tumor cerebral, nos dijo mi madre. Vómitos, ceguera, operación, apenas unos meses y a los 14 años ya se fue.
Aún puede verse su triste mirada en las fotos de comunión de mi hermana. Estaba previsto desde hace mucho. Pero entonces yo no sabía.

Mi abuela paterna: con 94 años ya muriendo, no te preocupes abuela, ya viene el médico, y me cogía la mano apretándomela, ella, que ni casi besos había dado, me miraba con sus ojos brillantes, y yo,  "quieres que venga el médico, ¿verdad abuela?, asentía con su cabeza, “para ponerte buena, ¿verdad, abuela?”, y entonces vi resbalar las lágrimas (las de ella, que nunca había llorado) sin dejar de mover su casi esquelética cabeza de arriba abajo: ¡sí, sí, sí! me decía con su desesperados ojos ya siendo lagos. No quería morir. No he conocido a nadie que se agarrara a la vida como ella.

Mi padre: sus hombros bajo la camiseta interior, le apreciaba sus huesos bajo el tejido aunque no estuviera tan delgado. Cierta ausencia de la carne, como si esa materia comenzara a desaparecer antes de morir. Su nuca al practicarle el rapado común en la idiosincrasia familiar de varones calvos. Semana santa en el campo sin ellos. “Mamá, ¿cómo está-estáis?”. “Bien, hoy se ha tomado el vino con la pajita porque no podía llevarse la copa a la boca, pero bien”. Cuelgo el teléfono cuando termina la conversación. Salgo de la casa hacia la grama rompiendo en llanto desconsolado. “yo no quiero que mi padre se vea así, M., ¡no quiero!, ¡es horrible!, que se muera ya... con lo que mi padre ha sido, ¡cuánto tiene que estar sufriendo!”
Murió inmediatamente tras mi deseo, la madrugada del sábado al domingo de resurrección.
Y él no era creyente.
Ni yo.
Pero sentí como si alguien me dijera: me lo llevo, ¿no ves q mañana se resucita?

Mi madre, la veo morir, irse aunque algo en su cabeza no se lo diga. Ya tiene los tobillos tan hinchados como mi padre. Sé que le falla el corazón por pura evolución natural de su enfermedad. No quiso ir al cardiólogo hace dos años. Y la comprendí. Total, si lo que tiene es una fibrosis pulmonar. Hasta donde llegue. Ese hasta donde, que sea de la mejor forma posible. A su aire. La única buena forma.
Mi padre tuvo el valor de irse en zapatillas a la calle cuando no le cabían los pies en los zapatos, a pasear por la Encarnación (lástima, no conoció las setas. Bueno, lástima no, mejor). Así nos lo encontramos una tarde noche de febrero: “venga, M. vamos a tomarnos un cubata”, y yo enfadada porque ni aún enfermo quisiera dejar ese costumbre vespertina. ¿Y para qué?, pensaba luego… mejor el disfrute, su voluntad.
Siempre la voluntad.
Mi madre no quiere que me quede con ella, voy, apaño algo, el fregado, dos o tres cosillas, sus ojos cerrados, su “estoy más a gusto sola”… Yo me voy. Su voluntad. Apenas puede respirar, se alimenta de oxígeno y los buenos guisos que le prepara mi hermana, come aunque no tenga hambre, ella me lo dice, y yo recuerdo que en el hospicio de las monjas siempre fue una niña obediente, tal como ella siempre nos ha contado, muy obediente, siempre obediente, siempre...
Pero no quiere moverse ni para ir a la peluquería de la calle de al lado. Se rebela.
Su única rebelión.
Mi madre, mi madre. ¿Cuánto le queda de vida?
No quiero que se vea así. Sé que sufre. A su forma.

La muerte no es mala. Es malo el dolor. La enseñanza para nada. El aprendizaje y que nada de lo aprendido sirva. Ni el dolor siquiera.
No saber, no ver, no percibir: la técnica del no dolor. La única.
Y sé que soy incapaz de aprenderla.

(Once años hace que él murió, once años después, un 30 y un 31 de Marzo caen en la misma secuencia, sábado de pasión y domingo de resurrección. Supongo que tengo miedo y que, como siempre, practico el único mecanismo de defensa que conozco, prepararme, doler antes del dolor.)

5 comentarios:

Norma Aristeguy dijo...

Un texto donde todas las muertes del relator son importantes, pero se destaca la de la madre.
la madre que muestra los pegotes de piel de generación en generación que han venido con ella, un ser puro, valiente, luchador pero que no sabe del disfrute, porque así vino al mundo esa gestación de vivientes, con férrea voluntad, con honestas actitudes, siempre dispuestas al sufrimiento. Su rebelión consiste en evitar lo que puede darle placer. Es cierto que la muerte no enseña, sólo deja resquicios de dolor en los que quedan que a la vez no pueden evitar esperarla, esperarla a la orilla del círculo de la vida. me encantó Sofía. Un cariño. Norma.
E

Rafael dijo...

Leerte en este texto es recordar a la vez los momentos personales en que cada uno hemos tenido que pasar por esos momentos y enfrentarnos a las mil preguntas sin respuesta y a todo lo que tú, tan certeramente dices.
Un abrazo especial en esta noche Sofía.

Amando García Nuño dijo...

La memoria se nos va llenando de muertos, de experiencias donde también emerge, poderoso, el sentido de la vida, y de su brevedad. Yo ya perdía a mis padres,y tuve la sensación,al faltar ambos, de un fin de ciclo.De un ciere definitivo a mi infancia de 55 años. Efectivamente, como decía mi medio paisano Gil de Biedma, envejecer, morir, es el único argumento de la obra.
Salgamos a escena. Un abrazo

Robín dijo...

¿ qué decir, qué hacer, qué mejorar ?

RAFAEL MÉRIDA dijo...

Impresionante, desgarrador, sincero hasta verse las entrañas de la muerte y de la vida, del miedo y de la verdad sin mentiras. Me has conmovido. No sé que más puedo decir, sólo que es muy humano tener miedo, saber a qué se le tiene miedo, afrontar esos miedos y respirar sabiendo que se respira de un modo tan humano. Un abrazo que al menos te reconforte. Curioso lo que dices de la fe, algo parecido me ocurrió a mí. Yo, cuando mi padre lo estaba pasando peor, hace ya más de doce años le pedí a mi Cristo de la Buena Muerte de San Julián que acudiese en su ayuda y sólo tardó unos minutos en ocurrir el desenlace...

 
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