lunes, 11 de marzo de 2013

El beso

El beso

dejaré de luchar hasta que la noche
se haga luna y sin mayúsculas
por no estorbar a la mañana
acierte en el vértice de occidente,
soplo:
la avena, que aún no ha nacido
ni espigado sus delgados tallos,
se ofrece verde y valiente
a tumbarse tras el jadeo,
y, así, poder extender
la numantina acacia —espinas
y flores pequeñas y frutos enormes
como vainas de algarrobos,
las que saben a chocolate—
si claudicáramos ante
el indeciso
si decidiéramos vivir
el insaciable
con su juventud de gozos
y sombras perderíamos
lo que siempre nos obtuvo
tristes como causa o efecto:
la permanencia sólo algo absoluta
de la más sufrida necedad humana:
la envidia.
porque con un tú más desear tu bien
me dirijo hacia mis propias luces
de bestia redimida en el arcén del ocaso,
salvada y sanada
por las manos
del que cuida.

No se complicaron
la vida nuestras bocas.
terminaron su tarea
el mismo instante
en que murieron por mor
del delirium tremens,
borrachas de contenido,
de amor.

Sofía Serra (De Suroeste)
 
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