lunes, 25 de octubre de 2010

El primer asistente, confirmado, a la presentación de "La presencia por la ausencia"

IN-VERSO-VERITAS


Título de la fotografía: Doméstica puesta de sol (2005)


Dicen, y algunos se quejan y otros se alegran, que a las presentaciones de los libros que una escribe va la familia y los amigos. A la del mío, tengo la suerte de que acudirán esos buenos amigos que han decidido acompañarme en presentación con sus voces, pero por las circunstancias espaciales muy especiales, mi familia no podrá asistir.
No es algo que me afecte demasiado a nivel de “autora”. Soy la que ha escrito el libro y se supone que la autora debe estar, como mínimo para dar la cara, ya que por el contrario opino que un libro tiene que bastarse por sí mismo. Pero costumbres, con las que esté más o menos de acuerdo, nombran, y una no es una inadaptada.
Mi familia soy yo un poco, o yo soy ellos, y yendo yo, ella va. Como digo, no es eso algo que me preocupe o afecte; tal vez, si lo hace, más por ellos que por mí, porque sé que desearían estar presentes.
Pero sí recuerdo “ahora” a alguien que, aunque no sé si le habría gustado estar, porque no era para nada amante de la poesía, dicha sea la verdad, sí merecería figurar, FIGURAR, en ella. Simplemente porque fue la persona que desde que fui muy pequeñita, me enseño a leer cuando la que suscribe contaba menos de dos años, me inculcó el amor por la lectura. De él creo, de ese amor por esa actividad, sin querer, derivó mi gusto por la escritura. Esa persona a la que me refiero fue mi padre.
Por eso, aunque sólo por eso fuera, debe figurar en la presentación de este libro.
Carlos Serra Blanco, Carlos Vicente Serra Blanco. Un hombre de su época (nació en el año 31, para más datos sobre su forma de ser podéis acercaros al blog de cocina que hice para mi madre; ahí desgrano por voz de mi madre anécdotas curiosas y creo que medio divertidas que hablan sobre su carácter) que desde que empezó a ganar dinero con su trabajo a la edad de 15 años empezó igualmente a gastarlo en libros, novelas sobre todo, los coleccionables de por entonces cuando era jovencito; tenía miles; después las iba encuadernando formando tomos que yo me bebí durante mi adolescencia. Conforme cumplía años fue accediendo a otro tipo de lecturas, aunque siempre casi sin dudarlo, novelas y novelas, sobre todo de autores americanos, y siempre buenas. Venga novelas. También ensayos históricos contemporáneos y algunos clásicos de siempre. Cuando compré mi primer libro de poesía con 13 años, me lo decía: “es que nunca he podido con la poesía, niña, nunca”.
También a él le debo mi afición por la fotografía, a él y a su padre, mi abuelo. Ambos poseían sendas cámaras de marca alemana que andando el tiempo me dejaban coger y disparar. No revelaban, sólo tenían miles y miles de fotografías familiares. Todas, o la mayoría, en blanco y negro.
Cuando adquirí mi primera cámara con mi dinero (digo lo de “mío” porque fue el primer sueldo que gané), con 13 años, y disparé mis primeras fotografías de “mi “ primera cámara, una, a una palmera recortada sobre el cielo azul y otra a otro árbol de denso follaje mirado a contraluz intentando evitar el deslumbramiento del sol procurando taparlo con sus hojas, me lo decía: ¡pero niña!, ¿y la gente?...no hay gente, ¿por qué no retratas a la gente?... - Ah, papá, y yo qué sé -le decía algo decepcionada ante su protesta-, ¡pues porque hago fotos de lo que me gusta! Él a continuación: -Pues a mí no me gustan las fotografías sin gente.
Y así siempre. Por eso digo que no sé yo cómo contemplaría eso de que su hija mayor fuera a presentar un libro de poesía. Imagino que se alegraría, claro, aunque como buen ser social de su época, y de su sexo, le costara muchísimo expresarlo. Simplemente las circunstancias socioculturales no permitían una correcta educación de las personas en ese ámbito, el de la expresión de las emociones.  La guerra civil y los posteriores años del franquismo hicieron mucho daño en la psique natural de cada ciudadano de este país, de muy variadas formas. Con que solo la Institución Libre de Enseñanza hubiera podido seguir progresando, nos habríamos ahorrado algunos inconsecuencias en la actitud general del ciudadano medio español.
Cuando me casé le dijo a mi marido: -Te llevas lo mejor que tengo (sé que mis hermanas y hermano no se ponen celosos, porque siendo las únicas palabras más sinceras emocionalmente hablando, hilando con sus sentimientos, que mi padre haya podido pronunciar en lo que fue su vida, su noble disposición, la de mis hermanas y hermano, mi padre también lo era, hace que hayan agradecido siempre haberlas podido oír aunque no se refiriera a ellos. Daba igual. Podría haberlo dicho de cualquiera de sus hijos.)
Pero la cuestión es, y por eso también lo digo, que es una persona que debe figurar en esa presentación, porque su muerte, hace unos ocho años, coincidió en el tiempo con mi entrada de lleno en el mundo de la fotografía a través de la técnica digital. Así que, sin preverlo, la primera serie que hice (abril del 2002) con conciencia de conformar serie fotográfica, cuando ya llevaba varios meses en estos asuntos, se la dediqué a él (murió un 31 de marzo, madrugada de domingo de resurrección). “Echar de menos” se titulaba la serie (como se puede comprobar esta autora era entonces una auténtica nulidad titulando) y, riéndome lo digo, daba la justa casualidad de que todas las puñeteras fotografías, unas treinta en total, eran fotografías de árboles, ni un alma se veía en ellas, ni una "gente", todo árboles, concretamente encinas, de allá del campo, el terreno que treinta años antes habían adquirido mis padres, ya que, por su consecuente y perseverante sentido de las cosas, siempre se negaron a comprar un piso en propiedad, y, dado que mi madre se había reincorporado a su trabajo como enfermera tras la “baja obligatoria” que en época de Franco sufrían las trabajadoras en cuanto se casaban (estaba muy mal visto que una mujer con hijos trabajara), y contemplando además ambos que la economía doméstica se aliviaba algo, y que tradición familiar era el gusto por las escapadas al campo, y dado, en fin, que en España se estaba extendiendo la pérfida manía de vallar todos los terrenos accesibles para los domingueros que seíta en ristre nos disponíamos a solazarnos en el contacto con la naturaleza cuando llegaba ese particular día de la semana, comprendió (comprendieron) que sería una al menos disfrutante inversión adquirir una hectárea de terreno “salvaje” en esta españa de dios, y por entonces, también de otros muy pocos.
El caso es que a partir de esa serie, mi implicación en el terreno de la fotografía fue completa, hasta la médula. Y, a la vez que ella, llegó, por otros puntuales avatares, el decidirme a guardar todo lo que habitualmente iba escribiendo, normalmente, poesía.
Surgieron dos o tres poemarios antes que éste que se presenta desde ese mismo instante. En el primero de ellos escribí un poema a mi padre, el único que le he escrito en toda mi producción directamente a él, apenas unos meses después de que falleciera.
Es el que reproduzco más abajo.
Va ser la forma en la que mi padre va asistir a esta presentación, la primera, no sé si la última, que se hace de un libro escrito por su hija, y, por tratarse de él, del poema y de mi padre, voy a permitirme el lujo de explicarlo ligeramente, algo que creo nunca debe hacer un poeta, porque simplemente pienso que ese ejercicio, realizado por la autoría, comporta una falta de respeto hacia el lector. Cualquier obra artística, sea cual sea su calidad o envergadura, sólo termina de hacerse cuando el receptor la recoge. El artista, escritora en este caso, sólo debe limitarse a hacer lo es su trabajo, esto es: HACER.

XIV

No puedo cantarte,/
padre... ¿eras?, ¿existías?.../
Pecho curvado como quilla de tus amados,/
y algo de sangre,/
y en mi dolor siempre tu voz./
...Tanto faltas que prefiero no nombrarte aún./

Para la luz, tus palmeras,/
y para el vientre, tus naranjos./
Y para mis manos, tu espejo de juego vespertino/
acrisolado en marfil y azabache por los besos de tus hijas, levantadas./

Te recuerdo tan débil,/
casi cristalino en tus huesos,/
perdido en tu obviedad de cordero, presto y pleno/
de inocencia,/
negro ya ante el desencuentro fulminante de tus últimos pasos./

De la luz al blanco,/
de tu vergel al azulejo... y al suelo./
Para doler blandas miradas que te amaban,/
para poblar, por fin, tu último huerto./

Sofía Serra. Asesinos de almas (2002)


En él hablo de su amor por los árboles, porque sembramos muchos en el campo, con mil discusiones incluidas, a gritos si era posible acompañadas de ofrecimiento de cigarro oportuno para, entre calada y calada intentar dilucidar entre los dos cuál era la mejor forma de sembrar el espécimen, o de simplemente, regarlo; de las palmeras que había logrado hacer germinar a partir de huesos de dátiles frescos; de su gusto por las naranjas, sembrar sus árboles y comerlas (son buenas para la barriga, decía, para dar de vientre, claro, aclaro); de las dos reproducciones en forma de maquetas de barcos antiguos que había montado hacía unos años; de la única vez que le oí pronunciar un sueño en voz alta: “yo, Sofía, no me puedo morir sin ver convertido esto en un vergel” (por “esto” hay que entender el semidesierto en el que el campo se convertía llegado el verano); de su gusto por el juego del dominó y de la de tardes que lo disfrutamos allá bajo la sombra de la encina de la grama, cuando el campo conformaba  paraíso de esparcimiento familiar; de la última vez que lo vi días antes de que muriera, ya muy endeblitos sus hombros, que imaginaba a través de la camiseta interior de color blanco, pues andaba arrastrando recaída desde seis meses antes, cuando fui a "pelarlo" con una maquinilla que entre él y mi marido se habían comprado para poder lucir siempre calva bien rapada; de cómo murió (le dio un segundo infarto creo que 15 años después del primero) en el cuarto de baño de su casa en Sevilla, cayendo fulminado, dándose de camino, y para no desperdiciar la ocasión, con la cabeza en el lavabo, con lo cual manó de su piel muy morena y brillante un poquito de sangre; y del huerto, le encantaba comerse esos tomates recién cogidos, con mucha sal a ser posible. Y del Huerto también que no es otra cosa para mí la muerte.
No, no fue la enfermedad la que lo mató. Fue él mismo. Murió como siempre había sido, haciendo lo que de las narices le salía, murió por nunca dejar de ser, ni con una cuarta parte de corazón vivo que tan sólo le quedó tras el primer infarto producido, sin nunca padecer del corazón, por un corte de digestión que le sobrevino al adoptar su veterada e imprudente costumbre de dormir la siesta en el suelo con el ventilador delante del cuerpo extendido durante los días del caluroso estío sevillano. Este segundo sólo le llegó por querer seguir pedaleado en bicicleta para hacerse no un kilómetro, no, sino veintitrés exactamente(“¡Hasta Dos hermanas, Sofía, he ido hoy hasta Dos hermanas en bici!”, me decía desde los adoquines de la barreduela a la que asomaba mi casa en Sevilla. Se refería a que en el gimnasio en el que se había apuntado había hecho 23 kms en la bicicleta estática, claro está. Es que siempre lo digo, y creo que con razón, aunque sea de las pocas cuando hablo: que era un poeta, vaya), o por seguir recogiendo “flores”, como literalmente él llamaba a los cagajones del caballo de un vecino de allá del campo, carretilla en manos, a pleno sol y en plena canícula, y a ser posible tres de la tarde, en bañador y sin gorra, para abonar los árboles. Murió tomándose el cubata de por la tarde y tan sólo fumando un poco menos. Murió siendo él siempre él mismo, y pienso que no hay muerte más digna para cualquier ser humano. Elegida casi.
Sé que se alegraría de ver en el cartel de la presentación esas encinas que se pueden contemplar aún caminando por el senderito que entre él y yo construimos a base de piedras traídas desde el riachuelo cercano, y que recorre el lugar que va desde la cocina hasta lo que es la “casa de mis padres” en el campo, la zona destinada a tender la ropa de las coladas. Esas toallas a modo de telón de escenario en la fotografía del cartel lo atestiguan.
No, no es su ausencia la que retrato en ese libro. En realidad las ausencias son sólo llenos de otras cosas, las cuales no sabemos aún asimilar, porque en realidad sólo el tiempo, nuestro compañero, hace que sepamos reconocer como nuestras. En mi caso, puede que entre otras, el hecho de la actividad creativa, que de alguna forma, o de muchas, a su pesar o no, es lo de menos, fue favorecida por mi padre.
Por eso esta entrada en este blog. Por eso él estará por decisión mía y a través de esta entrada, presente en la presentación del libro de poemas de su hija.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Para aclamarse autora antes hay que serlo ¿no?
Si no es ridículo, vamos como proclamarse campeón del mundo de algo sin haber combatido.

Anónimo dijo...

No soy la autora de la entrada, y no entiendo su comentario. Haga el favor de explicarse y de corregir la expresión "aclamar" por "proclamar", porque si no se ha equivocado usted mismo se ha respondido, y se ha quitado la razón, en su comentario.

Anónimo dijo...

Estoy totalmente a favor de lo dicho por el segundo anónimo, y respecto al primero sepa usted que en función, no sólo de su manifiesta incapacidad para la comunicación por escrito, sino también de su, ignoro si voluntaria o no, capacidad para ignorar la carga emocional de la entrada en cuestión, así como de su explícita falta de respeto, no ya hacia el concepto de padre en sí, sino hacia el padre de la autora que podría traducirse incluso en una muestra de desprecio hacia la relación que los une, y añadiendo a todo lo anterior lo que en función de su comentario me permito calificar de situación deliberada de ignorancia acerca de la materia en cuestión; en función de todo eso, repito, me permito concluir totalmente libre de prejuicios y en la libertad incodicionada de mi intelecto que es usted un necio, un cobarde, y un maleducado, y si resulta que no es varón, aplíquese el grado de Hombre.

Es usted un cobarde por negarse a aceptar la más que evidente, como ya he dicho, carga emocional de la entrada, un necio por ser incapaz de entrever la facultad de la autora de la entrada para construir un texto que no degenere en lo puramente sentimental, y un maleducado por atreverse a comentar de tal manera en un espacio que por sentido común pertenece únicamente a un padre y a su hija.

Buenas tardes.

Anónimo dijo...

Para el primer anónimo: le recomiendo que deje de mirarse el ombligo y se tome la medicación. Me parece de muy mal gusto y de cero estilo este tipo de comentarios en manifestaciones íntimas y personales. Como se dice en mi pueblo no hay más cojones que los huevos y, perdona Sofía, si el campeón del mundo de los gilipollas quiere me tiene a sU disposicióm para lo que requiera, como diría mi querido Carlos Gardel. Resumiendo anónimo 1: eres un perfecto capullo !!FELICIDADES¡¡

MTR dijo...

Por cierto, anónimo 1, tu madre debería haber apretado las piernas cuando naciste.
Sofía, acabo de comprar el libro de tu AUTORÍA en el C.I.

MTR dijo...

Joe!!! Es que me quedo pillao. Sofía, banéame que no me puedo controlar la lengua...¡¡MENUDO LERDO!!

Anónimo dijo...

anónimo 1 esto solo tiene una solución: a meter la cabeza en el culo y respirar fuerte, vas a ver que divertido.

 
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