Un poema de los que considero impublicables, por malo, escrito en el 2002, me sirve hoy. Me despierto con esta necesidad: He de volver a la alegría. Mi propia percepción sobre mi tristeza es la que me hace llorar. No soporto la tristeza en mí. Acudo a mis propias palabras. Me martillean en la cabeza hasta que por fin he dado con el poema. No estaban escritas. Lo retitulo:
He de volver a la alegría.
Sólo he tenido que corregir unos singulares, convertirlos en plural.
La tristeza es la derrota de la voluntad.
He de volver a la alegría
Mis padres eran alegres.
Y tus ojos, y tus manos jugueteando son alegres.
Tu piel bizantina es alegre,
y alegre es la sinfonía que anega mis oídos
cuando ni siquiera mis ojos te han visto.
Alegres son vuestros pasos,
robustos y razonables, sonoros,
trepidantes hasta para las colonias
de guijarros encementados.
Alegres el día y la noche... Debo volver a la alegría.
A la alegría de mi alma vasta,
a la luz que verdea el edén familiar,
al surtidor de todas mis plegarias.
Alegre comienzo la vida, la casa y la cosecha,
alegre estudio en mi cóncava realidad
de poeta sin remedios ni recursos,
alegre plenamente, obscenamente.
Alegre hasta para el sol abierta,
alegre para el sueño,
para el deseo de todos los buenos aconteceres,
alegre desde el mar para los míos y todo lo mío:
El aire, la tierra, los árboles, las piedras de mi esmeril verdadero,
las adelfas dormidas hibernando en su líquida cueva.
Alegre para más de uno, pero una.
Alegre, porque érais alegres y no debo transmutaros.
Huerto, alegre has sido con sus manos
que como tórtolas me acarician,
tórtolas alegres sobre mi piel,
tórtolas de terciopelo que poseen
el don de la cosquilla sobre el alma
que parecía muerta.
lunes, 16 de septiembre de 2013
domingo, 15 de septiembre de 2013
Verde y blanca
Verde y blanca
mi madre era blanca,
una variedad de trigo
que no se disculpa.
blancas sus manos, sus uñas
su pecho, sus hombros,
blancas sus cejas
sus piernas verdes
ya sé que sus ojos
pero su voz verde
que confunden, ellos,
con la mía blanca
y despojo de yerba
verde su tez inmaculada,
su albatros de amuras
cobijaban mi
corazón
verde tan verde
corazón
la semántica piel
vestido
mi duelo de esperanza.
mi duelo.
No lloro por mi madre.
Verdeo por mí teniéndola
cerca dolores, dolores,
dolores de desconsuelo
blanco.
mi madre era blanca,
una variedad de trigo
que no se disculpa.
blancas sus manos, sus uñas
su pecho, sus hombros,
blancas sus cejas
sus piernas verdes
ya sé que sus ojos
pero su voz verde
que confunden, ellos,
con la mía blanca
y despojo de yerba
verde su tez inmaculada,
su albatros de amuras
cobijaban mi
corazón
verde tan verde
corazón
la semántica piel
vestido
mi duelo de esperanza.
mi duelo.
No lloro por mi madre.
Verdeo por mí teniéndola
cerca dolores, dolores,
dolores de desconsuelo
blanco.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Maná de carnívora
Maná de carnívora
Siempre te relacionaré
con mi estómago,
tú ya lo sabes.
El nudo se me ha hecho un silencio.
Desde él hablo al ente
sumergido bajo el barro negro
de la injusticia sobre ti.
¿Qué ibas a hacer sino imperar?,
¿cómo si no cazar cervatillos
mamuts o bisontes?
La hembra en el nido
curtía tu armiño.
De noche en descanso
el sol ahuecaba el día
para hacer lugar
a tus ancas de jilguero
recolector de las semillas
que introdujeron algunos manes
en tus testículos.
Cómo no averiguar
su color y su forma
si las zinnias ya florecían
allá por el pleistocénico
deseo de abrir la trampa
y la broma de los metales
que escanciaron sobre tu glande,
y yo, la orfebre y
bruñidora,
cómo no tallar
con mi lengua
el blando relieve
de tu isla y su palmera,
cómo no pulir
con mi boca,
muñequilla de lienzo
nacarada por los pinceles
de la historia blanca
abrillanto en círculos
la longitud de esos canales,
mis ríos de legítima abundancia
de ti y tus simientes,
cómo no soñar sobre su color
y tu sonrisa de perfil
al cielo
mana
la densa y líquida niebla
que abruma mi hambre
y me alimenta con tu salida
en busca de la carne
que nos hizo más inteligentes.
Simplemente,
mejor alimentados.
Como yo.
Qué dibuja las circunvoluciones
de mi cerebro
sino el silo
grande de tu glande
y mi enorme deseo
de justicia
sobre
ti.
Siempre te relacionaré
con mi estómago,
tú ya lo sabes.
El nudo se me ha hecho un silencio.
Desde él hablo al ente
sumergido bajo el barro negro
de la injusticia sobre ti.
¿Qué ibas a hacer sino imperar?,
¿cómo si no cazar cervatillos
mamuts o bisontes?
La hembra en el nido
curtía tu armiño.
De noche en descanso
el sol ahuecaba el día
para hacer lugar
a tus ancas de jilguero
recolector de las semillas
que introdujeron algunos manes
en tus testículos.
Cómo no averiguar
su color y su forma
si las zinnias ya florecían
allá por el pleistocénico
deseo de abrir la trampa
y la broma de los metales
que escanciaron sobre tu glande,
y yo, la orfebre y
bruñidora,
cómo no tallar
con mi lengua
el blando relieve
de tu isla y su palmera,
cómo no pulir
con mi boca,
muñequilla de lienzo
nacarada por los pinceles
de la historia blanca
abrillanto en círculos
la longitud de esos canales,
mis ríos de legítima abundancia
de ti y tus simientes,
cómo no soñar sobre su color
y tu sonrisa de perfil
al cielo
mana
la densa y líquida niebla
que abruma mi hambre
y me alimenta con tu salida
en busca de la carne
que nos hizo más inteligentes.
Simplemente,
mejor alimentados.
Como yo.
Qué dibuja las circunvoluciones
de mi cerebro
sino el silo
grande de tu glande
y mi enorme deseo
de justicia
sobre
ti.
martes, 10 de septiembre de 2013
El momento
El momento
Sólo sucede que cuando se rompe un vaso,
mi propia risa me duele
y soy yo la que recoge
hecha añicos la alegría
que la provocó ahondo
en las arterias de la lumbre plana
sedo bacanales de hambre
luego huyen como aves voraces y sedientas
de ombligos llenos de agua:
la tierra, la tierra madre
es mi abuela en la coyuntura
de esa escarpada linde
que me vio.
creo que nacer.
pero qué más da el momento.
La piedrecita rueda
por la cárcava arenosa del cabezo
de mimbre y cristal, la tierra amarilla
me cobija en su seda de lumbre
y hace décadas que aprendí a pintar
los colores del arco iris
con mis ojos fijos en el arroyuelo,
pequeño y mínimo
arroyuelo de agua dulce
que se deslizaba hacia el mar
y la torre albarrana en el mar
como ancla del mismo mar,
bellos tus lomos de tierra
y santo aroma del cañaveral
que endulza
mis dedos, las manos
nos damos las manos
junto a la orilla.
Sólo sucede que cuando se rompe un vaso,
mi propia risa me duele
y soy yo la que recoge
hecha añicos la alegría
que la provocó ahondo
en las arterias de la lumbre plana
sedo bacanales de hambre
luego huyen como aves voraces y sedientas
de ombligos llenos de agua:
la tierra, la tierra madre
es mi abuela en la coyuntura
de esa escarpada linde
que me vio.
creo que nacer.
pero qué más da el momento.
La piedrecita rueda
por la cárcava arenosa del cabezo
de mimbre y cristal, la tierra amarilla
me cobija en su seda de lumbre
y hace décadas que aprendí a pintar
los colores del arco iris
con mis ojos fijos en el arroyuelo,
pequeño y mínimo
arroyuelo de agua dulce
que se deslizaba hacia el mar
y la torre albarrana en el mar
como ancla del mismo mar,
bellos tus lomos de tierra
y santo aroma del cañaveral
que endulza
mis dedos, las manos
nos damos las manos
junto a la orilla.
NADIE
Nadie, absolutamente nadie merece este esfuerzo de dos personas. NADIE.
La pregunta es, ¿acaso la literatura lo merece?
¿Acaso el Arte?
Tampoco. Presunción en grado sumo. La literatura, el arte, seguirá su rumbo sin este o aquel esfuerzo.
¿Acaso nosotros lo merecemos?
Descansar, sí.
Lo contrario es tortura.
No lean, amigos, y, por favor, no escriban. Vivan, duerman, sueñen, mueran.
Yo haré lo mismo.
La pregunta es, ¿acaso la literatura lo merece?
¿Acaso el Arte?
Tampoco. Presunción en grado sumo. La literatura, el arte, seguirá su rumbo sin este o aquel esfuerzo.
¿Acaso nosotros lo merecemos?
Descansar, sí.
Lo contrario es tortura.
No lean, amigos, y, por favor, no escriban. Vivan, duerman, sueñen, mueran.
Yo haré lo mismo.
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