(Gracias, Juan Carlos)
Mar sesgo, viento largo, estrella clara,
camino, aunque no usado, alegre y cierto,
al hermoso, al seguro, al capaz puerto
llevan la nave vuestra, única y rara.
En Scilas ni en Caribdis no repara,
ni en peligro que el mar tenga encubierto,
siguiendo su derrota al descubierto,
que limpia honestidad su curso para.
Con todo, si os faltare la esperanza
del llegar a este puerto, no por eso
giréis las velas, que será simpleza.
Que es enemigo amor de la mudanza,
y nunca tuvo próspero suceso
el que no se quilata en la firmeza.
(Miguel de Cervantes. De Los trabajos de Persiles y Sigismunda)
domingo, 20 de enero de 2013
Las seis de la mañana y sereno
(hoy he gozado de una circunstancia que no recuerdo haber vivido nunca, aunque presupongo que desde los diez años para atrás sí la disfrutaría habitualmente, como es lo natural: despertarme siendo ya de día y tras ocho horas seguidas de reparador sueño, levantarme encontrándome hecho ya el trabajo, el día había despertado por sí mismo, sin mi ayuda. Cabeza loca y masoquista, lo tomo como un privilegio que me ha regalado la vida, el despertar de hoy. El poema lo escribí hace justo un año, estoy de correcciones con ese poemario.)
Las seis de la mañana y sereno
Hechos a tus manos o nuestros ojos,
armamos el mundo como un mecano.
las seis de la mañana y sereno
se posa el efímero poblado
sobre la loma de arena,
las sienes del amanecer
sonríen hasta abreviar juntas
el abismo de las nocturnas
paredes. beben verdes
las campanas a las seis.
enemiga empresa, no sé si noche
o día, cantarás donde todos
duermen maitines y vienes
a las seis de la mañana y serena
me poso en tu lengua
camino del pálpito de tu alivio.
las seis menoscabas y sereno
qué voy a ser yo si menos soy
que una pluma de almohada,
tan pequeñas, tan miles, tan decoroso
ni me arrastras por el extravío
de un mínimo encendido de verde
que se estrelle contra la hazaña
de haber nacido como flor
que se adoquina. Aglutinar
aquí sin amor ya viejo o sereno,
vivo en los intersticios de tu columnata.
Patio de luces esta Gran Edad
tan cercana a la noche
en la que el mundo de antes
dormirá para siempre.
(Sofía Serra. De Suroeste)
sábado, 19 de enero de 2013
La calle en invierno
La calle en invierno
la estación menuda
que avanza, la trágica grande
y liviana arenisca que se me prende
fuera del hombro,
camino de los dedos
de mi palma
abierta
en canal.
Perder mi mano
por tu piel
de gallina,
perder la tuya
en mi mucosa
sedosa.
cantaré. O graznará el cuervo.
En todo caso acaso
mi música en tu oído
amplio y acato
grisácea la tarde sola
vendiendo los girasoles
que aún no se han sembrado.
Yo me atestiguo semántica
sobre un gobierno de vicisitudes
que picotean minúsculas
el caliche de la pared vecina.
Un lazo de terciopelo azotado
al talle del árbol sin la hoja verde:
sonidos de la calle en primavera,
entremeses de poblado
que evocan la jaula
de los fríos de invierno.
(Sofía Serra. De Suroeste)
la estación menuda
que avanza, la trágica grande
y liviana arenisca que se me prende
fuera del hombro,
camino de los dedos
de mi palma
abierta
en canal.
Perder mi mano
por tu piel
de gallina,
perder la tuya
en mi mucosa
sedosa.
cantaré. O graznará el cuervo.
En todo caso acaso
mi música en tu oído
amplio y acato
grisácea la tarde sola
vendiendo los girasoles
que aún no se han sembrado.
Yo me atestiguo semántica
sobre un gobierno de vicisitudes
que picotean minúsculas
el caliche de la pared vecina.
Un lazo de terciopelo azotado
al talle del árbol sin la hoja verde:
sonidos de la calle en primavera,
entremeses de poblado
que evocan la jaula
de los fríos de invierno.
(Sofía Serra. De Suroeste)
viernes, 18 de enero de 2013
La des-des-pedida
La des-des-pedida
Las olas renuevan
el aire y la arena.
Muerta el hambre se acabó
la fiesta y la bestia muerto
el hombre dormido
el menor de los males
la arena conquistó la orilla
el mar rindió la retirada
la venganza de las conchas
floreció bajo la antigua espuma.
Y como la Tierra es redonda,
todo retorna a su lugar.
No hay más despedida
que la de la ola,
que se va para poder
volver a volver.
Sofía Serra (De Los cabezos amarillos)
Las olas renuevan
el aire y la arena.
Muerta el hambre se acabó
la fiesta y la bestia muerto
el hombre dormido
el menor de los males
la arena conquistó la orilla
el mar rindió la retirada
la venganza de las conchas
floreció bajo la antigua espuma.
Y como la Tierra es redonda,
todo retorna a su lugar.
No hay más despedida
que la de la ola,
que se va para poder
volver a volver.
Sofía Serra (De Los cabezos amarillos)
jueves, 17 de enero de 2013
El río viejo I y II
El río viejo I
Habituada a todo
tramo entelequias subidas
de nombre te engolfo,
te encabo, te arrío y encauzo,
río bravo, te avino el poniente
como lametón desde el juego
geográfico vendido entre cárceles.
Los cabezos se agrupan
en los márgenes de tu página
imantada por el sol de la lluvia,
cuando sólo soy yo,
blando y unísono excombatiente
de la guerra contra las piedras,
la venerable escritura de la montaña
que ríe pendientes con lamentos
por hacer qué queda.
Me abarco tan solo,
sugiero la planicie que me ama.
habidas voces se inventan
solitarias, regueros de luces
cristalinas que discurren sobre
salientes, las estelas de los caracoles
pavimentan los caminos de las luciérnagas de día.
Trasladé aminorando la marcha.
Ven y arróstrame
como muerto peso
pesado en tu balanza.
Sopórtame,
tus rodillas me aman,
soy blando lodo y mullido
suelo y solo para tu corona
de cruces.
Río enterrador de las tramas
ambivalentes, a un lado,
tú, al otro, el horizonte
amarillo y mi soledad.
El río viejo II
y qué que aquí
este varadero, esta sumisión
indiscreta a tantas preguntas
como respuestas y qué los ojos
y las huidas y mis dudas
y qué si el silencio hace presa
en tus dientes falaces
y ya ni castañean
cuando te obligo a pasar frío
a beber lejía a dormir
sobre el catre de la piedra dura.
qué me vas a decir que yo no sepa,
estampa verde de mi rostro afilado
y viejo consumido en la soledad
del llano de lo que ya era antes
que nada antes del mar
humillante me cobijas, mendigo
de la nieve blanca
y extranjera me deshaces
ser hasta dejar de ser
siendo tú.
Sofía Serra (De Suroeste)
Habituada a todo
tramo entelequias subidas
de nombre te engolfo,
te encabo, te arrío y encauzo,
río bravo, te avino el poniente
como lametón desde el juego
geográfico vendido entre cárceles.
Los cabezos se agrupan
en los márgenes de tu página
imantada por el sol de la lluvia,
cuando sólo soy yo,
blando y unísono excombatiente
de la guerra contra las piedras,
la venerable escritura de la montaña
que ríe pendientes con lamentos
por hacer qué queda.
Me abarco tan solo,
sugiero la planicie que me ama.
habidas voces se inventan
solitarias, regueros de luces
cristalinas que discurren sobre
salientes, las estelas de los caracoles
pavimentan los caminos de las luciérnagas de día.
Trasladé aminorando la marcha.
Ven y arróstrame
como muerto peso
pesado en tu balanza.
Sopórtame,
tus rodillas me aman,
soy blando lodo y mullido
suelo y solo para tu corona
de cruces.
Río enterrador de las tramas
ambivalentes, a un lado,
tú, al otro, el horizonte
amarillo y mi soledad.
El río viejo II
y qué que aquí
este varadero, esta sumisión
indiscreta a tantas preguntas
como respuestas y qué los ojos
y las huidas y mis dudas
y qué si el silencio hace presa
en tus dientes falaces
y ya ni castañean
cuando te obligo a pasar frío
a beber lejía a dormir
sobre el catre de la piedra dura.
qué me vas a decir que yo no sepa,
estampa verde de mi rostro afilado
y viejo consumido en la soledad
del llano de lo que ya era antes
que nada antes del mar
humillante me cobijas, mendigo
de la nieve blanca
y extranjera me deshaces
ser hasta dejar de ser
siendo tú.
Sofía Serra (De Suroeste)
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