martes, 4 de diciembre de 2012

El renacer

Llego y desembarco y, aunque estéis, no dependo de vosotros. La playa es también mía, soy más libre que vosotros, más sabia, porque he conocido. NO importa que me reconozcáis, me sobráis. Ni os detesto. No conformáis peligro ni alegría. Nada.
Soy yo
y los cabezos amarillos
y el niño que va conmigo.

vuelvo a la nostalgia
de una duda que mantuve
orillada entre tu desembocadura
y la mía porque, un arroyuelo,
¿no supone el acaso
de dos manantiales
que se unen?,
el del agua y el de la tierra.

¿Qué significa amar
sino morir lentamente
cuando se ama lentamente?

Recojo LPDA, que puso el lacre a mi espalda cerrando la costura desde tiempo inmemorial abierta, y cada poema se deposita en un gesto actual, de hoy, dos años y pico después.
A veces odio la poesía.
Pero es ella.
Y debo confiar.
Por más que me duela.
¿Quién quiere morir por amor?
¿Quién muere por amor?
Por amor ni la rosa se avejenta.

Lo he dicho varias veces. No me gusta publicar poemarios, libros. No me gusta. No me encandila. No me aporta nada (alguna alegría como la de mi madre, o como la de aquel querido amigo…). Siempre he odiado el plus de recuerdo que conlleva la escritura, incluida la fotográfica. No me gusta retomar a no ser que de mí salga. Poemarios escritos años ha o tal vez sólo algún mes terminados de revisar, ahora de nuevo en las manos adquiriendo semblante que sólo me trae tristeza. No me recuerda. Sólo es acritud de su descolocación en el presente. Ellos se ingieren a sí mismos y el tiempo les da su medida, pero ella no es la mía. Yo vivo con la luz, y la luz es el continuo, el “continuum”… lo único que me interesa seguir haciendo, continuar haciendo.
Que publiquen los otros.
Yo sólo quiero hacer.
Yo sólo soy feliz haciendo, encontrándome y encontrándote, todo lo demás no tiene que ver conmigo. Es ajeno. Es de ellos. Mis poemarios son ya de ellos. No deseo formar parte de la estructura. No formo parte más que de mí misma y la esencia que me (NOS) da de comer.
Me alieno, nací así.
Soy feliz así.

Sofía Serra (El desembarco, Los cabezos amarillos)

El alma del poeta

El alma del poeta

Es que te veo caminando
por donde yo anduve
sin saber
qué perseguía
sin saber
qué andaba
buscando,
que mirando,
te conocía.

ya los mirtos me jalearon
la osadía de romper
con la aurora, beber de los pozos
negros y hundir los bajos de mi alma
en el hueco duro de la encina,
y ahora los matojos, las piquetas
de la tienda y las esquinas de los cabezos
también cuadrados y rojos
me entristecen sin recordar
tu amarillo.
Será que sobre las margas azules
los naranjos no florecen.
A cambio las siempre vivas
blancas siempre casi grises
renacen desprendidas
de su arena isocromática.
la niña las recoge aprovechando
que el viaje se detiene.
Reúne el pequeño ramo
que la mujer blanca
lleva a su pecho.
Practica el gesto
de arrullar
el alma del poeta.

a estas bajuras de mi vida
me encuentro muy cansada
me detengo y siento
ser alguien que no desea
indicar el camino.
pero no tanto
como para no
acompañar
en él.

Ya que conocido, las margas
azules
guardan huellas de los cabezos
amarillos
gesticulan sus manantiales
irisados
alentando el alma
del poeta.

como pecho de hombre
tumbado
los cabezos amarillos
contemplan
mis costillas esparcidas
por la orilla mojada
reclaman
el mar de mi especie:
reconstruirte
en el mármol
que me acoja.

Sofía Serra ( de Los cabezos amarillos)

lunes, 3 de diciembre de 2012

La realidad


La realidad

Recuperaros ha sido el mayor desastre de mi vida, aún peor, vivir la locura sin nombre. Al menos allí la mañana blanca os lo daba. El de la desesperanza, la soledad, el desamparo, la pérdida, el azul, cualquier ideal humano tirado por los suelos. Destruido, machacado, triturado, hecho masa sanguinolenta, sin forma, sólo fondo, dolor. Y la necesidad de reconstruirlo aunque solo tuviera mis manos, simplemente porque si las encinas estaban vivas es que yo también lo estaba. Acá no me caben ni la desesperanza de no teneros ni la esperanza de poder soñar con vosotros. Las encinas supongo que siguen vivas. Pero no me ven. No tienen a quien amparar. Pienso en las que sembré desde bellotas. Tal vez me reconozcan, reconozcan una piel humana cuando dentro de cien años alguna mano acaricie sus hojas. Pero, ¿quién querrá acariciar la piel dura de la hoja de una encina?, ¿quién sabe que existe, a qué sabe, para qué sirve, cómo amuebla el suelo por donde caminamos? Cómo lo arman con sus encofrados de redes vivas. La realidad es que hace muchos años que dejé de tener nada que ver con vosotros. Y aún más nada qué mirar. A asimilar tocan bellotas de invierno y la hojarasca de primavera, ambas sobre el suelo.

Sofía Serra (de El desembarco)


La locura

La locura

La locura.

(Sofía Serra)

Las pesadas piernas

Las pesadas piernas

No, no era mi padre.
Era o soy yo misma.
Con mi iglesia me he topado.
A ver cómo la desarmo de sus dogmas.
De sus profesiones de fe.
De su santa inquisición.
De su concepto de pecado.
De su noción de culpa.
Me ha amarrado las manos y los pies
y aún me quema en el fuego
de las muchas dudas pretendiendo
expiar circunflejos actos reflejos
de mis apoplejías y mis leviatanes,
solsticios y yerbas duras de agosto secas
y prestas a ser devoradas por las llamas.

Tengo que componer un poema
para mí misma con mis brazos y mi talle,
los pies y las caderas que sortean
la vándala herida de haber nacido
ajena a ella, jugando tan lejos
de la reina de la noche.

Reivindicar a la niña que fui.
No, ¿para qué?
Hoy más sabia que ella más triste
también la paloma bebe de la charca
a la que acuden las moscas del hocico del ñú.
Solventar en un soplo tanta agonía es tarea de elefantes.
Quebrar la melodía hasta envilecer
la infantil herida que todos llevamos
fuera de las venas que se deslizan
por mi antebrazo entero,
cubiertamente entero,
carne completa y achubascada
cae desde la colina siempre verde
donde los jumentos aparcan sus raíces
en torno al viento fibroso.
Este torbellino indiscreto
recuerda que fueron uno y uno

los lapsos de tiempo de alguna piedra,
un descanso sedimentado,
una locución a media voz
que clama alegre gracias, ¡gracias!
por estar aquí y seguir siendo tú
lo que me sostiene en paz
con las piernas y sus varices
que ya no duelen,
que ya se han hecho
cauces grandes
por tanta sangre
acumulada.

(Sofía Serra, de El hombre cuadrado)
 
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