el rumor se hundió,
pero quedaron las olas
meciendo la despedida.
En silencio el mar,
la voz en silencio,
el murmullo callado
encallan las algas,
la vertiente del agua se desliza
y asume las sienes,
jamás hombre tan bueno
el que osó avanzar
sobre el líquido elemento
de la vida,
la existencia.
Es la primera vez.
Tu persona lo merece.
ahora que he decidido (todo me lo ha pedido, todo, incluso yo) frenar, pararme, sentarme no sé si a esperar, creo que no, tan sólo a intentar descansar y en el camino asentar la tierra que piso, me llegan. Ya hoy no soporto molestarme en indicar, ni siquiera en expresar la relativa indignación, relativa porque no es contra la persona, ¿no lo es?, no, es contra que se hizo así. Somos un poco, y hasta un mucho, todos.
Ahora que comienzo, o terminé,
me llegan. Y sí sé qué es peor.
Honestamente: aposté muy bien.
Yo no quiero ganancias.
(sábado 24 de noviembre, Sofía Serra)
lunes, 26 de noviembre de 2012
El encuentro I
El final
tramitando orígenes,
describiendo siendos
siendo senda siego
múltiples arbustos para verdear
esta casa redonda,
la exedra que me abraza,
aquí el mar y justo aquí la playa
venga y dime dónde te hallas
aunque yo ya sepa
que tú has llegado
jadeando duermen
los besos de la aurora
la senda que se cierra
y se abraza a sí misma
como siempre.
huyen las barcazas vacías
de aire nocturno
que exhala vapores
seducidos con el dulzor
de las cañas, tan fresca
la brisa veo
llegar al náufrago
sin ser
él piensa
las olas del mar,
y el mar
me hace la playa.
Dichosa la arena, feliz
porque el agua tiende
a secarla ante mi terraza.
Atrás la estantería estratigráfica,
delante, mi mesa donde escribo,
el aroma del tomillo y la sal
esculpen los pájaros bajo la torre,
ella se queda, yo me vengo.
Anida la córvida.
Las conchas de afrodita
cierran sus ojos
que ya no se ciegan
con el brillo
de las piedras,
tan solo piedras.
… y qué más queremos que piedras.
Ven y absuélveme, órgano sin nombre,
ven y ayúdame a solear este suelo
amarillo y negro como el plumaje
de los jilgueros que hasta aquí
arriban.
de alta mar.
Sin pesca, sin marinos,
ni los elefantes se asoman
a esta bahía redonda.
Ven y absórbeme, arena seca.
Desaparezco justo aquí
soy en mis orígenes
tercio el combate y ya
no lucho porque
he llegado a donde
quería
yo
y
ella
sabía.
quizás ha llegado la hora de descansar de escribir poesía. Asentar, sentada estoy aquí. A mi espalda el circo, la exedra pequeña dentro de la gran exedra de los cabezos amarillos. Ante mis ojos el mar, la orilla, el agua y la arena. Hacia mi derecha la torre. Ella ha quedado allá por mí. A mi izquierda no necesito mirar. Del mar llegará el náufrago o el valiente, tal vez el mismo hombre y mujer que aquí se sienta. Sentar y asentar, asentar esta tierra amarilla, verdear la linde con ramas llena de hojas perennes, rastrillar el suelo, peinar la arena casi tierra. Esta es mi biblioteca, las estanterías están repletas de ejemplares estratigráficos y a mis ojos los ilumina el esplendor del cielo semiazul, semiblanco, semiverde como el mar que es plena luz. Nunca me ciego, miro al sur aunque todo llegue por poniente. y todo vuele también, camino de sus orígenes también. veo pasar la nave vikinga de vuelta a su norte, veo llegar, veo volver todo a sus orígenes. Este es el camino de la esencia, redondo, siempre redondo. La curva que nunca se cierra, la espiral.
son tus espaldas marrones y tu nuca morena,
siempre pudiente, las que veo rozar el negro
del vacío, no te mueves, ni te pierdes.
No te das la vuelta.
y el mar pertrechado en el mar
y el vacío hacia donde vuelves tus ojos
con tu cabeza demudada en sonrisa
invulnerable, vuelven
las dulces patrias
la bienvenida otoñal
a la lugareña costumbre
de habitar la arena (como
habita la poesía)
antes de tiempo,
antes de que el mar
la cubra o la ame
antes de nuestra propia hazaña
de darnos
por vencidos
cuando no hay sentimiento
de derrota
o victoria
tuya ni de mí, el Nadie
de rumbo endogástrico.
Como el de los erizos
vueltos del derecho,
con el estómago naranja
a salvo y protegido
ya en la otra playa,
al filo del mismo mar.
Ya se alimentan por sí mismos.
Las campanas me lo dicen
metodizan la prueba fehaciente
: todo vuelve a su origen.
Es primavera tal como tañen
esta tarde
las campanas melodizan
este noviembre de norte
disarmónico
componiendo el sur
con rumbo primaveral.
en la torre se funden la noche y el día
amando la roca se besan como durmientes
vivos de la rosa estratigrafiada,
sellan el pacto con el interlocutor
divino y arrecian juntas
contra el dolor y la tormenta,
si es que esta llega.
duerme plácida la noche negra
y el día seriado, duermen benevolentes
las nubes pastando en el manantial
de los cabezos, se alejan
y olvidan
lo que hombres fueron ajenos
juegan al corro
festejando tanto amor encontrado,
tanto amor sonriendo.
En la senda del agua
amanece el verso breve,
la ergonomía del alma
acomodando heridas y curaciones
milagrosas donde corresponde,
justo en la brecha abierta
en la roca, justo en la tierra
vertical apisonada
a mi espalda.
Rozar con las yemas de los dedos
tanto bocado ininteligible
para salivas que se adueñan
de las lenguas que ya no hablan.
Qué más quisiera yo que permanecer
a solas sobre este baremo de hombre,
me asusta tanta soledad
humillada ante las aletas
de mi nariz, huelo el salitre
y tan sólo distingo el enredo
de las algas en las nasas
que los pescadores recogen.
pero la tierra amarilla
me habla de otras redes
con vueltas de agua.
Capturan mi corazón, que se desprende,
se me desprende. Y duele, cuánto duele.
El silencio va depositando los materiales
de mi escucha. Un trabajo sordo, quieto,
iluminado a modo de los antiguos
códices: una miniatura aquí,
la escena en cualquier esquina,
alguna contorsión de tus dedos
afilando un horizonte que no padezco
ni del que presumo… tan lejos
te expandes súbitamente,
y mi corazón me duele, se desprende,
se desprende y cuánto me duele.
Los estratos permanecen quietos,
mi mano los lee sin entender
absolutamente nada.
Conocía y ya las redes se han congelado
junto con la orilla. Aunque oiga las olas
ellas no se mueven. Mis oídos
componen su nana para los días
por venir. Hay dolor del que no sé
si me despido o es que dirige mi voz.
Aún no sé, aun no sé,
pero el desprendimiento suena
como si el mar entonara
las ruinas
de algo.
Ojalá sea Amor, que siempre
nombra ruina de lo falso,
llegando
a la orilla.
mi corazón se desprende,
se desprende sabiendo
cuánto duele
amar.
vengo asomada a vaticinarte
la desdicha y la duda:
Huye, alma devota,
déjame sola e inerme.
Así, ni tú ni yo sufriremos entonces.
Vivimos una gangrena permanente y yo prefiero cortar por lo sano.
(viernes 23 de noviembre de 2012, Sofía Serra)
tramitando orígenes,
describiendo siendos
siendo senda siego
múltiples arbustos para verdear
esta casa redonda,
la exedra que me abraza,
aquí el mar y justo aquí la playa
venga y dime dónde te hallas
aunque yo ya sepa
que tú has llegado
jadeando duermen
los besos de la aurora
la senda que se cierra
y se abraza a sí misma
como siempre.
huyen las barcazas vacías
de aire nocturno
que exhala vapores
seducidos con el dulzor
de las cañas, tan fresca
la brisa veo
llegar al náufrago
sin ser
él piensa
las olas del mar,
y el mar
me hace la playa.
Dichosa la arena, feliz
porque el agua tiende
a secarla ante mi terraza.
Atrás la estantería estratigráfica,
delante, mi mesa donde escribo,
el aroma del tomillo y la sal
esculpen los pájaros bajo la torre,
ella se queda, yo me vengo.
Anida la córvida.
Las conchas de afrodita
cierran sus ojos
que ya no se ciegan
con el brillo
de las piedras,
tan solo piedras.
… y qué más queremos que piedras.
Ven y absuélveme, órgano sin nombre,
ven y ayúdame a solear este suelo
amarillo y negro como el plumaje
de los jilgueros que hasta aquí
arriban.
de alta mar.
Sin pesca, sin marinos,
ni los elefantes se asoman
a esta bahía redonda.
Ven y absórbeme, arena seca.
Desaparezco justo aquí
soy en mis orígenes
tercio el combate y ya
no lucho porque
he llegado a donde
quería
yo
y
ella
sabía.
quizás ha llegado la hora de descansar de escribir poesía. Asentar, sentada estoy aquí. A mi espalda el circo, la exedra pequeña dentro de la gran exedra de los cabezos amarillos. Ante mis ojos el mar, la orilla, el agua y la arena. Hacia mi derecha la torre. Ella ha quedado allá por mí. A mi izquierda no necesito mirar. Del mar llegará el náufrago o el valiente, tal vez el mismo hombre y mujer que aquí se sienta. Sentar y asentar, asentar esta tierra amarilla, verdear la linde con ramas llena de hojas perennes, rastrillar el suelo, peinar la arena casi tierra. Esta es mi biblioteca, las estanterías están repletas de ejemplares estratigráficos y a mis ojos los ilumina el esplendor del cielo semiazul, semiblanco, semiverde como el mar que es plena luz. Nunca me ciego, miro al sur aunque todo llegue por poniente. y todo vuele también, camino de sus orígenes también. veo pasar la nave vikinga de vuelta a su norte, veo llegar, veo volver todo a sus orígenes. Este es el camino de la esencia, redondo, siempre redondo. La curva que nunca se cierra, la espiral.
son tus espaldas marrones y tu nuca morena,
siempre pudiente, las que veo rozar el negro
del vacío, no te mueves, ni te pierdes.
No te das la vuelta.
y el mar pertrechado en el mar
y el vacío hacia donde vuelves tus ojos
con tu cabeza demudada en sonrisa
invulnerable, vuelven
las dulces patrias
la bienvenida otoñal
a la lugareña costumbre
de habitar la arena (como
habita la poesía)
antes de tiempo,
antes de que el mar
la cubra o la ame
antes de nuestra propia hazaña
de darnos
por vencidos
cuando no hay sentimiento
de derrota
o victoria
tuya ni de mí, el Nadie
de rumbo endogástrico.
Como el de los erizos
vueltos del derecho,
con el estómago naranja
a salvo y protegido
ya en la otra playa,
al filo del mismo mar.
Ya se alimentan por sí mismos.
Las campanas me lo dicen
metodizan la prueba fehaciente
: todo vuelve a su origen.
Es primavera tal como tañen
esta tarde
las campanas melodizan
este noviembre de norte
disarmónico
componiendo el sur
con rumbo primaveral.
en la torre se funden la noche y el día
amando la roca se besan como durmientes
vivos de la rosa estratigrafiada,
sellan el pacto con el interlocutor
divino y arrecian juntas
contra el dolor y la tormenta,
si es que esta llega.
duerme plácida la noche negra
y el día seriado, duermen benevolentes
las nubes pastando en el manantial
de los cabezos, se alejan
y olvidan
lo que hombres fueron ajenos
juegan al corro
festejando tanto amor encontrado,
tanto amor sonriendo.
En la senda del agua
amanece el verso breve,
la ergonomía del alma
acomodando heridas y curaciones
milagrosas donde corresponde,
justo en la brecha abierta
en la roca, justo en la tierra
vertical apisonada
a mi espalda.
Rozar con las yemas de los dedos
tanto bocado ininteligible
para salivas que se adueñan
de las lenguas que ya no hablan.
Qué más quisiera yo que permanecer
a solas sobre este baremo de hombre,
me asusta tanta soledad
humillada ante las aletas
de mi nariz, huelo el salitre
y tan sólo distingo el enredo
de las algas en las nasas
que los pescadores recogen.
pero la tierra amarilla
me habla de otras redes
con vueltas de agua.
Capturan mi corazón, que se desprende,
se me desprende. Y duele, cuánto duele.
El silencio va depositando los materiales
de mi escucha. Un trabajo sordo, quieto,
iluminado a modo de los antiguos
códices: una miniatura aquí,
la escena en cualquier esquina,
alguna contorsión de tus dedos
afilando un horizonte que no padezco
ni del que presumo… tan lejos
te expandes súbitamente,
y mi corazón me duele, se desprende,
se desprende y cuánto me duele.
Los estratos permanecen quietos,
mi mano los lee sin entender
absolutamente nada.
Conocía y ya las redes se han congelado
junto con la orilla. Aunque oiga las olas
ellas no se mueven. Mis oídos
componen su nana para los días
por venir. Hay dolor del que no sé
si me despido o es que dirige mi voz.
Aún no sé, aun no sé,
pero el desprendimiento suena
como si el mar entonara
las ruinas
de algo.
Ojalá sea Amor, que siempre
nombra ruina de lo falso,
llegando
a la orilla.
mi corazón se desprende,
se desprende sabiendo
cuánto duele
amar.
vengo asomada a vaticinarte
la desdicha y la duda:
Huye, alma devota,
déjame sola e inerme.
Así, ni tú ni yo sufriremos entonces.
Vivimos una gangrena permanente y yo prefiero cortar por lo sano.
(viernes 23 de noviembre de 2012, Sofía Serra)
viernes, 23 de noviembre de 2012
árbol solo
árbol solo
Hubo un lugar
sometido
a mis piernas (¿?)
tranquilamente dormito
en la espera del cuento inacabado.
solicitud y bienes acarician
mis hojas verdes, y yo, riendo,
entre los pájaros admiro mi floresta.
Tantas verdes hojas
y olor a madera,
tanta humedad
sobre el rocío con mi savia
como apacible compañera
de toda mi vida
suya ayudándome al sorteo
de los precipicios
de los juicios del leñador
y las tempestades abusivas
del mal previsto por la atmósfera,
las heladas y las hormigas
y los hábiles podadores,
y ni el amor me acuchilla
tatuando todos sus nombres
de verde puesto en vilo al filo
hasta el punto caído desde el nido
que cobijé cantando sobre el abismo
cuando el sol se me derramaba
en cada brazo, cada lentisco leñoso
o cada cruz y frío cuando
duermo silencios de desdén
o refresco de infantiles sinsabores y balanceos…
no hay penas, no hay penas
sólo de sola juventud
algo herida por el círculo
secante de la entrepierna enterrada.
Mas en este invierno
los rizomas ya adquieren
de nieve su secreto y mi savia
se concentra en los bajos
más bajos de mi canto.
se fueron hacia el otro lado
mientras yo concluyo
el Misterio sobre la tierra.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
Hubo un lugar
sometido
a mis piernas (¿?)
tranquilamente dormito
en la espera del cuento inacabado.
solicitud y bienes acarician
mis hojas verdes, y yo, riendo,
entre los pájaros admiro mi floresta.
Tantas verdes hojas
y olor a madera,
tanta humedad
sobre el rocío con mi savia
como apacible compañera
de toda mi vida
suya ayudándome al sorteo
de los precipicios
de los juicios del leñador
y las tempestades abusivas
del mal previsto por la atmósfera,
las heladas y las hormigas
y los hábiles podadores,
y ni el amor me acuchilla
tatuando todos sus nombres
de verde puesto en vilo al filo
hasta el punto caído desde el nido
que cobijé cantando sobre el abismo
cuando el sol se me derramaba
en cada brazo, cada lentisco leñoso
o cada cruz y frío cuando
duermo silencios de desdén
o refresco de infantiles sinsabores y balanceos…
no hay penas, no hay penas
sólo de sola juventud
algo herida por el círculo
secante de la entrepierna enterrada.
Mas en este invierno
los rizomas ya adquieren
de nieve su secreto y mi savia
se concentra en los bajos
más bajos de mi canto.
se fueron hacia el otro lado
mientras yo concluyo
el Misterio sobre la tierra.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
jueves, 22 de noviembre de 2012
Los erizos del revés
Los erizos del revés
en este mundo oscuro
hasta los invitados
pasan hambre.
(Just the wind
like the wine.)
solo el viento como el vino
que enarca las cejas de la vida,
solo el sendero de agua y conchas
que cansino se desliza
entre la raíces quietas
de los matojos abrazados
y los cañaverales abiertos
al sereno de la noche.
sólo el suplente
martiriza los erizos
volviéndolos del revés
sobre sí mismos,
sólo la roca los acoge
en sus cárcavas navajas
consolando sus desconsuelos
al viento como el vino
abriéndolos, al agua
salada. Ella sana
los sinsabores fríos
de cada púa clavada
en el interior de sus mejillas,
de sus gargantas, de sus todo
estómago solo
de naranja carne
y viva y fe-
haciente.
Sofía Serra ( De Los cabezos amarillos)
en este mundo oscuro
hasta los invitados
pasan hambre.
(Just the wind
like the wine.)
solo el viento como el vino
que enarca las cejas de la vida,
solo el sendero de agua y conchas
que cansino se desliza
entre la raíces quietas
de los matojos abrazados
y los cañaverales abiertos
al sereno de la noche.
sólo el suplente
martiriza los erizos
volviéndolos del revés
sobre sí mismos,
sólo la roca los acoge
en sus cárcavas navajas
consolando sus desconsuelos
al viento como el vino
abriéndolos, al agua
salada. Ella sana
los sinsabores fríos
de cada púa clavada
en el interior de sus mejillas,
de sus gargantas, de sus todo
estómago solo
de naranja carne
y viva y fe-
haciente.
Sofía Serra ( De Los cabezos amarillos)
Elipse
Elipse
Culpable de mí y de ti,
ajenos ángeles posados
sobre la humedad de mis hombros
beben obviándome lo imposible
soslaya el barranco y me adjunta
la bárbara y sorpresiva suerte
de haber nacido junto a ti,
quien quiera que seas tú,
tremendo acantilado al filo
del abismo que se abre
entre tu justicia y la mía,
sino yo.
de ti, clasada,
de yo, tejida.
de nos, tonada,
des-clasada,
despro-tegida,
mi ne-ra duda,
mi-ne-ra-li-za-da, fósil, piedra
como el made-ramen
de la nave que se hunde.
me encontrarás en el afán
de la mar de fondo, allá donde
moran los tiburones
blancos y otros monstruos
de boca grande y entrañas llenas.
Completa mente
descentra
-da
como sielu
ni verso
sehubi–era
des-plaza-doal
la-doin
verso
eselip
se-de
la rosa.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
Culpable de mí y de ti,
ajenos ángeles posados
sobre la humedad de mis hombros
beben obviándome lo imposible
soslaya el barranco y me adjunta
la bárbara y sorpresiva suerte
de haber nacido junto a ti,
quien quiera que seas tú,
tremendo acantilado al filo
del abismo que se abre
entre tu justicia y la mía,
sino yo.
de ti, clasada,
de yo, tejida.
de nos, tonada,
des-clasada,
despro-tegida,
mi ne-ra duda,
mi-ne-ra-li-za-da, fósil, piedra
como el made-ramen
de la nave que se hunde.
me encontrarás en el afán
de la mar de fondo, allá donde
moran los tiburones
blancos y otros monstruos
de boca grande y entrañas llenas.
Completa mente
descentra
-da
como sielu
ni verso
sehubi–era
des-plaza-doal
la-doin
verso
eselip
se-de
la rosa.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
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