La criatura
Habituados
a nuestra sordina
nos pasa omitido
el canto
de los montones
de jilgueros sin
co
rdones
por el perfil de los oídos.
Se afila el aire
reafirmando la letra.
Así se crea el mundo.
Minúsculamente,
sin que bebas
el olvido
Y este hueco y las trabas
para llenarlo
de ti.
Sofía Serra (de La dosis y la desmedida)
martes, 20 de noviembre de 2012
lunes, 19 de noviembre de 2012
Los coleos han florecido
Los coleos han florecido y no puedo fotografiarlos. Pero me resisto a someter mi vida a la existencia de un aparato para poder ver.
la torre se enfunda placas de pizarra
o grafito.
Los caballos de la marisma
tronan en la espesura del bosque
de eucaliptos.
Entre tú y yo triangulamos
la distancia de las estrellas
aunque el rin haga cabriolas
de este a oeste
¿Quiénes somos sobre este paisaje
tan verde? El peso de la historia
nos aplasta. Tu vida es la mía
tú, de dios, mi dios, tú.
de nosotros, él.
sólo tienes un manifiesto:
tú mismo. Defiéndelo.
las orillas congeladas
no mecen la arena.
Los cabezos no saben de glaciares
sonrisas. Su abrazo luminoso,
como el del sol que hoy
brilla por encima de las nubes grises.
La escarcha fría que no conoció
la barca azul ni en sueños
se estrella
contra las olas congeladas.
pero los cabezos reflejan el sol
que no ven los pescadores
y los cristales de la espuma
se licuan, densos, el mar de gelatina
siempre responde
a los cabezos amarillos
y a su luz y a su sonrisa
y a su abrazo.
el egoísmo es una parte necesaria del amor.
no lo despreciéis nunca.
en él reside una de las claves, tal vez la fundamental.
una subida de tono precede
a tu aviso de hombre.
saltaron los dolores
a mis manos imantadas
como las conchas irisadas de la orilla
y ahora ya no
escribiré más,
porque ha llegado
la hora del duelo,
del arrepentimiento
por tanto trabajo muerto,
tanto tiempo perdido,
como si hubiera querido
vaciar el mar en mi cubo azul.
la mezquindad del hombre no tiene remedio
y a mí ya me quedan
pocos años por vivir,
menos de los que llevo puestos
sobre las ojeras
sobre todo
sobre mi alma.
Os miro desde estos cañaverales
a vuestros pies, cabezos amarillos.
No quiero escalaros.
Mi lugar es poder
contemplaros desde aquí.
Quedarme pequeña
como un grano de arena,
pero a vuestro abrigo,
desembarcada de la barca
azul estrellada.
A vuestro color,
a vuestro calor.
Sofía Serra (de Los cabezos amarillos)
la torre se enfunda placas de pizarra
o grafito.
Los caballos de la marisma
tronan en la espesura del bosque
de eucaliptos.
Entre tú y yo triangulamos
la distancia de las estrellas
aunque el rin haga cabriolas
de este a oeste
¿Quiénes somos sobre este paisaje
tan verde? El peso de la historia
nos aplasta. Tu vida es la mía
tú, de dios, mi dios, tú.
de nosotros, él.
sólo tienes un manifiesto:
tú mismo. Defiéndelo.
las orillas congeladas
no mecen la arena.
Los cabezos no saben de glaciares
sonrisas. Su abrazo luminoso,
como el del sol que hoy
brilla por encima de las nubes grises.
La escarcha fría que no conoció
la barca azul ni en sueños
se estrella
contra las olas congeladas.
pero los cabezos reflejan el sol
que no ven los pescadores
y los cristales de la espuma
se licuan, densos, el mar de gelatina
siempre responde
a los cabezos amarillos
y a su luz y a su sonrisa
y a su abrazo.
el egoísmo es una parte necesaria del amor.
no lo despreciéis nunca.
en él reside una de las claves, tal vez la fundamental.
una subida de tono precede
a tu aviso de hombre.
saltaron los dolores
a mis manos imantadas
como las conchas irisadas de la orilla
y ahora ya no
escribiré más,
porque ha llegado
la hora del duelo,
del arrepentimiento
por tanto trabajo muerto,
tanto tiempo perdido,
como si hubiera querido
vaciar el mar en mi cubo azul.
la mezquindad del hombre no tiene remedio
y a mí ya me quedan
pocos años por vivir,
menos de los que llevo puestos
sobre las ojeras
sobre todo
sobre mi alma.
Os miro desde estos cañaverales
a vuestros pies, cabezos amarillos.
No quiero escalaros.
Mi lugar es poder
contemplaros desde aquí.
Quedarme pequeña
como un grano de arena,
pero a vuestro abrigo,
desembarcada de la barca
azul estrellada.
A vuestro color,
a vuestro calor.
Sofía Serra (de Los cabezos amarillos)
Día D. Mediodía
Día D. Mediodía
Como si ya por fin tuviera la prueba fehaciente de que mi alma se equivocó de cuerpo al nacer a la vida física de este que viste de rosa, porque todo es negro, y calza un 34, por lo que nunca encuentra zapatos. Un yo que no soy yo. El culmen de la empatía. El culmen del espejo. El espejo líquido, como si lo hubiera traspasado y ya no quedara nada en el lado que dejé atrás.
El hombre, la sombra,
el encuentro
ya no se dice verte
y verte venir te he visto
venido. me he visto,
atrás, y el tiempo
se parte.
La paradoja espacio-temporal,
la muerte que m'avisó asimov.
La mía.
Como si ya por fin tuviera la prueba fehaciente de que mi alma se equivocó de cuerpo al nacer a la vida física de este que viste de rosa, porque todo es negro, y calza un 34, por lo que nunca encuentra zapatos. Un yo que no soy yo. El culmen de la empatía. El culmen del espejo. El espejo líquido, como si lo hubiera traspasado y ya no quedara nada en el lado que dejé atrás.
El hombre, la sombra,
el encuentro
ya no se dice verte
y verte venir te he visto
venido. me he visto,
atrás, y el tiempo
se parte.
La paradoja espacio-temporal,
la muerte que m'avisó asimov.
La mía.
El tren detenido bajo las palmeras
El tren detenido bajo las palmeras
el tren me recuerda una soledad
sin línea,
la alegría (sic) de los judíos
cuando los embarcaban
en los vagones de madera negra
y moho tan grande para tantos ayes
que los sueño durmiendo o haciendo
el amor
sobre la arena de una playa,
los niños jugando con la pelota de plástico,
que aún no se había inventado, sus madres
bebiendo limonada bajo
las gafas de sol y los coquetos sombreros
de paja y sus padres jugando al dominó bajo
la sombrilla de colores y bajo
las palmeras sus abuelos
con bañadores de flores bajo
las palmeras, porque es una playa del Caribe,
claro,
el sol
clara
el agua
claro
el cielo azul
y el techo negro
se me hunde bajo
las palmeras, bajo
las palmeras los adormezco
desde los 13
años allí
se me quedaron parados,
y se supone que he cumplido
49
arrullándolos.
Sofía Serra (De Suroeste)
el tren me recuerda una soledad
sin línea,
la alegría (sic) de los judíos
cuando los embarcaban
en los vagones de madera negra
y moho tan grande para tantos ayes
que los sueño durmiendo o haciendo
el amor
sobre la arena de una playa,
los niños jugando con la pelota de plástico,
que aún no se había inventado, sus madres
bebiendo limonada bajo
las gafas de sol y los coquetos sombreros
de paja y sus padres jugando al dominó bajo
la sombrilla de colores y bajo
las palmeras sus abuelos
con bañadores de flores bajo
las palmeras, porque es una playa del Caribe,
claro,
el sol
clara
el agua
claro
el cielo azul
y el techo negro
se me hunde bajo
las palmeras, bajo
las palmeras los adormezco
desde los 13
años allí
se me quedaron parados,
y se supone que he cumplido
49
arrullándolos.
Sofía Serra (De Suroeste)
domingo, 18 de noviembre de 2012
El río viejo II
El río viejo II
Habituada a todo
tramo entelequias subidas
de nombre te engolfo,
te encabo, te arrío y encauzo,
río bravo, te avino el poniente
como lametón desde el juego
geográfico vendido entre cárceles.
Los cabezos se agrupan en tus márgenes
de página imantada por el sol de la lluvia,
cuando sólo soy yo,
blando y unísono excombatiente
de la guerra contra las piedras,
la venerable escritura de la montaña
que ríe pendientes con lamentos
por hacer qué queda,
me abarco tan solo.
sugiero la planicie que me ama.
habidas voces se inventan
solitarias, regueros de luces
cristalinas que discurren sobre
salientes, las estelas de los caracoles
pavimentan los caminos de las luciérnagas de día.
Trasladé aminorando la marcha,
ven y arróstrame
como muerto peso
pesado en tu balanza,
sopórtame,
tus rodillas me aman,
soy blando lodo y mullido
suelo solo para tu corona de cruces.
Río enterrador de las tramas
ambivalentes, a un lado, tú,
al otro, el horizonte amarillo
y mi soledad.
Sofía Serra (de Suroeste)
Habituada a todo
tramo entelequias subidas
de nombre te engolfo,
te encabo, te arrío y encauzo,
río bravo, te avino el poniente
como lametón desde el juego
geográfico vendido entre cárceles.
Los cabezos se agrupan en tus márgenes
de página imantada por el sol de la lluvia,
cuando sólo soy yo,
blando y unísono excombatiente
de la guerra contra las piedras,
la venerable escritura de la montaña
que ríe pendientes con lamentos
por hacer qué queda,
me abarco tan solo.
sugiero la planicie que me ama.
habidas voces se inventan
solitarias, regueros de luces
cristalinas que discurren sobre
salientes, las estelas de los caracoles
pavimentan los caminos de las luciérnagas de día.
Trasladé aminorando la marcha,
ven y arróstrame
como muerto peso
pesado en tu balanza,
sopórtame,
tus rodillas me aman,
soy blando lodo y mullido
suelo solo para tu corona de cruces.
Río enterrador de las tramas
ambivalentes, a un lado, tú,
al otro, el horizonte amarillo
y mi soledad.
Sofía Serra (de Suroeste)
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