Corazón encogido
Hoy es un día descarnado,
las palabras no rompen mi inquietud,
ni siquiera los regalos del alba,
hasta los sonidos de la calle
se han puesto de acuerdo
en desafinar esta sinfonía
no sé si de adviento o retirada,
partida avecilla de retorno
estrellándose contra las paredes
de alambre. Se cuartea la fina capa
de piel endurecida que me describe
tu presencia en el mundo,
un espasmo quieto
que no ilumina la estancia
donde te ocultas,
el dónde está se sienta en mi silla
y me desplaza a otra geografía,
una geografía demasiado apaisada
para este día
que averiguo estrecho
para la medida de mi querencia
por ti.
Hoy es un día muy serio.
Sofía Serra (De Solenostemon)
jueves, 20 de septiembre de 2012
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Avecrem
Avecrem
reía
solicitando venias y contras,
tan desdichado soñó
con su silueta agujereada
por las balas de sus luces.
Conminó, a quién sino a mí, y yo le seguí,
pervirtió el azar denostando
el lúbrico frenesí de toda carcajada caliente,
ingrávida, de la entraña.
Esta indulgente y lamentable agonía
me permite despojarme
de toda suerte reglada de avatares o
absurdas decisiones en la cúspide del hombre
del maltrato y su nomenclátor soliviantando al eco,
a los desdichos de la alambrada,
a la somatización y la química
gruesa de las golondrinas
que ya se fueron gobernadas por otros afanes,
los necesarios,
las penitencias plenarias,
las hábiles transformaciones de las plumas
en vasallaje alado químicamente obtenido
en las vasijas de barro de las aguas, de las piernas
sin muletas, clavellinas entramadas
coronando ciertas testas,
… tantas testas…
… tantas tetas altas,
tanta pechuga alzada,
tanta ave a la cazuela,
y, por el contrario,
tanto pollo indultado en el gallinero.
Seré gallina sólo hasta que amanezca.
Entonces, despertaré el aire
con mi eco regurgitante.
La salvedad penetrará en cada oído
blanco, y pudiera ser que en este día
yo ya muera.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
reía
solicitando venias y contras,
tan desdichado soñó
con su silueta agujereada
por las balas de sus luces.
Conminó, a quién sino a mí, y yo le seguí,
pervirtió el azar denostando
el lúbrico frenesí de toda carcajada caliente,
ingrávida, de la entraña.
Esta indulgente y lamentable agonía
me permite despojarme
de toda suerte reglada de avatares o
absurdas decisiones en la cúspide del hombre
del maltrato y su nomenclátor soliviantando al eco,
a los desdichos de la alambrada,
a la somatización y la química
gruesa de las golondrinas
que ya se fueron gobernadas por otros afanes,
los necesarios,
las penitencias plenarias,
las hábiles transformaciones de las plumas
en vasallaje alado químicamente obtenido
en las vasijas de barro de las aguas, de las piernas
sin muletas, clavellinas entramadas
coronando ciertas testas,
… tantas testas…
… tantas tetas altas,
tanta pechuga alzada,
tanta ave a la cazuela,
y, por el contrario,
tanto pollo indultado en el gallinero.
Seré gallina sólo hasta que amanezca.
Entonces, despertaré el aire
con mi eco regurgitante.
La salvedad penetrará en cada oído
blanco, y pudiera ser que en este día
yo ya muera.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
lunes, 17 de septiembre de 2012
Pero no recordaste
Pero no recordaste
Cualquier ciudad transita
Con mis manos
Por las caricias de su lomo.
Ya apuntan maneras las dodecafónicas
Ingles, se inscriben en el gozo
Como las orugas que reptan
Por los perfiles de las hojas,
Doblándose
Sobre sí mismas
O sobre el hierro que amortigua
La hediondez sonora
De caber donde más oprimen
Los gestos,
El señuelo,
La bifurcación.
No hay otra palabra,
La verdadera huele.
Esa es la sutil diferencia,
su esencia.
Sofía Serra (De Solenostemon)
Cualquier ciudad transita
Con mis manos
Por las caricias de su lomo.
Ya apuntan maneras las dodecafónicas
Ingles, se inscriben en el gozo
Como las orugas que reptan
Por los perfiles de las hojas,
Doblándose
Sobre sí mismas
O sobre el hierro que amortigua
La hediondez sonora
De caber donde más oprimen
Los gestos,
El señuelo,
La bifurcación.
No hay otra palabra,
La verdadera huele.
Esa es la sutil diferencia,
su esencia.
Sofía Serra (De Solenostemon)
Un poema de Javier Sánchez Menéndez
Preparación para la muerte
No sé si estás dispuesto a agradecer la vida,
a morir enterrado en calles o suburbios
o en todos los lugares donde uno se muere
cada día, a cada instante;
como si uno se fuera agradeciendo risas
o palabras que una vez nos dijeron
a pesar de pesares para sobrellevarnos;
agradeciendo dudas, respuestas,
valía la pena ser agradecido,
agradecer la vida,
recordar a los seres que agotan los abrazos,
el llanto por amor y no estar muerto
o descubrirse muerto y ser amado.
¡Qué difícil!
Un último recuerdo principio de principios,
y preparar la muerte a pesar del dolor.
Y se apaga el recuerdo,
y se apaga la idea de agradecer
la vida a cada instante.
Javier Sánchez Menéndez
(De "Última cordura", en Faltan palabras en el diccionario. Poemas escogidos 1983-2011. Libros del Aire, 2011)
domingo, 16 de septiembre de 2012
la estrella más profunda
la estrella más profunda
Hoy se recompondrán vericuetos de helio y sordos tragaluces. Los agujeros negros hacen tiempo fabricando las estrellas del desarme. Sobre el planeta de las uniformidades pasean juntos el volumen y la estratigrafía de los segundos. Nos queda por saber cómo se pinta un vacío lleno de soles esféricos y dádivas cúbicas; las mil y una preguntas de las bocas desarropadas viajarán a la velocidad de la luz camino de la otra geometría. Al final, sin escisión, nos encontraremos en el borde del universo, que es finito, como tu perfil.
No concebir, verificar, caducar y asesinar y asesinarnos como cualquier átomo que arrima electrones al besamanos del contiguo. Traspapelar hasta rehacer el espacio que
estrato tras estrato
vamos trastornando
besos que sorbemos
olvidando los labios
que los dieron.
Engendramos
con el coito
interrumpido.
Recomponer a la medida de la estela invisible,
el campanario erguido de almuédanos canta
la mesura de las teselas,
de las lombrices traedoras de tierra
hasta el pavimento enlucido.
Pavor ante la diferencia: Tantas
fallas solícitas de terremotos
y lugartenientes armisticios.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
porque cuando
ya no quedan flores
aparece la sonrisa de tu estómago.
Hoy se recompondrán vericuetos de helio y sordos tragaluces. Los agujeros negros hacen tiempo fabricando las estrellas del desarme. Sobre el planeta de las uniformidades pasean juntos el volumen y la estratigrafía de los segundos. Nos queda por saber cómo se pinta un vacío lleno de soles esféricos y dádivas cúbicas; las mil y una preguntas de las bocas desarropadas viajarán a la velocidad de la luz camino de la otra geometría. Al final, sin escisión, nos encontraremos en el borde del universo, que es finito, como tu perfil.
No concebir, verificar, caducar y asesinar y asesinarnos como cualquier átomo que arrima electrones al besamanos del contiguo. Traspapelar hasta rehacer el espacio que
estrato tras estrato
vamos trastornando
besos que sorbemos
olvidando los labios
que los dieron.
Engendramos
con el coito
interrumpido.
Recomponer a la medida de la estela invisible,
el campanario erguido de almuédanos canta
la mesura de las teselas,
de las lombrices traedoras de tierra
hasta el pavimento enlucido.
Pavor ante la diferencia: Tantas
fallas solícitas de terremotos
y lugartenientes armisticios.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
Árbol de Verdad II
sábado, 15 de septiembre de 2012
Nonato
Nonato
Vejada, dormida, traída
del espanto a las agostas
sienes de la rota
quijada, espléndida insomne
bajo las pestañas de las abejas,
esos lícitos parangones,
la iluminación se extravía
por los juncos y las estrellas
con su azul de simiesco espejo
hendido por las hondas sendas
del blando y subrepticio porvenir.
Obstarán a la redundancia
de la esfera colgada del cielo,
bola inmensurable sobre
la aglomeración del engrudo
entre párpado y párpado
de la mirada de la noche
caso de que se acotasen
las bandadas de esclerótico
plumaje vendidas a tu frente
desde tu volumen de mórula inversa.
Grandilocuente ave marina
con estómago de hielo,
derrítelo y regurgita:
Si alguien conserva la cordura,
ya es hora de que dé la lata
y la comparta, bien abierta.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
Vejada, dormida, traída
del espanto a las agostas
sienes de la rota
quijada, espléndida insomne
bajo las pestañas de las abejas,
esos lícitos parangones,
la iluminación se extravía
por los juncos y las estrellas
con su azul de simiesco espejo
hendido por las hondas sendas
del blando y subrepticio porvenir.
Obstarán a la redundancia
de la esfera colgada del cielo,
bola inmensurable sobre
la aglomeración del engrudo
entre párpado y párpado
de la mirada de la noche
caso de que se acotasen
las bandadas de esclerótico
plumaje vendidas a tu frente
desde tu volumen de mórula inversa.
Grandilocuente ave marina
con estómago de hielo,
derrítelo y regurgita:
Si alguien conserva la cordura,
ya es hora de que dé la lata
y la comparta, bien abierta.
Sofía Serra (De El hombre cuadrado)
viernes, 14 de septiembre de 2012
Síndrome temporal
Síndrome temporal
Seguimos tumbados viendo
Florecer los lilos. En otoño
Nos tocaron los testículos tantas veces
Que al final perdimos la sensibilidad,
El escroto fue endureciéndose
Y ahora no hay quien nos abra.
Me-ti-cu-lo-sa-men-te
Me despego de mí.
La vida es breve y falla
Mi oído, ya no te veo
Verte y verte venir
Como un pozo de alumbre
Descarnado y jubiloso
Te contentas sobreviviendo
Al hilo.
Terminar nos construye dejar
todo inacabado,
Fallecer en el síntoma.
Las peinetas de algunos gozos
Sembraron las madreselvas.
Tu cuerpo tan vacío de estrellas
Como el mediodía de enero, el frío.
Pero quisiera inventar un nuevo calendario.
En tu sálvame
te abres como los lirios de febrero,
honesto y fiel como una balanza
de aire. Hasta el mosquito más minúsculo
encontraría su medida en el diagrama
de tus pesos.
Comprendo que te reserves
Del mundo. Solemos pesar
Y no pensar
Como elefantes.
El lirio vuelve a levantarse
Tras el peso a plomo,
Pero sus pétalos ya se han vuelto
Transparentes.
Y no hay más febreros en el año.
Ni abriles, ni mayos, ni tampoco
septiembres.
Sofía Serra ( De Solenostemon)
No conseguimos desmembrarnos como estrellas
Seguimos tumbados viendo
Florecer los lilos. En otoño
Nos tocaron los testículos tantas veces
Que al final perdimos la sensibilidad,
El escroto fue endureciéndose
Y ahora no hay quien nos abra.
Me-ti-cu-lo-sa-men-te
Me despego de mí.
La vida es breve y falla
Mi oído, ya no te veo
Verte y verte venir
Como un pozo de alumbre
Descarnado y jubiloso
Te contentas sobreviviendo
Al hilo.
Terminar nos construye dejar
todo inacabado,
Fallecer en el síntoma.
Las peinetas de algunos gozos
Sembraron las madreselvas.
Tu cuerpo tan vacío de estrellas
Como el mediodía de enero, el frío.
Pero quisiera inventar un nuevo calendario.
En tu sálvame
te abres como los lirios de febrero,
honesto y fiel como una balanza
de aire. Hasta el mosquito más minúsculo
encontraría su medida en el diagrama
de tus pesos.
Comprendo que te reserves
Del mundo. Solemos pesar
Y no pensar
Como elefantes.
El lirio vuelve a levantarse
Tras el peso a plomo,
Pero sus pétalos ya se han vuelto
Transparentes.
Y no hay más febreros en el año.
Ni abriles, ni mayos, ni tampoco
septiembres.
Sofía Serra ( De Solenostemon)
Carlos Verdecia y su Productividad
Productividad
Quedé maravillado
cuando aquella mujer se me colgó del cuello
y comenzó a demostrarme con el detalle
elocuente de la práctica (hacía un momento
acababa de explicármela en teoría)
su asombrosa tesis
sobre la productividad del beso.
Y así,
estrujando su boca contra la mía,
me fue ilustrando
sobre el aprovechamiento óptimo de la lengua,
el máximo rendimiento de los labios superior
e inferior,
el empleo de dientes, cielo de boca y frenillos
en su categoría de medios básicos,
el cálculo preciso de la tasa respiratoria
y el ahorro normado del insumo de saliva.
Eso,
dentro del mínimo tiempo
del amor.
(Carlos Verdecia. La escalera de incendios. Colección CRAN Poesía. Madrid, 1995)
Cordura
Cordura (Viernes, 8.30 de la mañana)
(Sofía Serra, De Solenostemon)
Los niños pasan por la calle camino del colegio. Ellos no saben que el mundo está loco, que sólo los van a enseñar unos locos, que sólo los van a formar para poder soportar la locura de este mundo cada vez menos cuerdo, y, con algo de suerte, para ser unos locos más locos que los que ya están.
Yo estoy segura hoy de que no formo parte de este mundo. Yo no tuve la suerte de esos locos de hoy.
El pasado viernes tuve la misma sensación al salir a por los recados. De pronto la gente había vuelto de las vacaciones. Y de pronto me encontré con un mundo sólo poblado por locos.
Me gustaría formar un club por la cordura, ¡una fundación por la cordura!... ¿alguien me presta los XXXXX euros que necesito para llevar a cabo el proyecto?
Prometo devolverlos con intereses y el beneficio de un mundo más cuerdo.
(Sofía Serra, De Solenostemon)
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