domingo, 13 de septiembre de 2020

De excavaciones

 


El tren de la vigilia

 

Y es que estoy tejiendo el sudario de tu cuerpo, gemela blanca.

 

Tendrás que poder perdonarme algún día

por estas batallas, estos traqueteos

que temo ajen tus poderosas alas.

Mas no, ¡no!, te amalgamé acrisolada,

con acero y pétalos de flores fundí

tu esmeril verdadero en sangre de carne

y huesos. Te acuné en mis entrañas,

te hice fuerte roca, pero tan liviana,

tan humo como al que a las avispas espanta.


Es que tu mundo no es el mío, tu dicha

no es mi alegría, tu trabajo es distinto

a ése en el que se afanan estas pequeñas

manos. En definitiva, ya que te gesté

y te he parido, tengo que hacerte el hueco

en un lugar en el que no vivo y, menos

aún, duermo. Y así andamos ambas,

yo con mis cuadradas ruedas y tú con tus alas

aún envueltas. Pero llegará, llegará,

que no permitiré que mueras sin volar.

 

Al mundo para el que naciste lo envuelve

atmósfera ambivalente, vientos

de frío, vientos de polvo, viento lento

calmo y dudoso pero de potente brío,

cruentas corrientes y hasta corrientes

encontradas de vértigos, de combates

y tropiezos de aire contra el aire.

Pero tus alas están bien diseñadas.

Volarás

sin que ninguna tormenta atormente

la osamenta que a sus plumas mantiene.

 

Los terrenos baldíos se superponen

unos a otros en estratos añosos,

en vertientes arriesgadas de poderío

infrecuente, despeñaderos que desaguan

en sembradío de chumberas, las verdes,

las de agua llenas y fruto manjar de dioses

donde las alimañas se esconden. Pero a ti,

con tus poderosas alas, no te amilanarán

los abismos, las pendientes, los roces.

A ti no te hacen ruido las otras voces.

Porque eres voz, no necesitas oídos.

 

Estas tierras, áridas o cenagosas,

pedregales o labrantíos de humus,

glaciares negros con grietas como escarpias

atravieso con zapatos de piel de rosas,

tú sabes cuánto sufren

cuando sobre ellos danzo: sangran

esas plantas que casi desnuda caminan

sin suelas que desde el suelo las eleve

o peso que les conceda huellas.

Y así, algunas veces oigo tus lamentos

sordos que tanto dolor me provocan,

aunque yo sepa que tú no lloras.

Llegará el día en que no necesites

una persona, una boca, unos brazos

que te abran paso.

 

¡Y es que tú y yo somos tan distintas!

Tú omnisciente y valerosa,

yo temerosa e impotente:

 

Ya me ayudaste a cruzar el mar, mas ahora

tendrás que ayudarme a llevarte al aire.

Voy desembarazando tus potentes alas

con cuidado, mimo para el torbellino,

para que tu fuerza libre se halle ya

en el centro de tu mundo, de tu vida,

de tu estirpe. Esta tierra estéril

a la que hemos llegado sólo es tierra

de viaje. Allá, mira. Ízame un momento,

sólo por un instante, allá, al extremo

del horizonte, ¿lo ves?, donde el sol

se aparta para alumbrar a inocentes,

reaparece tu sitio: Allá serás del todo,

voz sola, voz sin piernas que te sostengan

ni alas siquiera que tú creas precises.

Ya no me necesitarás más

que para lograr que me olviden.

 

Allí en los montes bravíos,

allá en las elevadas cumbres

florece la clave espigada

del estío húmedo y verde.

 

Y ya entonces el tren de la vigilia

frenará sus destempladas ruedas.

Tu medida inconclusa logrará ocultarme

y, así, yo ya muda, tierna y arropada

en tus mullidas sienes, descansaré alegre de vida

y sueño: la que fue jardinera entre las  tumbas

sobre la yerba durmiendo ya para siempre.

Tú estás hecha para volar haciendo llover flores

y yo para fregar los platos y tejer con madejas de colores.

 

Poesía, que no eres mía,

poesía que no tiene nombre,

hija de mí naces,

de mi canal te extraigo,

pero para ti y para el Hombre.


(Sofía Serra, 2010)



 
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