martes, 23 de septiembre de 2014

Los armados invencibles (un regalo)

Durante el campestre verano tupido de calor y sequía compartí, con quien en realidad solo comparto sobre estos temas, amén de casi cualquier intimidad, mis dudas sobre la biografía de nuestro señero escritor. Nace como respuesta La Belleza. No tengo más que decir salvo en el poema que incluyo, escrito ayer nada más ser objeto de este hermoso regalo. Autor del mismo: Juan Carlos Sánchez Sottosanto. Mía es la sin precio fortuna de gozar de su amistad.

ALGÚN SITIO DE INDIAS, circa 1615

a Sofía Jesús Serra Giráldez

Fue un brujo de esta gentilidad bárbara el primero en advertirme de la existencia del Otro. Avivando un humo nauseabundo que aspiraba con fruición, agitando los labios como en una agonía, con los ojos en blanco, señaló con su mano hacia la mar océano. Así supe del Otro; en su lengua me dijo que me había robado el nombre y, por lo tanto, el ánima. Que era tan pobre como yo, pero famoso gracias a un objeto que le era desconocido y que costó precisar. Recogió hojas de un árbol y las apiló. Después señaló hacia los pocos papeles que yo conservaba y habló de sus “hormigas”. Se refería a las letras. Colegí que estaba hablando de un libro; lo creí demente, o impostor, o poseso por el Diablo.
En mi triste juventud supe de libros. Anhelé Alcalá o Salamanca; mi padre era pobre. Conoció cárceles, que yo después reviví. Me conformé saqueando bibliotecas ajenas, juntado celosamente los maravedíes para comprar novedades, o trocando libros por favores. Yo mismo compuse un libro. Cada tiempo busca escapar de sí mismo. En mis días, las huidas iban por un regreso a la vida de los pastores, amenizada por deleites que ellos nunca conocieron, o venirse aquí, a las Indias. Probé la primera, en un relato repleto de versos; creía entonces que podía imitar al gran Montemayor, o incluso a los pretéritos: Longo, Virgilio, Teócrito.
Pero supe a tiempo que mis versos eran anodinos, que yo nada podría contra tantos poetas al itálico modo que florecían en mi tierra. Y nadie ignora que la prosa en romance es un arte menor, indigno de las glorias de Roma o de Atenas. Probé entonces las armas en el nombre de un Cristo en el que apenas creía. Con fiebre y calenturas, subí a cubierta en la Más Grande de las Batallas. El corazón se salvó; mi mano izquierda quedó muerta para siempre. Me prometieron dones de Su Majestad. La desdicha siguió; fui apresado y entre moros aprendí el árabe impuro, lejano ya al de mis ancestros de los que hoy no me avergüenzo. Vuelto a Castilla, mi nombre glorioso en la Batalla se había recubierto de olvido. Era un doble destierro; lo quise triple: pedí mi pase a Indias. La primera vez me fue negada por mi sangre sospechosa. La segunda me fue concedida por el Señor, Mi Rey. Tras meses de peligros arribé a este continente de las maravillas.
No prosperé. Me dieron encomiendas. Pronto descubrí que bajo ese nombre casi dulce se escondía el horror y la esclavitud. Los naturales sufrían como ningún hombre merece sufrir. Descuidé la encomienda; mis indios huían, y mi poca ventura, también. Los últimos que quedaron me tuvieron piedad; con sus hierbas curaron mi sarna y las correderas que los frutos de Indias me provocaban. Por último, me ofrecieron escapar con ellos. El amo huyendo junto a sus esclavos. Conocían refugios aún inaccesibles: era su tierra. Naturalmente, acepté.
Fui bien recibido; con ellos cesaré mis días. He dispuesto que el brujo, en la hora terrible, me dé una pócima que haga suave mi viaje. Me he entregado al olvido: un día descubrí que el latín se había esfumado; más tarde el italiano, luego el árabe. Apenas pude retener pedazos móviles de mi propia lengua. Aprendí la suya. Es bella. Intenté versos en ella; no pude. Se burlaron de los experimentos, pero intuí que en el fondo les complacía mi esfuerzo.
Años después de la Visión del Humo, volví a saber del Otro. Un aventurero extremeño cruzó el territorio, afiebrada la imaginación por cierto manantial aurífero que le depararía riquezas como para llenar galeones. Socarronamente, los indios le agregaron noticias fabulosas que el extremeño creyó a pie juntillas. No era un resignado, como yo. Me supuso un natural, aunque le sorprendió mi barba. Con pavor descubrió que yo era del otro Lado. Me dio noticias que no me interesaron. En su morral había libros; por cortesía, los miré. Pero ahora el pavor fue mío, porque en dos de ellos alcancé a deletrear mi nombre. Eran libros baratos; me dijo que en “nuestra” tierra se vendían a millares y hacían las delicias de nobles y rufianes. Intenté leerlos; trataban de cierto hidalgo que se volvía loco y salía al mundo a desfacer entuertos junto a un escudero plebeyo. Pensé primero: estoy tan loco como ese hidalgo. Pensé después: es imposible. Pensé después, ya más calmo: en este Vasto Imperio donde las distancias son tan inusitadas como en los días de Alejandro (recordar a Alejandro me pareció un milagro), donde el Santo Oficio descubría a cada instante fraude de nombres, bigamias, documentos falsos, ¿por qué no podría alguno intentar sustituirme? Pero, ¿por qué mi nombre desventurado, que solo a más pobreza podía condenarlo?
El extremeño se perdió en la selva. Quiso dejarme ese par de libros: me negué. Seguramente murió comido por jaguares, picado por víboras, asaltado por mosquitos grandes como pájaros. Al menos poseía una ilusión. Decidí consultar al brujo; me fue concedida la audiencia.
Ya estaba ciego, piel y huesos como esos muertos que suelen enterrar en las montañas. Le recordé la Visión del Humo; la recordó. Le pregunté por el nombre verdadero del Otro; le sorprendió mi pregunta. Me dijo que no había Otro alguno; que, robada el ánima, era yo el fantasma, perdido en estas soledades, vegetando apenas para que el ladrón fraguara ese objeto que nuevamente imitó con hojas apiladas. Me oyó llorar. Me consoló. Me dijo que él, Gran Hechicero, sabedor de Todos los Arcanos de los Padres, se haría polvo y olvido junto a toda su tribu. Pero que los dioses, en cambio, me darían a mí, el perdedor de todas las batallas, un nombre eterno como el de los propios dioses. Después cantó una endecha por su pueblo, y después bendijo mi fantasma indiano que sus ojos -lamentó- ya no podían ver. Luego se adormiló, y me fui despacio para no despertarlo.
Musité una oración, pero no sabía a qué deidad de los mundos dirigirla.

(Autor: Juan Carlos Sánchez Sottosanto)

La inven(c)dible

No tengo para pagar
la luz —Tiene precio
la luz?
No tengo para poder
comer —Tiene precio
el alimento?
Pero a cambio tengo
un trozo de tierra
donde poder caer
muerta o viva,
que no se puede vender,
dos brazos
donde poder calentarme,
que no se pueden vender,
cuatro ojos que pueden ver
por mí,
que no se pueden vender,
y un hormiguero con sus mil trece
exactos habitantes donde poder
derramar mis lágrimas,
que no se puede vender.
Porque no tiene precio.

Nada de lo que poseo
tiene precio.

¿Me tengo a mí?
(Para venderme, pregunto).






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