domingo, 30 de diciembre de 2012

Generaciones equis y año nuevo

Generaciones equis y año nuevo

Acabo de cumplir cincuenta años. Desde mis veinte casi exactos oigo hablar de ella, de la generación “x”, de la generación perdida. Era la nuestra. Para nosotros. Salíamos al pairo del paro que llevaba décadas azotando España con nuestro título universitario bajo el brazo. En cuarto de carrera tuve conciencia de hacia donde me abocaba mi elección en la vida como estudiante: sólo había dos salidas por entonces, ni por tierra, mar o aire. O las puñeteras oposiciones para profesora o al paro, paro en el que la mayoría llevábamos apuntados desde que cursamos los antiguos niveles secundarios, en mi caso desde los 15 años (tercero de bup). Por aquel entonces era legal trabajar a esas edades, como la mayoría hacíamos a la vez que estudiábamos.
Pero ni por esas. Toda nuestra adrenalina cargada de utopía de la que nos alimentamos algo descompasadamente (el 68 francés no era nuestro ni por ser de nuestros padres, porque a ellos no perteneció, eran mayores; sólo y quizás podían sentirla como directamente heredada  esos que tenían la suerte de tener hermano "muy mayor") la apostamos en la lucha por esta democracia que hoy, y gracias a unos pseudo-utopistas sin dos dedos de frente, que solo han conseguido confundir aún más al personal, más el consiguiente desgaste de aquellas generaciones sesenteras una vez bien asentados en el poder en las pasadas décadas, está casi herida de muerte.
No me lo creo.
Lo de herida de muerte.
Generación equis. Sonrío muy irónicamente. Generación perdida la de nuestros padres, hijos de una guerra. Sin embargo tuvieron los arrestos necesarios para seguir adelante cuando sobre ellos sólo planeaba el vuelo de una dictadura de verdad, una dictadura que no permitía casi ni pensar, y de la que algunos cerebros, más o menos privilegiados, prefirieron escapar. Un sistema bajo el cual, acercarse a una biblioteca pública estaba no bien visto, una generación en la que mientras unos tuvieron que dejar estudios por sacar a su familia paternal adelante, otros tuvieron que criarse bajo el secreto de la orfandad. Entonces no existía ni el paro, ni casi seguridad social. Ellos, ellos fueron la verdadera generación equis. Y de ella hace ya más de cincuenta años.
Pero a todos nosotros nos parieron, y con nosotros a los que detrás siguieron llegando bajo un país con una democracia instaurada por referéndum popular, sufragio universal. De todos los españoles. Todos.
Este país, cuyos ciudadanos al parecer sólo se caracterizan por estar preparados para el acto del a ver quién mejor los pone sobre la mesa o bajo ella (o verdugo o víctima), necesita dosis de racionalidad para saber asumir papeles en la historia, dejarse de victimismos absurdos y ponerse a trabajar con las dos pelotas que normalmente sólo sabemos echar a la banda (tan dados somos que cuando la poseemos en vez de balón vemos dos cubos exactamente cuadrados e insusceptibles de salir rodando), cuando una, aunque ya no suele divertirse viendo el fútbol, sabe que la única forma de meter el gol es no perdiendo el dominio del esférico y llegar a puerta antes que los otros hayan armado su defensa.
Y es que en este país sucede como cuando la selección española perdía todos los partidos en los mundiales o en los partidos internacionales que solía ver con mi padre: en cuanto marcaba el primero, ya se sentaba en la poltrona, equipo al completo, con lo cual solía terminar perdiendo. Claro que peor sucedía cuando no conseguía marcar al principio: no había quien sacara del agujero de la depresión al equipo. Mi padre y yo jugábamos apostar a cuánto quedaba España, normalmente siempre alegrándonos de la victoria del equipo extranjero.
Y es que no hay nada mas desagradable ni humanamente incongruente que desear que gane quien va de víctima, quien escoge ese papel allá en el reparto. Resulta mucho más cómodo sentarse a descansar que pelear por ganar, o al menos, intentar quedar como el nivel real de juego que se tenga. No hay mayor injusticia ni mayor descalabro que apostar por perder.
Y así nos va.
Y así nos ha ido desde hace siglos.
Y así seguirá siendo por los siglos de los siglos a menos que nazca (rezo para que ya lo haya hecho) la generación sin complejos de haber nacido en España, o como mínimo en esta Península Ibérica (una revolución de los claveles, ¿habrá nombre más hermoso para una revolución?, y una transición ejemplar, sí, ejemplar, nos contemplan).

Pero eso sólo dependerá de la educación que las distintas generaciones equis (al parecer en eso sí somos los campeones) demos a los que vayan llegando. Como siempre.
Como siempre.

2 comentarios:

Pilar López Mora dijo...

Estás fantástica cuando estás harta.

Isolda dijo...

Seguro que habrá una revolución de los claveles! Ve mirando los tuyos del balcón. En serio, hubo una generación perdida y hay otra mayor en camino y no es la tuya. Muchos besos, hínchate de mantecados, escribe hasta que te duelan los dedos y empieza el 2013 que es un número precioso con el pie derecho. (No creo nada de eso, pero si quiero animarte a que seas tú misma siempre y te cabrees y te rís según te dé).

 
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El cuarto claro by Sofía Serra Giráldez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.