lunes, 24 de diciembre de 2012

Dar

Dar

Mujer, si tu memoria
llega al anido y a la inocencia,
no recuerdes el maltrato
de tus caderas,

la gran pena,
qué pena,
es que tú morirás
antes que yo
y así las nubes no se despejarán
nunca. Esto es reconocer al sol.

ese niño que asoma
sus ojos a la galería
con sus enormes
cristales bendecidos
por la niebla y la luz
rasgándolos en plena abertura
de mundo herido a sus piernas,
y los pies abandonados al claustro
memoroso y marmóreo
de fino frío y azul.
Ese niño se balancea
con sus codos lentos y curvos
sostiene la sonrisa —de sus sibilinas
comisuras le nacen—,
bello ejemplar de cervatillo blanco
camina por las aguas dudosas,
pero cristalinas,
del ciprés que se yergue
y aloja a la collera de tórtolas.
Las mendicantes gotas del rocío,
al fin, se suceden cayendo
hasta mojar
la tierra.

Y ya no necesita pedir.

(De El hombre cuadrado)


por Sofía Serra (sagesse)

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