lunes, 31 de mayo de 2010

Con-signas de poeta

Como ando liada con las jacarandas, dejo estos enlaces por si a alguien le apetece interesarse por este hermoso árbol, uno sobre su botánica y otro sobre su leyenda, amorosa, bonita y trágica como todas las  leyendas sobre amores, pero que me gustaría poder dejar dicho hasta ayer no supe de qué iba.
Con tantos árboles como he sembrado, jamás se me ocurrió cultivar una, y la única de la que pude esperar el disfrute porque la compró mi padre,  se me heló viva  cuando era aún joven árbol.

Botánica
Leyenda




Título de la fotografía: Bandera




 Himno


Se rompen las clausuras, de ¿qué?, se rompen las nomenclaturas,/
y nosotros,/
amos que hallamos el órdago de la vida,/
nos rompemos al oír nuestras voces./
Sol vendrá, amor ciego y rumba al anochecer./
Y así, sin más porvenir que el deseado, que yo me extirpo, que yo me abro, que yo me callo,/
la miel alimentará tu boca aunque estemos muertos./
Yo, que ya no soy más yo que el recuerdo de lo que fue,/
ya enmudezco para por ti poblar,/
ya no prendida en tu pecho hoja de jacaranda soy, tan alta, tan alta/
que la tierra en la que mi amor nace ara surcos en el cielo./
Allí sembraré tus dones./

Será porque no hay más en mí/
que el deseo de su flor o de sus hojas./
Será porque a veces las lluvias llueven soles/
cuando en noches azules/
el ave cantora lo atestigua: que no hay más muerte/
que la de no ser tomada en vida./
Y así, a veces sueño, Amor, que/
tu boca florece, pero es que, mientras todos duermen,/
los jardines del estío embarran el aire con perfume de tu celo./

A los poetas no suelen amarnos/
mas que cuando estamos muertos,/
y ya inventé la rosa de los vientos/
para que cantara por mí al poniente que te trae./

Nada me nutre, nada gasta mi saliva ni la savia que se pierden por los abismos/
del aire, desde el balcón del verso/
hasta la almohada de estos pechos, de pronto, lechos zarzales./
Tan angosta de sangre esta jacaranda,/
este suelo patrio, que ya no encuentro/
ni en mis pensamientos, ni en tu voz muda-queda/
allá junto a mi lóbulo temporal perdida/
en la estancia de la memoria./

Calma, calma, corazón, sólo anhelaba calma brava./
Las jacarandas no florecen sin derramar savia-amor; o dolor./
Habrá que alargar esta recíproca vida/
para que alcance la dicha viva que acomete/
cuando en el día la señal o cruz acontece./
Si al menos supiéramos mirar la tierra.../
Ya lo dejo. Ya te dejo, tardo porvenir./
Te embarranco en este pecho anudado: deja huella,/
queda quieta, deja sombra, queda muerta si quieres...pero queda./
 
Sofía Serra, Mayo 2010

1 comentario:

Jose Zúñiga dijo...

Me gustan las jacaranda. Sobre tod su nombre. Y más de ver cómo las utilizas en este poema.
Bs

 
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