jueves, 14 de mayo de 2009

Las edades del Hombre: Progreso, poetas y encinas





Treinta y dos años separan sendos disparos. A primera vista, aunque sólo sea por el verde que aparece tras la encina principal, es perceptible la presencia del hombre y su trabajo.

Recuerdo a mi padre decir, hasta hacerse reiterativo, “una encina tiene lo mismo por abajo que por arriba", aludiendo al hecho de que, contemplando tamaño del citado árbol en nuestra visual permitida, es decir, de ras del suelo hacia arriba, nos era posible imaginar el tamaño de su raíces, de tal forma que podíamos estar ya preparados para casi ni intentar extraer algún pequeño brote de encina nueva que hubiera nacido espontáneamente de la preñez del humus para intentar resembrarla en algún otro lugar más adecuado, lejos tal vez de la encina madre de la que hubiera caído la bellota correspondiente, pues, por mucho que se escarbara en la tierra con la idea de dar con el último pelillo de raíz del susodicho brote, y aún teniendo en cuenta que el mismo podría no medir más allá de 15 cms, siempre sucedía que algún pequeño filamento de las poderosas raíces quedaba incrustado en el suelo, con lo cual el trasplante se daba por frustrado. De igual manera ocurría si, pasada la temporada en la que habían brotado las bellotas en las bandejas de semilleros que oportunamente preparábamos con la nada ilusa intención de repoblar el campo ( y que aún de vez en cuando continuamos haciendo), y cuando ya se les observaba a las pequeñas encinitas un tamaño adecuado, se extraía alguno en el que, por las naturales circunstancias, las raíces de la pequeña encina habían logrado traspasar el plástico del citado semillero hasta llegar a tocar tierra. Si así resultaba, ya no era posible sacarla con la seguridad que se necesitaba para pronosticar un agarre en condiciones.

Virgilio, en el año 37 a. C., en sus Georgicas dice:

Altior ac pentibus terrae defigitur arbos,
aesculus in primis, que quantum uertice ad auras
aetherias, tantum radice in Tartara tendit.


En castellano, según traducción de Aurelio Espinosa Polit:

[…]
Más honda cavidad exige el árbol,
y entre todos, la encina: cuanto encumbra
su copa a las alturas, otro tanto
al Tártaro despeña sus raíces.
[…]

Ambos textos extraídos de: Publio Virgilio Marón, Obras completas. Bibliotheca AVREA. Ediciones Cátedra.

Hace algo más de 2000 años.

Hace algo menos, unos diez, fue visitado el lugar físico del que parte este virtual de Unrealand por un conocido de la familia que aquí se aposenta. Ante la vista de los esplendorosos árboles, que por aquel entonces eran los más altos del lugar, exclamó: “¡Vaya olivos más grandes que tenéis!”, lógicamente, aún sin conocer su error, refiriéndose a las encinas. Fue enseguida sacado del mismo, de su error, debido gracias sobre todo a que su espontaneidad le impidió quedarse en la ignorancia de no distinguir árboles tan señeramente mediterráneos como lo son los olivos y las encinas.
No era ningún erudito, cierto es, pero tampoco ninguna persona con carencias culturales. Digamos que medianamente instruido, como se calcula puede estar una gran parte de la población española a estas alturas de la historia.
Virgilio provenía de una familia de campesinos. Por aquel entonces no estaba mal visto desprenderse de los hijos para enviarlos a la formación más o menos circunstancial a la que pudieran optar. No era tampoco ningún erudito ni provenía de ninguna familia patricia, pero llegó a ser poeta, y uno de los más renombrados en todas las épocas.
Mi padre no era ningún hombre de campo, más bien, el normal español urbanita de su época , representante de chocolates Elgorriaga la mayor parte de su vida como trabajador activo.
Es cierto que los pocos hombres de campo que aún quedan saben de sobra que las encinas miden tanto por arriba como por debajo, su permanente trabajo con ellas, y a partir de ellas, así les ha ayudado en el conocimiento.
Hoy en día, en el que vivimos una especie de vuelta al antiguo lema horaciano del Beatus ille, causada, la vuelta, tanto por el hartazgo que la sociedad capitalista, huera, ha provocado en una parte de la sociedad, como por las “modas” consecuentes, y nada deslavazadas de esos afanes que la sociedad capitalista ha promovido, como son, por ejemplo, el gusto por el cultivo de las propias cepas para así poder presumir de bodega propia, o, aún peor, el neo-ecologismo, término que creo acabo de inventarme, que no se sabe muy bien a ciencia cierta en donde asienta sus principios, si en un conservadurismo rayano en la desinteligencia, o en un avance inteligente por la progresiva reintegración del ser humano con su entorno natural, que lo mismo es la ciudad que el ager, hoy en día, repito, no debe resultar extraño encontrar personas que conocen el mismo dato sobre las encinas, pero casi segura estoy que, o bien, son expertos eruditos en la obra de Virgilio, es decir, personas que en principio poco o nada tiene que ver con la labor del hombre sobre y en la tierra, o bien son expertos en botánica y profesiones relacionadas: ingenieros forestales, peritos agrícolas, biólogos, directores de parques nacionales, guardas forestales, agentes del seprona, etc.
Con lo cual vuelvo al meollo de la cuestión, la pregunta que iniciaba esta entrada, dado que me resulta imposible sustraerme a ella, aunque desde luego no encuentro la respuesta.
Si, tras dos mil años, el conocimiento sobre un simple árbol (por mucho que los nombremos no son más que eso las encinas, unos simples árboles aunque nuestras capacidades como seres humanos puedan hacer que los sublimemos) es exactamente el mismo, y aún peor, teniendo en cuenta que, por ejemplo y lo mínimo, el índice de analfabetismo actual en nada tiene que ver con el del Imperio romano que por la época de Virgilio emergía, ¿dónde por dios, hemos progresado?, ¿en qué consiste el progreso? Porque la que suscribe desde luego no comulga con la opinión de que todo tiempo pasado fue mejor, pero necesita ineludiblemente encontrar alguna pista por la que poder asirse a que el futuro, el paso del tiempo por la edad del hombre lo lleva a una progresiva "mejorización" del tal como individuo de una especie que lo define como un ser vivo más que habita el planeta Tierra.
¿O es que realmente el supuesto progreso en la especie humana no existe?
Y dicho esto, sólo vislumbro dos fogonazos, que no sé si llegarán a buen puerto.

Que el progreso tal vez consista en la profundización del conocimiento, es decir, en el encuentro y hallazgo de más datos que nos puedan ayudar a entender mejor el porqué de las cosas (¿por qué este árbol en concreto tiene lo mismo de raíces que de copa?) y así mejorar nuestra relación con el entorno del que formamos parte, de tal forma que esta vertiente del progreso se halle depositada en aquellas personas especializadas en el estudio de, en este caso, los árboles, que, convendrán conmigo, son un tanto por ciento muy pequeño con respecto a la totalidad de la población.
Que el progreso tal vez consista en el hecho de que, esto es fácilmente comprobable, a un gran número de personas les resulta factible acercarse a la información, con lo cual, la lectura de las Geórgicas, y por ende del párrafo que cito, le hubiera estado permitida al conocido que no sintió hipócrita pudor al hacer pública su ignorancia, de tal forma que esa supuesta, y de facto, ignorancia, ya habría dejado de serlo.
Y el tercer fogonazo: Que tal vez no debamos nombrar ni en nuestras mentes el concepto del progreso (pero entonces, ¿por qué lo contemplamos instintivamente?, ¿es el ejemplar auto-engaño como especie?). Que simplemente el hombre vive su paso por la tierra y por la vida como individuo y como ser social como un ente más sin principio ni fin en el que aunque se va acumulando experiencia y por tanto conocimiento, éstos, no constituyen más que los humildes eslabones por los que la cadena de la supervivencia se hace factible, y que esa presuntuosa humanidad de la que hacemos gala, que nos empuja constantemente a conocer más y / o mejor, aunque a algunos se desvinculen de ello no dejando lugar al asomo de sus ciertas ignorancias, consista simplemente en saber comportarnos lo más congruente y amablemente posible con lo que nos rodea y con quiénes nos rodean, de tal forma que por ejemplo hoy en día, podamos calificar como progreso el hecho de que ciertas enfermedades antiguas ya no diezmen a la población, o de que desde los estados se luche por la conveniencia de la extensión de una salud pública independientemente de los ingresos que el individuo genere a las arcas de ese mismo estado.

Llegados a este punto me quedo con la mirada de alguien que tras ver la fotografía que se expone al principio, ha comentado: Parece (la encina), que está cansada. Es, convendrán conmigo, mirada de poeta, que ni mucho menos por lo mismo, anticientífica, pues es evidente, una vez dicho por el poeta, que las encinas se achaparran con el paso del tiempo, pierden estatura debido al peso de su madera. Luego, tal vez, el único conocimiento que permite salvar los siglos sea el transmitido por los poetas, esos seres que saben echar “la otra mirada” a las cosas.
No es poeta quien escribe en verso. Poeta es todo aquel que cuando siembra una bellota, es consciente de que sus ojos no contemplarán nunca a la pequeña encinita que prospere convertida en un árbol enorme: poderosas, elocuentes… cansadas por el paso de las eras.

…hay algo en ti que hace claudicar a las eras

Ya lo dijo la madre, ;)

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