miércoles, 11 de marzo de 2009

Flores para Rimbaud

Desde unrealand, con amor.

"En cuanto la idea del diluvio se calmó, se detuvo la liebre entre hierbas y campanillas movedizas y a través de la telaraña dijo su oración al arco iris.
Oh!, se escondían piedras preciosas, las flores que ya miraban.
[...]
Luego, en la oquedad violeta, cubierto de pimpollos, Eucaris me dijo que había llegado la primavera"

"Iluminaciones" (Arthur Rimbaud)

jueves, 5 de marzo de 2009

Flores, vampiros, huevos y gallinas




Lo de pollo en el título de la fotografía es un decir. Ahora sé que era polla, al menos por aquel tiempo en el que se la disparé. Hoy era una hermosa gallina. Era la mejor gallina que teníamos. Digo era porque esta mañana me la he encontrado muerta, en paz, sin heridas, probablemente le haya dado una especie de síncope, o de infarto, cualquiera sabe, tal vez una especie de infarto con "relé". Me explico.
Hace meses sobrevivió a un salvaje, cruento y sangriento ataque que, probablemente, una comadreja perpetró en nuestro gallinero. De veintitantas que teníamos, sólo quedó ella viva, curiosamente, y digo curiosamente porque teniendo en cuenta su especial fisonomía (cuello pelado —de raza vasca—) podría su naturaleza resultar más vulnerable valorando la forma de razzia del anterior animal, esto es, cortándole (imagino que de un seguro bocado) el cuello a todas, para desangrarlas, poder beber su sangre. Así aparecieron todas, con sus cuerpos y plumaje enteritos pero sin cabeza. Menos ésta. Fue un verdadero milagro, y más de la forma en la que me la encontré. Cuando mi hijo ya me había hecho el favor de recoger todos los cadáveres (maravilloso hijo, a mí el espectáculo me dio la mañana, no sólo por las gallinas en sí, la verdad sea dicha, sino porque pensaba en el abstecimiento de huevos que las pobres me ofrecían. Esto es por lo único que me apetece tener gallinas. Así sé por mí misma con qué ingredientes ha elaborado su metabolismo tan rico y completo alimento, en este caso, con maíz, trigo, pan, algún resto de comida nuestra y ... todo lo que ellas decidan comer por sí mismas (tierra, lombrices, yerbas, flores y hasta piedras), me di una vuelta por el susodicho gallinero, y, de pronto, me la encontré. Como era de color marrón, se confundía con la tierra...¡Estaba viva! La observé, comencé a palparla, levanté sus alas, y sí, efectivamente, estaba viva, con algún resto de sangre bajo su cuello y el plumaje algo desprendido por sus hombros. A simple vista parecía que no estaba herida de gravedad, así que la recogí en mis brazos y la curé con yodo, dudando de que sobreviviera, la verdad. No se movía, no andaba, casi ni miraba de fijos que tenía sus ojos. Llegamos a la conclusión de que la pobre se había quedado casi cataléptica debido al susto vivido con la incursión de la comadreja en el gallinero y el horror pasado. Tal vez luchó, o tal vez tuvo suerte debido al color predominante en sus plumas, pero vivirlo, lo vivió todo, aunuqe eso sí, sobrevivió a tan evidente prueba de las leyes de la naturaleza.
Por eso decía que tal vez el infarto fue con "relé". No le dió en su momento, pero quedó gravemente dañada la resistencia de su corazón.
Pasando los días, se recuperó, comenzó a moverse, después a beber y a comer, por último a caminar, y al poco tiempo estaba de nuevo poniendo los huevos tan hermosos con los que solía regalarme, muchos de dos yemas. El último que le recogí, hace escasos días, era de exposición. Como mi puño de grande, más parecía de pava que de gallina, como su último estertor, como un bello canto de cisne, que por otro lado mi hijo se comió en forma de gran tortilla.
Era buena, nada atolondrada, seriecita y muy mansa, se me acercaba a los pies siempre, aunque jamás me molestaba con la impaciencia habitual de estos animales que, de caprichosas y nerviosas, por no permitir, ni permiten que les eche de comer.
El caso es que ha muerto la buena gallinita, eso sí, en paz.
No se entiende tanto miedo a la propia muerte que habita aún entre tantos seres humanos, a menos que éste sea derivado de imaginar el dolor que pudiera provocar su desaparición a sus seres queridos; pero no, esta situación no es la que abunda, sino aquella que puramente hace sentir miedo ante su propia desaparición. Me pregunto, ¿desde el punto de vista de uno mismo de qué grave insatisfacción puede derivar?, ¿acaso ya no nos acordamos de que no éramos nada antes de nacer? ¿Acaso no conseguimos ver que si morimos ya dejamos de existir y por lo tanto estaremos a salvo de contemplar nuestro propio dolor por nuestra propia muerte? ¿Qué falta de silogismo mental aparece en esos seres humanos que tienen miedo a su propia muerte? Porque, hasta poniéndonos en el caso de los creyentes en alguna religión que proclame la existencia de una posterior vida, tenemos la respuesta para que ese miedo deje de existir, y creo que resulta obvio que ese miedo interno se halla presnte tanto en creyentes como en ateos.
Dicen que habita más en el hombre que en la mujer, por aquello de la propagación de su estirpe; al ser la mujer el género que engendra y pare nueva vida, ese anhelo queda cubierto a través de su propia biología, mientras que en el varón, no. Y que por ello mismo, los portadores del género masculino son más proclives a la creación de "cosas", que le permitirán sobrevivir en ellas cuando muera: obras de arte, de literatura, empresas, testamentos, etc.
Pero yo más lo relaciono con el hecho de la incapacidad por contemplar que sólo debe ser temida la muerte en vida, es decir, el abandono que cualquiera puede sufrir por parte de aquellos seres de los que se puede esperar todo lo derivado de la relación humana más o menos íntima. Cuantos padres abandonan a sus hijos, y no fisicamente sólo, ni siquiera geográficamente hablando, depositando como antiguamentes se hacía en las puertas de un orfanato al bebé recien nacido, o en un contenedor como se hace hoy en día. NO. No hablo de ese tipo de abandono. Sino al abandono en vida y en posible convivencia, si es que a eso se le puede llamar convivencia. Cuantos esposos a sus esposas y viceversa, parejas en general y de cualquier sexo, cuantos hijos a su padres precisamente siempre cuando más los necesitan, cuántos abandonos que sólo pueden llamados así cuando la relación afectiva es intensa o íntima derivada de compromisos internos. Siempre, y no sé por qué maldita casualidad estos abandonos suelen coincidir con el momento más crítico en su vida del ser abandonado, esos más proclives a padecer cualquier tipo de episodio más o menos traumático, aquellos momentos en los que por h o por b más sensibilizados ante el exterior se puede estar: adolescencia, menopausia, senectud. Tal vez la maldita casualidad que nombro pueda ser llamda de otra forma: dejación de funciones, indolencia, pereza, comodidad. Probablemente no conscientemente sentidas, sino que seguro en su mayoría nacidas de la ceguera que la mayoría de las veces nos entierra en vida.
Si tuviéramos en cuenta que podemos ser capaces de enterrar así, vivos, a nuestro semejantes, probablemente nos preocuparíamos menos por nuestra propia muerte física. Pero, y a los datos me remito, parece más fácil menos complicado, cuidar de una tumba (pintarla, llevarle flores frescas una vez al año, y luego de plástico para doce meses) que de un ser vivo al que queremos, siendo así que con esta elección, eliminamos la posibilidad de la anhelada continuación de nuestra estirpe cuando muramos, o al menos, del buen nombre de esa estirpe.
Tantos llantos ante muertos sólo me hacen pensar en sentimientos de culpabilidad extrema a posteriori, cuando ya no tiene remedio el abandono cometido.
Como hoy día, en el que sin embargo no lloro a mi linda gallina, probablemente porque la quise en su corta vida, y la atendí cuando más lo necesitó. Eso sí, la echaré de menos, a ella y a sus hermosos huevos.
Ésa será mi flor para su tumba.
Tal vez, ahora que lo pienso, presintiendo el final, quiso agradecer su cuido con lo mejor de sí misma, aquel espléndido y enorme huevo que mi hijo se comió en forma de tortilla.

miércoles, 4 de marzo de 2009

"Nomología" o ciencia perra


Dicen que quien maltrata a uno de estos animales es capaz de maltratar a un ser humano, pero la que suscribe niega esa generalización, ya que la persona, nuestro congénere, se halla normalmente protegido por la ley, resultando así que ésta conforma la barrera en algunos seres para frenar el acto del salvajismo, maltrato o abandonol de sus semejantes. Antiguo, casi prehistórico, o al menos seguro, neolítico, es el debate entre si es la ley la que hace al hombre o viceversa, o si lo único que hace es protegernos de nosotros mismos, pero obvio resulta añadir que en el hecho legal va implícito un acto de condicionamiento que para el buen sentir termina por conformar un ser humano más afín con el anhelo que desde tiempos inmemoriales nos persigue, ésto es, la más afinada y mejor convivencia entre todos mediante la disposición de las circunstancias favorables para el afloramiento de lo mejor de nosotros mismos.
Ni somos perros ni ellos humanos. Tan degradante, por incierta, para ellos como para nosotros la comparación implícita. Pero somos nosotros los que hemos llegado a la sabiduría de la necesidad de la norma, por lo que bajo nuestra responsabilidad debe estar presentes el obligado buen trato de todo aquello que nos rodea o con lo que convivimos.
Ahora bien, por muy sabios que hayamos podido llegar a ser, acontecer muchas veces dudable, o precisamente por ello mismo, no deberíamos olvidar cuánto aún nos queda por aprender. Y es posible que prestando atención al comportamiento de estos seres con sus no semejantes adquiriéramos algo más de sabiduría.
El perro no es fiel a su "dueño". El perro, por ahora el más cercano en presencia a nosotros, es sólo fiel a sí mismo, y si en su yo, existe el afecto debido a su no congénere próximo por motivos tan obvios que no deben ser expuestos, por esa fidelidad a su sentir, jamás abandonará a lo que obscenamente nombramos como su dueño.
Es la infidelidad a sí mismo la que favorece en el ser humano la arrolladora carga de tropelías que comete contras sus semejantes, y por demás, con los que no lo son. Y si en el ser humano ha estado la capacidad para intentar dirimir una norma que nos ayude a caminar por este tortuoso sendero de la pretendida evolución, para mejor, de nuestro espíritu, no deberíamos ser infieles a ese compromiso, pues serlo, es negarnos a nosotros mismos.
Tiempos llegarán en que posiblemente ésta, la norma, ya no sea necesaria, pero por ahora, cuando aún ni hemos logrado que conforme del todo barrera contra nuestras apetencias más insanas, se vislumbra como la única herramienta posible. Debemos sentirnos levemente contentos porque al menos en algunos lugares del mundo hemos conseguido dictarlas, decirlas, nombrarlas, democráticamente entre todos.
Supongo que el problema en España estriba en redactar una que proteja del daño a los animales sin entrar en contradicción con la anuencia oficial sobre las corridas de toros. Pero creo que no debe ser tan difícil encapsular al fenómeno en sí, de tal forma y según argumentos que los expertos esgriman, para distinguir un "daño" (que se construye con arte, es decir, inteligencia y sentir del ser humano aunque estos actúen en base a, en este caso, estímulos muy primitivos, provocando con ello el uso de "pinceles" más que discutibles y hasta negables) de otro. Y aún más, tal vez ése sea el camino para que algún día y también legalmente, cualquier ser inteligente pueda encontrar la puerta para llevar a los tribunales a la mismísima fiesta de los toros.
¿Miedo? No debe existir, pues las economías que alimentan la misma se irán auto-alimentándose de otros erales de una forma paulatina y natural, si no lo hacen ya, y los gustos irán evolucionando al compás, eso sí, de las ideas que las normas, dictadas entre todos como es habitual en un país democrático, vayan amparando y fomentando.
En cualquier caso, algún que otro energúmeno se lo pensaría dos veces antes de abandonar a sus no congéneres, los perros, y mucho más, de maltratarlos, si las penas impuestas una vez que se demuestra el hecho, pasaran de no más que el pago de algunos ( y muy pocos) euros.

Tan sencillo como lo dicho. Unrealand es un lugar de perros.

martes, 3 de marzo de 2009

Entreterras







Entreterras


Llueve sobre el alma verde,
sobre la sorteada cabeza
presa de mis labios en la siniestra pastora, cúrcuma ensortijada,
ventisca sobre la calma recia
entre la tierra y el cielo,
hasta horadar el tibio y sonoro suelo
,
nube de fértil limo para mis manos que
versan
piedras y tundras de núbil vuelta y verde seda.

Entreterras: Azul
más allá del mar.


(Escrito por Sofía Serra, 2 de Marzo de 2009)

jueves, 26 de febrero de 2009

Sevilla desde el cielo (Antonio Machado). Petición al Ayuntamiento de Sevilla.

Ahora que ando paseando, algo perdida, debo decirlo, por el bosque-laberinto que forman los naranjos que pueblan la ciudad, asemejada más que nunca a las numerosas vegas que la circundan, he recordado esta fotgrafía disparada hace algunos meses, pensando que con ella podría homenajear el recuerdo de un poeta del que hace escasos días se cumplió aniversario de su muerte, allá en Colliure, muy lejos del lugar que lo vio nacer, o al menos, y según sus propias palabras, desarrollar su infancia, que no es más que el lugar que sirve de escenario a la fotografía.
Donde él nombra al limonero, yo sigo viendo sólo y permanentemente y casi desde que nací, naranjos, pero sé que desde el punto de vista de la luz conforman los mismos bosques de alegres aromas y sombreados brillos.
Tal vez, desde el cielo, Antonio Machado mire al lugar de su infancia de una forma parecida a la que se refleja en la fotografía.
Los poetas no son de ningún lugar, que es lo mismo que decir que lo son de todos. Tampoco creo en el culto a los muertos bajo las formas de tumbas o cementerios. Yo, que me vanaglorio de andar pisoteando las cenizas de mi padre, y hasta de mi suegro, en mi quehacer cotidiano y diario, con todo mi cariño y respeto, eso sí (zapatos de rosas poseo, como digo en uno de mis versos) no voy a izar bandera por el traslado de los restos del poeta a su lugar de nacimiento, o al menos a su país de origen (yo, que no creo en ninguna frontera) pero sí expresaré mi petición al Ayuntamiento de Sevilla de que, a las puertas del Palacio (de las Dueñas, propiedadde la Casa de Alba) que lo vio nacer, construya una pequeña barreduela con un par de bancos de hierro y un par de naranjos ( o mejor aún, limoneros) para de esa forma poder honrar más en condiciones a la figura de un poeta cuya memoria, hoy por hoy, sólo tiene una pequeña placa de azulejos que lo recuerda en ese lugar. Una placa rodeada de coches cuyos dueños siempre nos estamos "peleando" por encontrar lugar de aparcamiento, luchando vecinos a brazo partido contra la presencia de los automóviles de los periodistas que a casi diario, se aposentan en las puertas del Palacio en busca de la instantánea de la respetada señora, ya anciana, que es dueña del mismo, y de camino de algún allegado, y contra la habitual locura que supone encontrar aparcamiento en pleno centro de Sevilla.
Señor alcalde, perderíamos todos unas...creo que unas nueve plazas de aparcamiento, pero ¿no embelleceríamos de esta forma un lugar que resplandece formalmente por sí mismo, pero esencialmente por ser depositario de una de las luces más serenas, sensatas y ejemplificadoras de lo que es la labor de un poeta, y además más injustamente tratado en su tiempo, y a su vez y por lo mismo, nos embelleceríamos a todos los sevillanos?
Ya que fue obligado a morir lejos de su tierra por la existencia de una guerra provocada por traidores a su propia patria ( que también era la del poeta), podríamos construir la paz que no le dieron tornando un lugar casi salvaje en un recatado, bello y simbólico huerto urbano.
No creo que sea cuestión de dinero, e intuyo que hasta los mismos habitantes , y hasta dueños, del citado palacio, habrán apostado por ello.
No suelo pedir nada los polìticos, ni los aborrezco ni abomino de ellos, pues creo en el excelso arte al que se suponen comprometidos, pero la figura del poeta Antonio Machado bien merece hacer una excepción en esa especie de cuestación personal por la creencia en el ser humano y su capacidad para ser justos con sus semejantes.
Si se construyera esa pequeña barreduela tal vez el poeta podría ya asomarse desde el cielo a mirar a su patio y su limonero (mis naranjales) sin tener que querer obviar las filas de coches aparcados que oscurecen una pared blanca de cal, suministro de luz.
 
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