jueves, 15 de octubre de 2009
Ser-Afín
Ser-Afín (En el nombre de mi madre y otras flores)
Serás el beso asomado al aire del
vespertino azul. Yo, la mejilla que lo sostiene
soñolienta en el vaivén de la vigilia
sobre estas dobles manos, estas pequeñas flores …
¿Y qué decir del aliento expelido por tus rosadas branquias?
Abarataré mi canto para que el perfil de la memoria pueda lucir,
prendido en tu cabello,
el clavel de abril, ¡ay!, mi noche persa sobre ríos de plata...
Y junto a la rosa del encuentro, la zapadora,
profanaré las tumbas de la estirpe que, contiguas a la feraz fuente,
impidieron a las buganvillas bramar la verdad atronadora con sus brácteas.
Ellas, las jardineras engalanadas,
las de frazadas de papel de seda en sus breves cinturas,
las de profundos escotes, herméticos y oscuros
balcones abiertos al pretil del aire,
desde donde asoma, tímida, la flor blanca,
la bella Inmaculada, La que no tiene nombre.
Sofía Serra, Octubre 2009
sábado, 10 de octubre de 2009
La calle doblada
Epílogo
En el límite de este entredicho te propongo ajustemos cuentas/
sobre los pasos dados/
desde tu fiebre o la mía, sin maniqueísmo ni torpes esdrújulas que sólo hacen/
enturbiar el mar alegre donde podemos lavar nuestras manos./
Aquí tú y aquí yo,/
frente a la espera, anudados por nuestra secuencia vital,/
mirándonos los pies mutuamente contemplando cómo el borde salado/
agiganta el vacío bajo nuestra posada,/
nuestra común estancia arenosa./
…
Y ahora, te pregunto:/
¿Qué más podemos hacer sino amarnos?/
* * *
Fin de Canto para esta era
Sofía Jesús Serra Giráldez, Sevilla, Octubre de 2009
Los mirlos
Los mirlos
Y ahora resulta que el alba se deposita y extiende sobre este lecho conformado escritura,/
curva de mis sienes desde allá por los mares inciertos de la infancia,/
cuando la senectud llama a mi puerta para asomarse serena, convenciéndome/
con tan sólo su mirada,/
de que la franquicia aplaude los longevos textos hechos manos,/
caricias de amor comprometido sobre el verbo/
que levantan y soliviantan este pecho que un día parió la que hoy casi sin nombre figura./
Junto a los mirlos entoné mi canto abrazándome a tu tronco,/
palmera, encina o nocturna madre./
Porque un árbol es tan sólo un árbol./
Qué o cuánto importa su nombre si bajo él depositamos nuestro cofre del tesoro,/
lo conquistamos a horcajadas sobre la infancia o lo podamos buscando la insondable sima del Misterio./
Un árbol es tan sólo un árbol./
Mas, ¿qué sería de nuestro abrazo si no dispusiéramos de tierra donde un día,/
tal vez el primero del mundo, pudiéramos sembrarlo?/
Quién sabe dónde se aquilatan nuestras huellas/
cuando, hurgando bajo el manto, nuestros vecinos los hongos/
abren, vencidos ante la luz, su fresco y carnoso parasol para avisarnos de que allí,/
sólo allí, nuestro paso no ha encontrado aún posada ni sendero./
Quién sabe qué sería de las tejas si los mirlos/
no las habitaran saltando profundidades y cárcavas calinas/
bajo el sol recién nacido./
Quién sabe qué sería de los árboles si no supiéramos llamarlos,/
o, sencillamente,/
qué sería de nosotros, aves pasajeras,/
aves con apenas canto ni salto,/
si no pudiéramos cicatrizar su abismo cosiéndonos al verbo./
Sofía Serra, octubre 2009 (Curvas de nivel)
domingo, 4 de octubre de 2009
Sin pie, dad
Así que aquí estoy, en la otra orilla.
No resulta sencillo caminar sobre las aguas, pero
¿quién puede decir que no tenga agallas que me hayan permitido bucear bajo los límites licuados del aire?
Es sólo que ahora me toca callar.
Después vendrán los evangelios, las inasumibles interpretaciones,
pero yo os digo que sólo recordéis esta voz mía, aquélla por la que nombro al hombre sin piedad:
que no os améis, que no os améis como yo os he amado.
Que no ceséis en la cesura de uno a otro,
que procuréis mantener siempre el contacto entre el candente hielo de vuestras mejillas
y la mejilla del contrario, digo del hermano.
Que uséis la prórroga en proporcionar atajo a quién os mira suplicante,
que cimentéis vuestros pies, costureros venidos a menos, sobre la aguja imposible
del tacón cercano, el asesino,
aquél de una sola puntilla, aquél que abre herida en el albero en y la tierra,
y en la franca yerba que ventila vuestras vidas, piolet para el hielo.
Jugad a construid arquitecturas efímeras,
ésas que con el fuego arden en la otra carne viva,
o las que al viento se las lleva el viento tergiversando
los relatos de las vidas inocentes,
seguid con vuestra mutua tortura hasta que terminéis La Labor,
que sólo así el mundo podrá crecer en paz.
(Conspicuo y abrasador este poema me quema como granada con argolla extraída)
Así que aquí me hallo,
en esta otra orilla tan blanca,
y yo tan sedienta como si hubiera navegado por todos los mares , caldo de cultivo órbico.
No oscilo, perpetuamente íntegra, demasiado íntegra.
Así que ya , tras de ti y al paso, solícito y ferviente servidor de tu mirada dispuesta,
me yergo sobre este mar ajeno a los raseros y las yuntas.
Así que, sin arte de magia, sino por humano encono, ahuyenté por fin a las gaviotas salobres,
y, bajo las catedrales cristalinas, renací como una diosa,
afrodita de pensilvania,
quimera enrojecida por el tumulto y la feroz ardentía de las arenas.
Sofía Serra, Octubre 2009
lunes, 28 de septiembre de 2009
Autorretrato a dos manos

Que no me pidan más, que lo he dado ya todo.
Que no me señalen con el dedo del abaratamiento.
Que nadie me justifique ni nadie ose navegar sobre mis mares (se ahogarían),
que mis tormentas son mías porque yo las creé batiendo el agua con mis brazos
hasta que no quedó más
que espuma barriendo a los guijarros extendidos en la arena. Dormidos.
Yo no escribo sobre mí.
Yo escribo sobre ustedes y su provecta posición bajo el sol ardiente antes del deshielo.
Sobre los umbrales que os poseen y a su vez me impiden el sorteo de la muerte.
Que vivimos bajo su manto de arrobo cargado de sí misma
y yo no deseo más que cerrar la noche,
cerrarla y obedecer
a esos sueños amables que ocultáis tras los cándidos cristales.
Un ser no es un instante,
un ser es la secuencia, el traspaso de cada infinitesimal límite del espacio sobre su propio tiempo,
y el del otro, y el del otro hielo,
el doblado sobre sí calentándose al son de su inherente frío,
el que construye la física perceptible,
manos y ojos bellos, solvente espasmo de la dicha mientras somos.
Un ser transverbera, proclama sobre el no vacío
la existencia ingobernable que subyace a la marea líquida de este universo
que construimos y habitamos, queramos o no,
como nifes expandidos.
(Así que ya llegaste.
¿Y desde cuándo te esperaba yo?, me pregunto, haciendo inexorable la duda que campea a sus anchas.
Cualquiera sabe.
Cualquiera puede saberlo.
Cualquiera que se moleste en atravesar el borde invisible del deshielo.)
Sofía Serra, septiembre 2009
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