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lunes, 16 de mayo de 2016

Faenador de orilla



Faenador de orilla

Y ella me ama, cuánto me ama…

cómo osar animal tan bello
transformarte, faenador
de orilla, con tus pies
enfangados en las olas lentas
con su piel en la de tus pies
limados por la arena oscura
con sus dedos como aves
de manos tiernas
expertos en hallar
verdades amarillas y verdes
lacadas y curvas y pulcras
como cuentas (y contabilizas)
o semillas rojas
para el trueque.

O para el dolor de estómago,
que desconsuela como la mentira.

Prefiero servir a dios,
que no soy yo, antes que adorar
la costumbre de lo evidente.
Sus trucos los reservo
para los alacranes y sus oleosas
y alegóricas tradiciones:
mato como puedo
el veneno no vendo
amor solo regurgito
lo que en la orilla encuentro:
¡Coquinas, coquinas!
¡¿Quién quiere coquinas?!
Cambio coquinas
por cubitos
de hielo para hidratarme
tras el vómito…

tanto dado,
tanto cúbico dado
en la tan cuadrada ruleta
de los que juegan a la meta.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La estatua de mármol



La estatua de mármol

Querer desentrañarte
o desentrañarme,
dejar que el dolor aflore
como los manantiales
desde el pecho de los cabezos amarillos.
Las cañas habrán de ser verdes
dedos que enraícen
en cada uno de mis huesos.
Así, en vez de mamas, ves
florecer aulagas y quejigos,
arbustos costeros cubiertos
de flores blancas y grises.
Sus hojas decimonónicas
tan aromáticas endulzan
el aire tibio que emana
el sentimiento de haberme
descubierto viva aun
enterrada bajo tantos estratos
de arenas fósiles.
la lluvia verdea las lindes
—es invierno en este sur—
de la casa que cada año
estrenamos: a nuestros pies
la estampa de la playa
y la escritura sobre ella
con el cálamo de la caña
más dura, ya reseca
y quebradiza.

Qué me pedirá a cambio la naturaleza
ahora que olvido el granito
y las arcillas calizas de las encinas
sino mi misma vida
que despierta con el dolor
conquistando cada espacio
intercostal
marmóreo,
las caderas
y mi pecho
horadado.

fundir en la misma empresa
la baja-amar y el desentierro
de la estatua con sus brazos
blancos.

lunes, 18 de febrero de 2013

A Molino Mollera

En el principio fueron los árboles.
Siempre los árboles y sus semillas tiernas o duras, sus hojas rugosas o suaves, sus troncos nudosos y encorvados o enhiestos como príncipes en armas al sol de un mediodía cualquiera, en el principio fueron los árboles, grises o verdes, desnudos en sus soledad de fantasmas cuasi blancos o cobijando la tierra roja con sus alas verdes, siempre almario, siempre armario los árboles, siempre abrigo de mis ojos o mis hombros, siempre los árboles, bajo ellos me dio
la vida me dio mi vida.

Después sólo hice volver a recrear el paisaje, sembré árboles, aré la tierra, verdeé y perfumé con madreselvas, fotografié fuentes, pensé en el agua, soñé en el agua, soñé con el agua, todo era agua, siempre fue agua todo, el río, los doce caños, los pozos, el mar de los cabezos, el agua de la fuente, el agua del riego del huerto, las lechugas como rosas verdes, las rosas de mi abuelo, de mi padre, mis macetas, mi balcón, mi soledad.
Porque nunca se obtiene todo lo que se necesita. Ni todo lo que damos.
Pero bajo los árboles me sentí abrigada…
El domos. Mi domos.

Dibujo a modo de Ex-libris sobre ejemplar de El banquete, de Platón. 1983.


A Molino Mollera

Erízame en tus venas
como el fruto del castaño
se abre brillante al calor
de la blanda tierra roja
colmado de su soledad
geminada.

Los fantasmas grises al frío
de enero salvan
las distancias del blanco
y negro. En mis fotografías te hallé
tierno y fibroso como el dueño
del grácil talle de la amapola
recién nacida.

es que sucedió en fracaso
los tiempos y las sendas amanecieron
tras la loma de la edad primera.
Detrás, tan detrás, sólo el rayo
de sol alcanza a los perales
cuyas ramas una a una
fui apartando como apartando
el tiempo desnivel vivido
sin tú o yo y sin ti.

Porque nos fuimos.
Y nos abandonamos
para no abandonar
mecernos
en el hoy de ayer.
La tierra roja acuna
el presente
de lo que somos
y no fuimos ya.

Sofía Serra (De La clave está en los árboles)

domingo, 9 de diciembre de 2012

Dorado cuaderno de matemáticas

Un año como ninguno, un curso, segundo de BUP, 14-15 años. Las matemáticas, la física, la Historia, el Latín: el descubrimiento de la pasión que todos esos conocimientos me provocaban. El año que tuve decidir.
El año además en que me cambió la letra o me maduró en sus rasgos cruciales: cuando se me soltó, cuando mi grafos comenzó a lograr expresar mi carácter tal como explica la grafología. En el cuaderno de matemáticas, curioso que sean los únicos apuntes que conservo de toda mi época de instituto, se aprecia claramente su evolución desde el principio de curso hasta sus finales: las "emes", las "enes", la hilazón entre las letras, ya ahí aparecen los rasgos que nunca más se fueron de mi escritura.
A veces echo mucho de menos las matemáticas en mi vida, su ejercicio, este tanto sobreabundar humanamente sobre  el espíritu, la mente, el cuerpo, la carne... ¿Qué somos sino matemáticas y física aplicada? Me fascinaban. Las integrales y derivadas sobre todo me descubrieron la verdadera belleza del cálculo matemático.
Pero tuve que decidir y me decanté por "humanidades", como si avanzar en un cálculo mental no fuera algo tan humano como avanzar en el conocimiento del hombre, ¿qué hacemos si no cuando poetizamos? La poesía, las matemáticas, hermanas que hemos condenado a vivir aisladas, equivocadamente entendidas tanto una como otra, como si la ética o el amor no pudieran transparentarse en una demostración matemática. Como si la razón sólo pudiera aplicarse al número y no a la palabra, al pensamiento y no al sentimiento.
Equivocados, equivocados para siempre.
¿Cuándo decidimos equivocarnos? Cuándo cometimos la tropelía... En qué momento quisimos alejarnos del conocer. Cuándo dejamos de ser hombres para convertirnos en simples servidores de las mismas limitaciones que contruimos para lograr caminar sobre esta costra dura de la nomenclatura... Cuándo...

... Y qué más da el cuándo...

Principios de curso

Finales de curso

Versos áureos (Pitágoras)

Honra, en primer lugar,
y venera a los dioses inmortales,
a cada uno de acuerdo a su rango.
Respeta luego el juramento,
y reverencia a los héroes ilustres,
y también a los genios subterráneos:
cumplirás así lo que las leyes mandan.
Honra luego a tus padres
y a tus parientes de sangre.
Y de los demás, hazte amigo
del que descuella en virtud.
Cede a las palabras gentiles
y no te opongas a los actos provechosos.
No guardes rencor
al amigo por una falta leve.
Estas cosas hazlas
en la medida de tus fuerzas,
pues lo posible se encuentra
junto a lo necesario.
Compenétrate en cumplir
estos preceptos,
pero atiénete a dominar
ante todo las necesidades
de tu estómago y de tu sueño,
después los arranques
de tus apetitos y de tu ira.
No cometas nunca
una acción vergonzosa,
Ni con nadie, ni a solas:
Por encima de todo,
respétate a ti mismo.
Seguidamente ejércete
en practicar la justicia,
en palabras y en obras,
Aprende a no comportarte
sin razón jamás.
Y sabiendo que morir
es la ley fatal para todos,
que las riquezas,
unas veces te plazca ganarlas
y otras te plazca perderlas.
De los sufrimientos que caben
a los mortales por divino designio,
la parte que a ti corresponde,
sopórtala sin indignación;
pero es legítimo que le busques remedio
en la medida de tus fuerzas;
porque no son tantas las desgracias
que caen sobre los hombres buenos.
Muchas son las voces,
unas indignas, otras nobles,
que vienen a herir el oído:
Que no te turben ni tampoco
te vuelvas para no oírlas.
Cuando oigas una mentira,
sopórtalo con calma.
Pero lo que ahora voy a decirte
es preciso que lo cumplas siempre:
Que nadie, por sus dichos o por sus actos,
te conmueva para que hagas o digas
nada que no sea lo mejor para ti.
Reflexiona antes de obrar
para no cometer tonterías:
Obrar y hablar sin discernimiento
es de pobres gentes.
Tú en cambio siempre harás
lo que no pueda dañarte.
No entres en asuntos que ignoras,
mas aprende lo que es necesario:
tal es la norma de una vida agradable.
Tampoco descuides tu salud,
ten moderación en el comer o el beber,
y en la ejercitación del cuerpo.
Por moderación entiendo
lo que no te haga daño.
Acostúmbrate a una vida sana sin molicie,
y guárdate de lo que pueda atraer la envidia.
No seas disipado en tus gastos
como hacen los que ignoran
lo que es honradez,
pero no por ello
dejes de ser generoso:
nada hay mejor
que la mesura en todas las cosas.
Haz pues lo que no te dañe,
y reflexiona antes de actuar.
Y no dejes que el dulce sueño
se apodere de tus lánguidos ojos
sin antes haber repasado
lo que has hecho en el día:
"¿En qué he fallado? ¿Qué he hecho?
¿Qué deber he dejado de cumplir?"
Comienza del comienzo
y recórrelo todo,
y repróchate los errores
y alégrente los aciertos.
Esto es lo que hay que hacer.
Estas cosas que hay
que empeñarse en practicar,
Estas cosas hay que amar.
Por ellas ingresarás
en la divina senda de la perfección.
¡Por quien trasmitió a nuestro
entendimiento la Tetratkis 
la fuente de la perenne naturaleza.
¡Adelante pues!
ponte al trabajo,
no sin antes rogar
a los dioses que lo conduzcan
a la perfección.
Si observares estas cosas
conocerás el orden
que reina entre los dioses inmortales
y los hombres mortales,
en qué se separan las cosas
y en qué se unen.
Y sabrás, como es justo
que la naturaleza es una
y la misma en todas partes,
para que no esperes
lo que no hay que esperar,
ni nada quede oculto a tus ojos.
Conocerás a los homb res,
víctimas de los males
que ellos mismos se imponen,
ciegos a los bienes
que les rodean,
que no oyen ni ven:
son pocos los que saben
librarse de la desgracia.
Tal es el destino
que estorba el espíritu
de los mortales,
como cuentas infantiles
ruedan de un lado a otro,
oprimidos por males innumerables:
porque sin advertirlo
los castiga la Discordia,
su natural y triste compañera,
a la que no hay que provocar,
sino cederle el paso
y huir de ella.
¡Oh padre Zeus!
¡De cuántos males
no librarías a los hombres
si tan sólo les hicieras
ver a qué demonio obedecen!
Pero para ti, ten confianza,
porque de una divina raza
están hechos los seres humanos,
y hay también la sagrada naturaleza
que les muestra
y les descubre todas las cosas.
De todo lo cual,
si tomas lo que te pertenece,
observarás mis mandamientos,
que serán tu remedio,
y librarán tu alma
de tales males.
Abstiénete en los alimentos como dijimos,
sea para las purificaciones,
sea para la liberación del alma,
juzga y reflexiona
de todas las cosas y de cada una,
alzando alto tu mente,
que es la mejor de tus guías.
Si descuidas tu cuerpo para volar
hasta los libres orbes del éter,
serás un dios inmortal, incorruptible,
ya no sujeto a la muerte.






 
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