lunes, 20 de enero de 2014

Sólo me queda el frío (Inercia sobre el frío)

Sólo me queda el frío (Inercia sobre el frío)

Habrá que hablar algún
día claramente, digo:
tu boca de hielo hace
siglos que la conozco.
I

Desde el alba, someto.
¿Cuándo llegará el sol
en esta noche tan pálida, tan triste y tan blanca,
en esta noche tan luna a media tinta de día,
en esta noche desmesurada de esquinas
y loquios y seniles silencios
y locuacidades estériles
y cuadrúpedas cornamentas,
¿cuándo el sol, el sol, el sol,
que a todos hace iguales?
Akenatona.

Estas cosas, las de nuestras manos,
hablan así, a cántaros.
Menos cuando llueve.

Cuando llueve,
este imán en forma
precisa
de árbol de invierno
soporta la catecúmena labor.


II

No sé a cuánto se vende la estopa.
En el mercado, los habitantes
del cielo hablan con los codos.
Será que el gato,
el que avitualla
los ojos pardos de la noche,
gobernó por las esquinas redondas
con su interrogante cola
preguntando a las paredes por los ratones.
Las paredes, mudas.
Las lenguas, comidas.
Y yo ya me hice vieja.

III

No se comparan los rastros
que dejas perdidos sobre el arroyo,
las ranas beben de nuestras usuras
como las viejas que, bastón en mano,
golpean sobre el suelo gris
lo que les queda de hembras.
Aseguran el futuro de los hijos del dantesco.
Suenan trompetas doradas
como goznes oxidados,
las puertas del paraíso
cerradas abren a cal
y canto de otras voces serias,
voces rutilantes atraviesan
la melodía de los espartanos
que vinieron al mundo
sacrificando hijos.
Tu yo y el del vecino
terminaremos viviendo
en la aldea misteriosa
bajo ese culo del mundo,
ese que permanece sentado
aplastándonos.

IV

los nombres,
las sonoras luces
beben sin avergonzarnos.
¿Qué sentirá la bomba cuando estalla?
¿Qué el átomo cuando lo taladran?
¿Qué inverosímil factura de luz
revienta entre los laureles
descomprimiendo el lúcido
espanto del cristal aplastado
entre dos aires,
el de fuera y el de dentro?

¿qué descollada y discontinua enredadera
crece agitando estas hojas plegarias?

Me asomo bajo la yerba
palpitando fríos que dicen
qué será de esta senectud
ahora que me abandona.

Ah, espanto… el espanto
habita la factoría
bajo las nubes plateadas.
Ya me aviento en este hallo enhebradas
torturas bajo el símil de paz.

siempre constante,
siempre constante resbala
esta fría por el esófago
de tantas tragaderas de hielo.
el cristal hecho añicos
rompe la quietud del mutismo,
se precipitó por el único socavón,
éste que comunica el aire
con el estómago.
Aquél.

V

Cuando te combatí primero,
no dudé en ningún segundo
que me ganarías. terciaron
los días verdes y alejé la miseria
de mi cuerpo que tampoco dudó
de tu generosa victoria,
que algún día, tarde más o menos,
despellejaría la piel viva de la hoja
para dejar la carne herida
abierta al aire secándose
sin huir del vendaval
que asola sin nombre
que llevarse a la boca.

Eres el frío,
Elfrío, quien
efectivamente
me aterra,
me entierra,
me desnombra.

3 comentarios:

Jan Puerta dijo...

Con el café de la mañana ha sido un placer leerlo con la calma que necesita...
Un abrazo

Rafael dijo...

Bonito poemario que se lee una y otra vez tratando de esprimir su contenido. (Ya sé que es una tontería, pero me gustaría escucharlo, grabado en tu voz...)
Un abrazo en la tarde Sofía.

Miguel Nieto Galisteo dijo...

Sin palabras amiga…..esas ya las has puesto tu.

 
Creative Commons License
El cuarto claro by Sofía Serra Giráldez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.