domingo, 1 de septiembre de 2013

Haces hablar a los muertos (The hanging tree)

Este poema siempre lo recuerdo con , no sólo especial cariño, sino simpatía, casi el guiño que la poesía me hace a mí sobre cierta forma de entender la vida y los sentimientos, el mayor sentimiento, el del amor, y su contrapartida, el del engaño, el autoengaño, la hipocresía y la cobardía.  Por eso lo incluí en "Signos cantores", la especie de antología que Linden Press me publicó. 
Nunca los explico, sería casi un crimen, claro, pero esta vez me permito el lujo. Está inspirado en una canción que me encanta, de una película que adoraba mi madre, por razones evidentes, ella misma, el film,  y el guapísimo actor que la enamoraba, :), y es de los pocos que he compuesto en mi vida al son de su archiconocida canción, rompiéndole el ritmo, a contratiempo de él, como se hace con el pie para meter unas palmas en una sevillana justo así, a contratiempo.
Morir en vida significa amar, dejar de ser, una anulación del ego para apostar por el "tú". La letra de la canción, en inglés, lo dice, y en el poema, intento el juego con el concepto, concepto en el que creo profundamente, como mi madre, que también cuando por algún motivo discutía conmigo o con mi padre, a ambos nos decía: "¡Haces hablar a los muertos, por dios!, calla ya!" (por tocapelotas, por decir verdades, por pesá que una es...;).) Lo escribí para un antiguo amigo con el que se metían mucho porque sus poemas provocaban "escándalo", entre los hipócritas, naturalmente.

Haces hablar a los muertos
(The hanging tree)

Si por quejumbrosa sutileza,
tu voz tierna y clara
es acotada por la ira del entredicho,
la nomenclatura de la supervivencia
o el aura lastimosa del apocamiento
de aquéllos a quienes la luz transparenta
mostrándonos sus vísceras repletas
de contenido nauseabundo,
o, por la vivencia amarga
de la elección errada, soportan sobre su testuz,
como animales de allende las eras, los uros,
o toros de esperma ya extinguido,
la bicéfala corona del engaño,
tú no fallezcas.
Hacer hablar a los muertos
es tarea de poeta encendido,
aún más que vivo, de luminaria
traspasando los arcos voltaicos
que se sufragan a golpe de tendido
orbital entre aquel planeta,
el perdido, y éste,
en acto inmensurable,
sin registro posible más
que en el alma y la amada carne:
las esferas cantando al son del Unídono,
la melodía siempre afinada
de la voz humana más allá del tiempo.
Porque el tiempo sólo existe para los no-muertos.

Para lograr morir hay que saber vivir,
y para vivir hay que morir
en el árbol del ahorcado,
nuestra inilustrable encina eterna,
altar del dios adorado de mi alma mater,
como la que acontece cuando esos ojos,
ebrios de torbellino luminiscente,
miran sonriendo tras el cristal
que nunca desfigura, el verdadero,
desde mi Gary Cooper que está en el cielo.


2 comentarios:

La gata Roma dijo...

Pues me ha encantado, incluso la explicación que no sueles dar me ha gustado… Puede que sea porque todo tiene un por qué, no siempre es necesario saberlo pero oye, tampoco está de más…

Baci

Sofía Serra Giráldez dijo...

:), gracias por aceptar la explicación, el porqué... aunque te aseguro que no es completa, ;)
Beso

 
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