domingo, 11 de agosto de 2013

Para Sagrario del Peral, una roja diosa entre diablos azules

A lo mejor lo escribí para ella. Sonrío al pensar cómo, a pesar de estar dedicado a Los diablos azules, su sentido es el rojo. Y ella tenía el pelo rojo, ¡qué hermosa cabellera roja! Me recuerdo, a la vuelta de Madrid, allá por Abril del 2010, buscando, con cierta expectación entre los disparos que había hecho en el conocido bar poético, esas en las que ella pudiera parecer. Nos conocíamos de los blogs antes, y al conocerla en persona, me llamó la atención su pelo rojo, ¡entonaba a las mil maravillas con la alegría desbordante que su personalidad emanaba! Pero entre mi nerviosismo por la circunstancia, primera vez que recitaba en público, primera toma de contacto con ese bullicioso ambiente poético, y mi aversión a fotografiar con flash, es decir con luz artificial, al final las fotos en las que ella salía, no me gustaron. Era muchísimo más guapa. A los pocos días me pidió que se las enviara, creo que lo hice, creo. Lo que sí recuerdo con seguridad es que quedamos en que en cuanto volviera algún otro día a Madrid y pudiéramos encontrarnos, le haría "pedazos de fotos", como sus rostro y su persona merecían.
Pero no pudo ser, no volví. Bueno sí, para presentar "la presencia por la ausencia", pero no nos encontramos, ¡somos tantos!...
Hoy siento que este poema lo escribí inspirada por su pelo rojo. Llevarle la contraria a Los diablos azules no resulta nada fácil. Seguro que su naturalidad, su alegría y su vitalidad, las de Sagrario,  me ayudaron a escribirlo.
Necesito rendirle homenaje a Sagrario del Peral. Tres años de roce a través de facebook, han hecho el cariño, y desde anoche, en que me enteré de su repentina muerte a través del móvil estando en el campo, estoy aún sin creérmelo.
Una forma particular de hacer el duelo. Es la mía. Una forma que sé bien ella entendería.

De dios al diablo

Para Los diablos azules, bar poético de Madrid

He hecho una fotografía.
He blandido carne de cuerpo arracimado.
Dios me venga cada día, dios me luce
en el sol urdido entre las prendas
que por el suelo voy dejando.
Osamenta y ruda percha
para colgar ese pliegue envejecido
que arrastra tantos años y ninguna basura.
Hasta que me desnudo.
Si sólo una tengo, ¿a qué me debo?
Juventud y buen verso riñen
como hervidero de pirañas en el Amazonas.
Al final, será siempre espina y hueso.

Que venga, que viene, que suelta melena,
que viste ya sola, que quiebra paredes,
destreza
que yuxtapone, que suma y alivia,
que poetizo guerreando contra todo hasta sin mí
y ya me dejo hasta derrengarme entera.
Cada verso, una batalla ganada,
cada renuncia de muerte, un paso hacia el caos,
cada palabra, un menos de Ti,
cada suerte echada, cada sol en vida...
Abandonar toda sombra
y dejar de cruzar las manos
sobre este vientre; preñan
en vida a la soberana muerte.
Cantar y desposeeros,
cantar y desvanecerme,
cantar y subvertir:
ya la jacaranda recubre el suelo
con sombras altaneras desde el cielo.
Ya la tierra arranca muerte y enfanga agua,
ya justifico el frío bravo,
ya averiguo sobre las piedras,
ya niego antiguo canto azul,
ya sólo quiero verde, a media tinta o dios.
O diablo.

Y endiabladamente me veo
poetizando, que es lo mismo
que amando, jugando o sorteando
el acá y el allá
tras el cristal
que recita descifrando
las señales y el ritmo tardo,
la lenta alquimia, la cansina suspicacia
de ciertas pautas y medidas.

Ya bate el colmo sobre la mejilla ardorroja,
verde beso a beso de mayo al verano
expandido más allá del límite subjuntivo:
Rojo y veo,
rojo y muerto el ocaso,
rojo y ardo,
rojo y vivo
grande.
¡Bah! ¡Porca miseria de labrantíos parcos
y desdichos de sí mismos!
...Ya asoma el tren de las vueltas
a hélice de este desvarío encendido.


(Los parasoles de Afrodita. Baile del sol, 2013)

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