lunes, 31 de enero de 2011

El grafos y "mi" Marcel Proust: una nota al hilo de la lectura de "En busca del tiempo perdido"


Título de la fotografía: En busca del tiempo perdido (*)


Hace ya un par de años que disfruto del hecho de poder acercarme a una joya de la expresión humana como ésta, “En busca del tiempo perdido”. El primer volumen me lo leí rápido (sí, con ese “me”), titulado “Por la parte de Swan” según traducción de Carlos Manzano (aquí se puede leer un bonito artículo sobre las traducciones y algunas palabras del propio Carlos Manzano sobre la que él hizo de esta obra), anotando algo de vez en cuando, o subrayando, como suelo hacer cuando algún libro me interesa especialmente (suelo percibir esa sensación nada más comenzarlo). Al empezar la lectura del segundo, tuve que dejar de entretenerme en esas “menudencias”, la lectura me demandaba completamente, la escritura de Proust me absorbió, pero a la vez comprendí que para satisfacer todas la inquietudes que su lectura me provocaba debería de leerlo como mínimo una segunda vez, para así poder dejar grafía de esas pro-vocaciones. Imagino, pienso, que lo que nos lleva a dejar grafía de algo que percibimos  depende en gran medida, de la intensidad con que lo externo a nosotros nos marque, nos grafíe asimismo por dentro, indeleble pero también intangiblemente, sin fisicidad reconocible por nuestros también más físicos sentidos. No creo que sea otro el mecanismo que nos impulsa a esto que llamamos dejar huella. Es decir, hacer el camino de vuelta que antes esa corriente meta-física, interguiono explícitamente, de, en este caso, una huella, la escritura en este caso de Proust, ha recorrido logrando dar el salto casi interdimensional entre las re-conocidas de la otra huella hasta algo que al menos por ahora sólo conocemos habitualmente como desarrollada en una, el tiempo, esto es, nuestra psique. Es a través de nuestro cuerpo, nuestra fisicidad, con las neuronas que, también por ahora, sabemos que son las responsables de todo aquello que reconocemos como intangible en el ser humano, con el que exportamos (como los archivos incompatibles, como el proceso informático que habilitamos para que los distintos archivos que cada programa usa puedan ser ABIERTOS, es decir, reconocidos, por el otro software con el que queramos abrirlo) lo que nos mueve y conmueve por dentro desde fuera y hacia fuera. No es otra cosa la grafía que el resultado de esa exportación a un lenguaje más o menos asimilable por todo lo externo de este software que el individuo conforma (como una sola especie somos, y parto de la base tan conocida de que tan sólo en un 10% se diferencia nuestra ADN del de una mosca, concluyo que en estos más de cinco mil millones no existe más que un sólo software sobre el que funcionemos. El único inconveniente es que no por todos es conocido, el programa, y también, por nadie al completo).

Volviendo a la novela de Proust, sin querer fui ralentizando su lectura, tomándolo a pequeños sorbos, la mayoría tan sólo por la noche antes de cerrar los ojos. Se me antojan a veces esos momentos como unos de los de verdadero disfrute en la jornada, una forma de encuentro con la paz, un descanso para mi espíritu. El solaz.

Hace mucho tiempo como digo que dejé de subrayar, aunque a veces no puedo evitar tomar la pluma o el bolígrafo, pocas veces un lápiz, corre riesgo de borrarse su grafía mucho antes, y dejar señalada alguna perla. Sí, me encanta fundirme como buenamente puedo físicamente también con ellos, no soy fetichista, cuando amo, es decir cuando algo demanda mi interés, necesito integrarme en lo que quiera que sea con todo lo que soy, cuerpo y mente. Es decir me entrego. Anoto y escribo en sus papeles, esos papeles que para mí son sólo un soporte que me resulta accesible porque ambos compartimos fisicidad. Por eso mismo, cuando me leí a través de internet varias obras de José Saramago, en cuanto tuve medios para poder adquirirlos como libros, lo hice. Los necesito conmigo aunque sólo sea para tocarlos y distinguirlos como objetos en tres dimensiones. Así que escribo sobre ellos, tampoco demasiado porque soy cuidadosa o respetuosa, a la par de las letras que la imprenta ha dejado transcritas en el papel, y, aunque el libro pueda traer cinta señaladora, sin querer se me va la mano siempre para doblar el pico de la página por la que me quedo (odio los señaladores que tan de moda están hoy en día, sobre todo porque son más largos que la medida vertical del libro, tal como el propio fin para el que están fabricados supedita, y estorban, se doblan en las estanterías si encima coloco otros libros en horizontal, o en mis propias manos me disgusta su perfil de más, me distorsiona la silueta del libro en mi mirada. En definitiva no me gustan de ninguna de las maneras posibles para lo que fueron inventados, a no ser como cómodas y móviles estampas caso de que su diseño me resulte especialmente atractivo). Por eso prefiero las cintas, se amoldan a mi forma de integrarme en ellos, los cuido (me gustan mucho las tejidos), a los libros,  a la vez que me "coloco" en ellos.

No es para mí el libro como objeto físico un tesoro para ser encerrado en una urna. Tengo que manosearlo, llenarlo de mis células, que se estropeé, levemente, aunque alguno he lanzado como torpedo, y, con los medios domésticos que a mi alcance queden, arreglarlo de vez en cuando si, por endeble edición o accidente, llega a correr riesgo su entramado físico, riesgo con posibles consecuencias irreparables. Todo este proceso de “intercambio” físico entre el libro y yo, termina, a lo largo de una vida, por configurar una especie de ex libris genuino. Casi podría reconocer, caso de que se me hubiera perdido alguno entre los antaño prestados (ya no suelo hacerlo, porque, efectivamente, alguno perdí en manos ajenas) con tan sólo un vistazo desde lejos.

En esta obra de Proust necesito dejar mi huella. Ahora lo hago físicamente de estas formas y dejo que él me señale por dentro. Ya llegará mi turno de grafiar yo lo que su grafía en mí provoca.

Sin embargo, no puedo evitar señalar alguna perla de esas que voy encontrando. Son tan incontables, tan sucesivas, que por eso mismo tuve que dejar de hacerlo y, como consecuencia, oír arrancar en mí el motor del deseo por dedicarle como mínimo una segunda lectura algún día, caso de qué me dé lugar en mis años de vida, para, ya más despacio, y, a partir de él, poder extraer de mí todo lo que su lectura me provoca. Me provoca o me señala, a mí, e intuyo que a cualquiera que lo lea. Siento por la mente que hizo posible esta joya de la literatura universal, ahora, una admiración sin límites. Transcribió, es decir, exportó a un lenguaje asimilable por todos, la escritura, lo que desde su software, que no es más que el de todos, percibía en su exterior para elegir el tiempo, una dimensión común a todos, no importa que viva quien sea en quien pensemos hace tres mil años, como recurso de digresión o artificio. Sin embargo, éste, esos límites que parece que interponemos entre los que están y no, desaparece al leer su escritura. Proust, al hacernos evidente su percepción, nos muestra la esencia de lo que estamos hechos, nos la evidencia, no importa en qué años vivamos.

Conecta con el cauce que nos subyace y lo hace visible. Hizo Poesía mediante el recurso de una historia narrada.
Proust fue un poeta. Y consciente soy de que nada descubro.

No quería dejar de pasar esta finalización del cuarto volumen, Sodoma y Gomorra, con la anotación en este blog de una de esas perlas que me resulta imposible evitar registrarlas, aunque sea ya tumbada en la cama luchando entre el sueño que ya se me acerca, el acero del capuchón de la pluma y el enredo del cordón de mis lentes para la presbicia.

[…] "en la humanidad la regla —que entraña excepciones, naturalmente— es que los duros son débiles a quienes no los han querido y sólo los fuertes, a quienes poco importa que los quieran o no, tiene esa dulzura que el vulgo confunde con debilidad."
[...]

Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. 4. Sodoma y Gomorra. Capítulo tercero. Pág. 435. Traducción del francés: Carlos Manzano, cedida por Random House Mondadori, S. A. para Círculo de lectores, S. A. (Sociedad Unipersonal).
ISBN 078-84-672-3384-1 (Tomo IV)
ISBN 978-84-672-3406-0 (Obra completa)


Sofía Serra, 31 de enero de 2011


(*) Esta fotografía la disparé e hice y además también titulé,  años antes, en diciembre de 2005,  de siquiera pensar que algún día accedería como lectora plena a la obra de Proust.

domingo, 30 de enero de 2011

Hombre andando

(Republicando por correcciones)


Hombre andando

A mí ya me tengo, ¿para qué más verme?/
Percibir aniquilando la ominosa estancia que te suprime o te condena día a día a revertirte sobre el supremo pandemónium,/
a nivelar las ostentosas manipulaciones del anquilosamiento sobre la juventud fracturada en plena senilidad de las cosas viejas,/
que obstan, que pervierten, que suprimen, que rebanan.../
El amor es sólo potencia de tú y yo,/
sólo acontecida de acaso y voluntades,/
no más que un afán sobre la noche profunda,/
la inercia embatallada y vencida./

Y ya claudican las empresas,/
claudican generaciones completas/
sobre el desvivir de la suerte sobre el hombro azaroso/
de lo que proclamaste a sabiendas de tu obtuso fuego,/
el juego invertido sobre las olas recalmosas/
como las velas que navegan sedientas de aire imbatible,/
como sustenta a mi pecho tu propia sombra en el calvero./
Sostiene mi gemir tu bramido permanente de profunda y telúrica ilusión de centro sobre la muerte del mutismo,/
sobre lo justo cometido cuando ya no más que rozas el porvenir/
del sin ti cuando desapareces,/
De tus ojos a mis oídos de alma blanca... honda, más honda tu mirada que el siniestro devenir del segundo tras el oreo del batiente./

Y nevará./
Volverá a nevar sobre este puente./
Pero la fuente permanecerá abierta en su brocal al consuelo de tú más yo más que no quiero para mí./

Porque si me nombras, te destruiré./

Ella puede más que todo, ella es mi contrincante./
Ella, la hechicera de los hombres./
Lujuriosamente serena, ávida de sus lágrimas y sus risas, perversa algarabía de aves pendencieras/ revoloteando sobre la frente perlada:/
Perversa tú, perversa nigromante de añadas resecas y uñas avariciosas sobre esta pura piel de nácar viva, la tierna caricia que nos sostiene sobre el aire tan entretenido, tan bendecido por estos inocentes alientos./

Y ella asoma su desintegrada muerte, su simiente ejecutora de raíces en allá no ya más aquí, que yo sin ti, que solo soy./

Pecata minuta en la ensordecedora tiniebla./
No más, no más que su perfil usurando sobre los labios, desabasteciendo al único rayo viviente./
A ese hombre de pie, a ese hombre andando./

Sofía Serra, Diciembre 2009 (de El deshielo)

sábado, 29 de enero de 2011

Crepuscular

Crepuscular

En estas párvulas nieves se abandonan
los vestidos
y las manos que amasan
el frío del pulmón sin aliento. La asfixia.

Surge la metáfora, el rescoldo
prende al vuelo del milagro. La ciencia. Tu ciencia.

Pasean los muertos de alcantarilla.
Son los que se irán ya muertos
bien muertos con tantos años muertos
a la espalda de los vivos
a los que fueron matando
con industriales monedas
que acuñaron
mano sobre mano.

Y nada quedó.


Sofía Serra, 22 enero 2010

Respuesta, última, en el post de los Addison

De las cosas que más me deprimen en el sistema de funcionamiento de algunos blogs  es ésa por la cual hay que esperar a que el administrador dé su permiso para la publicación de los comentarios que se hacen, aunque, indepedientemente de que cada uno es muy libre de hacer lo que estime oportuno, comprendo perfectamente que en ocasiones resulte muy pertinente, sobre todo si el blog tiene demasiado movimiento.
Pero como yo ya estoy bastante cansada de la cuestión y, sinceramente, ha llegado la cosa al límite donde ni allí mismo pensé que llegaría (manifiesta ignorancia y  suficiencia falseada), la doy por zanjada, y desde luego no deseo esperar hasta que alguno de los administradores de aquel blog tengan tiempo para otorgar los permisos que estimen oportunos.
Así que en este mismo momento hago pública aquí  la respuesta que acabo de dar allí al último fantasma, (manifestación sin visos de corporeidad, o lo que es lo mismo, sin datos relevantes en relación con el medio en que se viva por los cuales poder extraer identificación) que me ha respondido. 
Y doy el asunto por zanjado.
Mi respuesta:


Yo sí sé lo que es un soneto, ISBN, pero  veo que tú no sabes lo que es un son-etho.
Mira, hay una cosa por ahí que se llaman tribunales de oposiciones, masters, cursos de doctorado, institutos, colegios, en resumen, enseñanza de la cual se obtiene el privilegio de, además de obtener unos datos concretos con los que poder extraer conclusiones y respuestas por nosotros mismos, es decir , aprender, se suele adquirir formación humana básica y mínima para saber dirigirse a sus semejantes, es decir, y te explico: nociones de ética, básicas, por las que por bien hasta de uno mismo, no se va ocultando la ignorancia propia a través de erudiciones o suficiencias desprovistas de toda base. No por nada, sino porque llegado el caso, que en cualquier momento puede suceder, las insuficiencias de cada uno pueden quedar a la vista cuando menos se lo espere uno.
Aprende de donde llegó el soneto, estudia la canción siciliana, vete a la métrica latina, traduce latín, o mejor aprende a leerlo y pronunciarlo dentro tuya con su ritmo, aprende yámbico o dórico, estudia un poco de griego, a ser posible en originales de Homero, quiero decir con alfabeto griego, igual, casi sin diccionario,  intenta saber qué relación puede haber históricamente entre Sicilia y los griegos cuando les dio por colonizar medio mundo conocido allá por el siglo V a. C., y después, si quieres, hablamos del endecasílabo.
Pero antes, por favor, recuerda lo que seguro tus padres te enseñaron sobre nociones básicas de relaciones entre los semejantes, no por nada, vuelvo a repetirte, sino por tu bien mismo.
No sabía que existiera tanto ignorante disfrazado (si quieres te presto mi libreta de séptimo de egb para que recuerdes lo que es un serventesio y el soneto inglés) aficionado a la "poesía". Secuestradores, ése es el mal que padece la Poesía.

viernes, 28 de enero de 2011

Como si las rosas no hablaran

La de veces que he querido exponer este poema, que forma parte del anterior poemario que apenas hace semanas que he cerrado, "Nueva Biología", y cómo el momento llega por sí sólo, ahora, acompañado de una fotografía, cuando se ha conformado entre los dos una verboluz. En mayo anduve buscando una fotografía de una rosa roja y hasta hace pocos días no me ha dicho que ya se había disparado. Como decía en un poema que por entoces escribí, "Cuando sabemos, cuando sabemos la rosa se fotografía".


Título de la fotografía : Rosas fuera del mar



Sirena muda I

En ti confío ahora
que ni en mi voz
creo.
Oído.
Me has hecho dolor.


Ser, y un ser tras de mí
que no claudica.


Este sueño breve,
negligencia de aquel amanecer que con su silueta
despertó al son,
y el son
que te perdiste,
qué perdido huyes entre mis dedos cuando me acaricio el pelo,
qué perdido,
qué pérdida esta sonrisa
a tiempo.
Lo inexplicable hace balanza de medida,
sueño cabalgaste, sueño
vetaste
rosas rojas en el mar.

Sofía Serra, Noviembre 2010

miércoles, 26 de enero de 2011

Tras la detonación

Tras la detonación

¿Dónde se acaba todo esto?
Mientras buscas la sutura,
arrecian molinos,
mientras bebes equilibrios,
se cocina el desastre,
serios ángeles tuercen la esquina
llevándose consigo
paredes plenas, convexas y con ombligo.


Allá quedó colgando del cable
que cruza la calle mi cordón umbilical:
No sé dónde me desvisto
y veo el mundo del revés.


¿Quién o qué queda tras el eco?
La sonrisa atraviesa la piel estremecida,
la sonrisa se levanta como el sol,
la sonrisa amaga
y yo me perpetro abominando del vacío
de tantas sonrisas llenas.


¿Quién eres tú que enmudeces?
El eco sella las montañas,
el día a oscuras, la luz a las afueras,
un cuerpo, de noche,
asoma su volumen en el velamen de la ropa de la cama.
Descanso aunque no me quede ombligo.


El pecho sinuoso tumba el horizonte.

Sofía Serra, 2011

martes, 25 de enero de 2011

Los cotiledones

Sigo corrigiendo mis parasoles...bueno, los míos no, los de Afrodita...;)
Aquí va otro de ese poemario, "Los parasoles de Afrodita".


Los cotiledones

Fuente y albedrío libre de junto a mí:
ya sobrenada tu agua bañándome
desde mis manos que sobre ti han sudado.
Suerte-sal y urbano renombre del monte sobre el monte de Venus,
o sobre la colina del loco,
hacia esta orillas vivas de estuario
que se abre a la barra del río que me hace y renace.


Ay, amor, cómo destilan néctar
las flores de estas jacarandas,
altas, altas como los rascacielos.


Desde estos valles de verde amapola,
yo respiro exaltada sobre mi cadera unida
a tu alma cerrada de vértigo
a los dólmenes que sostienes con las puntas de tus dedos,
a los adoquines mojados,
al pilar-soledad de tus saltos sobre las vendas de seda de la droga blanda
de las carnes acicaladas de las diosas que no son griegas.
Solapando temblores, apisonando tu bomba-corazón
bajo las otras humanidades, las otras voces,
las vampiras de la celeste sangre.


Y todos abastecidos sin saber que el agua que bebemos
no proviene más que de un mismo pozo que no tiene nombre.
Mar eterno, mar sin orillas, mar subterráneo bajo la costra dura de
la nomenclatura.


Ya se yergue salvaje y sañuda el ave de la suerte. ¿Suerte?
Suerte nuestra de ser de Hombres.
Sino lleva otro nombre sin nombre de vida y marea, la vena
que nos atraviesa de parte a parte y no duele.
Ay, salvaje yunta, ay, clámide que te espera,
velo opalino a horcajadas sobre tu cintura.
Tanagra abrigada, ¿a qué esperas para desembarazarte
del telúrico manto de lino que te ampara?
Luce como la Venus de Milo, aun sin brazos,
luce cual estatua blanca de alma y
vida predispuesta a tornarte
en manca y grande esposa viva
del hombre y su tierra y su agua clara
que mana del pozo del que ya naciste.
¿Libertad manca?...libertad plena.


Cerrada la puerta de amapola,
viva no olvido que tras el paso de la corriente
de aire no quedan más que germinales nuevas semillas,
tartáricas visiones de quien anduvo soñando muerto
que duerme sobre la cama de su propia osamenta
clavada al suelo de sus necesidades.


Canto al poeta en paro, canto al de celeste sangre,
al derrotado ante la tierra,
ante los ojos de calvario del semejante.
Canto a la vida fecunda que adquiere nombre de vida
más allá de tus manos o los cotiledones de mayo,
canto serio sin sonrisa de risa: nunca ríes, poeta de ti.
Come risa, come vida, cómeme.
Cultiva mis lágrimas, lava mi ropa, revuélcame en tu cama.
Acoge en ti algo más que el nombre bajo el que te abrigas.


El poeta quiere estar sólo. ¿Qué le pasará al poeta?
El signo por sus alas o el saco desgajo
de su vientre descuartizado.
¿Qué le sucede al poeta que ni sabe ni contesta?
El poeta tiene que estar solo, ¿cómo puede vivir el poeta?


Poeta a más contra el viento, poeta a más contra la suerte que surte
poetas de más y más voz contra la mansedumbre
y las vieras de peregrino hacia el lugar que ya sabemos.
Que no es Dios.
Sólo libre y pendenciero contra su alma,
el poeta nace más allá de la entrepierna madre o las almenas que amilanan
la sombra de las nubes bajo tu cielo, bajo tu cielo,
hunde tus hombros en el poder de la mies,
llora al nacer, que así cantaremos
con tu soplo los que nos pudrimos, los que morimos, los que abaratamos este silencio
en estos míseros cantos de gozo travestido.


Ya ves cómo abro esta risa a caudales de dos manos llenas
de aire va, agua viene, tierra fértil, fuego mío,
sentencia a sangre de poeta abrasada en viento,
no más que ente divergente ya sin voz, aún sin flores y sin llanto:
no más que dos cotiledones abiertos al sol de mayo.

Sofía Serra 2010

Causalidades de la poesía (primera crítica aséptica): Acto de amor artístico

Son las casualidades de la vida...no, falso, no son casualidades, para mí son causalidades, y su encuentro, su hallazgo, lo que el ejercicio de la practica poética permite, y creo que éste, ese hallazgo, siempre lo pienso, es uno de los principales motivos por el que sigo y sigo creyendo en esta cosa que no sé cómo nombrar pero que todo el mundo entiende por Poesía.
Hoy encontré esta entrada en el blog de Ilkhi. Me maravillé porque encontré similares resortes a los que en su día me llevaron a componer una verboluz. Ésa que más abajo escribo y cuya fotografía expongo.
Pues bien, esta noche, bendita sea mi suerte, me he encontrado con POR FIN la primera crítica, no, no voy a decir del todo seria, para mí la palabra seria implica mucho más, pero sí al menos carente de todo atisbo de ...¿cómo diría?...¿connivencia?...puede que le vaya bien el término puesto que proviene de alguien que, que yo sepa, no conozco de nada, es decir, a él/ella y a mí no nos une nada. Y ha dado la casualidad de que el crítico ha ido a fijarse precisamente, sino en la verboluz al completo, sí en el pequeño poemario donde tengo incluido el son-etho.
Hace un año peleaba con todo lo que podía porque los más altos y preclaros exponentes de la crítica poética en este mundo de internet (llegué a esa conclusión porque los encontraba enlazados en todos los blogs de poetas con MUCHOS seguidores y algunos con algún que otro libro publicado, o sea, lo que yo por aquel entoces entendía por buenos y serios y sesudos poetas dignos de pre-admiración) se aviniera a fijarse en esa poesía que inunda esta red y que no está marchamada por un ISBN. No iba pensando en mis poemarios, en aquel momento creo recordar que sólo tenía expuesto ese de Son-ethos, que como ya he dicho y cualquiera que tenga a bien puede comprobar es muy breve, y poco valioso formalmente hablando, aunque su valor para mí es otro y por eso siempre lo dejo expuesto. Hace más años tuve expuestos todos los que hasta ese momento tenía escritos, cuatro o cinco, pero cuando se me contagió el miedo de la mayoría de los que comparten su poesía en internet a ser plagiados o a que los irreductibles miembros de jurados de certámenes se dieran cuenta de que ya estabn en domino público, los eliminé de sus respectivos blogs. Entonces comencé éste de "El cuarto claro". Después me di cuenta de la torpeza que cometía, de que por qué tendría yo que tener miedo a lo de los jurados si hacía muhco tiempo que había decidido dejar de participar en certámenes.  El "a ser plagiada" nunca me conmovió. Siempre lo he dicho, dios quisiera que el mismísimo XXXX o el ínclito XXXX se avinieran plagiarme un poema, o todos mis poemarios. Eso signficaría, por un lado, que mi poesía llegaría mas lejos de lo que yo podría conseguir, y por otro y de rebote y en mi vanidad, ¿qué voy a decir?, pues que me sentiría interiormente halagada porque escritores buenos o conocidos o mediáticos hubieran reconocido mis poemas como dignos de ser firmados por ellos.
No, tampoco había problema si resultaba plagiada por algún chichiribaila como yo. Ya me pelearía, o no, total, rico sé que no se iba a hacer, ;).
Bien, el caso es que eso que yo perseguía ya se ha hecho realidad, y por mala interpretación de quien por aquel entoces me leyó, pero que de rebote ha deparado en mi fortuna, ese deseo ha favorecido a mi nombre. Yo no perseguía eso, pero lo sabemos, cuando algo no se busca, se consigue.
Han criticado por fin un poema mío expuesto en internet, sin ISBN ni nada, expuesto por mí y sin colaboración de nadie, y, aquí llega lo bueno, en el propio blog de los Addison. No, ellos no; mejor dicho, no sé si ellos, pero al menos sé que no en post oficial de crítica. Pero algo es...¡y tanto!,  para mí, una pica en Flandes. Un año me ha costado, amigos, un  añito entero y casi justo. Hacer ver que esperar a que un poema esté marchamado  por un ISBN, es decir, por el hecho industrial,  para acceder a hacer su crítica es tan contradictorio con el puro amor por la poesía como los chanchullos en los certámenes poéticos que allí se denuncian.
Advierto para que no haya desmayos que la crítica sobre mis Son-ethos es hipernegativa,  pero yo, por  por mi hijo lo prometo, la luzco como bandera.
Crítica aséptica, crítica sobre poesía sin ISBN.
Éste es el enlace, si se desea leer  hay que rebuscar un poco entre los comentarios, Nochedehumo es quien ha tenido la generosidad de criticármelo.  Por supuesto le he dado las gracias, aunque aún no puede leerse porque todo el mundo sabe que en el blog de los Addison hay moderación de comentarios.
La verdad es que sinceramente me alegro mucho  de que exista aquel blog, y pienso que nunca se valora del todo con justicia al colectivo que lo hace posible.


Y aquí dejo la verboluz que el Arte de Ilkhi me ha recordado esta mañana, la fotografía (disparada con mi cámara más una lens baby en vez de su lente habitual) y el son-etho que la acompañaba, que aunque el tercero, es la clave de todo el poemario en sí, y de camino, de todo lo que me persigue en esta vida.


III

ACTO DE AMOR ARTÍSTICO


Resuelva el aire en sutiles quejidos,
que yo de ti adolezco vana y presa,
abierta a tu estirpe de fuente terma
reptando por el pretil del suspiro.


Ya me tañe este abandono instintivo
de mí misma y centro mío que anhelas
con locuaz sonido de barranquera:
De mi cóncava lente a tu gemido.


Me derramo en ti repleta en mí misma,
me abarcas tú para necesitarte.
Me cuelgo con mis yuntas de tus hijas,


libada, loca, ida por inundarte
de mi agua caliente que vivifica
tu frente y mi frente limpias: nuestro arte.

Sofía Serra, 2008

(Edito hoy por la mañana ya, acabo de volver a entrar en el poemario "Son-ethos". Cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que lo publiqué en abril del año pasado. O sea, que cuando andaba empeñada en el blog de los addison intentando que se avinieran a la crítica sobre poesía sin ISBN ni siquiera lo tenía expuesto aún, y por tanto, ningún otro. Así que el argumento de Noches de humo según el cual me impulsaba a aquello que hice en ese blog por enero o febrero fue el de conseguir crítica sobre mi poesía, y por tanto atención mediática sobre ella queda evidenciado como falaz. Yo lo sabía, pero anoche no recordaba los datos para poder demostrarlo allí. Hoy ha cantado por sí solo.)

domingo, 23 de enero de 2011

La esquiladora

La esquiladora

En este mundo atisbo
por la costumbre boca
y la palabra madre, y las palabras padres.

Por la costumbre boca de tu oído al tobillo
de esta veterana práctica de andar sobre el noctivago,
el día confuso y las fusas que humildemente
agitaron el combustible
que de tu boca padre mana,
y tu boca madre bala.

Aquí despiertan indigentes desnudas.
En la acera piel y en el negro asfalto
duermen las células de sus pellejos,
órbitas oculares en las calles,
en la corteza de las encinas,
en los troncos de los plátanos también desnudos.
Aquí se funden las otras carnes
mejores para el mercado.
Se rascan la barriga y mullen entre lanas,
consignan su estratagema entre las ubres
de no sé qué diosa que exista.
Si nadie la alimenta, si nadie la pronuncia,
¿a qué tantas piernas para darla por invencible?
Aquí, dios, entre tú y el frío,
ha nacido una cobarde de tus manos,
una vil estirpe de alguno de tus dedos que floreció
en manzanas aún sin nombre.
Aquí, dios, te pregunto instándote,
por qué siempre aguzas el oído al balido leve.
Los gritos se me mueren en las manos
y no doy abasto para tanto sudario,
para tanta capa de negra lana,
para tanta tumba de palabra.


Sofía Serra, Enero 2011

De profundis (X). Oscar Wilde

(Viene de esta entrada anterior)


Claro que sé que desde un punto de vista las cosas se me harán más cuesta arriba que a otros; así ha de ser, por la propia naturaleza del caso. Los pobres ladrones y proscritos que están encarcelados aquí conmigo son en muchos aspectos más afortunados que yo. El caminito de gris ciudad o verde campo que vio su pecado es pequeño; para encontrar a quienes no sepan nada de lo que han hecho no tienen que ir más allá de lo que vuela un pájaro entre el crepúsculo del alba y el alba misma; pero para mí «el mundo se ha reducido a la anchura de una mano», y dondequiera que vaya mi nombre está escrito con plomo sobre las peñas. Porque yo no he venido de la oscuridad a la notoriedad momentánea del delito, sino de una especie de eternidad de fama a una especie de eternidad de infamia, y a veces a mí mismo me parece haber demostrado, si hacía falta demostrarlo, que de lo famoso a lo infame no hay más que un paso, si lo hay.
Aun así, en el propio hecho de que la gente me haya de reconocer allí donde vaya, y saberlo todo de mi vida en lo que ha tenido de desvarío, distingo algo bueno para mí. Me impondrá la necesidad de volver a afirmarme como artista, y tan pronto como me sea posible. Si soy capaz de hacer siquiera otra obra de arte hermosa podré quitarle a la malicia su veneno, y a la cobardía su mofa, y arrancar de raíz la lengua del escarnio. Y si la vida es, como sin duda lo es, un problema para mí, también yo soy un problema para la Vida. La gente ha de adoptar una actitud hacia mí, y con ello juzgarse y juzgarme. No es necesario que diga que no hablo de personas concretas. Los únicos con los que me interesaría estar son los artistas y las personas que han sufrido: los que saben lo que es la Belleza, y los que saben lo que es el Dolor; nadie más me interesa. Ni le planteo exigencias a la Vida. En todo lo que he dicho me preocupa únicamente mi actitud mental hacia la vida en su totalidad; y siento que no avergonzarme de haber sido castigado es una de las primeras metas que tengo que alcanzar, para mi propia perfección, y por lo imperfecto que soy.
Después tengo que aprender a ser feliz. En otro tiempo lo supe, o creí saberlo, por instinto. En otro tiempo mi corazón estaba siempre en primavera. Mi temperamento era hermano de la dicha. Yo llenaba mi vida de placer hasta el borde, como se llena hasta el borde una copa de vino. Ahora estoy afrontando la vida desde una óptica completamente nueva, y hasta lo que es imaginar la felicidad me resulta a menudo extremadamente difícil. Recuerdo que en mi primer curso de Oxford leí en el Renacimiento de Pater -ese libro que ha tenido una influencia tan extraña sobre mi vida- que Dante coloca en las bajuras del Infierno a los que viven empecinados en la tristeza; y me fui a la biblioteca del colegio y miré el pasaje de la Divina Comedia donde bajo la ciénaga terrible yacen los que estuvieron «tristes en el aire dulce», repitiendo para siempre en sus suspiros:

Tristi fummo nell' aer dolce che dal sol s'allegra.
[Tristes estuvimos / en el aire dulce que con el sol se alegra.]

Yo sabía que la Iglesia condenaba la accidia, pero la idea toda me parecía muy fantástica, el tipo de pecado, me dije, que inventa un sacerdote que no sabe nada de la vida real. Ni entendía tampoco que Dante, que dice que «el dolor nos recasa con Dios», pudiera ser tan duro con los enamorados de la melancolía, si verdaderamente los hubiera. No tenía ni idea de que un día ésa iba a ser una de las mayores tentaciones de mi vida.
Mientras estuve en la prisión de Wandsworth anhelaba morir. Era mi único deseo. Cuando tras dos meses en la enfermería me trasladaron aquí, y vi que poco a poco iba mejorando mi salud física, me puse rabioso. Decidí suicidarme el mismo día que saliera de la cárcel. Al cabo de un tiempo ese mal ánimo pasó, y resolví vivir, pero vestido de tinieblas como un Rey se viste de púrpura: no volver a sonreír; convertir toda casa donde entrara en casa de duelo; hacer a mis amigos caminar despacio y tristes conmigo; enseñarles que la melancolía es el verdadero secreto de la vida; lisiarlos con un dolor ajeno; desfigurarlos con mi pena. Ahora pienso de otro modo muy distinto. Veo que sería desagradecido y malo si cuando mis amigos vienen a verme pusiera una cara tan larga que ellos tuvieran que ponerla más larga aún para solidarizarse; o, si quisiera recibirlos, invitarlos a sentarse en silencio a comer hierbas amargas y asados funerarios. Tengo que aprender a estar alegre y contento.
En las dos últimas ocasiones en que se me permitió ver aquí a mis amigos traté de estar lo más alegre posible, y manifestar mi alegría para compensarlos siquiera levemente por la molestia de haber hecho todo el viaje desde Londres para visitarme. Es una compensación pequeña, lo sé, pero estoy seguro de que es la que más les agrada. El sábado hará una semana que vi a Robbie durante una hora, y traté de dar la expresión más completa posible del deleite que realmente me producía nuestro encuentro. Y que, en los principios y las ideas que aquí me estoy forjando, voy bien encaminado, me lo demuestra el hecho de que es ahora cuando, por primera vez desde mi encarcelamiento, tengo un verdadero deseo de vivir.
Es tanto lo que me queda por hacer, que me parecería una terrible tragedia morir antes de haber podido completar siquiera una pequeña parte. Veo nuevos caminos en el Arte y en la Vida, cada uno de los cuales es un modo inédito de perfección. Anhelo vivir para poder explorar lo que para mí es nada menos que un mundo nuevo. ¿Quieres saber qué es ese mundo nuevo? Creo que te lo puedes imaginar. Es el mundo en el que vivo hace algún tiempo.
El dolor, pues, y todo lo que enseña, es mi mundo nuevo. Yo vivía enteramente para el placer. Rehuía el dolor y el sufrimiento de cualquier clase. Los detestaba. Estaba resuelto a no verlos en lo posible, es decir, a tratarlos como modos de imperfección. No eran parte de mi plan de vida. No tenían sitio en mi filosofía. Mi madre, que conocía la vida como un todo, solía citarme a menudo los versos de Goethe, escritos por Carlyle en un libro que le había regalado años atrás, y traducidos, me figuro, también por él:

Who never ate his bread in sorrow, Who never spent the midnight hours Weeping and waiting for the morrow, He knows you not, ye Heavenly Powers.
[El que nunca comió su pan con dolor, / el que nunca pasó las horas de la medianoche / llorando y esperando a la mañana, / ése no os conoce, Potencias Celestiales.]

Eran los versos que aquella noble Reina de Prusia, a quien Napoleón trató con tan grosera brutalidad, citaba en su humillación y exilio; eran versos que mi madre citaba a menudo en las tribulaciones de sus últimos años; yo me negaba en rotundo a aceptar o admitir la enorme verdad oculta en ellos. No la podía entender. Recuerdo muy bien que le decía que yo no quería comer mi pan con dolor, ni pasar ninguna noche llorando y esperando despierto un amanecer más amargo. No tenía yo ni idea de que era una de las cosas especiales que los Hados me tenían reservadas; que durante un año entero de mi vida, realmente, iba a hacer poco más. Pero es así como se me ha adjudicado mi parte; y durante los últimos meses, tras terribles luchas y dificultades, he podido comprender algunas de las lecciones que se ocultan en el corazón de la pena. Los clérigos, y la gente que usa frases sin sabiduría, hablan a veces del sufrimiento como un misterio. La verdad es que es una revelación. Se descubren cosas que uno nunca había descubierto. La historia entera se ve desde otra óptica. Lo que sobre el Arte se había sentido oscuramente por instinto, se comprende intelectual y emocionalmente con perfecta claridad de visión y absoluta intensidad de aprehensión.
Yo veo ahora que el dolor, por ser la emoción suprema de que el hombre es capaz, es a la vez el tipo y la prueba de todo gran Arte. Lo que el artista va siempre buscando es ese modo de existencia en el que alma y cuerpo son una unidad indivisible; en el que lo exterior es expresivo de lo interior; en el que la Forma revela. De tales modos de existencia hay no pocos: la juventud y las artes atentas a la juventud pueden servirnos de modelo en un momento; en otro quizá pensemos que, por su sutileza y sensibilidad de impresión, su sugerencia de un espíritu que habita en las cosas externas y se reviste de tierra y aire, de bruma y ciudad por igual, y por la mórbida simpatía de sus estados, y tonos y colores, el arte del paisaje moderno está realizando para nosotros pictóricamente lo que los griegos realizaron con tal perfección plástica. La música, en la que todo contenido está absorbido en la expresión y no se puede separar de ella, es un ejemplo complejo, y una flor o un niño son un ejemplo simple de lo que quiero decir: pero el Dolor es el tipo acabado, lo mismo en la vida que en el Arte.
Tras la Alegría y la Risa puede haber un temperamento grosero, duro y encallecido. Pero tras el Dolor siempre hay Dolor. La Pena, a diferencia del Placer, no lleva máscara. La verdad en el Arte no es ninguna correspondencia entre la idea esencial y la existencia accidental; no es la semejanza de figura y sombra, ni de la forma reflejada en el cristal y la forma misma; no es ningún Eco que baje de la oquedad de un monte, como no es el pozo de agua de plata en el valle que muestra la Luna a la Luna y Narciso a Narciso. La verdad en el Arte es la unidad de la cosa consigo misma; lo exterior hecho expresivo de lo interior; el alma encarnada; el cuerpo movido por el espíritu. Por eso no hay verdad comparable al Dolor. Hay momentos en que el Dolor me parece ser la única verdad. Otras cosas podrán ser ilusiones de la vista o del apetito, hechas para cegar lo uno y empachar lo otro, pero con el Dolor se han construido mundos, y en el nacimiento de un niño o de una estrella hay dolor.
Más que eso: hay en torno al Dolor una intensa, una extraordinaria realidad. He dicho de mí que estaba en relaciones simbólicas con el arte y la cultura de mi época. No hay un solo hombre desdichado de los que están conmigo en este lugar desdichado que no esté en relaciones simbólicas con el secreto mismo de la vida. Porque el secreto de la vida es el sufrimiento. Eso es lo que se oculta detrás de todo. Cuando empezamos a vivir, lo dulce es tan dulce para nosotros, y lo amargo es tan amargo, que inevitablemente dirigimos todos nuestros deseos al placer, y aspiramos no ya a «alimentarnos de miel un mes o dos», sino a no probar otro alimento en todos nuestros años, ignorantes de que mientras tanto podemos estar realmente matando de hambre el alma.
Recuerdo haber hablado una vez sobre este tema con una de las personalidades mas hermosas de cuantas he conocido: una mujer, cuya simpatía y noble bondad hacia mí antes y después de la tragedia de mi encarcelamiento sería imposible describir; que verdaderamente me ha ayudado, aunque ella no lo sabe, a soportar el peso de mis males más que nadie en el mundo; y todo por el mero hecho de su existencia: por ser lo que es, en parte un ideal y en parte una influencia, una sugerencia de lo que uno podría llegar a ser y a la vez una ayuda real para llegar a serlo, un alma que embalsama el aire común y hace parecer lo espiritual tan natural y sencillo como la luz del sol o el mar, una persona para quien la Belleza y el Dolor caminan de la mano y tienen el mismo mensaje. En la ocasión que ahora tengo presente recuerdo nítidamente haberle dicho que en una sola callejuela de Londres había sufrimiento bastante para demostrar que Dios no amaba al hombre, y que dondequiera que hubiera dolor, aunque sólo fuera el de un niño en un jardincillo llorando por una falta que hubiese o no cometido, la entera faz de la creación quedaba desfigurada por completo. Estaba totalmente equivocado. Ella me lo dijo, pero yo no la podía creer. No estaba en la esfera en donde se alcanza esa convicción. Ahora me parece que el Amor de alguna clase es la única explicación posible de la extraordinaria cantidad de sufrimiento que hay en el mundo. No concibo otra explicación. Estoy convencido de que no la hay, y de que si, como he dicho, se han construido mundos con el Dolor, ha sido por las manos del Amor, porque de ninguna otra manera podía el Alma del hombre para quien se han hecho los mundos alcanzar la plena estatura de su perfección. Placer para el cuerpo hermoso, pero Dolor para el Alma hermosa.

viernes, 21 de enero de 2011

Geofísica manual

Geofísica manual

Palomas como flechas imantadas
de estruendo al sordo,
de la quinta enmienda al silencio,
guardo
paciencia y aire en los bolsillos
vuelo y carne en las manos,
soldaditos desmenuzados convertidos en flores
que tapizan el nubarrón
con tormentas, breves y cicateras,
mas no escuchaste no escuchaste
ni la sordina plagada de pimienta
que se acercó a tu nariz
de hombre vagabundo sobre el eje.
Cuando estornudaste,
el mundo ya había dormido
sobre su propio lazo de Van Hallen.


Porque el hoy en tu boca significa libertad,
yo me manumiso.
El mañana es sólo prenda de horca,
y al ayer, al ayer...
que le den
manómetros.

Sofía Serra, Enero 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

Sobre la voz y el oído y el silencio y las palabras y la nada y la mudez.

Tres de hace pocos días que se me han enlazado con dos que tenía escritos del anterior poemario. 
Nota aclaratoria: cada vez que incluyo un trío de asterisco, "hablo" de que lo que viene a continuación es un poema aparte. Cuando llevan título, prescindo de incluirlos. Quisiera recordar que este blog, como indico en "sobre mí brevemente", es para mí como un segundo cuaderno de trabajo. Miles son las ocasiones en las que me sobrevienen la necesidad de  cerrarlo, este cuaderno, seguir a puerta cerrada. Pero miles son las ocasiones también en que acierto a ver que ése no es el camino, al menos el mío. Si me equivoco es que ése también lo será, el del error en la decisión.




El contable

Estoy haciendo balance.
Escribía, comía, reía.
perdí amigos.
Escribo, como, lloro.
Hago amigos.
Estoy haciendo balance.


No tengo palabras.


La mujer cubista

Ni mucho menos
desecho en los versos.
Cúbicamente me llegan
cuando cierro los ojos.
Será que lo que veo grita demasiado
y se me desplazan anatomías
camino del volumen por comprobar
si en el plano,
oído, boca y dedo índice
se hacen compañía.

(Nueva Biología, Diciembre, 2010)


Orbe I

Difícil acostarse a descansar.
Déjenme a solas,
soy el tribunal y la mentira,
el fiscal y la memoria,
déjenme a solas descansar
sobre estos hombros inquietos bajo el frío de  la ventana
abierta
déjenme a solas.
Mal-decir hasta que los oídos revienten,
el único asomo de duda
que me queda
sin duda
a solas
se despeja.

Orbe II

Carta reblandecida sin palabras
de vuelta
en estas manos  sobre el delantal.
Aquí, 
en este tejido de fuerza y escape,
en estos azules cuadros entreverados
con rosadas vetas de carne
está todo lo que nos interesa, aquí,
en este bolsillo cabe,
en este pequeño hueco
puro, virgen y casto bolsillo lleno de mudo aire.

Orbe III

Ando o nado
cosiendo a hurtadillas  de las palabras.
Se amontonan en el canal de mi cuello
se asoman al pretil de mi hombro,
se iluminan con la salvaje honestidad del contraluz
clavando su mirada
ora en el tejido de seda,
mudas de asombro,
ora en el perfil de mi barbilla,
por si ella, la detonación batiente de que su momento llega,
se mueve o se aviene a la costura mental,
pronunciando,
recogiendo verbalmente  el tejido
de mis neuronas.
Se ensimisman esas prendas del agua,
las palabras  asomadas a mi hombro
sobre los hipocampos que las hebras han tramado.
Recuerdan el mar.
Creo que es mi oído el que brama como caracola.

* * *

Se queda sola la duda de si sólo tú.

(Sofía Serra, enero 2011)

(edito para decir esto que acabo de escribir en mi muro de Facebook como cuando siempre suelo hacer incluyo mediante enlace la última entrada que hago aquí: Este FB es la releche. Acaba de bloquearme la introducción de un enlace a mi blog, como siempre suelo hacer cada vez que publico poemas, por estimarlo OFENSIVO. Me dice que ha sido denunciado. Si alguien quiere leerlos, puede ir a mi blog, es la última entrada)

martes, 18 de enero de 2011

Nanit

Anoche, por circunstancias adventicias y sobrevenidas, es decir, que me han llegado s anunciándome algo y  que se han "avenido" a mí sin yo preverlas,  me topé con un breve poemario que terminé de componer justo por esta fechas. Lo tenía casi olvidado. Para mi alegría, voy comprobando que lo tengo creo que corregido del todo. Éste es uno de sus poemas, ya subido a este blog, pero me agrada la idea de volver a hacerlo.
Voy también comprobando que llevo dos años y medio, imagino que ya para tres (pierde una las cuentas de tanto intentar anotar fecha) hablando una y otra vez sobre las mismas cuestiones.  Se dice que "siempre" se fotografía lo mismo. En lenguaje escrito sucede igual. Sólo varía la forma. Las circunstancias  modifican sólo los accidentes.

Nanit

Duelen hablando quedamente los lentos crepúsculos de estos días semejantes a ciertas aves que se posan sobre la anochecida./
Duelen quebrando horizontes allá por donde el sol se pierde para lograr ser más sol, más aurora del otro lado, del otro barrio, donde danzan ligeros/
los bostezos, las axilas, los murmullos ahogados bajo las sábanas/
y nuestro olor profundo y seguro de ser vivo alimentándose de sí mismo./
La luz. La luz a oscuras en este abandono necesario de nuestra fuente/
para lograr la bendita proclama del sol sobre todos, sobre las firmes costuras de este travestido animal que persiste y persiste, hombro sobre hombro,/
fuente sobre fuente, del puente al puente de tu mirada sobre el río, el mar, la ancha distancia.../
el agua./


¿Qué te habita que tanto me arroba?/
¿De qué consumo me abasteces que al igual que me llena me deshace en estas perlas claras?/
Siempre amor, siempre ahogo, siempre agua escondida y clara anhelando/
el perfil de tu mejilla, los labios que me hunden sin haber besado siquiera la fuente terma de este ocaso bajo el sol,/
bajo la estrella tras tu vida que persigo por el canal de vuelta/
en gozoso desorden, de corriente continua de ti a mí, de mí a ti imaginando que llego hasta tu boca de Hombre abierto a mi avenida./


Creo yo que somos dos batiéndonos en la común espera de nuestra suerte en el otro, en el cauce depositado, en el lecho de tu pecho y el mío, aún calientes./
Caliente nuestra cama de común y mutuo abrigo en esta luz a oscuras del encuentro entre el día y la noche, el siglo y la espera,/
confortados bajo la misma manta, bajo el mismo sol,/
redescubiertos en la mañana de esos anhelos que nos conforman como carne de luz, amor y ser vivo pleno./
Creo yo que no somos dos, sino uno./
Uno más el deseo de no perdernos en el horizonte de un nuevo espejismo./

Sofía Serra, Diciembre 2009

lunes, 17 de enero de 2011

Sólosol (corregido)

Otro corregido de "Los parasoles de Afrodita". La verdad es que me llena especialmente, entre otras cosas porque recogí sin querer varios conceptos, o vocablos, que son recurrentes en mis poemas, y sobre todo me alegra especialmente haber retomado de uno de mis primerísimos poemas "seriamente escritos" ése de "lobezna" que parece recurrentemente en mis primeros poemarios, aquí con otra luz, con otra fuerza, ;).

Sólosol

Voy a morir para mejor nacer.
Voy a dormir para verte hacer.
Soy sólo luz, amor.
Soy la que soy sin ahuyentes,
soy la fuente viva que consumo y doy día a día
desde mis fosas nasales hasta mi matriz siempre colmada y anhelante
de alma labradora y bomba corazón que riega las células
con sangre y agua y sales de mí
al extraerte, nula yerba, débil árbol
sin raíz de parte a parte,
de simiente inasible,
de sol símil de sial alumbrado por los nifes expandidos
que cantaron por tu boca a tus ramas secas
de abandono, de ultraje por la interna tierra.
Tan alta te llego,
tan alta te abarco y te escarbo,
con mis manos y con mi frente,
que, desde fuerzas de acero convertidas en sangre madre,
como Lobezno me integro y me revierto en la lobezna
que me subyace a todas horas,
de tiempo a tiempo, gravitacional en sí misma, llena y correspondiente.
No con uno, sino con los cinco mil millones.


Como aurora, como aurora.
Como noche, como noche.


Como atmósfera dando aire a todo el orbe.
Libre sol, libre alba soy de osadía en esta tierra tan tierna y llena de memoria y descuidos,
tan humana, tan caliente, tan salobre
que te saca de tus sales,
y que pasto de las llamas seas, por seco
y por semi-divino venido a menos.
Yo peleo por lo que no tiene nombre,
que no es fluir que no es amor que no es verso es
llegar,
es que sólo salgo, ¡sal!,
ceniza embriagada de marinos vientos
con tiempo sin velocidad de presencia salvo cuando estáis.
Yo sólo amo Lo que no puede nombrarme.

Sofía Serra, 2010

domingo, 16 de enero de 2011

Orbe

En Agosto escribí un poema donde introducía la expresión "ya llegó la azafrana vestida como canto", aquí. He fotografiado muchas naranjas en mi vida fotográfica, empecé con ellas en el campo hasta que seguí fotografiándolas en la ciudad. Cuando he llegado a esta serie de últimas fotografías, que para mí inauguran un nueva etapa que aún no sé si tomará aspecto en forma de nuevo poemario, se me vino al recuerdo ese verso. El teñido del azafrán es similar al del color del albero. El pistilo de la flor del azafrán es similar en color al de la naranja, van del rojo granate al naranja (he sembrado sus bulbos, y recogido sus pistilos, por eso sé de lo que hablo).  También he pintado zócalos con pinturas de color albero, en el campo. Tiene una ventaja este color, hacía que las paredes permanecieran más tiempo sin resto de las manchas que el color de la tierra suele dejar en otros (blanco, gris). El albero es un tipo de piedra, roca, sedimentaria, cuyas canteras sólo se encuentran por los alrededores de Sevilla, similar al loess que da nombre, porque lo tiñe, al río Amarillo, China)

(Esto es una verboluz. Remito a esta entrada del 2009)



Título de la fotografía: La puerta
También puede verse aquí en mi blog de fotografía


Orbe

El silencio respira desde la tumba de las sienes.


Me pertenezco hasta donde tus manos no llegan.
Todo lo demás es asunto tuyo.
En este mapa sin norte ni sur,
la última estación
pronuncia siempre
el nuevo estío.


Sofía Serra, Enero 2010

viernes, 14 de enero de 2011

De pronto, ¿pronto?, toda una vida

Sigo con la correcciones de "Los parasoles de Afrodita", a trancas y barrancas, pero sigo


De pronto, ¿pronto?, toda una vida

Mi mar y mi sombra nacen aquí.
Ha mil años que la vieja permanece en el lugar.
Hoy quiere estrenar unas braguitas de colores,
vestir con la falda roja,
celebrar que las amapolas parieron dorados sobre el verde.
Mayo yerba, verde agua, cielo ribeteado con blancos de verano:
La mañana respira levantando el pecho del orbe.
Tus palpitaciones, tu boca alada y la nube de tus dedos
conflagran bomba de oxígeno para este golpe de cuerpo tranquilo
sentado sobre la piel del azul y el níquel de la luz casi estival.


Y así, mientras duele suerte y duele beso,
duele amor y duele verso,
cóncavos y convexos compañeros de estas jacarandas
con flores malvas,
yo me abro a los dorados ojos.
Las hojas, cuando lleguen, poblarán verdades del verde verano:
¿desde cuándo las jacarandas se alimentan sólo de flores?


En este paseo por el amor y la suerte que es la vida,
¿me permitirás ahora sueño y verso,
ahora malva y justa flor,
ahora verde,
ahora música?
¿O habré de permanecer siempre soterrada,
siempre oculta a atisbo, siempre a sombra de las luces?
Jardinera que hallaste tu árbol lumbre,
aún te quedas sin saber 
si respirar bajo el agua
o ya sentarte a cantar bajo la jacaranda,
ya sin flores, ya selva suerte,
ya abanico sobre la piel encendida de tanto amor,
tanto suelo, tanto trigo rubio, tanta honesta sangre:


Soy el mal por antonomasia,
soy la cínica pervertidora,
soy la bestia siempre viva,
ser ausente de este suelo raso sin medida de hombre.
Lo dejo todo en manos de Dios,
en manos de... ¿pero es que existe alguien más que yo?

Sofía Serra, 2010

jueves, 13 de enero de 2011

A una mirada desde el otro lado

A una mirada desde el más allá

De lejos, llegas desde tan lejos,
y tan certero en mi herida clavas
dolor
cuando sólo había hueco
y plasma ya, agua lenta sin ambages,
marea baja.
Aquí bandera o isla,
allá en tu recuerdo,
que es aquí dentro,
un soldado en alguna cueva
bajo la manta de piedra.
Lía un cigarrillo entre sus dedos
mientras yo intento acariciar una mejilla.
¿Con qué nombrar lo que nos separa
si a este arrastre que me suma y me abandona
añado mil gotas de lluvia desvirgada,
(ya con tierra donde engendrar)
morrenas y riachuelos de cantos estriados que avanzan rodando con estrépito?
¿Cuánto habitáculo celeste nos corresponde?


mientras más caminas
hacia delante
más se acerca la memoria
desde atrás


en el borde del precipicio.
Y el mar
brota desde la sima.
Se resquebraja esta lasca
como agrietó esta frente
tu mirada vítrea de soslayo,
de ni un atisbo de tu latido
que ya no bate.
Suelto y al mar.


Así te fuiste.
El soldado permanece liando su cigarrillo en la cueva.
Se ahueca la tierra y yo enmudezco.
Conquistó el alba como
conquistó la bandera en Iwo Jima
mi soldado,
corazón, verde y extracorpóreo corazón.

Sofía Serra, Enero 2011

miércoles, 12 de enero de 2011

Antes de que se evaporen





el mal del poeta mudo


me sale el mundo
por las orejas


*


Amargura


… como la tierra dura.


*


In memoriam


D
Esplazar el contenido de este verbo
Por si así te detengo en mi frente.

Sofía Serra (Enero, 2011)

martes, 11 de enero de 2011

De profundis (IX). Oscar Wilde

(Viene de esta entrada anterior)

Otros desgraciados, cuando los meten en la cárcel, aunque despojados de la belleza del mundo, al menos están a salvo, en alguna medida, de los golpes más mortíferos del mundo, de sus dardos más temibles. Pueden ocultarse en lo oscuro de sus celdas, y de su propia desgracia hacer como un santuario. El mundo, una vez que ha conseguido lo que quería, sigue su camino, y a ellos les deja sufrir en paz. No ha sido así conmigo. Pena tras pena han venido a llamar a las puertas de la cárcel en mi busca. Han abierto de par en par las puertas y las han dejado entrar. Pocos o ninguno de mis amigos han podido verme. Pero mis enemigos han tenido paso franco a mí siempre. Dos veces en mis comparecencias públicas ante el Tribunal de Quiebras, otras dos veces en mis traslados públicos de una prisión a otra, he sido expuesto en condiciones de humillación indescriptible a la mirada y la mofa de los hombres. El mensajero de la Muerte me ha traído sus noticias y ha seguido adelante, y en total soledad, y aislado de todo lo que pudiera darme consuelo o sugerir alivio, he tenido que soportar la carga intolerable de tristeza y remordimiento que el recuerdo de mi madre ponía sobre mí y sigue poniendo. Apenas el tiempo había embotado, que no curado, esa herida, cuando me llegan de mi esposa cartas violentas, duras y amargas, por conducto de su abogado. De inmediato se me acusa y amenaza de pobreza. Eso lo puedo soportar. Puedo hacerme a cosas aún peores. Pero me arrebatan legalmente a mis dos hijos; y eso es y seguirá siendo siempre para mí un motivo de aflicción infinita, de suplicio infinito, de dolor sin fin y sin límite. Que la ley decida, y se arrogue la facultad de decidir, que yo soy indigno de estar con mis propios hijos, eso es absolutamente horrible para mí. La ignominia de la prisión no es nada comparada con eso. Envidio a los otros hombres que pasean el patio conmigo. Estoy seguro de que sus hijos los esperan, aguardan su venida, los recibirán con dulzura.
Los pobres son más sabios, más caritativos, más bondadosos, más sensibles que nosotros. A sus ojos la cárcel es una tragedia en la vida de un hombre, un infortunio, un percance, algo que reclama la solidaridad de los demás. Hablan del que está encarcelado, y no dicen sino que está «en un apuro». Es la expresión que usan siempre, y lleva dentro la sabiduría perfecta del Amor. En la gente de nuestro rango no es así. Entre nosotros la cárcel te hace un paria. Yo, y la gente como yo, apenas si tenemos derecho al aire y al sol. Nuestra presencia contamina los placeres de los demás. Nadie nos acoge cuando reaparecemos. Revisitar los atisbos de la luna no es para nosotros. Hasta nuestros hijos nos quitan. Esos bellos vínculos con la humanidad se rompen. Estamos condenados a estar solos, aunque nuestros hijos vivan. Se nos niega lo único que podría sanarnos y ayudarnos, poner bálsamo en el corazón golpeado y paz en el alma dolorida.
Y a todo eso se ha añadido el hecho pequeño y duro de que con tus acciones y con tu silencio, con lo que has hecho y lo que has dejado sin hacer, has conseguido que cada día de mi largo encarcelamiento se me hiciera todavía más difícil de soportar. Hasta el pan y el agua de la prisión los has cambiado con tu conducta: lo uno lo has hecho amargo, lo otro salobre para mí. La tristeza que deberías haber compartido la has duplicado, el dolor que deberías haber tratado de aliviar lo has hecho angustia. No me cabe ninguna duda de que no era ésa tu intención. Sé que no era ésa tu intención. Fue simplemente ese «único defecto verdaderamente fatal de tu carácter, tu absoluta falta de imaginación».
Y el final de todo es que tengo que perdonarte. He de hacerlo. No escribo esta carta para poner amargura en tu corazón, sino para arrancarla del mío. Por mi propio bien tengo que perdonarte. No puede uno tener siempre una víbora comiéndole el pecho, ni levantarse todas las noches para sembrar abrojos en el jardín del alma. No me será nada difícil hacerlo, si tú me ayudas un poco. Todo lo que me hicieras en los viejos tiempos siempre lo perdonaba de buen grado. Entonces eso no te hacía ningún bien. Sólo aquel en cuya vida no haya ninguna mancha puede perdonar pecados. Pero ahora que estoy humillado y deshonrado es otra cosa. Mi perdón ahora debería significar mucho para ti. Algún día te darás cuenta. Sea enseguida o no, pronto o tarde o nunca, para mí el camino está claro. No puedo permitir que vayas por la vida con el peso en el corazón de haber arruinado a un hombre como yo. Ese pensamiento podría sumirte en una indiferencia despiadada, o en una tristeza morbosa. Tengo que tomar ese peso de ti y echarlo sobre mis hombros.
Tengo que decirme que ni tú ni tu padre, multiplicados por mil, podríais haber arruinado a un hombre como yo; que yo me arruiné; y que nadie, ni grande ni pequeño, se arruina si no es por su propia mano. Estoy totalmente dispuesto a hacerlo. Estoy intentando hacerlo, aunque en estos momentos no te lo parezca. Si he presentado esta acusación inmisericorde contra ti, piensa qué acusación presento sin misericordia contra mí. Lo que tú me hiciste fue terrible, pero lo que yo me hice fue mucho más terrible aún.
Yo era un hombre que estaba en relaciones simbólicas con el arte y la cultura de mi época. Eso lo había comprendido yo solo ya en los albores de mi edad adulta, y se lo había hecho comprender a mi época después. Pocos mantienen esa posición en vida y la ven reconocida. La suele descubrir, si la descubre, el historiador, o el crítico, mucho después de que el hombre y su tiempo hayan pasado. En mi caso no fue así. La sentí yo mismo, e hice que otros la sintieran. Byron fue una figura simbólica, pero sus relaciones fueron con la pasión de su época y su cansancio de la pasión. Las mías eran con algo mas noble, más permanente, de consecuencias más vitales, de mayor alcance.
Los dioses me lo habían dado casi todo. Tenía genialidad, un apellido distinguido, posición social elevada, brillantez, osadía intelectual; hacía del arte una filosofía, y de la filosofía un arte; alteraba las mentes de los hombres y los colores de las cosas; no había nada que dijera o hiciera que no causara asombro; tomé el teatro, la forma más objetiva que conoce el arte, y lo convertí en un modo de expresión tan personal como la canción o el soneto, a la vez que ensanchaba su radio y enriquecía su caracterización; teatro, novela, poema en rima, poema en prosa, diálogo sutil o fantástico, todo lo que tocaba lo hacía hermoso con un género nuevo de hermosura; a la verdad misma le di lo falso no menos que lo verdadero como legítimos dominios, y mostré que lo falso y lo verdadero no son sino formas de existencia intelectual. Traté el Arte como la realidad suprema, la vida como un mero modo de ficción; desperté la imaginación de mi siglo de suerte que crease mito y leyenda alrededor de mí; resumí todos los sistemas en una frase, y toda la existencia en una agudeza.
Junto con esas cosas, tenía otras distintas. Me dejaba arrastrar a largas rachas de indolencia sensual y sin sentido. Me divertía ser un fláneur, un dandy, un personaje mundano. Me rodeaba de naturalezas mezquinas y de mentes inferiores. Vine a ser el manirroto de mi propio genio, y malbaratar una juventud eterna me proporcionaba un curioso gozo. Cansado de estar en las alturas, iba deliberadamente a las bajuras en busca de nuevas sen- saciones. Lo que la paradoja era para mí en la esfera del pensamiento, eso vino a ser la perversidad en la esfera de la pasión. El deseo, al final, era una enfermedad, o una locura, o ambas cosas. Me hice desatento a las vidas de los demás. Tomaba el placer donde me placía y seguía de largo. Olvidé que cada pequeña acción de cada día hace o deshace el carácter, y que por lo tanto lo que uno ha hecho en la cámara secreta lo tiene que vocear un día desde los tejados. Dejé de ser Señor de mí mismo. Ya no era el Capitán de mi Alma, y no lo sabía. Dejé que tú me dominaras, y que tu padre me atemorizara. Acabé en una espantosa deshonra. Ahora para mí sólo queda una cosa, la absoluta Humildad: lo mismo que para ti sólo queda una cosa, la absoluta Humildad también. Te vendría bien bajar al polvo y aprenderla a mi lado.
Llevo en la cárcel casi dos años. De mi naturaleza ha brotado la desesperación salvaje; un abandono al dolor que era penoso de ver; ira terrible e impotente; amargura y despre- cio; angustia que lloraba a gritos; tormento que no encontraba voz; tristeza muda. He pasado por todos los modos posibles del sufrimiento. Mejor que el propio Wordsworth sé lo que Wordsworth quería decir cuando escribió:

Suffering is permanent, obscure, and dark And has the nature of Infinity.
[El sufrimiento es permanente, oscuro y tenebroso, / y posee el carácter de la Infinitud.]

Pero, aunque a veces me regocijara en la idea de que mis sufrimientos fueran interminables, no podía soportar que no tuvieran sentido. Ahora encuentro escondido en mi naturaleza algo que me dice que no hay nada en el mundo que carezca de sentido, y el sufrimiento menos que nada. Ese algo escondido en mi naturaleza, como un tesoro en un campo, es la Humildad.
Es lo último que me queda, y lo mejor: el descubrimiento final al que he llegado; el punto de partida de un nuevo derrotero. Me ha venido de dentro de mí mismo, y por eso sé que ha venido cuando debía. No podría haber venido ni antes ni después. Si alguien me lo hubiera dicho lo habría rechazado. Si me lo hubieran traído lo habría rehusado. Como yo lo encontré, quiero conservarlo. Tengo que conservarlo. Es la única cosa que contiene los elementos de la vida, de una nueva vida, de una Vita Nuova para mí. De todas las cosas es la más extraña. No se la puede dar, ni nos la puede dar otro. No se puede adquirir si no es cediendo todo lo que uno tiene. Únicamente cuando ha perdido todas las cosas sabe uno que la posee.
Ahora que me doy cuenta de lo que hay dentro de mí, veo con toda claridad lo que ten-go que hacer, lo que de hecho debo hacer. Y cuando empleo una expresión así, no hace falta que te diga que no estoy aludiendo a ninguna sanción o mandato exteriores. No admito ninguno. Soy mucho mas individualista que nunca. Nada me parece del menor valor salvo lo que uno saca de sí mismo. Mi naturaleza está buscando un modo nuevo de autorrealización. Eso es lo único que me interesa. Y lo primero que tengo que hacer es librarme de cualquier posible acritud de sentimiento hacia ti.
Estoy completamente sin dinero, y absolutamente sin hogar. Pero hay en el mundo cosas peores. Con toda franqueza te digo que antes que salir de esta prisión con amargura en el corazón contra ti o contra el mundo, iría contento y alegre mendigando el pan de puerta en puerta. Si no me dieran nada en la casa del rico, algo me darían en la del pobre. Los que tienen mucho son con frecuencia avarientos. Los que tienen poco siempre comparten. No me importaría nada dormir en la hierba fresca en el verano, y cuando entrase el invierno cobijarme al calor de la niara apretada, o bajo el saledizo de un granero, mientras tuviera amor en mi corazón. Las exterioridades de la vida me parecen ahora carentes de importancia. Ya ves a qué intensidad de individualismo he llegado, o más bien estoy llegando, porque el viaje es largo, y «donde yo pongo el pie hay espinas».
Por supuesto que sé que no me tocará pedir limosna por los caminos, y que si alguna vez me tiendo a la noche en la hierba verde será para escribir sonetos a la Luna. Cuando salga de la cárcel, Robbie me estará esperando al otro lado del portón de hierro, y él es el símbolo no sólo de su propio afecto, sino del afecto de muchos más. Creo que en cualquier caso tendré bastante para ir tirando durante año y medio, de modo que, si no puedo escribir libros hermosos, podré al menos leer libros hermosos, y ¿cabe alegría mayor? Después espero poder recrear mi facultad creadora. Pero si las cosas fueran distintas; si no me quedara un amigo en el mundo; si no hubiera una sola casa abierta para mí siquiera por compasión; si tuviera que aceptar el zurrón y el capote raído de la pura indigencia; mientras me viera libre de resentimiento, dureza y acritud podría afrontar la vida con mucha más calma y confianza que si mi cuerpo vistiera de púrpura y lino fino, y dentro el alma estuviera enferma de odio. Y realmente no voy a tener dificultad para perdonarte. Pero para que sea un placer para mí es preciso que tú sientas que lo quieres. Cuando realmente lo quieras lo encontrarás esperándote.
No es preciso que te diga que mi tarea no termina ahí. En ese caso sería comparativamente fácil. Es mucho más lo que me aguarda. Tengo montes mucho más escarpados que subir, valles mucho más oscuros que cruzar. Y todo lo he de sacar de mí mismo. Ni la Religión, ni la Moral, ni la Razón me pueden ayudar.
La Moral no me ayuda. Yo nací antinomista. Soy de ésos que están hechos para las excepciones, no para las leyes. Pero aunque veo que no hay nada malo en lo que uno hace, veo que hay algo malo en lo que uno llega a ser. Está bien haberlo aprendido.
La Religión no me ayuda. La fe que otros ponen en lo que no se ve, yo la pongo en lo que se puede tocar y mirar. Mis Dioses moran en templos hechos con manos, y dentro del círculo de la experiencia real se perfecciona y completa mi credo: acaso se complete demasiado, porque como muchos o todos los que han puesto su Cielo en esta tierra, he hallado en él no solo la hermosura del Cielo, sino también el horror del Infierno. Cuando pienso en la Religión, pienso que me gustaría fundar una orden para los que no creen: la Cofradía de los Huérfanos se podría llamar, y allí, en un altar sin ninguna vela encendida, un sacerdote, en cuyo corazón la paz no tuviera asilo, podría celebrar con pan sin bendecir y un cáliz vacío de vino. Todo para ser verdad ha de hacerse religión. Y el agnosticismo debe tener su ritual lo mismo que la fe. Ha sembrado sus mártires, debería cosechar sus santos, y alabar a Dios todos los días por haberse ocultado a los ojos de los hombres. Pero, ya sea fe o agnosticismo, no puede ser nada exterior a mí. Sus símbolos los tengo que crear yo. Sólo es espiritual lo que hace su propia forma. Si no encuentro su secreto dentro de mí, nunca lo encontraré. Si no lo tengo ya, no vendrá a mí jamás.
La Razón no me ayuda. Me dice que las leyes por las que se me condena son leyes equivocadas e injustas, y que el sistema por el que he padecido es un sistema equivocado e injusto. Pero, de algún modo, tengo que hacer que ambas cosas sean justas y acertadas para mí. Y exactamente como en el Arte lo único que interesa es lo que determinada cosa es para uno en determinado momento, así también en la evolución ética del carácter. Yo tengo que hacer que todo lo que me ha ocurrido sea bueno para mí. La cama de tabla, la comida asquerosa, las duras sogas que hay que deshacer en estopa hasta que las yemas de los dedos se acorchan de dolor, los menesteres serviles con que empieza y termina cada día, las órdenes brutales que parecen inseparables de la rutina, el espantoso traje que hace grotesco el dolor, el silencio, la soledad, la vergüenza: todas y cada una de esas cosas las tengo que transformar en experiencia espiritual. No hay una sola degradación del cuerpo que no deba tratar de convertir en espiritualización del alma.
Quiero llegar a poder decir, con toda sencillez, sin afectación, que los dos grandes puntos de inflexión de mi vida fueron cuando mi padre me mandó a Oxford y cuando la sociedad me mandó a la cárcel. No diré que sea lo mejor que me podría haber ocurrido, porque esa frase sabría a amargura excesiva conmigo mismo. Preferiría decir, o que se dijera de mí, que fui tan hijo de mi época que en mi contumacia, y por esa contumacia, convertí las cosas buenas de mi vida en mal, y las cosas malas de mi vida en bien. Pero poco importa lo que yo diga o digan los demás. Lo importante, lo que tengo ante mí, lo que tengo que hacer si no quiero estar durante el breve resto de mis días lisiado, desfigurado e incompleto, es absorber en mi naturaleza todo lo que se me ha hecho, hacerlo parte de mí, aceptarlo sin queja, ni miedo, ni renuencia. El vicio supremo es la superficialidad. Todo lo que se comprende está bien.
Cuando llegué a la cárcel hubo quienes me aconsejaron que intentara olvidarme de quién era. Fue un consejo ruinoso. Sólo dándome cuenta de lo que soy he encontrado consuelo de algún tipo. Ahora otros me aconsejan que cuando salga intente olvidar que alguna vez estuve encarcelado. Sé que eso sería igualmente fatal. Significaría estar siempre obsesionado por una sensación intolerable de ignominia, y que esas cosas que están hechas para mí como para todos los demás -la belleza del sol y de la luna, el desfile de las estaciones, la música del amanecer y el silencio de las grandes noches, la lluvia que cae entre las hojas o el rocío que se encarama a la hierba y la baña de plata-, se contaminarían todas para mí, y perderían su poder de curar y su poder de comunicar alegría. Rechazar las propias experiencias es detener el propio desarrollo. Negar las propias experiencias es poner una mentira en los labios de la propia vida. Es nada menos que renegar del Alma. Pues así como el cuerpo absorbe cosas de todas clases, cosas vulgares y sucias no menos que las que el sacerdote o una visión ha purificado, y las convierte en fuerza o velocidad, en el juego de bellos músculos y el modelado de carne hermosa, en las curvas y colores del pelo, de los labios, del ojo; así el Alma, a su vez, tiene también sus funciones nutritivas, y puede transformar en estados de pensamiento nobles, y pasiones de alto valor, lo que en sí es bajo, cruel y degradante: más aún, puede encontrar en eso sus modos mas augustos de afirmación, y a menudo alcanzar su revelación más perfecta mediante aquello que iba orientado a profanar o a destruir.
El hecho de haber sido preso común de un presidio común yo lo tengo que aceptar francamente, y, por curioso que pueda parecerte, una de las cosas que tendré que aprender yo solo será a no avergonzarme de él. Debo aceptarlo como un castigo, y, si uno se avergüenza de haber sido castigado, el castigo no le habrá servido de nada. Por supuesto que hay muchas cosas por las que se me condenó que yo no había hecho, pero también hay muchas cosas por las que se me condenó que había hecho, y un número todavía mayor de cosas en mi vida de las que nunca fui inculpado siquiera. Y en cuanto a lo que he dicho en esta carta, que los dioses son extraños y nos castigan tanto por lo que hay de bueno y humano en nosotros como por lo que hay de malo y perverso, debo aceptar el hecho de que a uno se le castiga por el bien lo mismo que por el mal que hace. No me cabe duda de que está en razón que así sea. Es algo que ayuda, o debería ayudar, a com- prender ambas cosas, y a no envanecerse demasiado de ninguna de las dos. Y si yo entonces no me avergüenzo de mi castigo, como espero no avergonzarme, podré pensar y moverme y vivir con libertad.
Muchos hombres excarcelados sacan consigo la prisión al aire, la ocultan como una infamia secreta en el corazón, y al cabo, como pobres cosas envenenadas, se arrastran a morir en un rincón. Es penoso que tengan que hacerlo, y es malo, muy malo, que la Sociedad los obligue a hacerlo. La Sociedad se arroga el derecho de infligir castigos atroces al individuo, pero también tiene el vicio supremo de la superficialidad, y no alcanza a darse cuenta de lo que ha hecho. Cuando el castigo del hombre termina, la Sociedad le deja a sus recursos: es decir, le abandona en el preciso momento en que empieza su deber más alto para con él. La verdad es que se avergüenza de sus propias acciones, y rehúye a aquellos a los que ha castigado, como se rehúye a un acreedor al que no se puede pagar, o a aquel a quien se ha hecho un mal irreparable e irremisible. Yo por mi parte sostengo que, si yo comprendo lo que he sufrido, la Sociedad debe comprender lo que me ha infligido, y que no debe haber ni amargura ni odio por ninguna de las partes.

(Continuará en esta posterior)

viernes, 7 de enero de 2011

Níobe o la mujer poeta

Níobe o la mujer poeta

Da igual lo que pienses sobre el florecer y los lirios.
Los cambios permanecen empapados
bajo el barro seco de una memoria que sólo algunos ojos humedecen,
ablandan
esta costra y duelen… duele tanto asimilar cómo se levantan los lirios.
Rompieron paredes cuando ya el abisal canto del cuco
dirimió
sobre el sol y la tarde que ya no existe más que un dios inacabado
que crece y crece hasta que las arterias revientan
en sangre, pura sangre
de lodo y dolo
por estas muertes propias de lo ajeno.


Da igual.


Los lirios a toda vela cabalgan aunque aprisione sus raíces
la tierra dura,
tan dura como tanta
fuerza llora
la prensa hipotálamica de tu vestigio.


¿Qué hay de lo que fuiste cuando dejaste de ser?


Me balanceé al son del columpio que me soñó,
sin yo serlo,
breve paisaje que se deslizaba bajo las volátiles piernas
de aquella niña
que siempre reía al estrenar el estómago desbocado al aire
del vaivén
del cielo al alcance.


¿Para qué sirven los dones más que para enlutar?
Todos eran mis hijos.
Uno a uno los fue matando
hasta hacer nacer cada uno de sus versos.

Sofía Serra (Enero, 2011)

miércoles, 5 de enero de 2011

"Clavados en mí misma" corregido

Estoy terminando de corregir "Los parasoles de Afrodita", el poemario que terminé sobre Agosto de 2010.
Con este poema que re-publico en este blog comienza la última parte de las tres en que se divide. Está escrito pensando en algunas personas; sin embargo hoy me han dado la segunda lectura. De alguna forma los versos se me quedan clavados en mí misma, así, ahí,  doliéndome hasta que no consigo verlos en papel.
Sin embargo, "Los parasoles de Afrodita" es un poemario "no doliente", al menos nada triste, o yo lo contemplo así. Para mí es de los mas bonitos que he escrito, o al menos de los que más me alegro de haber escrito. Éste tal vez es el poema más "tenebroso". Casi todo lo demás es un canto vivo algo surrealista al renacimiento y muerte de una diosa que representa el amor, a la primavera, al verano y al gozo de los terrenales y celestes aires y las rosadas y marinas carnes.

Clavados en mí misma


Quedaron como muertos bajo la escarcha, congelados
bajo el frío del abuso y la medida dura
de tus ojos
clavados en mí misma
tras el cristal del desbarro,
el desvelo, el celeste
del maldito frío que nevaba desde tu cintura
a la mía, quedaron muertos,
quedaron muertos,
quedaron muertos y enterrados...


¡Mas hoy gritan!
Aúllan reprochando el abandono
de la agridulce empresa,
el resentimiento,
el disfraz,
la injusticia... humana, todo humano tan humano...
Tan humanos sus recuerdos anclados a mí misma.


Pasmado dolor nervudo en estas arterias
convertidas en tensos alambres de espinas
recorre desde mi médula hasta mis uñas
torturando entrañas, aliento y sangre.
De rancios entuertos se alimenta esta vida...


Y quedaron, quedaron como muertos
clavados en mí misma.


Hoy de nuevo aúllo de dolor.
Redigiero la roca que me obligaste a tragar
como si nunca hubieras sabido que esta garganta
sólo era delicada carne sedienta de tu saliva.

Sofía Serra, 2010 (Los parasoles de Afrodita)

martes, 4 de enero de 2011

El estado nunca es más maduro que yo, que yo al menos.



Con respecto a la ley antitabaco recientemente puesta en marcha estoy viviendo en los últimos días uno de los episodios más estresantes en esta red, internet, que para colmo, y como paradoja, no es susceptible de ser ni beneficiada ni perjudicada por los respectivos fluidos aéreos que nuestros cuerpos tengan a bien expeler.
Estresantes o tristes.
Contemplar, por un lado la reacción de los no fumadores por decreto propio, y por otro la de los fumadores con menos de dos dedos de luces.
Como deseo poder echarme  a la espalda este episodio y sé que si no expongo no terminaré de padecer internamente, me decido a hacer esta pequeña entrada. Copio en ella una frase, que escribí en mi muro de facebook, que fue sólo la primera reacción aún casi alegre al contemplar las salvajadas que iba produciendo la puesta en práctica de la ley. Después una respuesta que di en mi mismo perfil y por último un "algo" a modo de respuesta a un querido compañero de este lugar de internet al que simplemente  observo confundiendo los términos.
Pero no hablaré más. Si alguien desea hacer algún comentario esto estará abierto como siempre, pero mi silencio será radical. 
Punto y a seguir.


La frase en mi muro

...sssstupendo, ya han conseguido hacer reverdecer el auténtico espíritu nacional, ése que tan gloriosos momentos ha deparado a España en su historia: la delación del hermano, hoy, no por hereje o por rojo, no, eso ya no se lleva, sino por ser fumador. ¡¡Toma-ya!! (tomahawk, hacha de guerra)

Una de mis respuestas

Algo así quería comentarte en tu muro, los que legislan son ellos, pero lo que me preocupa de verdad es la reacción de los "legislados". No sé si pensar que España tiene "buenos" gobernantes porque exactamente dan lo que el carácter de este pueblo pide (una excusa, la que sea para poder fastidiar al hermano, ya sea por pura rabia o frustración o por pura envidia), que España tiene los gobernantes que merece, o que qué le van a dejar a hacer a los otros cuando lleguen...absolutamente todo el trabajo sucio es el que están haciendo.
La ley Sinde es una ofensa para cualquier espíritu progresista, la antitabaco podría comprenderse por razones de estado con que hubieran respetado el gusto  de cada uno habilitando la posibilidad de locales para los que fumamos. La primera no me afecta en lo personal, nunca me descargo nada, lo cogí por costumbre en el campo por la puñetera mala conexión que tenía. La segunda sí me afecta pero con no ir a los bares me quedo contenta. Allá los empresarios de la hostelería...¿me explico?...a nivel personal me dan igual las dos.
Pero que la gente no sea capz de distinguir una cosa de otra, el ser ciudadano y el ser individuo,
¿que nadie se escandalice por el espíritu que la subyace?, que favorece la ¿salud pública? de unos a costa de restringir a nivel público la libertad de otros. Que se cercene la libre circulación de posibilidad de ampliación cultural...¡cualquiera, hasta yo misma, ayudamos a engrosar este caudal con lo que sea que hagamos! y antes de que el mismísimo gobierno alentase a la denuncia con lo del tabaco, tuve que oír en esta red misma por bocas de [. . .] que delatarían al que vieran fumando en un bar...¿en qué puñetero país vivimos?, ¿qué clase de personas tenemos al lado? Es para volverse loca.
Bueno, a mí ya me han dado la enésima excusa en mi vida para hacerme apátrida, los legisladores y los que los apoyan cuando la ley se tercia a su ¿favor, sean del puñetero partido que sea. Espero no volver a caer en la responsabilidad del voto. Lo espero de verdad.
[. . .]
Para salir corriendo, te lo juro.

Lo que dejo entre corchete se debe a que como todo el mundo sabe facebook es una red restringida en el sentido de que hay que estar registrado allí para poder acceder a su contenido. Aunque no identificaba a nadie en concreto sí existía algún dato por el que al menos se podría identificar a colectivos sin nombre. Para evitar supuestos daños elimino mis palabras. Constantemente, desde hace meses, pienso en darme de baja, por segunda vez, de aquella red. Estar registrado allí es incompatible por sí mismo  con algunas cosas en las que creo; a otras las beneficia, ése es el problema, y por eso no me decido, aún.

El "algo"

Solos. 
Mis pulmones solos bendicen cruz sobre tu balance,
que el aire no está quieto.
LLamas expelen tu aliento y yo no me quejo.
Goces suscriben los amantes bajo sus cuerpos y sábana no soy.
Mas todo lo huelo.
De la inutilidad a la llaga por este mundo aplastante
creador de palabras que fabrican esta cárcel,
que tu compartes,
que tú convienes, que tú aceptas,
yo me cerceno.
Aviones que de la estratosfera lleguen
regarán con lluvia alcalina apilando
madurez de costra dura tornando
las manzanas en gigantes ruedas de molino.
Por comulgar yo no te obstruyo,
fértil y obsceno donjuan que conquistas
amor en los basureros de las parcas patrias
mientras otros a la hoguera vamos
por sólo pedir un hueco, un hueco con techo, para nuestro aire.
Yo engalano cielos con chimeneas,
tú dibujas un skyline de homogénea linde.
Sólo cuestión de gustos,
querido compañero,
sólo cuestión de libertades.


Sofía Serra, 4 de Enero de 2011

lunes, 3 de enero de 2011

Anatomías I, II y III (tres brazos)

I

Nuevas amazonas,
que sois las verdaderas amazonas
montando a horcajadas del miedo,
blandiendo corazón, brazo en alto, la rosa abierta
del pecho que habéis liberado.
Sois el nuevo gran río
que al mundo revierte su cauce,
el que antes de que el frío enfilara
por territorio enclaustrado con nuestros mismos hielos
corría sembrando humedades y plantas carnívoras valientes.
Trotáis a lomos
del tren que otros llaman de la muerte,
cuando es sólo ave de paso sobre la fría estepa
que los cascos de vuestros caballos aran y calientan.

II

Hoy he encontrado mi nombre
enredado en la malla de tus nervios,
hoy he encontrado tu boca sangre
enterrada bajo el plástico
de la mascarilla de oxígeno.
Hay suicidios previstos
por la red de tortura china
donde introduzco mis prendas delicadas.
Hace tiempo que dejé de secar la colada al sol.
Me mancha la piel.
Hace tiempo que lavé a mano con agua fría.
Me duelen las falanges.
Hace tiempo que aprendí a cambiar la electro-válvula
del único soldado.
Mi cerebro fabrica repuestos para mi corazón,
que padece AIDS.

III
(A cierta moda que observo sobrevenir pseudoprestigiada ahora por mor de los nombres que la reacogen como bandera (léase merchandising), como si algo nuevo fuera)

¿Es que alguien puede poetizar sin las vísceras
de las cuales el cerebro también forma parte?
Debe ser la consecuencia lógica
del mal de las vacas locas,
aquél que dejó sin despachos de casquería
a nuestros mercados
y secó las neuronas hasta
convertirlas en esponjas, nada submarinas,
de nuestra sangre.

(Sofía Serra, Diciembre/Enero 2010-2011)
 
Creative Commons License
El cuarto claro by Sofía Serra Giráldez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.