domingo, 21 de agosto de 2011

Los dos poemas finales de "Canto para esta era"

Sin piedad


Así que aquí me hallo, en la otra orilla.
No resulta sencillo caminar sobre las aguas,
mas ¿quién puede decir que no tenga agallas
que me hayan permitido bucear
bajo los límites licuados del aire?
Es sólo que ahora me toca callar.
Después vendrán los evangelios,
las inasumibles interpretaciones,
pero yo os digo que sólo recordéis esta voz mía,
esta por la que nombro al hombre sin piedad:
Que no os améis, que no os améis como yo os he amado.
Que no ceséis en la cesura de uno a otro,
que procuréis mantener siempre el contacto
entre el candente hielo de vuestra mejilla
y la mejilla del hermano… digo, del contrario.
Que uséis la prórroga en proporcionar atajo a quien os mira suplicante.
Que cimentéis vuestros pies, costureros venidos a menos,
sobre la aguja imposible del tacón cercano,
el asesino,
aquél de una sola puntilla,
aquél que abre herida en el albero y en la tierra,
y en la franca yerba que ventila vuestro nido,
piolet para el hielo.
Jugad a construir arquitecturas efímeras,
ésas que con el fuego arden en la otra carne viva
o en la que al viento se la lleva el viento
tergiversando los relatos de las vidas inocentes.
Seguid con vuestra mutua tortura hasta que terminéis La Labor,
que sólo así el mundo podrá crecer en paz.


(Conspicuo y abrasador este poema me quema como granada con argolla extraída)


Así que aquí me hallo,
en esta otra orilla tan blanca,
y yo tan sedienta como si hubiera navegado por todos los mares,
caldo de cultivo órbico.
No oscilo, perpetuamente íntegra, demasiado íntegra…


Así que ya, tras de ti y al paso
solícito y ferviente servidor de tu mirada,
me yergo sobre este lugar ajeno a los raseros y las yuntas.
Así que sin arte de magia, sino con humano encono,
ahuyenté por fin a las gaviotas salobres
y bajo las catedrales cristalinas renací como una diosa,
afrodita de la pensilvania (*),
quimera enrojecida por el tumulto y la feroz ardentía de las arenas.




Epílogo


En el límite de este entredicho
te propongo ajustemos cuentas
sobre los pasos dados
desde tu fiebre o la mía,
sin maniqueísmo ni torpes esdrújulas
que enturbien el mar alegre
donde podemos lavar nuestras manos.
Aquí tú y aquí yo
frente a la espera,
anudados por nuestra vital secuencia,
mirándonos los pies mutuamente,
contemplando cómo el borde salado
agiganta el vacío bajo nuestra posada,
nuestra común estancia arenosa.

Y, ahora, te pregunto:
¿Qué mejor hacer sino amarnos?


***


Sofía Serra, "Canto para esta era", verano de 2009 (fecho cuando lo termino de escribir sin correcciones)


(*)  Este verso me ha deparó gratas sorpresas, una de ellas:
Cuando, dos poemarios después, casi tres, titulé ese "tercero" como "Los parasoles de Afrodita", no tenía conciencia de que había escrito este verso. El nombrar a la diosa en ese poemario llegó por otros cauces completamente ajenos a los que favorecieron incluirla en este poema.

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